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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 165

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  3. Capítulo 165 - 165 Capítulo 5 – La última advertencia
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165: Capítulo 5 – La última advertencia 165: Capítulo 5 – La última advertencia El Principado de Takrin se encontraba bajo una presión inmensa.

Los vientos fríos del norte arrastraban consigo el olor metálico de la guerra, y los tambores enemigos ya no resonaban lejanos: estaban en las fronteras.

La República, decidida a tomar el control, había iniciado su ofensiva con precisión quirúrgica, atacando posiciones estratégicas y puertos menores.

Cada avance no solo era un acto militar, sino un mensaje: querían apoderarse del corazón de Takrin.

En la sala de guerra, las lámparas de aceite titilaban sobre un mapa gigantesco extendido en la mesa central.

Las líneas rojas marcaban las rutas de invasión, mientras pequeñas figuras de madera representaban tropas aliadas y enemigas.

Lucian se mantenía de pie, con las manos apoyadas en el borde de la mesa.

Sus ojos, fijos en el frente costero, parecían contener una tormenta.

Los generales informaban sin descanso.

—Han rodeado la fortaleza de Nier —anunció uno, con voz seca—.

Si no enviamos refuerzos en las próximas horas, caerá.

—Las rutas de abastecimiento están comprometidas —agregó otro—.

Han cortado dos puertos menores, dejando aisladas a varias guarniciones.

Lucian no hablaba.

Escuchaba cada palabra, memorizaba cada movimiento, cada vulnerabilidad.

Pero esta vez no estaban solos.

A un costado de la mesa, observadores de las fuerzas aliadas tomaban nota y transmitían información a sus flotas y destacamentos.

Coordinaban suministros, bloqueaban rutas aéreas enemigas y mantenían una cobertura constante.

Era la primera vez que Takrin no enfrentaba sola una amenaza así.

Afuera, las calles de la capital hervían de actividad.

Hombres y mujeres se organizaban para llevar víveres a las zonas de defensa, los herreros forjaban armas día y noche, y los niños observaban en silencio las columnas de soldados marchar hacia el frente.

La guerra ya no era un rumor lejano; era una presencia tangible que se sentía en la piel, en el aire, en cada respiración.

La moral, aunque golpeada, se mantenía viva gracias a la alianza.

El pueblo sabía que no estaban solos.

Y esa esperanza, aunque frágil, era un escudo tan poderoso como cualquier muro de piedra.

— A miles de kilómetros de allí, en el corazón del Imperio del Dragón Dorado, los salones imperiales brillaban con una solemnidad distinta.

No había música, ni cortejos, ni celebraciones.

Solo el sonido del viento que se colaba por las ventanas talladas y el murmullo de los consejeros imperiales.

En el centro de la sala de mapas imperial, Jin Long observaba con la mandíbula apretada.

A su lado, Suwei Jinhai sostenía un pergamino con las últimas noticias.

Sobre la mesa, un enorme mapa del continente marcaba en tinta negra el avance de la República.

Las líneas enemigas avanzaban como una enfermedad que se extendía sin detenerse.

Jin Long no necesitaba que nadie le explicara: la situación era clara.

La frontera de Takrin había sido violada.

La República no estaba jugando.

—Suwei —dijo Jin Long, con voz firme—, han cruzado la frontera del Principado.

Esta vez no es solo una provocación; es un desafío directo a nuestra autoridad… y a la estabilidad de todo el continente.

Suwei asintió con gravedad.

Sus manos, normalmente serenas, se apretaban detrás de la espalda.

—Hemos perdido soldados valientes en el incidente del barco imperial —respondió—.

El pueblo exige justicia.

Si no respondemos, no solo Takrin caerá… la República crecerá sin freno.

El Emperador cerró los ojos por un instante, como quien mide cada palabra antes de pronunciarla.

Cuando volvió a hablar, su tono era tan cortante como una espada imperial.

—Entonces enviaremos un mensaje.

No será una súplica… será una advertencia.

Horas después, la advertencia oficial del Imperio fue enviada a la República a través de emisarios imperiales posicionados en islas estratégicas.

El documento, sellado con el emblema dorado del dragón, contenía solo dos exigencias claras: 1.

Reconocer al Principado de Takrin como país independiente.

2.

Prometer que jamás atacarán a ningún país del continente.

Los emisarios no disimularon la amenaza.

Desde la costa podían verse las siluetas de las flotas imperiales, ancladas frente a los puertos republicanos.

Eran gigantes de acero y madera, equipadas con artillería pesada y tropas de élite.

Las torres de artillería apuntaban directamente a las fortalezas costeras, y sobre el cielo, formaciones de aeronaves imperiales dibujaban patrones que hablaban más fuerte que cualquier discurso: estamos listos.

Los líderes republicanos recibieron el mensaje entre gritos y susurros.

Algunos estaban indignados, otros temerosos.

La tensión subió como pólvora encendida.

Las próximas horas decidirían si el continente entraba en guerra abierta.

— En el Principado, Lucian recibió la noticia de la advertencia imperial mientras aún revisaba los mapas de defensa.

El mensajero, empapado por la lluvia nocturna, apenas pudo terminar de hablar antes de que un murmullo recorriera la sala.

Por primera vez en semanas, el peso que aplastaba sus hombros se alivió un poco.

—Esto nos da un respiro —dijo Lucian, dejando escapar una exhalación larga—.

Si la República retrocede, podremos reagruparnos y fortificar las líneas.

A su lado, Sofía no tenía tiempo para descansar.

Había pasado las últimas horas recorriendo hospitales de campaña y organizando centros de ayuda para los civiles desplazados.

Tenía las manos manchadas de hollín y sangre seca, pero sus ojos ardían con determinación.

—Cada acto de cuidado y estrategia que implementamos ahora marcará la diferencia mañana —respondió—.

El pueblo nos observa, Lucian.

No solo defendemos muros y tierras… defendemos esperanza y justicia.

Lucian asintió en silencio.

Ella tenía razón.

La guerra no se ganaba solo con espadas.

— Mientras tanto, en los mercados y plazas de Takrin, la advertencia imperial se propagaba como fuego.

Las personas dejaban sus tareas para escuchar a los pregoneros.

Algunos lloraban de alivio.

Otros alzaban puños al cielo, jurando defender su tierra hasta el final.

Las campanas de los templos resonaron esa noche, no como llamado de guerra, sino como un canto de unidad.

En las fortalezas fronterizas, los soldados levantaron la mirada al cielo al escuchar el rugido lejano de las aeronaves aliadas.

No estaban solos.

Un capitán, con la armadura manchada de barro, apretó el puño al ver las luces imperiales sobre el horizonte.

—Que vengan —murmuró—.

Esta vez, los dragones están de nuestro lado.

— En la República, sin embargo, la advertencia no calmó las aguas: las agitó.

El Consejo de Guerra republicano debatía a puertas cerradas.

Algunos ministros exigían retirarse y negociar.

Otros, cegados por el orgullo, clamaban por resistencia.

—Si cedemos —gruñó uno de los generales—, todo el continente sabrá que el Imperio nos ha doblado la rodilla.

—Si no cedemos —replicó otro—, seremos aplastados.

Han rodeado nuestros puertos, nuestros astilleros… estamos en jaque.

Esa noche, las antorchas ardieron hasta el amanecer en la capital republicana.

Y aunque no lo decían en voz alta, muchos sabían que la República no tenía la fuerza suficiente para enfrentar una guerra abierta contra el Imperio.

— En Takrin, la tensión se sentía incluso en los pasillos del Palacio Real.

Lucian y Sofía se reunieron en la galería superior, desde donde se veía toda la ciudad iluminada.

Las chimeneas humeaban, las tropas marchaban en formación, los obreros levantaban barricadas.

La ciudad respiraba lucha y esperanza.

—Cuando era niño —dijo Lucian en voz baja—, jamás imaginé que llegaría un día en que nuestra pequeña tierra estaría en el centro de todo esto.

Sofía lo miró de reojo, con una sonrisa serena pero cansada.

—Cuando era niña, soñaba con un futuro pacífico.

Pero ahora entiendo que a veces… la paz hay que defenderla con fuerza.

Lucian giró su rostro hacia ella.

Había en sus ojos una mezcla de respeto y determinación.

—No dejaremos que destruyan esto.

No mientras tengamos aliento.

—Ni mientras el pueblo crea —respondió Sofía, tomando su mano con firmeza.

— Afuera, sobre el horizonte del mar, las naves imperiales se mantenían en silencio, como bestias dormidas listas para rugir.

El mundo entero contenía la respiración.

La República tenía la última palabra.

Y el Principado… aguardaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La guerra no siempre comienza con un disparo… a veces empieza con una advertencia.

Y en ese silencio, se define el destino de naciones enteras.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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