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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 147

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147: Capítulo 7 — La Alianza Reunida 147: Capítulo 7 — La Alianza Reunida La madrugada cubría Xijun City con un manto de bruma espesa.

Las calles empedradas, normalmente ruidosas con el comercio matutino, estaban en silencio absoluto.

El aire olía a tierra húmeda y hierro, un presagio de que la historia estaba a punto de cambiar.

En lo más alto de la ciudad, el Palacio de las Llamas Eternas se erguía como un coloso dorado, iluminado por antorchas que nunca se apagaban.

Sus torres parecían atravesar la niebla como lanzas encendidas, y las murallas resonaban con el eco lejano de tambores ceremoniales.

Aquella no era una noche de festejo ni de música: la urgencia había borrado toda etiqueta.

Los mensajeros llegaron primero, montados en caballos cubiertos por mantos rojos imperiales.

Sus voces rompieron la quietud con un anuncio que retumbó en la plaza principal: —¡Los reyes han arribado!

Un estremecimiento recorrió a la multitud que aguardaba tras las rejas doradas.

Las campanas resonaron tres veces —el toque reservado para reuniones entre monarcas— y entonces, los carruajes comenzaron a atravesar las puertas dorados del palacio.

El primero fue el rey de Nanxi, cubierto por una armadura negra marcada por cicatrices de antiguas batallas.

Su estandarte, un pavo Real dorado sobre un fondo escarlata, ondeaba con firmeza.

Su mirada era de un soldado más que de un rey: dura, pragmática, sin lugar para discursos vacíos.

Detrás llegó el rey de Koryun, envuelta en un manto azul profundo que brillaba como el mar bajo la luz de la luna.

Su séquito avanzaba en silencio, con el ritmo medido de un ejército que conoce la disciplina.

Su carruaje llevaba un emblema de un lobo blanco El tercer carruaje traía la reina de Xianbei, de porte orgullosa, y rostro endurecido por décadas de guerra.

Su estandarte, con el símbolo de fénix dorado sobre un campo blanco, se movía con la brisa como si oliera la tempestad que se acercaba.

Y por último, llegó la reina de Andshi, con una mirada aguda como una daga y vestiduras bordadas con hilos de plata.

Su caravana era la más silenciosa de todas, pero también la más observada: Andshi era el reino que, por generaciones, había preferido mantenerse neutral hasta que la guerra tocaba su puerta.

En la escalinata principal, el emperador Jin Long, acompañado por Suwei el gran consorte imperial, los esperaba.

No había música, ni alfombra ceremonial, ni discursos.

Solo una línea de guardias imperiales con armaduras relucientes, y la solemnidad imponente de un momento que no admitía sonrisas.

Jin Long dio un paso al frente.

Su voz fue grave y clara, como el rugido contenido de un dragón: —Bienvenidos, aliados de nuestra causa.

No hay tiempo para palabras vacías.

Sin más, giró y los condujo directamente hacia el Salón de Guerra, en el corazón del palacio.

La puerta de madera negra se abrió, revelando una sala amplia y solemne.

Sobre la mesa central, un enorme mapa del continente se extendía bajo la luz temblorosa de antorchas.

Piedras rojas marcaban la frontera del Principado de Takrin.

Piedras negras, más al este, señalaban el mar donde los vigías habían avistado las naves de Oshiran.

Los generales imperiales ya aguardaban, con la mano sobre sus espadas.

Los consejeros de las casas leales murmuraban entre ellos.

La tensión era tan espesa como la niebla afuera.

El emperador se situó al final de la mesa.

Su capa dorada parecía un río de fuego bajo la luz cálida.

Cuando habló, su voz retumbó por toda la sala como un trueno controlado: —El Principado de Takrin clama ayuda.

La República Federada de Oshiran ha mostrado sus colmillos.

No nos han atacado aún… pero su intención es clara.

Un golpe seco resonó en la mesa: el rey Heo de Nanxi había dejado caer su mano enguantada con furia contenida.

—Si Takrin cae —dijo con voz ronca—, Oshiran tendrá paso directo hacia nuestras tierras.

¡No podemos permitirlo!

El rey Darian de Koryun alzó el rostro con elegancia, pero sus palabras fueron tan cortantes como el filo de un sable.

—Y tampoco debemos precipitarnos.

Si esto es una provocación, una respuesta impulsiva puede arrastrar a toda la Alianza a una guerra sin fin.

Los murmullos crecieron, como un enjambre inquieto.

La reina meiling de Xianbei golpeó su bastón de guerra contra el suelo, pidiendo silencio.

Su voz resonó como hierro sobre piedra: —Si la Alianza titubea, Oshiran no tendrá que luchar.

Nos dividirá antes de que crucen nuestras fronteras.

La reina Selene de Andshi observaba en silencio, sus ojos recorriendo cada rostro, analizando no solo las palabras, sino los temores detrás de ellas.

Andshi no solía ser la primera en hablar… pero cuando lo hacía, su voz tenía peso.

—Si Takrin cae —dijo suavemente— no será solo su frontera la que se abra… será el continente entero el que se fracture.

El consorte imperial dio un paso al frente.

Su voz no fue un grito, pero se impuso como una brisa helada que obliga a escuchar.

—El destino de Takrin es el destino de todos nosotros.

Pero no decidamos desde el miedo… sino desde la unidad.

La sala guardó silencio.

Jin Long alzó una mano.

El murmullo se apagó como si el aire mismo se hubiera detenido.

La voz de Jin Long rasgó la sala como el filo de una espada: —La Alianza no fue forjada para adornar tratados —declaró el emperador—.

Fue forjada para el día en que la oscuridad nos pusiera a prueba.

Y ese día… ha llegado.

Un silencio denso se extendió como una ola invisible.

Cada palabra del emperador parecía quedar suspendida en el aire, resonando no solo en los oídos, sino en los pechos de quienes estaban allí.

Nadie se movió.

Nadie respiró con libertad.

Era como si el Salón de Guerra mismo contuviera el aliento.

El rey de Nanxi, de pie como una muralla de hierro, fue el primero en romper el silencio.

Clavó su mirada en el mapa extendido frente a ellos y dijo con voz grave: —Entonces que la Alianza cumpla su propósito.

Prefiero morir de pie que ver mi reino arrodillado frente a Oshiran.

La reina de Koryun entrelazó las manos sobre la mesa.

Su mirada era aguda como la marea antes de una tormenta.

—El mar lleva nuestros barcos y nuestras esperanzas, Jin Long.

Si esta alianza se rompe por miedo, Oshiran controlará las rutas antes de que siquiera crucen tierra firme.

El rey de Xianbei alzó su bastón de guerra, golpeándolo contra el suelo de mármol.

—Los lobos no temen la noche.

Si ellos vienen… que sepan que en esta tierra los lobos muerden.

La reina de Andshi alzó lentamente la vista.

Ella no era dada a discursos apasionados.

Su fuerza residía en la precisión, en las palabras que daban forma a decisiones que duraban siglos.

—Los tratados nacen de la necesidad —dijo con calma—, pero la verdadera alianza nace de la sangre compartida.

Si damos un paso atrás hoy… mañana no quedará ningún lugar al que regresar.

La tensión era tan fuerte que las llamas de las antorchas parecían agitarse con más violencia.

El emperador, aún de pie al final de la mesa, mantuvo la vista fija en cada uno de los rostros frente a él.

No veía solo coronas.

Veía naciones enteras sosteniéndose sobre esos hombros.

Suwei dio un paso adelante, apenas, pero bastó para atraer la atención.

—El enemigo cree que estamos divididos —dijo en voz baja pero firme—.

Cree que el Dragón Dorado se ha dormido después de su guerra interna.

Pero no entiende que de las cenizas se levantan imperios más fuertes.

La reina de Koryun asintió.

Nanxi golpeó la mesa con el puño.

El rey de Xianbei sonrió de medio lado, como un guerrero que huele el preludio de la batalla.

Y fue entonces cuando la reina de Andshi pronunció la frase que sellaría el espíritu de esa madrugada: —Que sea la Alianza la que ruja… no la sombra.

Fuera del palacio, el viento soplaba sobre las murallas como un canto antiguo.

Las banderas imperiales ondeaban al compás de esa brisa nocturna.

En las plazas, los ciudadanos se reunían en pequeños grupos, observando el resplandor de las antorchas desde lejos.

Nadie sabía con certeza qué se discutía tras esos muros, pero todos lo sentían: algo grande, decisivo y terrible estaba gestándose detrás de esas paredes de piedra.

Los rumores corrían como ríos bajo la ciudad: —Dicen que los reyes están aquí… —susurraba un herrero con las manos aún tiznadas de carbón.

—Dicen que Oshiran ya desplegó su flota… —respondía una mujer con un niño en brazos.

—Dicen que el dragón volverá a rugir.

En una esquina de la plaza, un grupo de jóvenes soldados recién reclutados afilaba sus lanzas bajo la luz de la luna.

Sus rostros eran una mezcla de miedo y orgullo.

Para ellos, la palabra “guerra” era todavía un eco lejano… pero esa noche, ese eco se transformaba en tambor.

Dentro de la sala, el emperador dio un paso al frente.

Su sombra cayó sobre el mapa extendido como un presagio.

—Escuchadme bien —dijo con voz firme—.

Esta no es una guerra que deseemos.

Pero si Oshiran cruza nuestras aguas, no nos encontrará arrodillados… nos encontrará unidos.

Los monarcas asintieron lentamente.

La decisión no estaba escrita aún en documentos, pero ya había sido sellada en sus miradas.

Lo que surgía en ese salón no era solo una estrategia militar.

Era un pacto de hierro, uno que pondría a prueba siglos de alianzas, traiciones pasadas y heridas que aún no habían sanado por completo.

El rey de Nanxi rompió el protocolo y dio un paso hacia el emperador.

Extendió su brazo derecho y lo colocó sobre el mapa, justo sobre Takrin.

—Por mi reino —dijo—, juro que nuestros hombres estarán allí cuando el primer cuerno suene.

El rey de Koryun hizo lo mismo, posando su mano sobre las rutas marítimas dibujadas en azul.

—Por nuestros mares —declaró—, juro que ninguna flota enemiga pasará sin sentir el filo de nuestras proas.

La reina de Xianbei golpeó su bastón contra la mesa, luego posó su palma sobre el norte del mapa.

—Por los lobos de Xianbei, juro que el rugido se oirá antes de que el enemigo vea nuestras lanzas.

La reina de Andshi, con lentitud calculada, acercó su mano y la apoyó sobre el mapa, justo entre la frontera y las líneas de suministros.

—Y por Andshi… juro que cuando llegue el invierno, Oshiran maldecirá cada paso que dio sobre esta tierra.

El emperador miró aquellas manos sobre el mapa, cada una representando un reino distinto.

Un hilo invisible de destino parecía unirlas.

Entonces él también apoyó su mano sobre Takrin, en el centro de todas las demás.

—Por el Dragón Dorado —proclamó—, juro que si la oscuridad toca nuestras costas… el fuego la devorará.

Las antorchas parpadearon, como si el fuego mismo reconociera la promesa.

En los pasillos, heraldos y mensajeros aguardaban con plumas y pergaminos.

Afuera, los capitanes de guardia afilaban espadas y revisaban armaduras.

La noche, que hasta hacía poco había sido silenciosa, ahora vibraba con un murmullo contenido, como el preludio de una tormenta.

Suwei observó a Jin Long en silencio.

No necesitaba palabras.

Había estado a su lado en tiempos de guerra interna, cuando el imperio casi se rompe desde adentro.

Pero esa noche… era diferente.

Esta guerra no vendría desde los pasillos traicioneros de palacio, sino desde más allá del mar.

Y, paradójicamente, esa amenaza externa era la que estaba soldando a los reinos como nunca antes.

El rey de Koryun fue la primera en retirarse del mapa.

Su rostro estaba sereno, pero sus pasos eran como los de alguien que camina hacia un destino inevitable.

Le siguió el rey de Nanxi, luego Xianbei, y finalmente Andshi.

Uno a uno abandonaron el salón, seguidos por sus séquitos, para preparar a sus naciones.

Pero Jin Long permaneció allí, solo, mirando el mapa como si pudiera ver el futuro grabado en esas líneas y colores.

Suwei se acercó y puso una mano sobre su hombro.

—Has encendido el fuego, Jin —dijo en voz baja—.

Ahora el continente escuchará el rugido.

El emperador cerró los ojos por un instante.

No sentía gloria ni euforia.

Sentía peso.

El peso de cada vida que pronto dependería de las decisiones tomadas en esa sala.

—Que así sea —murmuró.

En lo alto del palacio, las campanas resonaron tres veces más.

Un mensaje silencioso recorrió la ciudad: la Alianza ha despertado.

En los barrios, las madres abrazaron a sus hijos.

Los herreros encendieron hornos.

Los templos abrieron sus puertas para rezos que pedían fuerza y protección.

Y en los muros, los soldados observaron el horizonte negro del mar, donde las velas enemigas aguardaban como cuervos sobre un campo de batalla aún no abierto.

La Alianza estaba reunida.

El juramento había sido hecho.

Y el rugido del Dragón Dorado, aunque silencioso aún, ya temblaba en el aire… anunciando el amanecer de una era donde el continente volvería a arder.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Las alianzas no se forjan con palabras suaves, sino con miradas firmes en medio de la tormenta.

A veces, no es la espada la que decide el rumbo de la historia, sino la unidad de quienes se atreven a no retroceder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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