EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 132
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- Capítulo 132 - 132 Capítulo 2 El Pacto de los Cinco Tronos
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132: Capítulo 2: El Pacto de los Cinco Tronos 132: Capítulo 2: El Pacto de los Cinco Tronos El cuarto día de la Cumbre amaneció con un cielo despejado, como si la propia naturaleza hubiera decidido bendecir el desenlace de las deliberaciones.
Las campanas del palacio repicaron con solemnidad, y los heraldos recorrieron las calles de Shenlin anunciando que aquella jornada decidiría el destino del continente.
El pueblo se agolpaba en plazas y balcones, aguardando noticias.
Nadie tenía permitido entrar en el recinto del palacio, pero los rumores se esparcían como fuego en hierba seca: “Hoy firmarán la paz”, murmuraban unos; “hoy comenzará la guerra”, decían otros.
En el gran salón del consejo, el ambiente era solemne.
Los cinco tronos formaban un círculo perfecto, y en el centro, sobre la mesa de ébano pulida hasta reflejar las antorchas, reposaba el pergamino final.
Estaba preparado con sellos de cera y cintas doradas, custodiado por escribas que parecían contener la respiración.
Uno a uno, los soberanos fueron entrando.
El Rey HEO XIII, anfitrión de la Cumbre, lucía túnicas blancas bordadas con hilos de oro, símbolo de la pureza y la verdad.
Su porte era severo, pero en sus ojos brillaba la esperanza de ver nacer un pacto largamente esperado.
La Reina Meiling II de Xianbei entró en silencio, acompañada por dos damas de confianza.
Su cabello negro estaba recogido con un broche de jade, y su mirada transmitía calma, aunque por dentro su mente calculaba cada palabra que debía pronunciar si era necesario.
El Rey Darián XI de Koryun irrumpió con paso firme, como si entrara en un campo de batalla.
Llevaba una capa azul oscuro, adornada con una hebilla de hierro en forma de lobo.
Sus manos, curtidas de años de guerra, se posaron sobre los brazos del trono como si fueran las empuñaduras de una espada.
La Reina Selene VII de Andshi apareció envuelta en un vestido de seda carmesí que brillaba bajo la luz de las antorchas.
Sus labios esbozaban una sonrisa diplomática, pero sus ojos fríos revelaban que cada movimiento estaba medido, cada gesto calculado.
Por último, llegó el Emperador Jin Long.
Su sola presencia hizo que los murmullos se extinguieran.
Vestía un manto púrpura con bordados dorados que representaban dragones entrelazados, símbolo del poder imperial.
A su lado, Suwei, su consorte, vestía una túnica azul oscuro sencilla pero elegante, sosteniendo en sus manos un estuche de jade que contenía el sello imperial.
El silencio se hizo absoluto.
HEO XIII se levantó y habló con voz clara: —Majestades, durante tres días nuestras voces discutieron, chocaron y se alzaron en defensa de nuestros pueblos.
Pero hoy, por primera vez en décadas, nuestros reinos y el Imperio han decidido caminar juntos.
Que quede asentado: el Principado de Takrin no está solo.
El escriba mayor abrió el pergamino.
Sus letras eran finas, precisas, trazadas con tinta negra sobre el pergamino blanco como la nieve.
El título en lo alto decía: “El Pacto de los Cinco Tronos” Uno a uno, los soberanos firmaron.
HEO XIII estampó primero su rúbrica y su sello real, sus manos temblando apenas, consciente de que lo que hacía sería recordado mucho después de su muerte.
Meiling II se inclinó sobre el pergamino con un gesto elegante, y al presionar su sello de jade, dijo en voz baja: —Por la unidad, aunque sea frágil.
Darián XI dudó unos segundos, mirando el documento como si fuera una espada que podría volverse contra él.
Finalmente, estampó su firma y apretó la cera con fuerza, como si quisiera dejar grabada no solo su rúbrica, sino también su carácter indomable.
Selene VII firmó con gracia, su sonrisa enigmática intacta.
Mientras estampaba su sello de ónix, susurró apenas audible: —Que la historia recuerde que Andshi nunca dudó.
Finalmente, Jin Long se levantó.
Tomó la pluma carmesí, la mojó en tinta roja y trazó con calma su nombre.
Luego, Suwei abrió el estuche de jade y el emperador presionó sobre la cera el sello del dragón dorado, cuya impresión brilló bajo la luz como si ardiera.
Cuando la última marca quedó estampada, un murmullo recorrió la sala.
No era júbilo, sino respeto.
Era el peso de un compromiso que trascendía generaciones.
El emperador se volvió hacia los demás y habló, su voz profunda resonando en los muros de mármol: —Hoy, cada uno de nosotros ha entregado algo más valioso que ejércitos o riquezas: nuestra palabra.
Takrin será nuestro hermano menor, protegido por todos.
Y que Oshiran sepa que ninguna sombra se alzará sobre el continente sin que respondamos como uno solo.
Un aplauso contenido siguió a sus palabras, solemne, casi religioso.
Afuera, las campanas repicaron para anunciar al pueblo que el pacto había sido firmado.
Al caer la tarde, los jardines del Palacio Blanco fueron iluminados con faroles de papel que colgaban de los árboles, y antorchas que dibujaban reflejos dorados en los estanques.
Mesas largas, cubiertas de manteles de seda y bordadas con los emblemas de cada reino, esperaban a los invitados.
El pueblo, aunque no podía acercarse, miraba desde lejos el resplandor de la fiesta.
Shenlin estaba de celebración: en las calles se repartían dulces, se tocaban tambores, y los niños encendían linternas flotantes que ascendían hacia el cielo estrellado.
En los jardines, los monarcas y sus cortes se reunieron alrededor de los manjares.
Vinos de Andshi, carnes asadas de Koryun, frutas exóticas de Xianbei, especias del Imperio, y pescados frescos de Nanxi componían un banquete digno de las eras doradas.
HEO XIII alzó su copa de oro y brindó: —Majestades, amigos, hermanos.
Lo que hemos logrado aquí será recordado mucho después de que nuestros nombres sean polvo.
No como un pacto escrito en pergamino, sino como la unión de cinco tronos que decidieron dejar atrás sus diferencias para levantar un muro común contra la oscuridad.
¡Por Takrin, por la paz y por nuestros pueblos!
El brindis fue recibido con vítores y música.
Los bardos de Nanxi entonaron melodías solemnes, y bailarinas con plumas de pavo real danzaron entre las mesas.
Más tarde, el Emperador Jin Long se levantó.
Su voz impuso silencio inmediato.
—Hoy no hablo como emperador, sino como hombre.
Hemos demostrado que la grandeza no está en gobernar sobre otros, sino en saber cuándo unirnos a ellos.
Que esta noche no sea solo la celebración de un pacto, sino el inicio de una nueva era.
El estruendo de copas alzadas respondió a sus palabras.
La atmósfera se llenó de júbilo, aunque por debajo todos sentían la fragilidad de aquella paz.
La luna ya estaba alta cuando, de pronto, el viento sopló frío.
Una tras otra, las antorchas comenzaron a apagarse como si manos invisibles recorrieran los jardines.
La música se detuvo.
Un graznido oscuro quebró la calma de la noche.
La melodía de los músicos se cortó de golpe, como si las cuerdas mismas hubieran sentido miedo.
Desde lo alto del cielo descendió un cuervo de plumaje negro como la obsidiana, sus alas recortadas contra la luna llena parecían cuchillas que hendían la penumbra.
Giró en círculos, con un vuelo lento y calculado, hasta posarse en el balcón real del salón de Shenlin.
Sus ojos rojos brillaban con un fulgor antinatural, como brasas encendidas que no deberían existir en criatura alguna.
El silencio se extendió entre todos los presentes, un silencio tan denso que se podía sentir en el aire, como un peso invisible sobre los hombros.
Los guardias reaccionaron de inmediato, desenvainando las lanzas y dando un paso al frente, pero Jin Long alzó la mano.
—Nadie se mueva —ordenó con voz firme.
El ave, ajena al temor que provocaba, abrió sus alas con un batir pesado que resonó en los muros como un tambor fúnebre.
Entonces dejó caer un pequeño rollo de pergamino.
La caída fue lenta, casi solemne, hasta que se posó frente a los cinco tronos vacíos.
El sello que lo cerraba estaba marcado con un emblema que hizo que más de un consejero contuviera la respiración: una media luna rota, el símbolo prohibido de los antiguos heraldos de guerra, una orden extinguida hacía siglos… o eso se creía.
Nadie habló.
Nadie osó siquiera tragar saliva.
El silencio era sepulcral.
El cuervo graznó una última vez, un sonido áspero, como si rasgara el aire, y después emprendió vuelo hacia la noche, perdiéndose en la oscuridad como una sombra que nunca debió estar allí.
Jin Long se levantó de su asiento.
Cada paso que dio hacia el pergamino resonó en el suelo como un eco solemne.
Se inclinó y recogió el mensaje con calma, sin mostrar prisa ni temor, como si hubiese estado esperando aquel momento.
Sus manos fuertes sostuvieron el rollo, pero sus ojos se clavaron en el sello.
Nadie más se atrevió a acercarse.
Incluso los monarcas invitados contenían la respiración, sabiendo que lo que estaba a punto de abrir no era un simple mensaje, sino un presagio.
El emperador rompió el sello con un solo movimiento.
Desenrolló el pergamino, lo leyó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos.
Entonces, levantó la mirada, y aunque su expresión era impenetrable, su voz cargaba un peso que heló la sangre de todos: —La paz nunca llega sola —dijo, dejando que cada palabra calara como un martillo sobre piedra—.
Siempre trae consigo la sombra de quienes la temen.
Nadie osó responder.
Nadie se movió.
Los cálices permanecieron inmóviles sobre la mesa, y la música, que había callado al llegar el cuervo, no volvió a sonar esa noche.
En lo alto, más allá de los vitrales, las nubes comenzaron a cubrir la luna, como si hasta el cielo deseara ocultarse de lo que acababa de ocurrir.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La paz es un farol encendido en medio de la noche.
Brilla, guía y da esperanza… pero también atrae a quienes temen su luz y desean apagarla.
Todo pacto, por más solemne, siempre guarda la semilla de su prueba.” Su regalo es mi motivación de creación.
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