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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 113

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  3. Capítulo 113 - 113 Capítulo 3 – La Sombra Tras el Muro
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113: Capítulo 3 – La Sombra Tras el Muro 113: Capítulo 3 – La Sombra Tras el Muro La vida en el Imperio del dragón dorado parecía retomar su curso con una calma frágil, como un río que vuelve a fluir después de una tormenta devastadora.

Las calles del mercado, antes silenciosas y cubiertas de cenizas, ahora se llenaban nuevamente de voces, aromas y colores.

Las sedas colgaban en los puestos, ondeando suavemente con la brisa, como si quisieran recordar a todos que la belleza aún existía.

Los artesanos golpeaban sus martillos contra el metal, el sonido resonando como un latido que devolvía energía a la ciudad.

En las plazas, los músicos retomaban las danzas tradicionales; las flautas, los tambores y los laúdes devolvían ritmo a las festividades del mes del Renacimiento.

Era como si el pueblo entero quisiera convencerse de que la guerra ya era cosa del pasado, aunque las cicatrices aún estuvieran en cada esquina, en cada mirada.

En el palacio, sin embargo, la calma era observada con prudencia.

El emperador Jin Long mantenía reuniones de consejo con mayor frecuencia, pero lo hacía en secreto, consciente de que mostrar preocupación podía sembrar incertidumbre en la población.

Con los mapas extendidos sobre la mesa de jade, discutía rutas de comunicación entre fortalezas, revisaba informes de espías y reforzaba viejas alianzas con gobernadores leales.

No lo hacía por miedo, sino por experiencia: sabía que las guerras rara vez morían de golpe, siempre dejaban brasas encendidas que podían reavivarse en cualquier momento.

Suwei Jinhai, por su parte, recorría las provincias en caravanas humanitarias, llevando remedios, provisiones y esperanza.

Su presencia era tan necesaria como la de los soldados: un bálsamo para un pueblo que no solo necesitaba comida, sino también confianza.

Los dos emperadores trabajaban en armonía, uno en las sombras de la estrategia, otro en la luz de la compasión, como dos alas que mantenían al imperio en equilibrio.

La princesa Xiaolian, cada día más presente en las actividades imperiales, fue invitada por primera vez a presenciar una reunión del consejo menor.

Aunque no tenía voto oficial, su lugar a la mesa fue un símbolo poderoso: el futuro estaba siendo preparado frente a los ojos de todos.

Escuchó atentamente, tomando notas con precisión.

Para sorpresa de muchos, no se limitó a observar: levantó la voz con calma y propuso soluciones prácticas a los problemas de abastecimiento en las regiones del norte.

Su plan era simple pero ingenioso: aprovechar las rutas fluviales que estaban siendo reparadas para acelerar el transporte de granos y medicinas.

Algunos consejeros la miraron con escepticismo, otros con admiración.

Al salir, entre murmullos, varios admitieron que la hija de los emperadores no solo tenía el temple de ambos, sino también una mirada distinta, fresca, capaz de ver lo que otros pasaban por alto.

Por las noches, la princesa continuaba su formación.

Los sabios del palacio, junto a antiguos estrategas retirados, le enseñaban sobre las guerras pasadas, las decisiones difíciles y los tratados rotos.

Escuchaba sobre héroes que habían sacrificado todo por el imperio, y sobre errores imperiales que casi lo habían llevado al colapso.

Cada historia era una lección, y cada lección un recordatorio de que gobernar no era un juego de coronas, sino un peso real.

Su educación ya no era la de una princesa de ceremonia; era la de una futura soberana.

Mientras tanto, más allá del Muro del Este, en una fortaleza olvidada por los registros oficiales, el traidor Zhenwu Long tejía su red en las sombras.

La fortaleza, oculta entre montañas escarpadas y nieblas perpetuas, parecía un cadáver de piedra, abandonado por el tiempo.

Sin embargo, en sus salas frías y húmedas, las velas ardían con intensidad, iluminando rostros que jamás deberían haberse reunido.

A la mesa de Zhenwu se sentaban líderes de casas caídas, mercenarios del desierto norte y emisarios de un reino extranjero cuya bandera nunca había ondeado en suelo imperial.

Zhenwu hablaba con voz suave, cada palabra calculada como una daga envuelta en terciopelo.

Les recordaba lo que, según él, había sido una traición: que Jin Long, su hermano menor, había usurpado la corona gracias a la intervención del consejo y al apoyo de alianzas “indignas”.

Decía que el imperio había perdido sus valores al permitir que el amor venciera a la tradición, señalando con veneno apenas disfrazado la unión entre Jin Long y Suwei.

—El linaje ha sido debilitado —susurraba con una copa de vino oscuro en la mano—.

El pueblo no lo dice en voz alta, pero lo siente.

Y yo, hermanos míos, vengo a devolverles lo que se nos arrebató.

Mentía con elegancia, manipulaba con precisión.

Usaba la nostalgia como anzuelo, el resentimiento como cadena.

Prometía que en el norte había pueblos enteros que ya no confiaban en Jin Long, que añoraban el “orden antiguo”.

Sus oyentes, algunos desesperados, otros ambiciosos, lo escuchaban con creciente atención.

Zhenwu sabía que aún no era tiempo de atacar; debía esperar, como una serpiente bajo la roca, inmóvil, hasta que el momento llegara.

De regreso en la capital, la vida parecía florecer sin sospechas.

El pueblo celebraba la llegada de la cosecha temprana con un festival lleno de tambores, banderas y faroles encendidos.

Xiaolian, enviada como representante del trono, viajó a una aldea fronteriza para inaugurar una nueva represa construida gracias a las gestiones de Suwei.

La obra significaba agua para los campos, comida para las familias y seguridad para el futuro.

Los aldeanos la recibieron con vítores, pero la princesa, siempre atenta, notó algo extraño en el aire.

Entre los aplausos había silencios demasiado largos, entre las sonrisas había miradas que no brillaban del todo.

No era desdén abierto, ni rechazo declarado, pero era como si una parte de esas personas no quisiera celebrar tanto como aparentaban.

Esa noche, al retirarse a su tienda de campaña, Xiaolian sintió que sus pasos pesaban más que de costumbre.

La jornada había estado llena de gestos cordiales, de palabras diplomáticas, de sonrisas que parecían verdaderas, pero que en el fondo ocultaban matices que solo un corazón atento podía percibir.

La joven princesa había aprendido, desde muy pequeña, que no siempre la dulzura en un rostro significaba amistad; muchas veces era un velo para disimular intenciones contrarias.

Al entrar en la tienda, encendió una lámpara de aceite.

La llama danzó un instante, proyectando su silueta contra las paredes de tela.

Se sentó con calma, sacó su cuaderno de aprendizaje —ese mismo que llevaba desde los siete años— y escribió con trazos firmes, casi como si quisiera grabar esas palabras no solo en el papel, sino también en su espíritu: “No todos los silencios significan paz.

A veces, el aire tranquilo esconde un grito que aún no se ha atrevido a salir.” Cuando cerró el cuaderno, lo colocó a un lado y permaneció un momento en silencio, observando cómo la llama titilaba.

Había algo inquietante en aquella calma.

Afuera, los grillos cantaban y el murmullo del río cercano se confundía con el roce del viento entre los árboles.

Sin embargo, Xiaolian no podía desprenderse de una sensación extraña: el presentimiento de que alguien la observaba, incluso en medio de aquella aparente tranquilidad.

Se recostó sobre el futón, pero no cerró los ojos de inmediato.

En su mente aparecieron las imágenes de los rostros que había visto en la aldea durante el día: el anciano que le estrechó la mano con respeto, pero cuya mirada se desvió con una sombra de miedo; la joven madre que sonrió agradecida al recibir un saco de arroz, aunque su sonrisa se quebró demasiado rápido, como si hubiera recordado algo doloroso; y los niños, que corrían alegres, pero siempre bajo la mirada vigilante de los adultos.

Había algo que no encajaba.

Por más que intentaba descansar, la joven se revolvía en su futón.

Respiraba hondo, intentando tranquilizarse, pero cada vez que cerraba los ojos sentía que alguien, en algún lugar, estaba demasiado pendiente de ella.

Finalmente, el cansancio venció sus pensamientos, y se quedó dormida con la lámpara aún encendida, proyectando un círculo cálido en la penumbra de la tienda.

— Mientras Xiaolian dormía, más allá de los límites visibles de la aldea, en las montañas que la rodeaban, una sombra avanzaba sin ruido.

Se deslizaba como un espectro, conocedora de cada piedra y de cada rama del camino.

No era un viajero común: sus pasos eran medidos, calculados, ligeros.

La figura encapuchada se detuvo en lo alto de un risco, desde donde se veía el campamento iluminado por las lámparas de aceite de los soldados imperiales.

Bajo la capucha, dos ojos oscuros observaban sin pestañear.

La sombra tomó nota mental de cada detalle: los relevos de los guardias, la disposición de las tiendas, el sitio exacto donde dormía la princesa.

Un suspiro silencioso se escapó de sus labios, no de cansancio, sino de concentración.

En la aldea, los perros comenzaron a ladrar de manera dispersa, como si intuyeran algo que los humanos no podían percibir.

Sin embargo, nadie les prestó atención: los soldados imperiales estaban acostumbrados a los ladridos nocturnos, y los campesinos, agotados por la rutina, dormían profundamente.

Solo un guardia, el más joven del destacamento, levantó la cabeza un instante, creyendo ver un destello en la montaña, como si la luna hubiera rebotado en un metal.

Frunció el ceño, pero enseguida sacudió la cabeza, pensando que era solo cansancio.

La figura encapuchada permaneció allí largo rato, observando.

El viento levantaba polvo entre las piedras, y ese mismo viento parecía ser el mensajero de un secreto que nadie más alcanzaba a escuchar.

—Demasiado joven —murmuró la sombra, en un susurro apenas audible, refiriéndose a la princesa que dormía en el campamento—.

Y sin embargo, ya carga con el peso de un imperio.

Sus palabras se perdieron en la brisa.

El misterioso observador dio un paso atrás, ocultándose nuevamente entre la oscuridad de los pinos.

No avanzó hacia el campamento, ni se retiró del todo.

Simplemente se quedó allí, vigilando, como si esperara el momento exacto para actuar.

— Dentro de la tienda, Xiaolian soñaba.

En su sueño, caminaba por un pasillo interminable, lleno de espejos.

Cada espejo reflejaba una versión distinta de ella: niña, guerrera, reina, anciana… pero lo más extraño era que en todos los reflejos, detrás de su imagen, aparecía siempre una sombra borrosa, imposible de reconocer.

Despertó con un sobresalto, cubierta de sudor, con el corazón latiendo con fuerza.

Miró a su alrededor: la lámpara aún encendida, la tienda en calma, el silencio de la noche… pero algo había cambiado.

Afuera, el viento golpeaba más fuerte contra la lona, como si quisiera advertirle de algo.

La princesa se incorporó lentamente, llevó la mano a su cuaderno y lo sostuvo contra su pecho.

En ese instante, aunque no podía verlo, aunque no podía oírlo, ella sabía que no estaba sola.

Y así cerraba el capítulo: con la brisa nocturna levantando polvo entre las montañas, como si el propio viento quisiera anunciar lo que estaba por venir… y con la certeza, invisible pero latente, de que una sombra se movía tras el muro del imperio.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La paz nunca es absoluta; siempre guarda sombras que se mueven en silencio.

Mientras unos celebran con tambores y luces, otros afilan dagas bajo la mesa.

El verdadero desafío de un imperio no es vencer en la guerra, sino aprender a escuchar los silencios, porque en ellos suelen esconderse las tormentas que aún no han nacido.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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