EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 168
- Inicio
- EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
- Capítulo 168 - 168 Capítulo 8 – Presión y dilemas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
168: Capítulo 8 – Presión y dilemas 168: Capítulo 8 – Presión y dilemas La República acorralada El bloqueo imperial era absoluto.
Los puertos del este estaban sellados, las rutas de suministro destruidas y los canales fluviales bajo vigilancia constante.
Desde el aire, los dirigibles imperiales monitoreaban cada movimiento; desde el mar, los submarinos Ragnarok se movían silenciosos bajo las olas, hundiendo cualquier embarcación que intentara romper el cerco.
Las luces de la capital permanecían apagadas por las noches.
Los ciudadanos aprendieron a vivir bajo el sonido lejano de los bombardeos y el rugido constante de los cazas imperiales.
La República, orgullosa de su independencia y su ciencia, había quedado reducida a un puñado de ciudades sitiadas y a un gobierno que ya no controlaba su propio destino.
En los primeros días del cerco, el gobierno había prometido resistencia.
Los comunicados del Canciller Federico Verek repetían que la República no se rendiría, que el Imperio se quebraría por su arrogancia.
Pero con el paso de las semanas, las palabras se volvieron huecas.
Las reservas de alimentos comenzaron a agotarse.
Las fábricas cerraban por falta de energía.
Y en los hospitales, los médicos operaban sin anestesia ni electricidad.
El pueblo lo sabía: el enemigo no necesitaba conquistar la capital, solo esperar La tensión en Oshira, la capital, se volvió insoportable.
Cada día, cientos de ciudadanos se reunían frente al Palacio de la República, exigiendo respuestas.
Las pancartas se mezclaban con los gritos: > “¡Queremos comida, no discursos!” “¡Fuera Verek, fuera la guerra!” “¡Rendición o muerte, pero no más hambre!” Los guardias, agotados y hambrientos también, apenas podían contener a la multitud.
El gobierno intentaba controlar los medios, pero las transmisiones clandestinas difundían imágenes del Imperio distribuyendo ayuda humanitaria en las zonas ocupadas: alimentos, medicinas, refugios.
Era una guerra no solo de armas, sino de imagen.
En los barrios obreros, los mercados negros surgieron como hongos.
Una barra de pan costaba lo mismo que una joya.
Los padres se turnaban para comer, dejando las raciones a sus hijos.
El aire olía a desesperanza.
En una pequeña calle del distrito 7, una mujer gritó frente a un grupo de soldados: —¡Mi hijo murió por su maldita guerra!
¡¿Dónde está la gloria que prometieron?!
Nadie respondió.
Los hombres simplemente siguieron marchando, con los rostros vacíos, sabiendo que también habían perdido algo irrecuperable.
En el sótano del Palacio de Gobierno, el Canciller Verek y su gabinete se reunían dos veces al día.
El salón de guerra, antes lleno de mapas y banderas, ahora parecía una tumba.
Las luces parpadeaban.
Las caras estaban demacradas.
El Ministro de Defensa, Roth Velkan, se inclinó sobre la mesa.
—El Imperio no avanza, pero nos está asfixiando —dijo con la voz ronca—.
Si seguimos así, en tres semanas las reservas de combustible se agotarán.
No tendremos ni cómo mover los tanques.
El Ministro de Economía respondió con sarcasmo: —¿Tanques?
La gente ya ni siquiera tiene pan.
Si seguimos priorizando las armas, no tendremos soldados vivos para usarlas.
El Canciller se frotó el rostro con cansancio.
—Lo sé… —susurró—.
Pero rendirse no es una opción.
El Alto Consejero Político, Eran Doss, golpeó la mesa.
—¡Sí lo es!
—gritó—.
Acepte las condiciones del Imperio, reconozca al Principado, salve lo que queda del país.
No se trata de orgullo, Canciller.
Se trata de sobrevivir.
Un silencio helado se apoderó de la sala.
Los ojos de todos se posaron en Verek.
El hombre parecía más viejo que nunca, con el cabello gris y las manos temblorosas.
Había sido un idealista, un político de palabra, pero ahora se encontraba frente a un abismo que no podía cruzar sin perderlo todo.
Finalmente habló, con voz baja pero firme: —Si cedo, la República morirá como un vasallo del Imperio.
Si resisto, morirá como una nación.
Prefiero lo segundo.
Eran Doss lo miró con rabia y tristeza.
—Entonces no solo morirá la República, Canciller.
Morirán todos con ella.
Los grandes ducados y su dilema Lejos de la capital, los ducados de Suryan y Veyora observaban desde sus tronos la tormenta que se acercaba.
Ambos territorios mantenían alianzas comerciales con la República, pero también vínculos de sangre con el Imperio.
Su posición era una cuerda floja.
En los palacios ducales, los ministros debatían día y noche.
Los mensajes diplomáticos cruzaban el continente como flechas invisibles.
Los pueblos de ambos ducados, sin embargo, habían hablado claro: > “No queremos morir por una guerra que no es nuestra.” Las plazas se llenaban de manifestantes que pedían neutralidad.
Las caravanas militares eran interceptadas por ciudadanos, los trenes con provisiones bloqueados por obreros.
Los grandes duques sabían que intervenir sería una sentencia de muerte política.
Por eso enviaron ayuda simbólica: tropas limitadas, medicinas, cargamentos mínimos de energía, suficientes para cumplir con su deber diplomático, pero no tanto como para provocar la ira del Imperio.
Era una jugada peligrosa.
El Imperio observaba sus movimientos con atención, midiendo cada gesto.
Y dentro de la República, esa ayuda a medias generaba más división: unos la veían como una traición, otros como el último hilo de esperanza.
— El Imperio observa Desde la torre de mando del portaaviones imperial “Valhalla Primus”, el Almirante Kael Dorn observaba las costas enemigas con un catalejo digital.
El mar estaba en calma, pero las luces de las ciudades republicanas parpadeaban como luciérnagas moribundas.
—Han dejado de transmitir por radio —informó un oficial.
—Eso significa que ya no confían ni en su propia gente —respondió Kael con voz grave—.
Mantengan el cerco.
Sin provocaciones.
Quiero que el Canciller se destruya solo.
El Imperio sabía que la victoria no llegaría con una explosión, sino con el silencio.
La paciencia era su arma más poderosa.
Los dirigibles de mando continuaban sobrevolando la capital, proyectando mensajes en el cielo: > “El Imperio no busca sangre, sino justicia.
Rindan las armas, y el dragón les ofrecerá clemencia.” En las calles, los ciudadanos los observaban en silencio.
Algunos lloraban.
Otros aplaudían.
Por primera vez, el enemigo comenzaba a parecer más justo que su propio gobierno.
Los días pasaron.
La República se hundía.
En el interior del gobierno, las facciones se enfrentaban.
El ejército, cansado de las órdenes contradictorias, comenzó a dividirse.
Un grupo de generales propuso deponer al Canciller y negociar directamente con el Imperio.
El golpe se planeó en secreto.
En la madrugada del día 41 del bloqueo, tanques republicanos rodearon el Palacio Repúblicana.
Los guardias no resistieron.
El Canciller fue arrestado sin un solo disparo.
El general Varek Lorn, líder del golpe, apareció en cadena nacional.
Su uniforme estaba cubierto de polvo, su rostro serio.
—Ciudadanos de la República —dijo con voz firme—, esta guerra ha terminado.
Hemos fracasado en protegerlos, pero no permitiremos que sigan muriendo por el orgullo de unos pocos.
Iniciaremos conversaciones con el Imperio para firmar el Tratado de Varent.
Las calles estallaron en caos.
Unos celebraban.
Otros gritaban traición.
Pero todos sabían lo mismo: el fin estaba cerca.
El final de una era Dos días después, los enviados del Imperio aterrizaron en la capital bajo bandera blanca.
El dragón dorado ondeaba sobre los edificios, no como conquistador, sino como juez.
El Emperador jin long no asistió personalmente.
Envió a su suegro el duque Huiyan, quien entregó las condiciones: Reconocimiento total del Principado de Takrin como nación soberano.
Desarme indefinidamente de las flotas republicanas.
Entrega de los responsables del ataque inicial para ser juzgados en la Corte Continental.
El nuevo gobierno aceptó sin condiciones.
Era eso, o la aniquilación total.
Cuando el tratado fue firmado, el silencio recorrió las calles.
Las sirenas se apagaron.
Los cazas imperiales se retiraron uno a uno, y el cielo de la República volvió a ser azul.
Pero nadie celebró.
El precio de la paz había sido demasiado alto.
Miles de vidas perdidas.
Una nación humillada.
Y en los ojos del pueblo, una mezcla amarga de alivio y resentimiento.
Desde la torre del Principado, Lucian y Sofía observaron la bandera .
Del imperio Del dragón dorado ondeaba en los cielos, no como símbolo de dominación, sino de justicia cumplida.
—Terminó —dijo Sofía con voz suave.
Lucian no respondió de inmediato.
Miró hacia el horizonte, donde el sol nacía sobre un mar tranquilo.
—No, Sofía… apenas empieza algo nuevo.
Porque ahora todos saben que el Imperio puede rugir.
Y los que alguna vez lo desafiaron… jamás lo olvidarán.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “A veces la victoria no se mide en conquistas, sino en lo que sobrevive tras la caída.
Porque cuando el orgullo se apaga y la guerra calla, lo que queda al final no es gloria… sino memoria.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com