Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 107

  1. Inicio
  2. EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
  3. Capítulo 107 - 107 Capítulo 7 Yueji donde el alma respira
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

107: Capítulo 7: Yueji, donde el alma respira 107: Capítulo 7: Yueji, donde el alma respira El viento soplaba suave entre los pétalos eternos del jardín oculto.

Allí, entre fuentes de jade, faroles de papel y la fragancia del té blanco, se alzaba un santuario que pocos conocían y que nadie olvidaba: La Casa Yueji.

No era un templo cualquiera ni un palacio más.

Era el lugar donde las hijas de la nobleza, y a veces los príncipes que buscaban sabiduría, aprendían que el poder no se hereda solo por sangre, sino también por espíritu.

Entre sus muros, la disciplina se mezclaba con la contemplación, y cada rincón parecía diseñado para recordar que la grandeza comienza dentro.

Bajo el primer sol del equinoccio, una pequeña figura descendió del carruaje imperial.

Su túnica de entrenamiento rozaba el suelo de piedra antigua.

Tenía apenas 11 años, pero en sus ojos ardía un fuego dorado, herencia de los dragones de la casa Long… y una calma plateada, como la estela que deja la grulla blanca al volar sobre un lago.

Era Xiaolian, la flor nacida de un imperio dividido, la esperanza de un mañana aún no escrito.

La esperaba la Madre Yue, sacerdotisa principal de la casa, envuelta en ropajes blancos y verdes que ondeaban como ramas de sauce bajo el viento.

—Bienvenida, flor del amanecer —dijo, inclinando la cabeza en una reverencia serena—.

Aquí no serás princesa… aquí serás aprendiz.

Xiaolian bajó la cabeza en señal de respeto, aunque su voz sonó firme, demasiado madura para su edad: —Entonces enséñeme lo que debo saber.

No solo para gobernar, sino para proteger.

La Madre Yue alzó apenas una ceja, sorprendida por la claridad de esas palabras.

No era común que un niña hablara con esa convicción, y mucho menos una princesa acostumbrada a los halagos de la corte.

—Tu linaje ya es fuerte, Xiaolian —respondió la sacerdotisa—.

Pero aquí aprenderás que la raíz más profunda no es la que brilla, sino la que sostiene.

En la lejanía, un loto blanco florecía a destiempo, como si la tierra misma escuchara aquel diálogo.

Era un buen augurio.

— Los días en Yueji No hubo privilegios.

No había sirvientes que la vistieran, ni escoltas que limpiaran sus manos.

La princesa debió aprender a preparar su té, a lavar sus ropas, a armar su cama.

Al principio, se le escapaban lágrimas de frustración cuando la tetera estaba demasiado caliente o cuando sus dedos se enrojecían intentando encender el fuego con piedras.

Pero la Madre Yue solo la observaba en silencio.

—El espíritu se forja en la dificultad, no en la comodidad —le decía.

Poco a poco, Xiaolian empezó a comprender.

Descubrió la paciencia al escuchar el silbido del agua hervida, la humildad al inclinarse frente a otras niñas que no sabían quién era, y la importancia del silencio cuando el jardín entero parecía guardar un secreto.

Allí aprendía filosofía, historia, estrategia… pero también aprendía lo invisible: a escuchar antes de hablar, a leer el corazón de los demás, a mirar sin juzgar.

En las tardes, su cuerpo se llenaba de disciplina: entrenaba con bastón, practicaba respiración, repetía los movimientos del arte marcial suave que imitaba la danza del bambú.

No era fuerza lo que buscaba Yueji, sino equilibrio.

La carta Una noche, mientras la luna se reflejaba en los estanques de loto, Xiaolian tomó el pincel.

Su letra era pequeña, aún temblorosa, pero sus palabras tenían la claridad del agua pura: > “Sus majestades imperiales (mis papitos): Hoy entendí que la fuerza no está en mandar, sino en saber cuándo hacerlo.

Que escuchar vale más que hablar.

Y que el trono no pesa más que la responsabilidad de cuidar lo que amamos.

Estoy lejos, pero mi corazón está con ustedes.

—Xiaolian.” En la capital A la distancia, Suwei leyó la carta en voz baja, sentado junto a Jin Long en la intimidad de sus aposentos.

La vela iluminaba sus rostros con un resplandor dorado.

—¿La enviamos demasiado pronto?

—preguntó Suwei, con el corazón apretado, incapaz de evitar la nostalgia de un padre.

El emperador guardó silencio por un instante.

No respondió enseguida.

Se levantó del asiento, caminó hacia la ventana y apartó con calma las cortinas bordadas con dragones dorados.

Afuera, la noche parecía infinita, tachonada de estrellas que titilaban como brasas lejanas.

Jin Long las contempló con gravedad, como si en cada luz buscara el reflejo de su hija.

Luego, lentamente, apretó la mano de su consorte.

—No —susurró Jin Long, con una voz profunda, grave, pero cargada de ternura—.

La flor ya brotó.

Ahora está aprendiendo a florecer sin nosotros.

Suwei inclinó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos un instante.

El calor de su esposo era su refugio, pero también un recordatorio del vacío que dejaba la ausencia de Xiaolian.

Respiró hondo, y en ese respiro había tanto dolor como orgullo.

—Nunca pensé que sería tan difícil dejarla ir… —confesó Suwei en voz baja—.

Creí que estaba preparado.

Que entendería que un día debía crecer.

Pero ahora… siento que el palacio está demasiado grande sin sus pasos corriendo por los pasillos.

El emperador sonrió levemente, acariciando los dedos de su consorte.

—Yo también la extraño —admitió—.

Cada rincón parece llamarla.

Hasta el trono se siente más pesado, como si supiera que un día será suyo.

Hubo un silencio largo, íntimo.

El sonido de la vela chisporroteando llenaba la sala.

Afuera, el viento golpeaba suavemente las ventanas.

Era un instante donde el poder se desnudaba, donde dos hombres no eran emperadores, ni consortes, ni guardianes de un imperio: eran padres, simplemente padres, que amaban con todo el corazón a su hija.

Suwei levantó la vista y lo miró con un brillo húmedo en los ojos.

—Jin Long… ¿y si la guerra vuelve antes de que ella esté lista?

El emperador sostuvo la mirada de su amado.

Su voz fue firme, pero no fría: —Entonces nosotros resistiremos.

Le daremos el tiempo que necesite para florecer.

Aunque el cielo caiga, aunque el río se desborde.

Ese es nuestro deber como padres… y como emperadores.

Suwei asintió.

Suspiró largamente y, con un gesto suave, apoyó su frente contra la de Jin Long.

—Que los dioses la guíen —murmuró.

—Que la guíe su propio corazón —corrigió el emperador—.

Es más fuerte que cualquier dios.

— 🌸 En Yueji Al día siguiente, Xiaolian se levantó antes del amanecer.

El mármol frío mordía sus pies descalzos, pero no se quejó.

Caminó en silencio por los pasillos, con el cabello aún despeinado, hasta llegar al jardín principal.

Allí, entre el murmullo del agua y los pétalos que la brisa arrancaba de los árboles, la Madre Yue la esperaba, inmóvil como un árbol centenario.

La sacerdotisa no llevaba cetros ni coronas, solo un sencillo manto blanco que le daba un aire sereno, casi etéreo.

—Hoy no aprenderás de libros —dijo—.

Hoy aprenderás del viento.

Xiaolian se quedó quieta, sin comprender del todo.

—¿Del viento?

—Sí.

Porque el viento no se ve, pero se siente.

No se ata, pero guía.

Sopla distinto para cada hoja, y sin embargo, es el mismo para todos.

Aprender del viento es aprender de la vida.

La princesa cerró los ojos, obediente.

La brisa rozó su piel como un susurro.

Primero le pareció débil, casi inexistente, pero al concentrarse percibió la danza de los pétalos arrastrados, el crujido de las ramas, el zumbido leve de los insectos.

Durante largos minutos no dijo nada.

El silencio era tan profundo que hasta el latido de su propio corazón parecía resonar.

Y en ese silencio comprendió algo: cada sonido tenía su lugar, cada movimiento una causa, y todo formaba parte de un equilibrio secreto.

Cuando abrió los ojos, sus labios se curvaron en una sonrisa tenue pero llena de certeza.

Había algo diferente en su mirada: ya no era la inocencia que llegaba del palacio imperial, ni la curiosidad infantil que solo quería respuestas fáciles.

Había calma, sí, pero también una chispa de fuego dorado que parecía latir en su interior, un brillo que hablaba de paciencia, de vigilancia, y de fuerza contenida.

La Madre Yue la observó, sus ojos como espejos antiguos reflejando el alma de la niña.

No hizo un gesto ni pronunció palabra; solo asintió en silencio, reconociendo que algo había cambiado.

—Has dado tu primer paso, Xiaolian.

Ahora sabes escuchar.

—Su voz era suave, cargada de un peso sereno que parecía abrazar el aire mismo del jardín.

Xiaolian sintió que el viento la rodeaba de nuevo, esta vez más consciente, más compañero que antes.

Cada brisa traía consigo un susurro distinto: el temblor de las hojas, el murmullo del agua en el estanque, el canto lejano de un pájaro que no sabía que estaba siendo escuchado.

Todo parecía pequeño, delicado… y a la vez, parte de un patrón inmenso que ella empezaba a comprender.

No respondió.

Solo volvió a cerrar los ojos, y por un instante, el mundo se redujo a su respiración, al palpitar de su corazón, al susurro del viento entre los árboles.

Sintió sus pies descalzos en la piedra fría, la textura rugosa y antigua de los senderos, y la manera en que cada paso dejaba una huella efímera que, sin embargo, era real.

Sintió que estaba enraizándose en aquel lugar, y que la fuerza que necesitaba no venía de coronas ni de ejércitos, sino de saber sentir, de entender lo que no se ve y de escuchar lo que no se dice.

Un pequeño escalofrío recorrió su espalda, y con él una certeza: la Casa Yueji no era solo un santuario; era un espacio donde la vida y la responsabilidad se entrelazaban.

Y en ese momento, sin necesidad de palabras, entendió que algo dentro de ella había cambiado para siempre.

Que cada decisión futura, cada pensamiento, cada acción estaría impregnada de la paciencia, la humildad y la claridad que empezaba a aprender aquí.

La Madre Yue, todavía en silencio, extendió ligeramente la mano hacia Xiaolian.

No era un gesto de corrección, sino de guía: un recordatorio sutil de que aunque el mundo sería duro, ella no estaría sola.

Y Xiaolian lo comprendió, respirando hondo y dejando que la brisa jugara con su cabello.

En ese instante, sin darse cuenta, estaba sembrando dentro de sí las raíces de la emperatriz que un día sería.

Raíces fuertes, pero flexibles.

Raíces que la sostendrían ante cualquier tormenta, ante cualquier traición, ante cualquier sombra que intentara apagar su luz.

Raíces que le permitirían florecer en su tiempo, cuando la corona y la responsabilidad llamaran a su puerta.

Por primera vez, Xiaolian se sintió completa.

No como princesa, no como hija del emperador, sino como alguien que empezaba a conocerse a sí misma.

Y en el silencio compartido con la Madre Yue, con el viento y con el mundo que la observaba desde lejos, entendió que este era solo el comienzo de su verdadera fuerza.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Este capítulo lo escribí con el deseo de mostrar que incluso una princesa, nacida entre coronas y espadas, necesita aprender lo esencial: la paciencia, la humildad y la fuerza interior.

Xiaolian nos recuerda que el verdadero poder no se sostiene en títulos, sino en el espíritu que los respalda.

En Yueji, entre silencio, disciplina y pétalos que no conocen la vanidad, la flor del imperio comienza a florecer de verdad Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo