EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 106
- Inicio
- Todas las novelas
- EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
- Capítulo 106 - 106 Capítulo 6 Bajo máscaras y garras
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
106: Capítulo 6: Bajo máscaras y garras 106: Capítulo 6: Bajo máscaras y garras Las lluvias de primavera caían con fuerza sobre la región montañosa de Lianxi, al oeste del Imperio.
Cada gota golpeaba los tejados de madera y los muros de piedra con un ritmo que parecía marcar el latido de la tierra misma.
Entre los bosques neblinosos y los acantilados que rasgaban el cielo, se alzaba la Casa del Tigre Blanco, silenciosa, poderosa… y tensa.
Dentro de la gran sala del consejo familiar, Baishan, el joven líder, permanecía de pie frente al trono vacío de su padre, el cual había sido despojado de su poder por orden imperial.
La insignia del tigre arrancada del muro colgaba ahora como un recordatorio doloroso de lo que había perdido.
Sus ojos, antes llenos de orgullo, brillaban con la chispa de una rabia contenida, mezcla de humillación y determinación.
—“¿Así termina la gloria?” —susurró, apenas audible, mientras recorría con la mirada cada rincón de la sala—.
“¿Así se humilla a una casa que alguna vez crió emperadores?” A su lado, Lady Jinhua, cabeza de la Casa del Zorro de Tres Colas, permanecía sentada con la calma de quien no teme ni al tiempo ni al poder.
Su vestido rojo oscuro contrastaba con la sombra que llenaba la sala, y en sus ojos había un brillo estratégico, la seguridad de quien sabe cómo mover las piezas sin mostrar las garras.
—A veces, el tigre necesita perder una garra… para dejar crecer otra más afilada —dijo Jinhua con suavidad, pero con una certeza que cortaba el aire.
Baishan la miró con desconfianza.
Sus dedos se cerraron en puños mientras un escalofrío recorría su espalda.
—¿Viniste a burlarte,jinhua?
—No —respondió ella, dejando la taza de té sobre la mesa de jade con un delicado golpe que resonó en la sala—.
He venido a recordarte algo que parece haber olvidado… Tú no perdiste.
Solo fuiste obligado a esperar.
Las palabras flotaron entre ellos, pesadas y densas, y por un instante, ni la lluvia ni los ecos de la montaña parecían existir.
Baishan no contestó, pero la tensión en su mandíbula y la firmeza de su mirada delataban que la chispa de la rabia organizada comenzaba a encenderse en su interior.
—Los Long piensan que nos quebraron —dijo, finalmente, su voz más firme que un susurro—.
Pero no han enterrado nuestras raíces.
Y una raíz herida… es aún más difícil de cortar.
Jinhua se levantó con elegancia, caminando hacia el ventanal que daba al valle cubierto de niebla.
Afuera, los estandartes del tigre seguían ondeando con el viento, aunque ya no tenían la autoridad oficial.
La Casa del Tigre Blanco no era un imperio, pero tampoco estaba derrotada.
Cada sombra en el valle, cada árbol y cada roca, era testigo de su paciencia.
—El imperio se cansa de una dinastía que ama demasiado al pueblo y muy poco el juego del poder —dijo ella, sus palabras flotando con la misma suavidad que la lluvia—.
Mientras crían a su pequeña flor, otros siembran espinas.
Baishan apretó los puños, sintiendo cómo cada palabra de Jinhua clavaba su punzante verdad en su corazón.
La casa que parecía muerta, humillada y olvidada, empezaba a agitarse bajo la superficie.
Una marea silenciosa, profunda, que no mostraba su fuerza hasta que era demasiado tarde.
—¿Y tú?
—preguntó Baishan, con un hilo de rabia y respeto a la vez—.
¿Qué esperas ganar con todo esto?
Jinhua lo miró directamente a los ojos.
Por fin sonrió, mostrando todos los dientes, una sonrisa que era a la vez seductora y amenazante.
—Yo… espero que todos los tronos se agrieten.
Y cuando caigan… los zorros sabrán por dónde escapar con la corona en la boca.
En ese instante, un cuervo graznó desde lo alto de la torre, su sombra dibujada en el ventanal por la luz trémula de los candelabros.
Afuera, dos jinetes cabalgaban a toda prisa rumbo al norte, llevando cartas, oro… y secretos que podían cambiarlo todo.
La conversación volvió a centrarse en la estrategia.
Mapas de la región de Lianxi estaban extendidos sobre la mesa.
Jinhua señalaba rutas, pasos de montaña y posibles emboscadas.
Cada movimiento estaba calculado; cada gesto, medido.
Baishan escuchaba, aprendiendo que el tiempo de esperar había terminado.
La paciencia, la espera, se convertiría en acción.
—No debemos dejar que el Imperio subestime nuestra paciencia —dijo Jinhua, sus ojos fijos en los montes que se perdían en la niebla—.
Cada decisión que tomemos ahora debe ser silenciosa, rápida y letal.
La sombra no necesita ser vista para golpear.
Baishan asintió, y por primera vez en semanas, su cuerpo dejó de tensarse.
Una sonrisa dura se dibujó en sus labios; era la chispa de la venganza organizada, la que crecía bajo máscaras y garras.
La lluvia caía sin descanso sobre la región de Lianxi, golpeando los tejados de madera de la Casa del Tigre Blanco y arrastrándose por los muros de piedra con un murmullo constante que parecía marcar el pulso de la tierra.
Cada gota resonaba contra los ventanales y los suelos de mármol húmedo, como si la naturaleza misma insistiera en acompañar la espera.
Afuera, los ríos crecían con furia y el viento arrastraba hojas y ramas como recordatorio de que el mundo seguía girando, indiferente al dolor y a la paciencia de los hombres.
Dentro de la gran sala del consejo familiar, la atmósfera era densa, cargada de siglos de orgullo y humillación, de esperanzas rotas y de planes que se tejían en silencio.
La Casa del Tigre Blanco estaba herida, sí, pero no muerta.
Cada sombra, cada rincón, cada eco de pasos resonando sobre el suelo de piedra contaba la historia de un linaje que se negaba a desaparecer.
Baishan permanecía de pie frente al trono vacío de su padre, mirando la pared donde antes colgaba la insignia de su casa.
Esa marca arrancada del muro era un símbolo de humillación, pero también un recordatorio de que, aunque privado de poder, el tigre no había perdido su instinto.
Sus manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la intensidad de un fuego que ardía dentro, paciente y concentrado.
Sus ojos reflejaban la lluvia que caía afuera, pero también la tormenta que se gestaba en su interior: la chispa de la rabia organizada, la que no se ve hasta que se convierte en acción.
A su lado, Lady Jinhua permanecía con calma, como un espejo de serenidad que contrarrestaba la tensión de Baishan.
Su vestido rojo oscuro contrastaba con las sombras de la sala, y cada gesto suyo estaba calculado.
Bebía té con la lentitud de quien sabe que la paciencia es más afilada que cualquier espada, y sus ojos brillaban con una inteligencia estratégica que nadie podría subestimar.
—El imperio cree que todo está resuelto —susurró Jinhua, dejando la taza sobre la mesa de jade—.
Que nosotros estamos derrotados, que nuestra casa es solo un recuerdo en los libros de historia.
Pero la historia, Baishan, nunca olvida a los que saben esperar.
Baishan apretó los puños.
Sentía el peso de cada palabra, cada insinuación.
La Casa del Tigre Blanco no podía permitirse errores.
Cada movimiento debía ser silencioso, calculado, como un cazador acechando en la niebla.
—Entonces, ¿por dónde comenzamos?
—preguntó, dejando entrever la ansiedad contenida bajo su fachada de calma.
Jinhua se acercó al ventanal y señaló hacia el valle cubierto de niebla.
Los estandartes del tigre seguían ondeando, aunque ya sin autoridad oficial.
Cada pliegue de tela, cada sombra en el viento, parecía susurrar un mensaje: “Paciencia”.
—El imperio se cansa de los que aman demasiado al pueblo y demasiado poco el juego del poder —dijo ella con voz suave, pero firme—.
Mientras crían a su pequeña flor, otros siembran espinas.
Y nosotros debemos saber dónde plantar las nuestras.
Baishan cerró los ojos por un instante.
Sintió cómo la tensión de semanas, meses incluso, se concentraba en ese momento.
La venganza no se trataba solo de fuerza; era estrategia, tiempo, silencios y movimientos invisibles.
Cada carta que llegaba a la capital, cada mensajero que cruzaba los pasos de montaña, cada oro que cambiaba de manos… todo formaba parte de un plan invisible, paciente y peligroso.
Se acercó a la mesa de mapas y desplegó los pergaminos que habían preparado durante meses.
Cada línea, cada montaña, cada ruta de río, estaba marcada con notas en tinta roja.
Jinhua examinaba cada detalle, ajustando posiciones, señalando puntos débiles y posibles emboscadas.
La lluvia afuera parecía intensificar la concentración, como si el clima mismo presionara para que no se cometiera un solo error.
—El imperio no nos subestimará dos veces —dijo Baishan, sus dedos recorriendo los mapas con un temblor apenas perceptible—.
Cada decisión que tomemos debe ser silenciosa, rápida y letal.
La sombra no necesita ser vista para golpear.
Jinhua asintió, con una sonrisa apenas perceptible.
Por primera vez, Baishan sintió que no estaba solo en su dolor y en su rabia.
Cada estrategia, cada movimiento calculado, era compartido.
La confianza que crecía entre ellos era un hilo invisible que unía sus intenciones y sus corazones, aunque ninguno de los dos se atreviera a admitirlo en voz alta.
La lluvia seguía golpeando los tejados, pero dentro de la gran sala la intensidad era más profunda que cualquier tormenta.
El aire estaba cargado de historia, de secretos y de promesas silenciosas.
La Casa del Tigre Blanco aún herida, aún humillada, comenzaba a moverse en la penumbra de la noche, a esperar el momento exacto para golpear.
—Recuerda —dijo Jinhua, bajando la voz y acercándose a Baishan—, la venganza no se grita.
Se espera.
Y cuando llegue… nadie la verá venir.
El joven líder asintió, comprendiendo la magnitud de sus palabras.
La paciencia era un arma más peligrosa que cualquier espada, más afilada que cualquier filo de acero.
Cada susurro, cada movimiento oculto, cada decisión tomada en la sombra, tejía un futuro que nadie podía prever.
Un cuervo graznó desde lo alto de la torre, su sombra dibujándose en el ventanal por la luz trémula de los candelabros.
Afuera, los jinetes que transportaban cartas y oro desaparecieron en la niebla, llevando consigo los mensajes que comenzarían a mover las piezas en un tablero mucho más grande que la montaña donde se encontraba la Casa del Tigre Blanco.
Baishan cerró los ojos de nuevo y respiró hondo.
Por primera vez en mucho tiempo, la rabia se mezclaba con la certeza de que la paciencia podía ser más poderosa que la fuerza bruta.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, pero dentro de la sala, bajo máscaras y garras, la venganza había despertado.
Cada gesto, cada mirada, cada silencio cargado de significado, formaba parte de una danza peligrosa que ni la capital ni los emperadores podrían ignorar.
La Casa del Tigre Blanco no solo sobrevivía; estaba lista para recordar al mundo que la paciencia y el orgullo de un linaje no se olvidan, aunque se les arranque el poder y la insignia.
Y mientras la noche cerraba su manto sobre Lianxi, el viento traía consigo el murmullo de un imperio que ignoraba que, bajo tejados antiguos y entre sombras calculadas, un tigre herido preparaba su salto definitivo.
Porque en la Casa del Tigre Blanco, bajo máscaras y garras, la venganza no se grita.
Se espera.
Y cuando llegue… nadie la verá venir.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo quise explorar que la fuerza no siempre se muestra con rugidos o armas, sino con paciencia, estrategia y silencios calculados.
La Casa del Tigre Blanco nos recuerda que una raíz herida puede crecer más fuerte, y que la venganza verdadera no se anuncia; se prepara en la sombra, con calma, hasta que llega el momento de revelar su poder.
Bajo máscaras y garras, el peligro acecha, invisible pero implacable, y la historia se mueve no solo por imperios, sino por aquellos que saben esperar.
Su regalo es mi motivación de creación.
Deme más motivación
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com