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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 159

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  3. Capítulo 159 - 159 Capítulo 9 – La primera sombra de la guerra
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159: Capítulo 9 – La primera sombra de la guerra 159: Capítulo 9 – La primera sombra de la guerra La madrugada en el Principado de Takrin no era silenciosa como de costumbre.

Había un murmullo imperceptible, una tensión en el aire que hacía que hasta el viento pareciera contener la respiración.

Las gaviotas aún no salían a surcar el cielo y el puerto, usualmente lleno de voces y risas de los pescadores, se mantenía inquietantemente quieto.

Fue entonces cuando se escuchó el primer golpe: el retumbar grave y sostenido de los tambores de guerra.

A lo lejos, sobre la línea negra del horizonte, aparecieron las primeras sombras de los buques enemigos.

Las tropas de la República Federada de Oshiran se movían con precisión militar, como un enjambre oscuro que avanzaba con un solo propósito.

No era un ataque menor.

Era una ofensiva planeada con inteligencia, fuerza y una clara intención de cortar las arterias vitales del Principado.

El puerto elegido no era casualidad.

No se trataba de la gran entrada diplomática donde las delegaciones habían arribado semanas atrás, sino de Oresta, un punto estratégico que conectaba directamente con el Reino de Nanxi y que, en tiempos de guerra, podía determinar si una nación sobrevivía o caía.

Los exploradores lo habían visto venir, pero no así de pronto.

Aún no había amanecido cuando uno de los espías de confianza irrumpió en la sala de guardia central, empapado en sudor y con la respiración entrecortada.

Su voz rasgó el aire como un cuchillo: —¡Sus tropas avanzan hacia el puerto de oresta!

¡Es una flota completa… más de cincuenta mil hombres en la primera oleada!

La noticia golpeó como un trueno.

En cuestión de minutos, campanas de alarma comenzaron a sonar desde las torres de vigilancia hasta las calles interiores del principado.

Los soldados salieron de sus barracones, ajustándose la armadura y los brazales mientras los capitanes corrían con mapas en mano hacia el cuartel central.

Lucian V, aún con la capa de mando sobre los hombros, apareció en el patio de armas acompañado por la princesa Sofía.

Sus rostros no mostraban pánico, sino una calma determinada.

Sabían que este momento llegaría.

Los entrenamientos con los soberanos aliados no habían sido en vano.

—Reúnan a los comandantes —ordenó Lucian con voz firme—.

Activen las defensas de la costa norte y preparen la artillería pesada.

Ningún barco enemigo pondrá un pie en oresta sin que el mar les cobre su precio.

Sofía, por su parte, corrió a organizar los refugios civiles y los centros de atención médica que habían establecido como parte del plan de contingencia.

Sabía que en una guerra no bastaba con ganar batallas militares: también había que proteger el alma del pueblo.

— En las murallas que rodeaban la bahía, los centinelas observaban con ojos entrecerrados cómo la flota enemiga avanzaba en formación.

No eran simples piratas o mercenarios: eran tropas bien entrenadas, uniformadas y coordinadas.

Cada barco llevaba el estandarte rojo de la República, ondeando con arrogancia ante las defensas del Principado.

Detrás de esa primera línea de ataque había otros 200.000 soldados apostados en puntos estratégicos de la frontera.

Era una fuerza que hablaba por sí sola: la guerra había comenzado oficialmente.

Lucian subió a la torre más alta del puerto, desde donde se podía ver todo el movimiento de la costa.

A su lado, el general Ulrik, un veterano curtido por campañas anteriores, aguardaba órdenes.

—Están desplegando sus arietes flotantes —dijo Ulrik—.

Quieren romper las defensas en una sola oleada.

Lucian frunció el ceño.

—Entonces les daremos la bienvenida con fuego.

— Los cañones del Principado, ocultos en posiciones elevadas, esperaron el momento exacto.

Cuando la primera línea de barcos enemigos cruzó la barrera invisible marcada por las boyas estratégicas, el cielo estalló en un rugido ensordecedor.

Bolas de fuego y proyectiles perforantes surcaron la noche, impactando directamente en los cascos de los navíos enemigos.

La sorpresa inicial de la República fue clara.

No esperaban una defensa tan bien organizada en un puerto que habían considerado “secundario”.

Las llamas se reflejaban en el agua como espejos rotos mientras algunos barcos enemigos comenzaban a hundirse.

Los soldados del Principado gritaron con fuerza, no por victoria —aún era temprano— sino por coraje.

Era un rugido que decía: “Estamos listos”.

En la línea costera, arqueros y ballesteros llenaron el aire con proyectiles.

Las flechas silbaban como un enjambre furioso, alcanzando las cubiertas de los buques enemigos.

La primera oleada quedó detenida.

Pero la República no era una fuerza improvisada.

Los capitanes enemigos reorganizaron sus filas rápidamente.

De las entrañas de la flota surgieron barcos más grandes, diseñados para resistir el impacto de artillería costera.

La segunda oleada empezó a avanzar con una sincronía impecable.

— En el corazón del palacio, la Sala de Estrategia volvió a llenarse.

Mapas abiertos, mensajes urgentes, comandantes entrando y saliendo sin descanso.

Sofía llegó cubierta de polvo y con la voz firme: —Las familias ya están en los refugios subterráneos.

Las rutas de evacuación están aseguradas.

Falta coordinar el segundo anillo defensivo.

Lucian asintió.

Había estudiado cada rincón de oresta como si fuera una extensión de su propio cuerpo.

Sabía que no podían permitir que la República tomara ese puerto.

No solo por razones militares, sino porque si oresta caía, la moral de todo el Principado se quebraría.

—Que las tropas de refuerzo se mantengan en la colina oeste.

Si logran cruzar la bahía, los recibiremos en tierra —ordenó.

— Mientras tanto, en un salón iluminado por lámparas de aceite a cientos de kilómetros de allí, en la capital de la República Federada de Oshiran, dos figuras observaban un mapa idéntico.

El Canciller Federico Verek, con su mirada calculadora, y el Presidente Arius Korrin, de rostro implacable, discutían en voz baja.

—Nuestros espías fueron claros —dijo Verek—.

Los cinco tronos dejaron Takrin hace dos semanas.

Si hay un momento para golpear, es ahora.

—Entonces no fallaremos —respondió Arius—.

Si el puerto cae, el resto del Principado seguirá.

En esa misma sala, la espía que había infiltrado la alianza hizo una reverencia.

Su misión había sido sencilla pero crucial: transmitir el momento exacto en que la defensa estaría más vulnerable.

Pero no contaba con que la alianza había dejado más que tropas… había dejado conocimiento, estrategia y preparación.

— La batalla se intensificó al amanecer.

El cielo comenzó a teñirse de naranja mientras el rugido del mar se mezclaba con el de los cañones.

Los enemigos intentaban desembarcar, pero los soldados de Takrin —disciplinados, bien posicionados y respaldados por la estrategia imperial— les cerraban el paso una y otra vez.

Lucian recorrió las murallas a caballo, arengando a sus tropas: —¡Por Takrin, por el búho dorado y por nuestro pueblo!

—gritó, y su voz se extendió como una ola por toda la línea defensiva.

Sofía, por su parte, se mantuvo al mando de la logística, asegurando que las reservas de flechas, pólvora y suministros llegaran a cada puesto sin interrupciones.

La guerra no solo se ganaba con espadas, sino con organización y nervios de acero.

— Cuando la noche volvió a caer sobre Oresta, la batalla seguía.

Ningún bando había cedido, pero la República ya no tenía la confianza del primer ataque.

Los soldados enemigos comenzaban a sentir el peso de un adversario que no se quebraba.

Lucian observó el horizonte ardiente desde la torre del puerto.

El mar, que horas atrás había sido un espejo tranquilo, ahora era un campo de sombras y fuego.

Las llamas danzaban sobre los restos de los barcos enemigos hundidos, y el humo espeso ascendía al cielo como si la misma noche quisiera devorar la luz.

A su lado, Sofía respiraba con fuerza, el rostro cubierto de ceniza y las manos manchadas de hollín y sangre de haber curado heridos sin descanso.

No hablaban.

No hacía falta.

El silencio entre ellos decía más que cualquier palabra.

Sabían que algo profundo había cambiado esa madrugada.

La guerra ya no era un rumor lejano, ni un plan estratégico en un mapa.

Era real, y estaba frente a ellos, rugiendo desde las aguas ennegrecidas de Falren.

Lucian apretó los puños, grabando en su memoria cada detalle de esa escena.

No era solo una batalla: era el inicio de una era.

La sombra de la guerra se había posado sobre Takrin… y no se iría pronto.

La ofensiva de la República era apenas el comienzo de una serie de conflictos que marcarían el destino de todo Drakoria.

Y aunque Falren aún resistía, la noche olía a hierro, pólvora y decisiones que cambiarían la historia.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Las guerras no comienzan con espadas, sino con silencios.

Antes del primer disparo, hay un instante en que el mundo parece contener el aliento… y en ese instante, los valientes deciden no retroceder.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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