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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 157

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  3. Capítulo 157 - 157 Capítulo 7 – La Sombra de la República
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157: Capítulo 7 – La Sombra de la República 157: Capítulo 7 – La Sombra de la República En Oshirath La capital de la República federada de Oshiran despertaba con un ritmo distinto.

El aire estaba cargado de humo, olor a hierro y tensión.

Las chimeneas de las fábricas militares escupían columnas grises hacia el cielo, como si anunciaran al continente que un nuevo ciclo de guerra estaba a punto de comenzar.

Los estandartes rojos y dorados ondeaban con orgullo en las torres más altas, y los tambores de la guardia marcaban un compás marcial que hacía vibrar las calles adoquinadas.

Los ciudadanos, aunque acostumbrados a vivir bajo la mirada estricta del Canciller, sabían que algo grande se estaba gestando.

Las patrullas se habían duplicado, los portones estaban vigilados por centinelas con lanzas brillantes y, en los muros, carteles de propaganda exaltaban la gloria de la República y la “necesidad de restaurar el orden en Drakoria”.

Para muchos, eran palabras vacías; para otros, un llamado a marchar.

En lo alto de la colina de mármol negro, el Consejo de la república se reunía en el Salón de la Victoria: una estructura monumental, con columnas rojas y un techo abovedado donde estaban grabadas las victorias pasadas de la República.

Las antorchas crepitaban en los muros, proyectando sombras largas sobre los rostros severos de los consejeros.

En el centro, sobre una mesa de roble tallado, reposaba un mapa de Drakoria cubierto de anotaciones estratégicas, marcadores y rutas militares.

El Canciller , Federico Verek, se levantó con lentitud.

Su capa negra se arrastraba sobre el mármol como una sombra viva.

Su voz, profunda y calculada, resonó por toda la sala.

—Takrin… —dijo, con una sonrisa apenas perceptible—.

Ese pequeño principado… ha logrado que los imperios giren su mirada hacia él.

Un error… que pagarán caro.

Uno de los generales inclinó la cabeza.

—Han formado una alianza poderosa, Canciller.

Imperios y reinos respaldándolos… No será una campaña sencilla.

Federico entrelazó las manos detrás de la espalda, caminando en círculos.

—No necesito que sea sencilla —respondió—.

Solo necesito que sea inevitable.

El silencio se volvió espeso.

Todos en la sala sabían lo que eso significaba: no se trataba únicamente de atacar a Takrin, sino de desestabilizar toda la red de alianzas que se había tejido en torno al Principado.

—Tenemos informes —dijo la consejera militar Delyra—.

El Imperio del Dragón Dorado ha desplegado guarniciones en los muelles.

Su presencia ya inspira confianza entre los pueblos del norte.

Federico se detuvo frente al mapa.

—Entonces no golpearemos la espada… —alzó una daga dorada y la clavó sobre el mapa, justo en el centro de Takrin—.

Golpearemos el corazón.

Las miradas se cruzaron.

No hablaba de ejércitos… hablaba de algo más oscuro.

— Afuera, en los pasillos de piedra negra, un hombre de túnica oscura escuchaba desde las sombras.

Era un espía de la red conocida como “Las Culebras Silenciosas”, un grupo entrenado para infiltrar, desinformar y quebrar alianzas desde dentro.

Su rostro estaba cubierto por una máscara de cuero y sus pasos eran invisibles sobre el suelo.

—Takrin será el principio —murmuró Federico al salir de la sala—.

Pero no caerá por la fuerza de nuestras armas… sino por la fuerza de la duda.

El espía inclinó la cabeza y desapareció en la oscuridad de los túneles secretos que conectaban el palacio con la ciudad baja.

Pronto, los rumores empezarían a correr: que la alianza no era tan firme como parecía, que uno de los reinos aliados estaba negociando en secreto con la República, que Takrin había vendido su independencia por un puñado de promesas imperiales.

La desinformación era un arma tan filosa como una espada.

— Esa misma tarde, el Consejo continuó delineando sus planes.

—Hemos enviado mensajes cifrados a los Ducados del Este —dijo Delyra, desenrollando un pergamino—.

Algunos no están satisfechos con la hegemonía de Takrin en la alianza.

Podemos aprovechar ese resentimiento.

Otro consejero, de voz rasposa, intervino: —Y también tenemos hombres en los puertos imperiales.

Pueden incendiar suministros, retrasar embarques, provocar el caos.

Federico golpeó suavemente la mesa con los nudillos.

—Perfecto.

No necesitamos conquistar Takrin todavía.

Solo debemos sembrar la desconfianza y debilitar la fe que tienen en su propio liderazgo.

Cuando llegue el invierno… atacaremos.

Los generales asintieron.

Las fechas estaban fijadas, las operaciones secretas en marcha.

El tablero de ajedrez de Drakoria se oscurecía con cada decisión tomada esa noche.

— Bajo la ciudad, en una red de túneles antiguos, decenas de espías y mercenarios recibían instrucciones.

Algunos eran ladrones, otros desertores o simplemente almas perdidas que habían vendido su lealtad a cambio de oro.

—No deben saber que trabajamos para la República —dijo un supervisor enmascarado—.

Vuestro trabajo no es pelear, sino hablar.

Sembrar rumores.

Crear grietas.

Dividirlos.

Los hombres y mujeres asintieron.

Pronto, sus sombras se mezclarían con las de Takrin.

— En lo alto de la torre del Consejo, Federico Verek contemplaba la ciudad a través de los ventanales.

Los estandartes ondeaban con la brisa nocturna y las luces de los cuarteles brillaban como estrellas rojas.

A lo lejos, los trenes de carga llevaban armas, suministros y hombres hacia la frontera oriental.

—Ellos creen que tienen la fuerza de la unidad —susurró Federico, con una media sonrisa—.

Pero no saben que la unidad también puede quebrarse desde dentro.

La luna bañaba de plata la capital, pero era una luz fría, distante.

A diferencia de Takrin, donde las antorchas encendían un fuego de esperanza, aquí la oscuridad reinaba con elegancia calculada.

— Días después, mensajeros anónimos comenzaron a llegar a distintas cortes aliadas.

Cartas sin firma, rumores en los mercados, historias susurradas en los muelles: “Uno de los reinos planea retirarse de la alianza”, “El Imperio del Dragón Dorado exige control sobre Takrin”, “Los príncipes no están de acuerdo en cómo gobernar”.

Los rumores eran como gotas de veneno: pequeños, casi imperceptibles… pero letales con el tiempo.

— Mientras tanto, en la frontera norte, destacamentos de exploradores de la República se movían como sombras entre los bosques.

No atacaban directamente; medían distancias, rutas de abastecimiento y puntos débiles en las defensas costeras.

Cada informe regresaba al Consejo con precisión milimétrica.

—Cuando llegue el invierno —repitió Federico con una calma escalofriante—, nadie recordará a Takrin como el corazón de la alianza.

Solo será una ruina que marcó el principio del fin.

— La noche se cerró sobre la capital republicana como un manto de acero.

Desde las torres más altas, cuervos mensajeros emprendieron vuelo hacia el este, cargando órdenes selladas con cera negra.

En los puertos, barcos silenciosos zarpaban sin bandera, llevando agentes encubiertos a los reinos aliados.

El eco de los tambores resonaba en cada callejón.

La guerra aún no había comenzado oficialmente… pero su sombra ya se extendía sobre Drakoria.

Y así, en esa noche marcada por la estrategia y el engaño, el Consejo selló el destino de miles.

No con un rugido de cañones ni con el choque de espadas… sino con el susurro helado de una conspiración.

La Sombra de la República ya estaba en marcha.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La guerra no siempre comienza con el estruendo de cañones… a veces nace en un susurro.

Las palabras pueden dividir lo que las espadas no logran destruir.

Y cuando la duda se instala en el corazón de las alianzas, el enemigo no necesita atacar: ya ha ganado medio terreno.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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