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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 151

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  3. Capítulo 151 - 151 Capítulo 2 – Bienvenida al Principado
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151: Capítulo 2 – Bienvenida al Principado 151: Capítulo 2 – Bienvenida al Principado El Fulgor del Dragón, anclado con firmeza en el puerto, se alzaba como una fortaleza flotante.

Las aguas del Gran Mar Internacional rompían suavemente contra su casco oscuro, y el viento marino agitaba las velas plegadas, produciendo un murmullo grave que parecía dialogar con la tierra misma.

La Bandera Imperial seguía ondeando en lo alto, inmóvil y firme, como si no respondiera a las leyes del viento… sino a la voluntad del Dragón.

La brisa traía el olor a sal, hierro y madera barnizada.

Y también… el peso invisible del poder.

Desde la balconada del Palacio Real, Lucian V observaba cada movimiento con una atención casi quirúrgica.

Había ordenado que todo estuviera impecable: los estandartes del Principado de Takrin ondeaban en perfecta alineación, los soldados formaban filas rígidas y simétricas, y los jardines del camino reales estaban recién lavados y adornados con flores blancas, símbolo de respeto y hospitalidad.

A su lado, Sofía, su esposa, ajustaba la capa azul oscuro bordada con hilos de plata que caía sobre su vestido ceremonial.

Su porte era sereno, pero Lucian, que conocía su corazón, podía sentir la tensión contenida tras aquella calma.

Ambos sabían que ese no era un día cualquiera: la llegada del Emperador Jin Long y de Suwei no solo era un honor sin precedentes… era también una prueba.

—Sofía… —susurró Lucian sin apartar la mirada del puerto—.

Hoy no hablamos solo por nosotros.

Hoy hablamos por toda nuestra tierra.

Ella asintió, con una suavidad que contenía firmeza.

—Lo sé —respondió—.

No temeré su mirada.

Esta tierra es nuestra casa… y ellos lo sabrán.

Lucian la miró unos segundos y, por un instante, vio en ella no solo a su esposa, sino a la roca silenciosa que había sostenido a Takrin en los días más oscuros.

Le tomó la mano brevemente, un gesto imperceptible para cualquiera que mirara desde lejos, pero suficiente para sellar un pacto silencioso: pase lo que pase, hablarían con una sola voz.

— En el muelle, los botes de abordaje descendieron lentamente desde el costado del Fulgor del Dragón.

La estructura de madera noble y acero brillaba bajo el sol.

Los remos se sumergieron en el agua con un ritmo exacto, casi ceremonial.

Nadie hablaba.

Nadie se movía sin orden.

Cada paso de los soldados imperiales parecía coreografiado, cargado de siglos de disciplina y tradición.

Y entonces, entre ellos, aparecieron Jin Long y Suwei.

El Emperador avanzaba con la misma solemnidad que había tenido sobre la cubierta.

Su túnica dorada, bordada con dragones en carmesí y ámbar, reflejaba la luz de la mañana como si estuviera hecha de fuego líquido.

Cada paso suyo sobre la pasarela hacía que la multitud —soldados, pescadores, nobles y plebeyos— contuviera la respiración.

A su lado, Suwei descendía con una elegancia que parecía desafiar la gravedad.

Su hanfu azul profundo se movía como si flotara sobre el aire.

Las grullas bordadas sobre el tejido parecían batir sus alas con cada brisa marina.

No había joyas que la adornaran; el era la joya.

Su sola presencia emanaba dignidad y poder silencioso.

Los soldados del Principado de Takrin, alineados a ambos lados del muelle, levantaron sus lanzas al unísono en señal de respeto.

Los tambores comenzaron a sonar lentamente, marcando el ritmo solemne de la bienvenida.

Cada golpe de tambor parecía sincronizado con los latidos de miles de corazones.

El príncipe Lucian V y la princesa Sofía descendieron los escalones del Palacio Real, rodeados por su guardia ceremonial.

Sus ropas también hablaban de quiénes eran: Lucian vestía un traje azul oscuro con detalles dorados y la insignia del Principado bordada sobre el pecho —un búho dorado sobre un rama dorado —, mientras Sofía llevaba un vestido ceremonial de seda azul noche con hilos plateados, evocando la luna sobre el agua.

No eran ropas de lujo excesivo, pero sí de nobleza firme.

Cuando llegaron al muelle, se detuvieron a tres pasos exactos de la pareja imperial.

El protocolo no escrito era claro: ni uno más, ni uno menos.

Lucian bajó la mirada y realizó una reverencia profunda, firme, sin dudar.

—Su Majestad Imperial, Emperador Jin Long… Su Alteza Consorte Suwei —dijo con voz clara, proyectada hacia todos—.

Es un honor inmenso recibirlos en nuestra tierra.

Takrin se inclina ante el Dragón Dorado.

Sofía se inclinó con gracia, y agregó con una voz suave pero fuerte, que atravesó el silencio como un arroyo entre rocas: —Su llegada es un faro para nuestro pueblo.

Su presencia honra estas tierras y fortalece nuestros corazones.

El puerto entero pareció contener el aliento.

El Emperador y Suwei no respondieron de inmediato.

Miraron al príncipe y a la princesa como quien mide no solo palabras… sino almas.

Jin Long dio un paso hacia adelante.

Sus ojos, negros y profundos, tenían esa calma inquietante de quienes llevan siglos de historia sobre sus hombros.

Luego, asintió apenas, un gesto pequeño… pero cargado de significado.

A su lado, Suwei inclinó suavemente la cabeza con la misma serenidad que transmitía en cada uno de sus movimientos.

No hicieron falta discursos.

La aprobación imperial no se entregaba en palabras: se manifestaba en gestos medidos que valían más que cualquier firma o tratado.

Los habitantes del puerto comenzaron a aplaudir lentamente, primero unos pocos, luego decenas, luego cientos.

Era un aplauso contenido, respetuoso… pero emocionado.

Nadie en Takrin había vivido algo así.

Era la historia caminando frente a sus ojos.

Los heraldos tocaron los cuernos ceremoniales, y el cortejo comenzó su avance hacia el Palacio Real.

La guardia imperial encabezaba la procesión, seguida de los Emperadores, y detrás de ellos Lucian y Sofía.

Los soldados del principado flanqueaban las calles, formando un pasillo perfecto entre muros de lanzas brillantes.

Las campanas de los templos comenzaron a sonar.

Las ventanas de las casas estaban abiertas y llenas de rostros curiosos y reverentes.

Algunos aldeanos lanzaban pétalos de flores blancas al paso de la procesión, otros inclinaban la cabeza.

Nadie gritaba.

Nadie rompía el orden.

Era como si toda la ciudad se hubiera convertido en un templo al que acababa de entrar una divinidad viva.

Sofía, sentaba junto a Lucian, respiraba hondo.

Podía sentir la presión invisible que irradiaba la presencia de Jin Long.

Cada paso detrás de él era como avanzar tras la sombra de una tormenta antigua.

No era miedo exactamente… era reverencia mezclada con la conciencia de que un paso en falso podía significar un giro político con consecuencias inmensas.

—Lucian —susurró, sin mover los labios apenas—.

¿Crees que… aprueban nuestra postura?

—Si no lo hicieran —respondió él con igual sutileza—, no habrían puesto un pie aquí.

Esa frase no era solo su convicción.

Era la verdad más pura.

El Dragón no viajaba a tierras que no consideraba dignas.

La procesión llegó a las grandes escalinatas del Palacio Real.

Los estandartes del Principado y del Imperio flameaban lado a lado en lo alto de las torres.

La música ceremonial cesó.

Solo el viento quedó presente.

Lucian y Sofía se adelantaron y giraron, esperando a que los Emperadores subieran primero.

Así lo dictaba la etiqueta.

Así lo dictaba la historia.

Jin Long avanzó con paso firme, sin prisa.

Cada paso que daba sobre las escaleras de Takrin parecía marcar la tierra, como si el Imperio estuviera dejando su sello en piedra.

Cuando llegaron a la cima, Lucian y Sofía los escoltaron hacia el Salón de los Vientos, el lugar más solemne del Palacio.

Las puertas dobles, talladas con escenas de batallas ancestrales y símbolos de unidad, se abrieron lentamente, dejando escapar un olor a madera antigua y a incienso recién encendido.

En el interior, la luz atravesaba los vitrales azules, bañando el suelo de piedra pulida en tonos fríos y celestes.

Los nobles de Takrin aguardaban alineados a ambos lados del pasillo central, con las cabezas inclinadas.

Ninguno osó levantar la vista sin permiso.

Los Emperadores avanzaron hasta el estrado principal.

Lucian y Sofía permanecieron un paso atrás, como correspondía.

Nadie habló por unos segundos.

El silencio era tan pesado que se podían escuchar los latidos contenidos de quienes estaban en la sala.

Y entonces, Jin Long habló.

—Takrin —dijo, con voz grave y clara, que resonó como un trueno contenido—.

He cruzado los mares no como un mensajero… sino como el Dragón que no necesita enviar palabras cuando puede hablar en persona.

Los nobles alzaron la vista con reverencia inmediata.

Algunos sintieron un escalofrío recorrerles la columna.

Su voz no era simplemente fuerte.

Era… antigua.

Como si hablara con el peso de generaciones detrás.

Suwei avanzó medio paso y habló con calma: —Vuestra tierra ha resistido tormentas y amenazas, y aún se mantiene en pie.

Hemos venido no para observar… sino para unir fuerzas.

La historia no espera a quienes dudan.

Lucian sintió cómo sus pulmones se llenaban de aire como si no hubiera respirado hasta ese momento.

Asintió, dio un paso al frente y respondió con voz firme: —Su Majestades imperiaes… Takrin no duda.

Takrin se une al rugido del Dragón.

Un murmullo de aprobación recorrió la sala.

Los nobles, uno a uno, se arrodillaron con el puño derecho sobre el corazón.

El sonido de las rodillas golpeando el suelo de piedra se unió en un estruendo unánime.

El Emperador observó en silencio… y asintió una sola vez.

Ese gesto, más que cualquier firma, fue el pacto.

— Esa noche, las torres de Takrin se iluminaron con antorchas y fuego.

La bandera púrpura del Imperio flameó junto a la del Principado.

El pueblo celebró en silencio reverente.

Sabían que algo había cambiado para siempre.

Porque cuando el Dragón pisa tierra… no hay regreso.

Solo historia.

Y así, con la luna como testigo y el mar como eco, Takrin y el Imperio del Dragón Dorado sellaron un capítulo que resonaría por generaciones.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Hay alianzas que no se firman con tinta… sino con silencios que pesan más que las palabras.

Cuando el Dragón pisa tierra, no busca permiso: deja historia.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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