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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 149

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  3. Capítulo 149 - 149 Capítulo 9 Llegada y mensajes en la noche
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149: Capítulo 9: Llegada y mensajes en la noche 149: Capítulo 9: Llegada y mensajes en la noche El cielo sobre Takrin era una mezcla de nubes bajas y un sol que intentaba abrirse paso entre ellas.

El viento soplaba con fuerza desde el mar, trayendo consigo un olor a sal y algas que parecía anunciar que algo estaba a punto de cambiar.

En la plaza del pequeño puerto, hombres, mujeres y niños se agolpaban con los ojos clavados en el horizonte, como si la sola fuerza de su mirada pudiera impedir que la nube de preocupación volviera a cubrirlos.

Las conversaciones eran susurros inquietos, como si nadie quisiera romper el hechizo de ese instante.

Muchos no habían visto una bandera extranjera izada en sus costas desde hacía generaciones; la llegada de las galeras no era solo un evento militar… era el despertar de una esperanza dormida.

Las madres apretaban con fuerza las manos de sus hijos, los ancianos se inclinaban para ver mejor y los soldados, formados a los lados del muelle, mantenían el silencio con la tensión de quien espera un veredicto.

Cuando las primeras embarcaciones del Imperio rompieron la silueta del litoral, el puerto estalló en un murmullo que creció hasta transformarse en un oleaje de gritos, llantos y risas entremezclados.

Las velas, altas y desplegadas, reflejaban el brillo de la mañana, y sobre los mástiles ondeaban los estandartes del imperio a las banderas de Nanxi, Koryun, Xianbei y Andshi: una constelación de colores que cortaba la bruma gris del amanecer.

Era una imagen que, hasta hacía poco, muchos creían imposible: las cinco grandes potencias de la Alianza reunidas en un solo gesto.

En el muelle, el príncipe Lucian V, con el sello del lirio plateado aún en la mano, se apoyó contra la baranda de hierro forjado.

Sus dedos temblaban apenas, no de miedo, sino del peso que había cargado sobre sus hombros durante meses.

Su respiración fue lenta, profunda.

Cuando una de las galeras imperiales tocó madera y un oficial descendió con paso firme, Lucian sintió, por primera vez en mucho tiempo, que el nudo que lo asfixiaba se aflojaba.

—Señor —dijo el oficial, inclinando la cabeza con un respeto tan real como la brisa—.

Hemos venido en nombre del Emperador Jin Long y de la Alianza.

Traemos hombres, ingenieros, médicos y suministros.

Y observadores.

Takrin no está solo.

Lucian sostuvo la mirada del hombre, y en ese instante el murmullo del puerto pareció desvanecerse.

Solo quedó el viento, el olor a sal, y una certeza que le caló hasta los huesos.

Cerró los ojos un segundo y exhaló.

—Bienvenidos —murmuró—.

Que la paz que traéis no sea solo promesa, sino costumbre.

El oficial sonrió apenas.

Detrás de él, columnas de soldados imperiales y aliados descendían por las rampas, cargando cajas selladas con los emblemas de cada reino.

Los ingenieros se dirigían a las murallas, los médicos a las carpas instaladas en el extremo norte del puerto y los vigías tomaban posiciones en las torres.

Era una coreografía precisa, como si cada paso hubiera sido ensayado cientos de veces.

Las murallas comenzaron a reforzarse antes de que el sol llegara a su punto más alto.

Los herreros locales, sudorosos pero con la chispa de la esperanza en los ojos, unieron su trabajo al de los aliados.

Se instalaron catapultas ligeras, se reforzaron las puertas con planchas de acero, y se cavaron trincheras a lo largo de la playa.

No era solo una defensa.

Era una declaración: Takrin no sería tomada fácilmente.

Sin embargo, no todos compartían esa sensación de alivio.

En la penumbra de los callejones que se enredaban tras la plaza principal, una figura encapuchada se movía con rapidez.

Su respiración era entrecortada.

Al llegar a un almacén abandonado, deslizó un pergamino con un sello quebrado a través de una puerta entreabierta.

Un contacto lo esperaba: el emisario de los ducados aliados de Veyora y Suryun, hombres que habían mantenido un comercio silencioso con la costa de Oshiran.

Nadie pronunció un nombre.

Nadie necesitaba hacerlo.

La carta cambió de manos con la frialdad de un pacto sellado en la sombra.

Aquella carta, abierta minutos después en la Sala del Canciller de la República Federada de Oshiran, contenía solo unas pocas líneas: > «Las fuerzas de la Alianza ya actúan en Takrin.

El Imperio ha puesto flotas en el mar».

La firma estaba ausente, el sello roto.

Pero la verdad que contenía no necesitaba presentación.

La sala de guerra de Oshiran estaba llena de humo de lámparas y rostros tensos.

En las paredes colgaban mapas detallados de rutas marítimas y fortalezas costeras; sobre la mesa central, los almirantes y consejeros rodeaban al Canciller como cuervos sobre un cadáver.

El silencio inicial se quebró con un golpe seco de palma sobre madera.

—Si Jin Long interviene de verdad —rugió el Almirante Kesta—, habremos desatado una guerra que no podremos sostener.

El Imperio no olvida.

El Canciller, un hombre de alto estatura, con ojos de carbón y manos finas como cuchillos, giró lentamente la copa entre los dedos.

Su voz fue baja, pero cada sílaba cortó el aire.

—Entonces debemos asegurarnos de no dejar que un mensajero desesperado marque el destino de nuestra estrategia.

Esto cambia el tablero.

Pero el tablero… aún es nuestro.

Un general mayor, de barba blanca y mirada dura, lo interrumpió: —¿Tablero?

Si no actuamos, perderemos la iniciativa.

Tenemos dos caminos: retirarnos y aceptar la humillación… o atacar antes de que la Alianza se fortifique completamente.

Si atacamos y el Imperio responde… será el fin.

La discusión estalló.

Unos gritaban que había que frenar, otros exigían moverse con rapidez.

Se mencionaron bloqueos, sabotajes, campañas rápidas antes de que la flota imperial llegara al corazón del conflicto.

También hubo voces más oscuras, que hablaban de incendiar Takrin antes de que sirviera como base a la Alianza.

Mientras tanto, en los salones de Veyora y Suryun, los emisarios que habían filtrado la información se reunían en secreto.

Para algunos, el acto era uno de supervivencia política: si Takrin caía sin respuesta, sus puertos quedarían expuestos.

Para otros, era un riesgo enorme: si Oshiran los descubría, no habría rincón del continente donde esconderse de su venganza.

Los murmullos eran densos, como humo atrapado entre columnas.

En Xijun City, los mensajeros del frente llegaban con reportes breves y precisos.

La plaza principal ,las costas y las fronteras de Takrin estaba siendo asegurada por fuerzas mixtas.

Ingenieros de Nanxi levantaban defensas costeras, arqueros de Koryun se apostaban en las torres, lanceros de Xianbei patrullaban los caminos hacia el norte, y los pesados cañones de Andshi ya apuntaban al horizonte marino.

Los barcos imperiales registraban cada movimiento, asegurando que la ayuda fuera clara y visible para todo el continente.

Los niños del puerto, con ojos brillantes y pies descalzos, corrían de un lado a otro viendo a soldados de tierras lejanas levantar defensas.

No entendían la política ni la guerra, pero comprendían lo esencial: había llegado comida.

Había llegado protección.

Y por primera vez en meses, las campanas del puerto no sonaban por muerte, sino por esperanza.

En la noche, en el Pabellón del Dragón, Jin Long y Suwei recibieron los informes fragmentarios.

La sala estaba en silencio, apenas iluminada por lámparas de aceite.

Jin Long los leyó con la serenidad de quien conoce demasiado bien la guerra.

Suwei, a su lado, marcaba los puertos en un mapa extendido sobre una mesa de jade negro.

—Actuamos con cabeza —dijo Jin Long, en voz baja—.

No queremos una guerra extendida, pero no dejaremos caer a quienes buscaron en nosotros un amparo.

Suwei posó su mano sobre la suya.

No fue un gesto diplomático ni imperial, sino humano.

Un recordatorio silencioso de que, aunque la guerra se acercaba, ellos estaban juntos.

En Oshiran, el Canciller ordenó convocar a todos los generales a la madrugada.

Mensajes codificados salieron hacia las cinco flotas, y emisarios partieron hacia los ducados aliados con advertencias disfrazadas de promesas.

El miedo estaba presente… pero también la arrogancia de quien aún cree que puede controlar el incendio que él mismo encendió.

En Takrin, Lucian V caminó solo hasta el extremo del muelle.

El sonido de sus botas sobre la madera húmeda se mezclaba con el murmullo constante del mar.

El cielo estaba cubierto por nubes bajas que parecían arrastrarse sobre el agua, y el viento soplaba con un frío que no era solo de la noche, sino también de incertidumbre.

Frente a él, el mar oscuro se abría como una bestia dormida, inmensa, contenida, peligrosa.

Las últimas lanchas partían rumbo al sur, llevando médicos, provisiones y mensajes de coordinación a las aldeas más alejadas.

Las antorchas de las embarcaciones se mecían con el vaivén de las olas, pequeñas luces que parecían desafiar la oscuridad que se acumulaba en el horizonte.

Lucian cerró los ojos y respiró profundamente.

Por primera vez en muchos meses, permitió que la esperanza se alojara en su pecho sin vergüenza, sin máscaras ni discursos.

Sabía, sin embargo, que la esperanza no era garantía.

Era apenas un faro en medio de una tormenta que aún no había estallado.

Y en la penumbra del continente, donde las cortes, los reyes y los almirantes contaban sus fuerzas y temores, los hilos invisibles comenzaron a tensarse hasta crujir.

Una sola chispa, un mensajero apurado, una bandera izada bastaron para que la noche oliera a pólvora.

La partida había comenzado.

Y todos sabían que no habría marcha atrás.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, la guerra no se enciende con una espada, sino con una bandera izada y un susurro en la oscuridad.

La llegada de la Alianza a Takrin no fue solo una promesa de defensa… fue el anuncio silencioso de que el tablero ya estaba en movimiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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