EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 148
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- Capítulo 148 - 148 Capítulo 8 Llamas sobre el Mar de Takrin
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148: Capítulo 8: Llamas sobre el Mar de Takrin 148: Capítulo 8: Llamas sobre el Mar de Takrin La bruma matinal se levantaba lentamente sobre la costa de Takrin, deslizándose entre los acantilados como un velo que intentaba esconder la tensión que impregnaba el aire.
En las torres de vigilancia, los vigías no parpadeaban.
Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, permanecían fijos en el horizonte.
Allí, como sombras inmóviles, los barcos de guerra de Oshiran aguardaban… pacientes, silenciosos… letales.
Las velas negras, hinchadas por el viento del norte, ondeaban con una solemnidad inquietante.
Cada una llevaba grabado el emblema de la república invasora: un águila garras extendidas, símbolo de dominio.
No disparaban, no hablaban… pero su sola presencia devoraba el aliento de los hombres y mujeres que defendían el principado.
Lucian el príncipe soberano, de pie sobre las murallas del puerto, apretaba los puños con rabia contenida.
La tensión se respiraba como humo espeso.
—No quieren negociar —dijo uno de sus generales, con la voz grave—.
Quieren quebrarnos sin disparar una sola flecha.
El príncipe no respondió.
Su mirada estaba fija en el mar, en esas siluetas oscuras que parecían no tener prisa.
Lo sabía: Oshiran no era un enemigo impaciente.
Era como una bestia que espera el momento exacto para lanzar el zarpazo.
— En los campamentos dentro de Takrin, los soldados entrenaban sin descanso.
El metal de las lanzas chocaba en sincronía, los arqueros tensaban sus cuerdas, y los herreros no dejaban de forjar día y noche.
La guerra no había comenzado oficialmente, pero todos sabían que la batalla era inevitable.
Los más jóvenes temblaban al escuchar las historias de Oshiran.
“No conquistan ciudades… las devoran”, decían los veteranos.
Sin embargo, esa misma amenaza encendía en ellos un fuego nuevo.
Defender su hogar ya no era solo un deber: era cuestión de honor.
El capitán de la guardia costera caminaba entre las filas, observando cada movimiento con ojo de halcón.
—El enemigo observa —dijo en voz alta—.
Pero también nosotros observamos.
Y cuando muestren su debilidad, les haremos pagar cada ola que se han atrevido a cruzar.
— Mientras tanto, en la capital imperial, el consejo de guerra se mantenía en sesión permanente.
En el Salón de Jade, frente al mapa extendido sobre la gran mesa, el emperador y los monarcas aliados analizaban cada ruta, cada paso y cada posible traición.
Suwei señalaba las rutas marítimas con un puntero de madera.
—Si atacan desde el norte, bloquearán los suministros.
Si desembarcan aquí —dijo marcando un punto al oeste— podrán cercar la capital de Takrin en cuestión de días.
—Entonces no podemos esperar a que ataquen —respondió el monarca de Koryun, golpeando la mesa con el puño—.
Debemos golpear primero.
—No —intervino el emperador con firmeza—.
Golpear primero sería entrar en su juego.
Lo que Oshiran quiere es que la Alianza dispare la primera flecha para justificar su invasión total.
Necesitamos astucia, no impulsos.
El salón quedó en silencio.
Todos sabían que la decisión que tomaran esa noche definiría el curso de toda la guerra que se avecinaba.
— En Takrin, el sonido de los tambores comenzó a retumbar al caer la tarde.
Era la señal.
No de guerra… todavía.
Sino de preparación.
En las murallas, antorchas fueron encendidas una a una, como un collar de fuego iluminando el litoral.
Cada soldado sabía cuál era su posición.
Cada ballesta estaba lista.
Cada torre tenía su señal de humo preparada para alertar a la capital.
La población civil, aunque aterrada, no huyó.
Las familias se encerraron en sus hogares, los templos abrieron sus puertas para refugiar a los niños y los ancianos, y los sacerdotes elevaron plegarias al cielo.
El aire olía a aceite quemado, hierro y miedo.
En una de las torres, un joven soldado susurró: —¿Cuánto más podrán quedarse ahí?
—Hasta que creas que han desaparecido —respondió su compañero veterano sin apartar la vista del mar—.
Ese es el juego de Oshiran.
Te hacen esperar… hasta que olvidas que están ahí.
— Esa noche, la niebla cubrió el puerto como un manto denso.
Los vigías casi no podían ver más allá de los muros, pero sabían que los barcos seguían allí.
No se movían, no retrocedían.
Era como si esperaran que Takrin cayera por su propio peso.
El príncipe, acompañado de sus generales, bajó a la costa.
Sus botas se hundieron en la arena húmeda mientras observaba aquella línea negra sobre el mar.
—Quieren que tengamos miedo —dijo uno de ellos.
—Pues se equivocan —respondió el príncipe, con una chispa en los ojos—.
Si quieren esperar, esperaremos más que ellos.
Y cuando se atrevan a dar el primer paso… no olvidarán el rugido de Takrin.
De vuelta en el Imperio, en el Salón de Guerra, el ambiente era denso, como si las paredes mismas contuvieran el aliento del continente.
Las antorchas crepitaban, lanzando sombras alargadas sobre el mapa extendido en el centro de la sala: allí estaban marcadas las rutas marítimas de Oshiran, las costas de Takrin y los puntos de defensa posibles.
Los monarcas de los cuatro reinos —Nanxi, Koryun, Xianbei y Andshi— estaban presentes, junto al Emperador Jin Long y Suwei.
No había espacio para formalidades.
Lo que se decidiera esa noche marcaría el curso de toda una era.
Fue el rey de Nanxi quien habló primero, golpeando el extremo de su lanza contra el suelo de piedra.
—Mi reino no temerá al rugido del mar —dijo con voz firme—.
Enviaremos diecisiete navíos de guerra y ocho barcos de suministros desde nuestra flota del sur.
Nuestros arqueros navales y artilleros se pondrán al servicio de Takrin.
El rey de Koryun asintió, sus ojos reflejando la luz de las antorchas.
—Koryun cabalgará por la defensa de Takrin —declaró—.
Nuestras unidades de jinetes élite estarán listas en siete días.
Allí donde el enemigo pise tierra, nuestros caballos serán la primera respuesta.
Luego fue la reina de Xianbei quien dio un paso al frente, con la serenidad de quien ha vivido más guerras de las que puede contar.
—Nuestros lanceros pesados marcharán al alba —dijo—.
Diez mil hombres descenderán por los pasos del norte y se unirán a la defensa.
Que Oshiran aprenda lo que significa enfrentar un muro de acero.
Por último, la reina de Andshi, se adelantó.
Sus palabras fueron pocas, pero su voz pesaba como montaña.
—Andshi moverá sus máquinas de asedio —anunció—.
Catapultas, cañones reforzados y torres de asalto serán llevados al frente.
Si el enemigo piensa tocar las murallas de Takrin… encontrará la montaña en su contra.
Todos los ojos se posaron sobre Jin Long.
El Emperador se mantuvo en silencio unos segundos, dejando que el peso de las decisiones flotara en el aire.
Luego habló, con la calma y el poder de un trueno contenido: —Y el Imperio no quedará atrás.
Catorce barcos de guerra, veinte submarinos y los Dragones de Hierro marcharán con ustedes.
Suwei dio un paso adelante, completando la declaración imperial: —Además —dijo con voz clara—, enviaremos unidades de sanadores imperiales, ingenieros, observadores diplomáticos y escuadrones de sombra para reconocimiento y sabotaje en el mar.
La Alianza no solo lucha… también piensa.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala.
No era el murmullo de cortesanos, sino el de reyes y reinas que comprendían que la decisión ya estaba tomada.
La Alianza se movía como un solo cuerpo.
El rey de Koryun golpeó la mesa con su guante de acero.
—Entonces, que quede grabado —dijo—.
Hoy, la Alianza no observa.
La Alianza responde.
— Fuera del palacio, las campanas imperiales comenzaron a sonar.
Era la señal que pocas veces en la historia había sido usada: la activación de la Alianza de los Cinco Tronos.
En las calles, el pueblo alzó la vista.
Nadie sabía aún los detalles, pero todos entendían que algo gigantesco se estaba moviendo.
Las murallas resonaban con el eco de tambores militares.
Desde los puertos, las primeras flotas eran preparadas.
Desde los cuarteles, miles de soldados se alistaban para marchar.
Y desde los templos, sacerdotes y ancianos encendían incienso, rezando a los antiguos espíritus para que guiaran el rugido del Dragón Dorado.
— En la madrugada, en Takrin, un cuerno resonó desde la torre más alta.
Los vigías habían visto movimiento entre los barcos de Oshiran.
Las velas negras se hincharon como alas de cuervo.
No era un ataque… aún.
Era un aviso.
El príncipe de Takrin subió a la muralla y observó el horizonte oscuro.
A su lado, su general murmuró: —Están midiendo nuestro pulso.
—Que sientan que late fuerte —respondió el príncipe.
Los soldados tomaron sus puestos.
Las antorchas encendieron la costa, dibujando un muro de fuego frente al mar.
Las lanzas se alzaron, los arcos se tensaron.
Y aunque aún no había estallado la batalla, todos sabían que el mundo acababa de cambiar.
— De regreso en el Palacio de las Llamas Eternas, Suwei se apoyó en el balcón, mirando la ciudad bañada por la luna.
—El dragón no duerme —susurró—.
Solo respira antes de volar.
Jin Long se acercó y puso una mano en su hombro.
—Y cuando respire —dijo—, el continente escuchará su rugido.
La guerra aún no había comenzado.
Pero la historia… ya había empezado a escribir su nuevo capítulo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Las guerras no siempre empiezan con un disparo, a veces nacen en el silencio… en la espera… en el instante en que dos voluntades se miran sin retroceder.
Takrin no tembló frente a la sombra; encendió su fuego antes de que la tormenta llegara.
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