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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 117

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  3. Capítulo 117 - 117 Capítulo 7 – Bajo las Aguas Tranquilas
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117: Capítulo 7 – Bajo las Aguas Tranquilas 117: Capítulo 7 – Bajo las Aguas Tranquilas El clima seguía apacible en el Imperio del Dragón dorado.

Las celebraciones secretas del cumpleaños del emperador Jin Long aún resonaban en los corredores del palacio, dejando una estela de dulzura que se mezclaba con el aroma de incienso y flores recién abiertas.

La risa de la princesa Xiaolian, el brillo emocionado en los ojos de Suwei, y la vulnerable gratitud del emperador habían tejido un recuerdo inolvidable.

Por un breve momento, parecía que nada podría perturbar la armonía del imperio.

Pero bajo la calma, los hilos invisibles del destino comenzaban a tensarse.

Jin Long retomó sus obligaciones con renovada energía.

Una mañana, vestido con una túnica de seda azul oscuro bordada con dragones dorados, recibió a los representantes de varias casas nobles en el Salón de las Columnas de Mármol.

Los nobles inclinaban sus cabezas con respeto, pero sus palabras estaban cargadas de intereses propios.

Había discusiones sobre cosechas, rutas comerciales y el manejo de los ejércitos.

Algunos reclamaban mayor control militar en las provincias del sur, otros pedían exenciones de impuestos.

Jin Long escuchaba en silencio, con la paciencia de quien sabe que cada palabra puede encender brasas ocultas.

Mientras tanto, Suwei recorría las provincias.

Se lo podía ver bajo la lluvia ligera de primavera, caminando por caminos embarrados al lado de campesinos, entregando medicinas y alimentos, o levantando refugios improvisados para los huérfanos de la guerra.

Su túnica clara se manchaba de barro, pero eso no lo detenía.

Era un consorte que no se limitaba a los muros del palacio: era un padre para el pueblo.

En uno de esos viajes, en una aldea cercana a la frontera occidental, escuchó rumores inquietantes: caravanas diplomáticas que nunca llegaban a destino, patrullas desaparecidas en caminos desolados, e incluso historias de mercenarios reclutados por nobles exiliados.

Suwei guardó silencio, pero su corazón comenzó a latir con más fuerza.

Esas historias no eran simples exageraciones campesinas.

Había un patrón en ellas.

De regreso al palacio, transmitió sus inquietudes al emperador.

Jin Long frunció el ceño, aunque no mostró alarma.

—Los rumores son como las olas del río, Suwei.

Unas mueren en la orilla… otras anuncian tormenta.

Habrá que observar de cerca.

En esos mismos días, la princesa Xiaolian comenzaba una nueva etapa de su formación.

admitida, aunque en calidad de oyente, a una sesión oficial del Consejo Imperial.

Se sentó en un banco lateral, con su túnica celeste y los cabellos recogidos en un peinado sencillo.

Algunos miembros del consejo la observaron con recelo; las tradiciones no aceptaban con facilidad la presencia de una niña en un recinto reservado a generales, ministros y eruditos.

Pero su silencio respetuoso, la seriedad en su rostro y la atención con la que seguía cada palabra hicieron que incluso los más rígidos se vieran obligados a reconocer su porte.

Ese día, el debate fue áspero.

Un sector del consejo exigía que se mantuviera la mano dura sobre las casas que habían sido derrotadas en la guerra.

Alegaban que el perdón ofrecido por Jin Long era signo de debilidad, que la clemencia alimentaba la desobediencia.

Otro sector, apoyado por Suwei, defendía que la reconstrucción y la reconciliación eran la única manera de garantizar una paz duradera.

La discusión se prolongó hasta entrada la tarde, y Xiaolian no dijo una palabra, pero grabó cada gesto en su memoria: los rostros endurecidos de los generales, la voz calmada de su padre, la firmeza apasionada de Suwei.

Comprendió que la política no era solo leyes y órdenes: era un campo de batalla silencioso, donde la paz y la guerra se enfrentaban con palabras en lugar de espadas.

En un rincón del salón, un noble permanecía callado, observando más que participando.

Sus ojos oscuros se clavaban en los presentes como un halcón en su presa.

Nadie lo notó, salvo Xiaolian, que lo miró con curiosidad.

No sabía que aquel hombre era emisario secreto de Zhenwu Long, el hermano exiliado del emperador.

Su misión no era debatir, sino escuchar y sembrar discordia.

Días después, Xiaolian, movida por una inquietud inexplicable que no sabía nombrar, decidió apartarse del bullicio del palacio.

Desde hacía noches soñaba con aguas oscuras y con campanas que resonaban en la distancia, y aunque trataba de ignorarlo, algo en su interior la empujaba hacia las colinas del este.

Allí, entre cerezos que apenas comenzaban a florecer, se alzaba el antiguo Templo de la Casa Yueji, un lugar olvidado por la mayoría, pero venerado en secreto por quienes aún buscaban consejo en las artes antiguas.

El camino hacia el templo no era fácil.

La senda serpenteaba entre piedras resbaladizas y raíces torcidas, y el viento descendía desde las montañas con un silbido frío que parecía advertirle que aún era una niña.

Sin embargo, Xiaolian avanzó con determinación.

El cielo estaba despejado, pero entre los árboles se formaban sombras que la hacían sentir observada.

Al llegar a la entrada del templo, la recibió el sonido grave de una campana que colgaba del pórtico de madera ennegrecida por los años.

Las puertas estaban entreabiertas, y un perfume de hierbas secas y sándalo impregnaba el aire.

Allí apareció una anciana de cabello blanco recogido en un moño alto, la piel marcada por arrugas que parecían mapas de viejas batallas, y ojos profundos, casi dorados, que brillaban como brasas encendidas.

Vestía una túnica gris sencilla, con el emblema desvanecido de un loto en el pecho.

—Te esperaba, princesa Xiaolian —dijo con voz serena, como si supiera de antemano de su llegada.

Xiaolian se inclinó con respeto, sorprendida.

—¿Me conoces?

—Conozco a tu padre, a tu madre… y sobre todo, a Suwei Jinhai —respondió la mujer, esbozando una sonrisa breve y nostálgica—.

En su juventud, solía venir aquí en busca de consejo, igual que tú ahora.

La princesa no supo qué decir.

La anciana la guió hacia una sala interior donde una lámpara de aceite iluminaba débilmente los tapices viejos colgados en las paredes.

Sobre la mesa humeaba una tetera de barro.

La mujer sirvió dos tazas con un té oscuro y amargo, cuyo aroma parecía mezclar tierra mojada con hojas quemadas.

—Bébelo sin miedo —dijo, acercándole una taza—.

El amargor despierta lo que duerme en el corazón.

Xiaolian dio un sorbo.

El sabor fue tan fuerte que le hizo fruncir el ceño, pero no se quejó.

La anciana la observaba con atención, como si en ese gesto sencillo evaluara su temple.

Entonces habló con lentitud, cada palabra cargada de intención: —La paz es como el agua quieta, princesa.

Engaña con su calma… pero bajo la superficie puede esconder una tempestad.

Xiaolian bajó la mirada.

El eco de esa frase retumbó en su interior como un gong invisible.

Quiso preguntar qué significaba, pero algo en la expresión de la anciana le dijo que las respuestas no vendrían de labios ajenos.

—El trono sobre el que se sienta tu padre descansa sobre aguas profundas.

Muchos creen que esas aguas están quietas… pero el río nunca deja de moverse.

Recuerda esto: no todo enemigo lleva espada, y no toda sonrisa es sincera.

La princesa asintió en silencio.

Había escuchado historias en el consejo, había visto los rostros tensos de los generales y los nobles.

Tal vez aquella mujer le estaba advirtiendo que la calma del imperio no era más que un espejismo.

La anciana colocó su mano huesuda sobre la de Xiaolian.

—Tu destino no será fácil, niña dragón.

Cuando el agua se agite, deberás aprender a ver más allá de la espuma.

El corazón de Xiaolian latió con fuerza.

No sabía por qué, pero sintió que esa mujer le había entregado una semilla que un día germinaría en su interior.

Permaneció un rato más en el templo, observando las pinturas descoloridas de dragones que parecían deslizarse entre nubes.

El silencio del lugar era profundo, interrumpido solo por el crujir de la madera vieja y el canto lejano de un cuervo.

Finalmente, la princesa se despidió con una reverencia.

—Gracias, maestra.

Guardaré tus palabras.

La mujer inclinó la cabeza, y sus labios murmuraron algo apenas audible: —La sombra ya ronda tus pasos, princesa.

Cuida bien tu luz.

Xiaolian descendió por el mismo camino que la había llevado hasta allí.

El sol de la tarde teñía las colinas de oro, y el viento parecía menos frío.

Sin embargo, en su pecho llevaba una inquietud que no se disolvía.

No comprendía aún el alcance de lo que había escuchado, pero intuía que el destino del imperio y el suyo propio estaban entrelazados en esas aguas silenciosas de las que había hablado la anciana.

Cuando llegó al palacio, los corredores estaban bañados por la luz anaranjada del crepúsculo.

El eco de pasos de los sirvientes, el murmullo lejano de músicos afinando instrumentos para la cena, todo parecía normal, cotidiano, pacífico.

Pero mientras avanzaba hacia sus aposentos, una sensación helada recorrió su espalda.

En lo alto de los muros exteriores, apenas visible entre las sombras del atardecer, una figura encapuchada la observaba en silencio.

Sus ojos brillaban con un destello metálico, como el filo de una espada oculta.

Xiaolian no lo notó, pero el lector sí: la calma del palacio era una ilusión frágil.

La tempestad aguardaba, invisible, bajo las aguas tranquilas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La calma puede ser tan engañosa como el silencio antes del trueno.

En los gestos serenos y en las palabras suaves se esconden semillas de tormenta, y solo quienes saben mirar bajo la superficie aprenden a anticipar la verdad que se avecina.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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