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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 114

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  3. Capítulo 114 - 114 Capítulo 4 – El Susurro del Tigre Blanco
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114: Capítulo 4 – El Susurro del Tigre Blanco 114: Capítulo 4 – El Susurro del Tigre Blanco El sol caía detrás de las montañas y el cielo se pintaba de un rojo intenso, como si los dioses hubieran decidido teñirlo con brasas de un fuego antiguo.

El Imperio del dragón dorado parecía respirar aliviado: las cosechas habían regresado, los mercados recuperaban su bullicio y las canciones de las aldeas volvían a escucharse en los caminos.

La guerra, aunque todavía reciente en la memoria, se desvanecía como una herida que comenzaba a cicatrizar.

Pero en los rincones más lejanos, donde los mapas se borraban con la niebla y las rutas se confundían con los bosques, otras fuerzas se agitaban.

Allí, en los valles brumosos que alguna vez pertenecieron a antiguas casas nobles, el nombre de una familia proscrita volvía a escucharse en susurros: la Casa del Tigre Blanco.

Habían sido expulsados del Consejo Imperial años atrás, condenados al silencio por traiciones pasadas.

Sin embargo, la semilla de su resentimiento nunca murió.

En las cavernas ocultas bajo las montañas, aún entrenaban jóvenes herederos; aún conservaban las armas con el emblema del tigre; aún transmitían canciones de guerra que hablaban de gloria y venganza.

Y fue allí donde Zhenwu Long, el hermano desterrado de Jin Long, encontró terreno fértil para sus ambiciones.

Zhenwu caminaba con paso firme entre antorchas clavadas en la roca.

Su túnica oscura apenas dejaba ver el bordado de dragones que alguna vez habían marcado su linaje.

Frente a él, un círculo de hombres y mujeres con el emblema del tigre bordado en sus ropas lo escuchaban en silencio.

—El imperio ha olvidado quiénes somos —dijo, con voz grave pero seductora—.

Nos arrebataron nuestro lugar, nos condenaron al destierro… y ahora celebran como si hubieran alcanzado la gloria.

Pero yo les digo algo: los emperadores actuales gobiernan sobre cimientos podridos.

Y los cimientos se derrumban tarde o temprano.

Los presentes intercambiaron miradas.

Algunos fruncieron el ceño, otros asintieron con entusiasmo.

Zhenwu levantó una copa de vino oscuro, que brillaba bajo la luz de las antorchas.

—El Tigre Blanco volverá a rugir.

Con vuestra fuerza y mi guía, tomaremos lo que es nuestro.

El trato fue sellado en aquella oscuridad.

Armas a cambio de influencia, soldados a cambio de territorios.

El juramento se mezcló con el humo de las antorchas y con un eco sordo que recorrió las cavernas.

— Mientras tanto, en la capital, la vida seguía con un ritmo más amable.

Xiaolian, cada día más implicada en los deberes imperiales, acompañaba a Suwei en un viaje hacia la provincia de Ling’an, una región golpeada recientemente por fuertes inundaciones.

El carruaje avanzaba entre campos donde aún se veían las huellas del agua: árboles caídos, casas reconstruidas a medias, campesinos trabajando con las mangas arremangadas hasta los codos.

La princesa observaba con atención.

Había leído informes, había escuchado relatos en los consejos, pero era la primera vez que veía con sus propios ojos lo que significaba reconstruir después de una tragedia.

—¿Por qué viajas siempre tú mismo?

—preguntó, mirando a Suwei mientras el carruaje avanzaba.

Suwei, con su serenidad habitual, respondió sin dudar: —Porque las cartas no abrazan, Xiaolian.

El pueblo necesita ver a sus líderes, sentir que no están solos.

Cuando un niño llora porque perdió su casa, no basta con prometerle una nueva.

Hay que estar ahí, darle la mano y decirle que todavía tiene un hogar en el corazón del imperio.

La respuesta quedó grabada en la mente de la princesa.

Al llegar a Ling’an, lo comprobó por sí misma.

Suwei se mezcló con la gente sin formalidades, levantó sacos de arroz, ayudó a clavar tablones en una casa improvisada, escuchó a las viudas que lloraban a sus maridos y jugó con los huérfanos.

No era un gesto vacío: cada mirada, cada palabra, parecía encender una chispa de esperanza.

Xiaolian lo seguía de cerca, intentando imitarlo, aunque con cierta timidez.

Los niños se le acercaban con curiosidad y ella les sonreía, ofreciéndoles caramelos que había traído en un pequeño cofre.

Poco a poco, la barrera entre la princesa y el pueblo se deshacía.

En una de esas jornadas, mientras recorrían un almacén improvisado de provisiones, Xiaolian escuchó a un campesino murmurar: —Ese consorte… es más emperador que muchos ministros.

Ella sonrió, orgullosa de su padre, pero también sintió la presión de estar a la altura.

— En el palacio, Jin Long continuaba con sus tareas en silencio.

Una noche, recibió una carta anónima, escrita en tinta negra sobre papel gris.

No llevaba sello ni firma, solo una frase breve: “El tigre aún respira.

La caza apenas comienza.” Jin Long guardó la carta en un cofre de hierro sin mostrarla a nadie.

Esa misma noche ordenó reforzar la vigilancia en los pasos del norte y pidió un informe secreto sobre cualquier movimiento extraño más allá del muro.

Su rostro, sereno como siempre, apenas revelaba la preocupación que le consumía.

— Mientras tanto, Xiaolian comenzaba a recibir nuevos entrenamientos.

Uno de sus tutores le entregó un informe militar confidencial sobre las patrullas en la frontera norte.

Al principio parecía un registro rutinario, pero tras revisarlo varias veces, notó un detalle inquietante: los recorridos eran erráticos, como si alguien hubiera manipulado las rutas para despistar a los superiores.

Con la frente fruncida, llevó el documento a Suwei.

—Parece un simple error, pero algo no encaja —dijo ella.

Suwei tomó el pergamino, lo leyó con atención y asintió lentamente.

—A veces el peligro no llega con tambores ni con ejércitos en marcha.

A veces se esconde en lo que parece costumbre.

Después, miró a su hija con ternura, acariciándole suavemente la cabeza.

—Recuerda, Xiaolian: la paz es como un animal dormido.

No se trata de adivinar si despertará… sino de estar lista cuando lo haga.

Suwei la miró fijamente, sus ojos serenos pero intensos, transmitiendo más que palabras.

Era un consejo, sí, pero también un legado silencioso: la sabiduría de quien ha visto la calma romperse de manera inesperada, de quien sabe que cada sonrisa puede esconder miedo y cada aplauso, sospecha.

Xiaolian asintió, sintiendo el peso de aquellas palabras instalarse en su pecho, como una pequeña llama que debía proteger y avivar a la vez.

El carruaje avanzaba lentamente por el camino de tierra, levantando un polvillo dorado que el sol de la tarde hacía brillar como diminutos diamantes flotando en el aire.

Xiaolian observaba cada detalle: los tallos de arroz verdes meciéndose con la brisa, el reflejo del cielo en los charcos que quedaban de la lluvia reciente, los campesinos que compartían risas mientras trabajaban hombro con hombro, los niños corriendo entre los surcos, sus manos tratando de atrapar mariposas que parecían bailar con ellos.

Todo era vida, todo parecía esperanza.

Pero algo dentro de ella permanecía inquieto.

La belleza del paisaje y la armonía del campo no lograban disipar la sensación de que algo invisible se movía más allá de su vista.

Cada sombra que pasaba entre los árboles, cada silbido del viento entre las cañas, parecía un recordatorio de que no todo estaba bajo control.

Xiaolian frunció el ceño y llevó la mano a su cuaderno, pensando en anotar aquello que su corazón intuía pero su mente no podía explicar completamente.

El silencio del camino se mezclaba con el sonido de las ruedas del carruaje y los cascos de los caballos.

De vez en cuando, un cuervo graznaba desde lo alto de un árbol, y la princesa se sorprendía al notar que su canto parecía más un aviso que un simple ruido.

Cada elemento del paisaje, que antes le habría parecido trivial, ahora parecía cargado de significado, como si la naturaleza misma conspirara para recordarle la fragilidad de la paz.

En lo alto de las montañas lejanas, entre bosques densos y valles cubiertos por la niebla, una figura encapuchada observaba el carruaje avanzar.

Su rostro permanecía oculto bajo la capucha oscura, pero sus ojos, afilados y atentos, no perdían un solo detalle.

Entregaba pergaminos sellados a jinetes que aparecían de la nada, hombres y mujeres entrenados en sigilo y velocidad, preparados para moverse como sombras.

Los pergaminos contenían instrucciones, coordenadas y mensajes secretos que, una vez ejecutados, podrían encender brasas dormidas en cualquier rincón del imperio.

Los jinetes partieron en distintas direcciones, sus caballos dejando surcos en la tierra húmeda y levantando un polvillo que se mezclaba con la bruma del atardecer.

Cada uno llevaba consigo un fragmento del plan, una pieza del rompecabezas que Zhenwu Long había comenzado a tejer desde su exilio.

La figura encapuchada los observó desaparecer entre los árboles y, finalmente, se retiró a la sombra de los picos, fundiéndose con la noche que lentamente caía.

El viento sopló con fuerza aquella tarde, arrastrando hojas secas y polvo por el camino.

Xiaolian lo sintió en su rostro y cerró los ojos un instante, dejando que la brisa le recordara que, incluso en la serenidad aparente, siempre existía movimiento.

Por un instante, juró escuchar un susurro oculto en el aire, una voz que parecía decirle al oído: —El tigre blanco aún respira.

La frase no estaba escrita en pergaminos, ni hablada por alguien visible, pero su resonancia era clara en su mente.

Era un recordatorio: la amenaza no estaba ausente, solo dormida, acechando entre los pliegues del imperio.

Xiaolian comprendió que la paz que veía desde el carruaje era frágil, que cada sonrisa del campesino y cada canto de los niños podían ocultar miedo, desconfianza o expectativa, y que ella debía estar lista para cuando todo cambiara.

El sol se escondió por completo detrás de las montañas, dejando paso a una penumbra que teñía de azul y gris los campos y caminos.

Las sombras se alargaban, fusionándose con la oscuridad que traía la noche.

El carruaje avanzaba con lentitud, y Xiaolian apoyó la cabeza en la ventanilla, dejando que los sonidos de la naturaleza y los murmullos le acompañaran.

Cada insecto, cada ave nocturna y cada susurro del viento parecían formar un coro silencioso que acompañaba su aprendizaje: la vigilancia debía ser constante, el corazón firme y los sentidos atentos.

Cuando finalmente divisaron los muros de la capital, Xiaolian notó cómo la luz de los faroles comenzaba a reflejarse en las calles adoquinadas, creando destellos anaranjados que bailaban sobre las fachadas.

La ciudad parecía tranquila, casi dormida, pero ella sabía que la tranquilidad podía ser engañosa.

Mientras los guardias abrían las puertas del palacio y los sirvientes se movían en silencio, Xiaolian comprendió que, detrás de cada gesto amable, detrás de cada sonrisa, podía esconderse un peligro que solo la observación y la preparación podrían revelar.

El capítulo cerraba con una sensación de presagio que flotaba en el aire, como un eco invisible que viajaba junto al viento: la calma era solo superficial, y el tigre blanco, aunque silencioso, aún respiraba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La paz es frágil y la esperanza delicada; ambos deben ser cuidados con manos firmes y ojos atentos.

Mientras unos reconstruyen hogares y corazones, otros afilan planes en las sombras.

La verdadera fortaleza de un imperio no reside solo en sus muros, sino en la atención que presta a los susurros que recorren sus valles.

Reconocerlos a tiempo puede significar la diferencia entre la tranquilidad y la tormenta.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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