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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 167

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  3. Capítulo 167 - 167 Capítulo 7 – Fuego y estrategia
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167: Capítulo 7 – Fuego y estrategia 167: Capítulo 7 – Fuego y estrategia El Imperio no se detuvo.

Tras el primer ataque, sus flotas y fuerzas terrestres avanzaron hacia un puerto estratégico de la República, que conectaba directamente con la capital.

Por primera vez en un siglo, la sombra del Imperio se proyectaba dentro del territorio de otro país.

Desde el horizonte, el mar comenzó a rugir.

Doce submarinos clase Ragnarok, invisibles bajo el oleaje, emergieron como bestias del abismo.

Su acero negro brillaba bajo la luna, y cada uno llevaba grabado el emblema del dragón en oro.

Detrás de ellos, ciento veinte buques de guerra formaban una muralla impenetrable: — Veinte portaaviones clase Valhalla, capaces de lanzar doscientos cazas de combate cada uno.

— Cuarenta destructores pesados, armados con cañones de plasma y misiles de crucero.

— Sesenta fragatas veloces, guardianes del flanco, listas para interceptar cualquier intento de ruptura.

— Treinta cruceros de asalto anfibio, preparados para desembarcos estratégicos.

El cielo también se cubrió de acero.

En formación cerrada, escuadrones de cazas imperiales surcaban el aire, acompañados por bombarderos que mantenían su distancia, listos para atacar en cualquier momento.

Era el despliegue militar más grande visto en la historia moderna.

No era un simple castigo: era una declaración de poder.

Mientras tanto, el Principado aprovechaba cada momento de distracción republicana.

Lucian movilizó sus tropas para recuperar las ciudades fronterizas que la República había tomado.

Soldados del principado empujaron a las fuerzas republicanas de vuelta, asegurando la frontera y liberando a las poblaciones afectadas.

La Alianza en acción Los cuatro reinos y el Imperio convocaron una reunión urgente de la Alianza de los 5 tronos.

El gran salón de guerra de xijan city, la capital imperial, se llenó de delegaciones, generales y monarcas.

En el centro, un inmenso mapa tridimensional flotaba sobre la mesa de cristal, mostrando los movimientos de tropas, flotas y líneas de abastecimiento.

El aire era tenso.

Las paredes, cubiertas por los estandartes de cada nación, parecían observar en silencio.

El Emperador jin long permanecía de pie, con las manos apoyadas sobre la mesa.

A su derecha, el Gran Almirante kael Dren, seguían las proyecciones con rostros serios.

Frente a ellos, los reyes de los cuatro reinos aliados intercambiaban miradas cargadas de duda y nerviosismo.

—Esta guerra no fue iniciada por nosotros —dijo el rey de Koryun , rompiendo el silencio—.

Pero si continuamos así, podríamos sumergir al continente entero en un caos del que nadie saldrá ileso.

—¿Y qué propones?

—respondió con frialdad el Emperador—.

¿Pedir disculpas por defender la vida de inocentes?

¿Cerrar los ojos ante el crimen de la República y dejar que su ambición vuelva a levantarse dentro de un año?

El rey bajó la mirada, incómodo.

Una parte de la mesa asintió, otra se mantuvo en silencio.

La reina de xianbei, una mujer de voz templada pero firme, intervino: —Comprendo su ira, Su Majestad.

Pero si el Imperio arrasa con la República, el equilibrio se romperá.

Los pueblos temerán su poder más que su justicia.

Debemos ser cuidadosos con la forma en que castigamos.

Jin long la miró sin apartar la vista.

—No busco el temor, sino el respeto.

Y el respeto se gana cuando los enemigos entienden que no hay lugar para la traición.

El Gran Almirante kael proyectó sobre el mapa la imagen del bloqueo actual.

Círculos rojos marcaban los puertos ocupados, y las líneas doradas mostraban la expansión imperial.

—El control marítimo es total —informó—.

Ningún barco entra ni sale.

Las rutas de suministro están cortadas.

En menos de tres semanas, la República se verá forzada a racionar alimentos y combustible.

Si mantenemos esta presión, no necesitaremos invadir la capital.

Se rendirán por asfixia.

El rey del Reino del Nanxi, golpeó la mesa con el puño.

—¡Eso no es una victoria!

—dijo exaltado—.

Es una masacre silenciosa.

¿Cuántos inocentes morirán de hambre antes de que su gobierno se rinda?

El Almirante lo miró con frialdad.

—Cada decisión en el campo de batalla tiene un precio.

Y en este caso, ese precio evitará una guerra prolongada.

La tensión en la sala creció.

Los murmullos se mezclaban con el chisporroteo de las luces holográficas.

Lucian, del Principado de Takrin, observaba desde un extremo sin intervenir aún.

Vestido con un uniforme gris y una capa azul, parecía más un soldado que un príncipe.

Sofía estaba a su lado, con los documentos de las aldeas recién liberadas.

Finalmente, Lucian habló: —Su Majestad, si me permite… El Emperador asintió.

—No debemos olvidar por qué empezó todo esto —continuó Lucian—.

La República atacó sin motivo, destruyó pueblos y mató civiles.

Pero ahora, si seguimos destruyendo sin medida, seremos iguales a ellos.

El Imperio ya ha demostrado su poder.

El mensaje está claro.

Ahora debemos pensar en lo que vendrá después de la guerra.

Sus palabras resonaron en la sala.

Por primera vez, los líderes guardaron silencio.

Jin long lo observó con una mezcla de respeto y reflexión.

—Hablas como un gobernante, no como un soldado —respondió el Emperador—.

Pero te equivocas en algo: no buscamos destruir a la República.

Buscamos que nunca vuelva a amenazar a nadie.

Entonce suwei intervino: —Si me permiten una sugerencia… el Imperio podría detener los ataques directos y mantener el cerco.

Que el mundo vea que somos firmes, pero no crueles.

Que comprendan que la paz se mantiene con fuerza, no con exterminio.

El Emperador asintió lentamente.

—Mantengan el bloqueo.

Ningún avance por ahora.

Pero si la República lanza un solo misil más, quiero que sus cielos se tiñan de fuego.

La reunión terminó sin aplausos.

Cada representante abandonó la sala con el peso de lo que acababan de decidir.

La guerra seguía, pero el continente entero comenzaba a entender que lo que estaba en juego no era solo una frontera: era el futuro del equilibrio mundial.

— Dentro de la República El miedo se había convertido en una sombra permanente.

Las sirenas no callaban.

Las noches eran interrumpidas por el rugido de los aviones imperiales que cruzaban el cielo, proyectando sobre las nubes los símbolos del dragón dorado.

En la capital, los refugios subterráneos estaban llenos.

Niños, ancianos y mujeres se apretaban entre sacos de arroz y bidones de agua, escuchando los altavoces que repetían los mismos mensajes del gobierno: > “El enemigo no nos vencerá.

La República resistirá.” Pero las palabras ya no tenían poder.

Las calles se vaciaban, los mercados estaban cerrados y las fábricas solo producían para el ejército.

El Canciller Federico Verek, cansado y envejecido por las semanas de crisis, observaba desde su despacho los incendios a lo lejos.

Cada explosión marcaba una pérdida, un puerto o una base menos.

Los informes de inteligencia confirmaban lo inevitable: el Imperio no solo tenía ventaja militar, también había aislado completamente las comunicaciones con el exterior.

En las ciudades costeras, los capitanes republicanos intentaban resistir, pero el bloqueo era impenetrable.

Los doce submarinos Ragnarok se movían bajo el agua como sombras asesinas, hundiendo cualquier embarcación que intentara escapar.

Los portaaviones Valhalla, visibles en el horizonte, lanzaban cazas que patrullaban el aire sin descanso.

Las fragatas imperiales se turnaban para mantener un cerco constante, y los cruceros anfibios aguardaban la orden de desembarco.

Era una prisión marítima.

El pueblo comenzó a comprender lo que el gobierno no quería admitir: la guerra estaba perdida.

En los barrios obreros, los rumores se expandían como fuego: —Dicen que el Imperio no quiere destruirnos, solo hacernos rendir.

—¿Y si entregan las armas?

Al menos nuestros hijos vivirían.

Las protestas se multiplicaron.

En la plaza central de oshiran, una multitud gritaba el nombre del Canciller, exigiendo su renuncia.

Los soldados republicanos tuvieron que disparar al aire para dispersarlos.

Pero el miedo ya no servía como control.

En los altos mandos, la desesperación también crecía.

El ministro de defensa, Roth Velkan, insistía en resistir: —Podemos atacar por tierra.

Si lanzamos todo nuestro arsenal ahora, quizás rompamos el cerco antes de que refuercen la línea este.

Pero otro ministro, Eran Doss, lo interrumpió furioso: —¿Con qué tropas?

¿Con qué combustible?

¡Estamos luchando contra un Imperio que tiene recursos diez veces mayores!

La reunión terminó en gritos.

El Canciller golpeó la mesa con fuerza.

—¡Basta!

—exclamó—.

Nadie abandona esta sala hasta que encontremos una salida.

Silencio.

Solo se oía el zumbido del proyector que mostraba los movimientos del Imperio.

Los círculos dorados se cerraban cada día más sobre la capital.

Verek se levantó lentamente.

—Si caemos, caeremos como líderes, no como cobardes.

Pero si hay una forma de salvar al pais… debemos encontrarla.

Nadie respondió.

Afuera, la ciudad tembló bajo otro bombardeo.

Las luces se apagaron por un instante, y el reflejo del fuego iluminó el rostro del Canciller.

Por primera vez, comprendió lo que muchos ya sabían: El Imperio no necesitaba entrar a la capital para ganar.

Ya lo había hecho.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “El poder que arrasa puede imponer silencio; el poder que piensa, imprime futuro.

La victoria medida no sólo vence al enemigo: preserva lo que queda humano en nosotros.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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