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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 169

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  3. Capítulo 169 - 169 Capítulo 8 – Presión y dilemas
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169: Capítulo 8 – Presión y dilemas 169: Capítulo 8 – Presión y dilemas Hola a todos Quiero pedirles disculpas por el pequeño error que ocurrió: aparecen dos capítulos 8 en la segunda temporada del Libro 5.

Mientras leía la historia noté algunos detalles que quería corregir, pero al intentar hacerlo la plataforma no me permitió publicar los cambios.

Me comuniqué con el soporte técnico, pero la respuesta está tardando más de lo esperado.

Por eso, decidí dejar ambos capítulos para no retrasar la publicación.

Gracias por su comprensión y por seguir acompañándome en esta Historia Por favor aceptan mis más sinceras disculpas El bloqueo imperial era absoluto.

Los puertos del este estaban sellados, las rutas de suministro destruidas y los canales fluviales bajo vigilancia constante.

Desde el aire, los dirigibles imperiales patrullaban sin descanso, iluminando las costas con haces de luz azul.

Bajo el mar, los submarinos Ragnarok se deslizaban silenciosos, invisibles y letales.

Las noches en Oshira, la capital, se habían vuelto un infierno silencioso.

Las luces permanecían apagadas por orden del gobierno, para evitar los bombardeos selectivos.

Las sirenas ululaban a lo lejos, recordándole a todos que el Imperio podía atacar en cualquier momento.

Los ciudadanos dormían en sótanos y túneles, abrazando el miedo como si fuera un abrigo.

La República, otrora símbolo de ciencia y libertad, se había convertido en una sombra hambrienta.

Las fábricas estaban paralizadas, los mercados vacíos, y el precio del pan se había multiplicado por veinte.

Los hospitales funcionaban con generadores improvisados; los cirujanos trabajaban a la luz de las velas.

En cada esquina, los rumores se mezclaban con las plegarias.

El pueblo lo sabía: > “El Imperio no necesita disparar.

Solo esperar.” El Palacio bajo asedio En el Palacio de Gobierno, la tensión era insoportable.

El Canciller Federico Verek presidía una reunión de emergencia con su gabinete.

En la mesa ovalada, los rostros reflejaban cansancio, miedo y desconfianza.

El Ministro de Defensa, Roth Velkan, habló con voz ronca: —No podremos resistir mucho más.

Las reservas de combustible están casi agotadas.

Los cazas no despegan, los tanques no se mueven, y nuestras tropas están exhaustas.

El Ministro de Economía replicó: —¿Y de qué sirve tener tanques si la gente muere de hambre?

En el norte, las panaderías fueron saqueadas.

En el sur, las familias cocinan raíces.

¡No hay más que desesperación, Canciller!

Verek, con el rostro demacrado, se frotó las sienes.

—Lo sé.

Pero rendirnos sería aceptar el fin de nuestra soberanía.

Entonces intervino el presidente Arius Korrin, quien golpeó la mesa con rabia: —¡Y resistir es condenar a todos!

¿No lo ve?

El Imperio ya ganó, solo espera que usted caiga.

El silencio que siguió fue denso como el humo.

Los ojos del Canciller se clavaron en el mapa del continente: una telaraña de líneas rojas marcaba los frentes perdidos, las ciudades sitiadas, las rutas cortadas.

—Mientras yo respire —dijo finalmente—, la República no se arrodillará.

Sus palabras no encendieron esperanza.

Solo confirmaron que la caída sería inevitable.

— El pueblo se levanta Afuera, la situación se desbordaba.

Miles de personas marchaban hacia el Palacio gritando: > “¡Queremos comida, no discursos!” “¡Rendición o muerte, pero no más hambre!” Las fuerzas de seguridad, famélicas y sin moral, apenas lograban contener a la multitud.

Algunos soldados lloraban al ver a los niños descalzos pidiendo pan.

Los altavoces del Imperio proyectaban mensajes desde el cielo: > “El Dragón no busca sangre, sino justicia.

Ríndanse, y vivirán.” Cada frase se clavaba como una herida más profunda que cualquier bomba.

Los ciudadanos comenzaron a cuestionar al gobierno.

¿Era la República su salvadora o su verdugo?

En los barrios obreros, los rumores corrían como pólvora: —Dicen que el Imperio reparte comida en las zonas ocupadas… —Dicen que si se rinden, los dejarán vivir… La propaganda del enemigo estaba ganando la guerra.

— La fractura del ejército En los cuarteles del norte, los oficiales discutían en secreto.

El general Varek Lorn, héroe de la guerra pasada, había perdido la fe en el Canciller.

—No podemos seguir esperando órdenes de un político ciego —dijo ante sus hombres—.

Si no actuamos, el país se extinguirá.

Su plan era simple y peligroso: Entrar en la capital, arrestar al Canciller, y negociar con el Imperio una rendición digna.

Un golpe rápido, sin sangre, para salvar lo que quedaba de la nación.

Varios oficiales lo apoyaron.

Otros dudaban.

Pero el hambre y el miedo eran aliados del golpe.

La noche elegida fue la del día 41 del bloqueo.

Tanques republicanos avanzaron hacia la ciudad bajo la lluvia.

Las radios estaban en silencio.

Los motores rugían en las calles vacías.

Era el comienzo del fin… o eso creyeron.

El contragolpe Sin embargo, el Canciller no era tan ingenuo como aparentaba.

Su servicio de inteligencia —pequeño pero leal— interceptó los mensajes cifrados del general Lorn.

Mientras los tanques se acercaban al Palacio, las unidades élite del Batallón Presidencial Argos se desplegaron en las azoteas y las avenidas.

Los rebeldes fueron rodeados antes de llegar al centro.

Hubo disparos, confusión, humo.

Al amanecer, el golpe había fracasado.

Varek Lorn fue arrestado junto a sus oficiales.

Los civiles despertaron con el eco de los disparos y el olor a pólvora.

El Canciller apareció en cadena nacional con el rostro grave, la voz cansada pero firme.

—Ciudadanos —dijo—, esta noche, un grupo de traidores intentó destruir la República desde dentro.

Pero hemos resistido.

El enemigo está afuera, no en nuestros corazones.

Les pido que no pierdan la fe.

El dragón del Imperio puede rugir… pero nosotros aún respiramos.

Las palabras encendieron un último destello de orgullo nacional.

Las multitudes volvieron a sus casas en silencio.

Pero el daño ya estaba hecho.

El pueblo había visto con sus propios ojos cómo el ejército se dividía.

La unidad que quedaba en la República se había quebrado para siempre.

El Imperio observa Desde la torre de mando del portaaviones Valhalla Primus, el almirante Kael Dorn observaba la ciudad sitiada con un catalejo digital.

Las luces parpadeaban a lo lejos, débiles y moribundas.

—Han intentado un golpe —informó un oficial.

Kael asintió lentamente.

—Lo sé.

Y fallaron.

—¿Ordenamos avanzar?

El almirante sonrió, con esa calma cruel que solo tienen los hombres acostumbrados a ganar sin disparar.

—No.

Que se destruyan entre ellos.

Cuando se apaguen las últimas luces… el dragón descenderá sin manchar sus garras.

El mar seguía tranquilo.

Las flotas imperiales permanecían inmóviles, como una muralla viviente.

El Imperio no necesitaba atacar.

La República se estaba devorando sola.

Esa noche, el Canciller miró la ciudad desde el balcón del Palacio.

El viento traía el olor a humo, a desesperación, a derrota.

A su lado, su consejero lian korss le susurró: —Ganó tiempo, Canciller.

Pero no ganó la guerra.

Verek no respondió.

Solo observó el horizonte, donde el mar reflejaba el brillo dorado de los buques imperiales.

—Mientras el dragón no entre —murmuró—, aún hay esperanza.

Detrás de él, en las sombras del pasillo, un mensajero se inclinó ante otro hombre, un senador de rostro oscuro y mirada calculadora.

Sus manos estaban cubiertas por guantes negros, y el brillo de los candelabros apenas alcanzaba a delinear su silueta.

—El golpe falló, mi señor —susurró el mensajero con la cabeza baja, temiendo pronunciar más de lo necesario.

El senador permaneció en silencio unos segundos.

Luego dejó escapar una risa breve, casi inaudible, cargada de un desprecio tranquilo.

—Entonces esperaremos —respondió finalmente, girando lentamente su anillo dorado, símbolo del Consejo Supremo—.

El próximo será definitivo.

El mensajero alzó la vista, inseguro.

—¿Y el Canciller?

—Que siga gobernando… por ahora.

Cuanto más se aferre al poder, más débil se volverá.

—El senador se acercó a la ventana, observando la oscuridad que cubría la ciudad—.

No necesitamos matarlo.

Solo dejar que el pueblo lo devore.

Un trueno retumbó a lo lejos.

Las luces de la capital parpadearon, como si el mismo cielo confirmara sus palabras.

Y con ese silencio lleno de conspiración, la República continuó agonizando.

No conquistada por el Imperio… sino por su propio corazón dividido, donde la traición crecía como una sombra paciente, esperando su momento para devorar lo que quedaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “A veces la victoria no se mide en conquistas, sino en lo que sobrevive tras la caída.

Porque cuando el orgullo se apaga y la guerra calla, lo que queda al final no es gloria… sino memoria.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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