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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 176

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  3. Capítulo 176 - 176 Capítulo 5 El golpe fallido de la República
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176: Capítulo 5: El golpe fallido de la República 176: Capítulo 5: El golpe fallido de la República El sol apenas asomaba sobre los muros de Orevalle, la capital del Principado, cuando los soldados de la República comenzaron a acercarse por mar y tierra.

La flota avanzaba con precisión militar, pero cada nave parecía arrastrar consigo la fatiga de meses de guerra.

Los barcos crujían bajo el peso de hombres y armas, y el viento traía consigo un olor metálico de pólvora y sal.

—¡Hoy demostraremos nuestra fuerza!

—gritó el Canciller, su voz resonando en los muros del cuartel general—.

Esta victoria cambiará el curso de la guerra.

Sin embargo, la moral de sus tropas estaba lejos de ser tan firme como la de su líder.

Los soldados caminaban con la mirada baja, muchos con las manos temblorosas por el cansancio y el hambre.

Los veteranos murmuraban entre sí, recordando derrotas recientes y la desorganización que los había acompañado desde los primeros días del conflicto.

Cada paso hacia Orevalle era un recordatorio de la desesperación que empezaba a infiltrarse en sus filas.

El caos comenzó antes de que los barcos tocaran tierra.

Las órdenes no llegaban con claridad; los oficiales se gritaban entre sí mientras los soldados intentaban mantener la formación.

Los carros de suministros quedaron atrapados en la arena húmeda de la costa, ralentizando el avance y creando un efecto dominó de confusión.

Desde los muros de Orevalle, los defensores del Principado observaban con calma calculadora.

Lucian y Sofía habían preparado cada detalle de la defensa: trampas en las calles, barricadas improvisadas, arqueros posicionados en torres y tejados, artillería ligera y pesada en puntos estratégicos.

La ciudad era un laberinto mortal para los atacantes, diseñado para maximizar el efecto de cada disparo y cada maniobra defensiva.

El primer contacto fue devastador para la República.

Los cañones de Orevalle tronaron sin cesar, sacudiendo la tierra y el aire.

Cada explosión lanzaba metralla sobre los soldados que avanzaban, y los hombres gritaban mientras caían entre escombros y cuerpos.

Las calles se convirtieron en trampas mortales; los combatientes de la República no podían mantener la formación, y el pánico comenzó a extenderse como un virus.

—¡No podemos sostener este ataque!

—gritó un general republicano, viendo cómo sus hombres caían uno tras otro—.

¡Retrocedan, retrocedan ahora!

Pero el caos era solo el principio.

La defensa del Principado no era solo militar; era estratégica y psicológica.

Cada emboscada estaba diseñada para sembrar miedo y confusión.

Los ciudadanos armados, entrenados previamente y organizados por Sofía, ayudaban a bloquear calles y apoyar a los soldados, mientras los estrategas de la Alianza coordinaban la distribución de suministros y la movilidad de las tropas.

Mientras tanto, en Orevalle, Lucian observaba el avance enemigo desde una torre de vigilancia, el sol reflejándose en su armadura pulida.

A su lado, Sofía revisaba mapas y comunicaba órdenes con calma serena, asegurándose de que cada refuerzo llegara donde más se necesitaba.

Su presencia era un bálsamo para los defensores; su liderazgo fortalecía la determinación de quienes luchaban por su hogar y su independencia.

El avance de la República se volvió cada vez más desorganizado.

Soldados perdidos en las calles estrechas eran atrapados por francotiradores; unidades enteras quedaron aisladas y se rindieron ante fuerzas mucho menores en número pero superiores en estrategia.

La fatiga y el hambre pesaban sobre ellos más que las flechas o los cañones.

Las noticias del fracaso comenzaron a filtrarse hacia la población de la República.

En las ciudades más cercanas, los ciudadanos recibían informes alarmantes de bajas masivas y retrocesos inminentes.

El miedo se mezclaba con la frustración; la confianza en sus líderes se resquebrajaba a medida que comprendían que la victoria, una vez prometida con tanta certeza, se había esfumado.

—¡Esto es un desastre absoluto!

—exclamó un oficial, golpeando la mesa mientras revisaba mapas llenos de marcas rojas que indicaban pérdidas—.

No hay forma de que podamos tomar Orevalle hoy.

El Canciller, con el rostro demacrado y las manos temblorosas, apenas podía sostener la compostura.

Sabía que cada decisión tomada durante las próximas horas sería crucial, pero la desorganización, la fatiga y el miedo habían reducido drásticamente sus opciones.

Cada pérdida de hombre era un golpe directo a su autoridad y a la moral de un ejército que ya estaba al borde del colapso.

Mientras tanto, en Orevalle, las defensas del Principado se fortalecían aún más con cada intento fallido.

Las murallas y barricadas no solo mantenían fuera a los atacantes, sino que también servían como símbolo de resistencia para los ciudadanos y soldados.

Lucian caminaba entre sus tropas, observando los movimientos, asegurándose de que nadie flaqueara.

Su presencia calmaba el miedo y transmitía confianza.

Sofía, por su parte, organizaba a los civiles, distribuyendo comida, medicinas y reforzando las posiciones defensivas.

Cada acción suya era un recordatorio de que el Principado no solo tenía fuerza militar, sino también unidad y liderazgo moral.

La población empezaba a ver que la guerra podía ser ganada no solo por la fuerza de las armas, sino por la fuerza de la determinación y la estrategia.

El fracaso de la República fue completo.

No hubo ninguna entrada en Orevalle; los ataques fueron repelidos sistemáticamente y las bajas se contaban por miles.

La moral del ejército enemigo quedó destrozada y la confianza en su liderazgo, rota.

La noticia se extendió rápidamente: el intento de tomar la capital había sido un desastre absoluto, y la población empezaba a cuestionar la autoridad de sus líderes más que nunca.

En los mares cercanos, la flota de la Alianza permanecía visible, silenciosa y majestuosa, como un recordatorio de que ninguna fuerza externa intervendría a favor de la República.

Cada nuevo intento de ataque era cuidadosamente observado, controlado y, de ser necesario, neutralizado.

El capítulo cerró con un panorama claro: la República había perdido su mejor oportunidad de revertir la guerra, la moral de sus tropas estaba destrozada, la población cuestionaba a sus líderes, y la independencia del Principado estaba cada vez más asegurada.

La balanza comenzaba a inclinarse definitivamente hacia el Principado, y la justicia, respaldada por la unidad y la estrategia, empezaba a manifestarse en cada calle, en cada muro y en cada corazón de su pueblo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La fuerza sin unidad es solo ruido; la estrategia sin convicción se desvanece.

La verdadera victoria no siempre nace del ataque, sino de la paciencia, la organización y la determinación de quienes luchan por lo que aman.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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