EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 123
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- Capítulo 123 - 123 Capítulo 3 El peso de las paredes
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123: Capítulo 3: El peso de las paredes 123: Capítulo 3: El peso de las paredes El viento del norte descendió aquella noche con una furia repentina, trayendo consigo un frío que parecía querer morder los huesos.
Golpeaba con fuerza los techos de tejas verdes del Palacio de las llamas eternas, levantando un murmullo helado entre las rendijas de las puertas y los corredores.
Las banderas imperiales ondeaban pesadas, como si incluso ellas se resistieran a ese movimiento brusco, arrastradas por un aire que parecía presagio.
Los guardias del portón principal se ajustaban las capas de lana, los faroles en sus manos chisporroteaban y a veces se apagaban, obligando a encenderlos de nuevo.
En los pabellones más internos, los sirvientes susurraban entre ellos que el frío era señal de cambio, un recordatorio de que ni siquiera la gloria del imperio estaba libre de tempestades.
En el Pabellón del Consorte, las lámparas permanecían encendidas más horas de lo necesario.
El resplandor dorado bañaba las paredes decoradas con pinturas de grullas y montañas, proyectando sombras inquietas sobre la seda.
Los sirvientes murmuraban que Suwei no dormía, que pasaba las noches escribiendo sobre pergaminos, aunque al amanecer muchos quedaban a medio terminar, sin sello, sin dirección, sin destinatario.
Algunos hablaban de cartas para el emperador que nunca llegaban a completarse, otros de poemas inconclusos que quedaban desordenados sobre la mesa como jirones de pensamientos interrumpidos.
Sus pasos resonaban una y otra vez sobre la madera del suelo, en un vaivén interminable, como el movimiento de un tigre enjaulado que busca salida y no la encuentra.
Había una ansiedad en su andar, un fuego contenido que no sabía dónde derramarse.
Se detenía frente a la ventana, miraba la luna oculta tras las nubes y regresaba al escritorio.
Tomaba la pluma, mojaba en tinta, escribía un inicio: “Aún recuerdo…” o “No puedo dejar de pensar…” y luego detenía la mano, incapaz de seguir.
El silencio pesaba más que las palabras.
Del otro lado del palacio, en la imponente Sala del dragón, el emperador Jin Long se hallaba rodeado de mapas y rollos.
El comandante mayor le hablaba con seriedad sobre la necesidad de reforzar las fronteras del sur, donde rumores de bandidos y clanes rebeldes comenzaban a inquietar.
Pero las palabras del general parecían perderse en el aire.
Jin Long asentía, respondía con frases cortas, cumplía con su deber, pero en el fondo apenas escuchaba.
Su mirada se desviaba hacia el suelo iluminado por antorchas, donde su sombra se alargaba solitaria.
Esa figura proyectada en piedra, alta y solemne, le devolvía una verdad que él mismo no quería admitir: gobernaba un imperio inmenso, pero lo hacía solo.
El asiento vacío a su lado, que una vez había sido presencia constante, le recordaba cada noche que el poder más absoluto no podía llenar el vacío del corazón.
Esa noche, mientras los ministros y generales dormían, la princesa Xioalian cenó en compañía de su abuela en el comedor del ala este.
El ambiente era cálido, con braseros encendidos y platos de porcelana fina llenos de arroz, verduras salteadas y pescado al vapor.
El té de loto humeaba suavemente, perfumando el aire.
La niña, de once años, jugueteaba con los palillos, distraída.
Su mente estaba en otro lado, observando los silencios que los adultos creían invisibles.
—Abuela —dijo de pronto, levantando la vista con ojos serios—, ¿por qué mis padres no se miran?
La emperatriz viuda, Xioalian la observó largamente con esos ojos viejos y sabios que parecían haber visto mil tormentas.
No respondió al instante.
Tomó un sorbo de té, apoyó la taza con cuidado y luego habló con voz serena, aunque cargada de recuerdos.
—Porque a veces, pequeña emperatriz, los corazones más unidos tienen miedo de acercarse.
La niña frunció el ceño, sin entender del todo.
La anciana sonrió con ternura, acariciándole la mano, y entonces, como si compartiera un secreto, bajó la voz y añadió: —Tu abuelo, el emperador Tian Long, y yo también tuvimos un silencio una vez.
Los ojos de la niña brillaron con curiosidad.
—¿Tú y el abuelo?
¿De verdad?
—Sí —respondió la emperatriz viuda, y su mirada se perdió por un instante hacia el vacío, como si los recuerdos volvieran a caminar por el comedor con ellos—.
Fue hace muchos años, cuando él regresó de la gran campaña del norte.
Había ganado batallas, extendido las fronteras, pero había vuelto diferente.
Guardaba silencio, y yo, en mi orgullo, creí que debía esperar.
Pasaron semanas sin hablarnos más que con frases cortas.
Y una noche, me encontré caminando sola en los jardines, bajo la nieve.
Entonces lo vi, de pie frente al estanque, sin capa.
“Pensé que ya no me amaba —confesó la anciana, con voz baja pero firme—.
Pero cuando lo llamé, él se giró y vi que lloraba.
Me dijo que había perdido a demasiados hombres en la guerra, que tenía miedo de traer ese dolor a nuestro hogar.
Y yo comprendí que su silencio no era falta de amor, sino demasiado amor guardado.
Esa misma noche hablamos hasta el amanecer, y nunca más dejamos que el miedo nos callara.” La princesa escuchaba en absoluto silencio, como si la historia fuera un tesoro.
—¿Entonces… si ellos tienen miedo, también es porque se aman?
La emperatriz viuda sonrió, acariciando la mejilla de la niña.
—Exactamente, pequeña emperatriz.
A veces el amor se esconde en el silencio más profundo.
Pero tarde o temprano, encuentra su camino de regreso.
Xioalian guardó esas palabras en su corazón como quien guarda un secreto poderoso.
En su interior nació una chispa: si los adultos no sabían cómo volver a encontrarse, tal vez alguien más tendría que ayudarles.
En la madrugada, cuando el palacio entero parecía dormir, Jin Long salió de su aposento.
Caminó despacio, cruzando patios en penumbra, mientras el viento helado sacudía las linternas.
Sus pasos resonaban huecos entre las paredes altas, como si el eco quisiera detenerlo.
Llegó hasta el Ala de los Consortes y se detuvo frente a la puerta cerrada.
Tras ella, ningún sonido.
Se quedó allí un largo rato, sin tocar, sin hablar.
Solo dejó que el frío de la noche le recordara lo cerca y lo lejos que estaba de su esposo.
Quiso levantar la mano, golpear suavemente la puerta, pero el peso de la duda lo detuvo.
Sus dedos se cerraron en un puño y bajaron lentamente.
Al mismo tiempo, dentro del pabellón, Suwei estaba sentado junto a la ventana.
Había dejado de escribir, había dejado incluso de pensar.
Solo miraba el cielo encapotado, como si esperara una señal.
Algo.
Lo que fuera.
El viento hacía temblar las ramas de los árboles, y por un instante creyó escuchar un murmullo, una voz lejana.
Pero no había nada.
El silencio lo envolvía, tan denso que parecía tener paredes, como si estuviera atrapado en una prisión invisible.
Y sin embargo, en lo más profundo de ese silencio, también se hallaba la presencia de Jin Long, un eco invisible que nunca lo abandonaba.
Recordó los primeros meses en el palacio, cuando aún se sentía extraño entre tanto oro, jade y seda.
Jin Long solía aparecer de improviso en el pabellón, sin avisar, con esa sonrisa contenida que siempre parecía estar a punto de romperse.
En aquellas noches, no había papeles ni pergaminos que valieran más que el calor de una charla sencilla.
Recordaba cómo el emperador le señalaba el cielo, nombrando estrellas y constelaciones, como si fueran aliados antiguos del dragón.
—Míralas bien, Suwei —le había dicho una vez—.
Cada emperador tiene su estrella, y cada consorte también.
Puede que el cielo nos separe, pero la luz siempre nos encontrará.
Ahora, esas palabras eran una daga que giraba en su memoria.
¿De qué servía la luz si ellos mismos se apartaban de ella?
Suwei apretó los labios.
La pluma estaba seca sobre el escritorio, olvidada.
El pergamino a medio escribir temblaba apenas con la brisa nocturna, como si quisiera escapar también de esa prisión muda.
Mientras tanto, en otra ala del palacio, la emperatriz viuda relataba a la pequeña Xioalian una anécdota que parecía lejana, pero que llevaba la marca del mismo dolor.
—Tu abuelo, el emperador Tian Long, también fue un hombre de silencios —susurró la anciana, con una melancolía que le nubló los ojos—.
Hubo un tiempo en que él y yo no sabíamos cómo encontrarnos.
Las paredes del palacio nos separaban tanto como los protocolos.
Yo lo amaba, pero no sabía cómo decírselo sin parecer débil.
Y él… él me amaba también, pero su deber lo volvía distante.
La niña escuchaba con atención, sin pestañear.
La voz de su abuela no temblaba, pero cada palabra parecía pesar más que la anterior.
—Una noche —continuó la anciana—, el cielo estaba tan oscuro como esta semana.
Yo lo busqué en los corredores y lo encontré justo donde está tu padre ahora, en la Sala del Fénix.
No dijo nada, no me miró siquiera… pero me dejó quedarme allí, a su lado, en silencio.
Fue entonces cuando entendí que el amor a veces no necesita palabras, sino solo el valor de no apartarse.
La niña inclinó la cabeza, pensativa.
No comprendía del todo, pero aquella historia se le quedó clavada como una semilla que buscaba brotar.
Y mientras esas memorias del pasado flotaban en el aire, en el presente los dos hombres seguían atrapados en su mutua distancia.
Jin Long, de pie frente al pabellón cerrado, y Suwei, tras los muros que parecían más gruesos que cualquier fortaleza.
Dos hombres, separados por una puerta.
Dos corazones, divididos por el miedo.
Y un palacio entero, cargando con el peso de esas paredes.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El silencio entre dos corazones puede levantar muros más altos que cualquier muralla imperial.
A veces, el miedo a herir o a mostrar la propia fragilidad pesa más que el deseo de acercarse.
Pero ningún muro es eterno: incluso las paredes más densas tiemblan ante la verdad del amor que insiste en volver a abrirse paso.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com