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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 177

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  3. Capítulo 177 - 177 Capítulo 6 – La derrota y la celebración
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177: Capítulo 6 – La derrota y la celebración 177: Capítulo 6 – La derrota y la celebración La República había lanzado su ofensiva más grande hacia Orevalle, la capital del Principado, con la esperanza de quebrar la resistencia de un país joven y debilitado por meses de conflicto.

La flota avanzaba por los mares brumosos al amanecer, mientras columnas de soldados marchaban por los caminos que llevaban a la ciudad.

Sin embargo, desde los primeros pasos, quedó claro que la estrategia era deficiente.

Los soldados estaban mal coordinados: órdenes confusas llegaban tarde o nunca llegaban; los suministros no alcanzaban las líneas del frente; los mensajeros se perdían entre el caos.

La fatiga se notaba en cada rostro, en cada hombro caído, en cada tropiezo de los hombres que avanzaban con la esperanza de cambiar el curso de la guerra.

La moral, ya baja por derrotas previas, tocaba fondo.

Cada intento de avanzar hacia las murallas de Orevalle se encontraba con una defensa firme y calculada, y la desesperación comenzó a abrir grietas en la disciplina del ejército republicano.

Desde los muros de Orevalle, Lucian observaba con ojos agudos cada movimiento del enemigo.

La ciudad estaba lista, cada calle convertida en un laberinto de defensas, cada torre en un punto de vigilancia y ataque.

Los estrategas enviados por la Alianza habían entrenado a los defensores en maniobras de emboscada y tácticas de desgaste.

Cada acción de la República se encontraba con resistencia, y cada error era explotado con precisión.

Sofía caminaba entre los soldados y ciudadanos, asegurándose de que los recursos estuvieran donde más se necesitaban.

Supervisaba la distribución de armas, medicinas y provisiones, y daba palabras de aliento a quienes sentían miedo o duda.

Su presencia calmaba a los nerviosos y fortalecía a los valientes.

Sabía que la guerra no se ganaba solo con cañones y soldados; la unidad de su pueblo era igual de poderosa que cualquier flota o ejército.

El fracaso de la República se volvió evidente rápidamente.

Los ataques eran desordenados y predecibles; las tropas caían en emboscadas, los soldados aislados eran rodeados y forzados a rendirse.

Cada intento de romper las defensas de Orevalle terminaba con miles de bajas, y cada fracaso minaba la confianza no solo de los soldados sino también de los oficiales que seguían creyendo que una victoria era posible.

En la capital republicana, las noticias del desastre llegaron como un golpe brutal.

La población, cansada de meses de guerra, comenzó a cuestionar a sus líderes abiertamente.

Manifestaciones espontáneas surgieron en plazas y avenidas: pancartas con frases como “¡Basta de guerra!” y “¡Reconozcan al Principado!” se mezclaban con gritos de desesperación.

La ira y la frustración se propagaban como un incendio, y el gobierno de la República empezaba a sentir la presión no solo de sus enemigos, sino de su propio pueblo.

—¡Esto no puede continuar!

—gritaba un oficial mientras leía los reportes de las bajas—.

Cada hora que pasa es una hora que nos aleja de la victoria y nos acerca al desastre.

Mientras tanto, en Orevalle, la victoria se sentía palpable.

Lucian y Sofía convocaron a un consejo de emergencia, no para planear la guerra, sino para organizar la celebración discreta de la victoria.

No era momento de derrochar recursos en fiestas, sino de fortalecer el espíritu del pueblo y reafirmar su identidad.

Los ciudadanos salieron a las calles, ondeando banderas, cantando y abrazándose.

La alegría era profunda, porque no solo celebraban la victoria militar: celebraban su libertad y la seguridad de su tierra.

Cada niño corriendo por las calles, cada comerciante abriendo su tienda, cada familia que volvía a su hogar era un recordatorio de que la resistencia había valido la pena.

La independencia no era solo un concepto político; era un sentimiento tangible que recorría cada calle de Orevalle.

En los ducados aliados, la situación se observaba con prudencia y estrategia.

Los gobernantes sabían que cualquier movimiento en falso podía interpretarse como apoyo directo a la República, y eso habría provocado la intervención del Imperio o de los otros reinos de la Alianza.

Optaron por reforzar la comunicación con el Principado y mantener gestos discretos de neutralidad y apoyo, evaluando cuidadosamente cómo y cuándo intervenir si fuera necesario.

La presión interna en la República alcanzó niveles críticos.

El Canciller y sus generales se encontraban atrapados entre la amenaza militar del Principado y la mirada acusadora de su propio pueblo.

Las calles eran un hervidero de gritos y demandas, y los oficiales , soldados , empezaban a perder autoridad frente a los ciudadanos.

La derrota en Orevalle no era solo una pérdida de terreno: era un golpe moral que desarmaba a la República desde dentro.

—Si seguimos así —dijo un general, con voz temblorosa—, no habrá soldados que defiendan la República.

Ni el ejército ni el pueblo seguirán órdenes que parecen inútiles.

En Orevalle, Lucian y Sofía recibieron con satisfacción los informes sobre la desmoralización enemiga.

Sabían que la victoria había sido completa no solo por el fracaso militar de la República, sino por la forma en que el Principado había demostrado organización, estrategia y unidad.

La guerra estaba inclinándose hacia ellos, y cada día consolidaba más su posición como un país independiente, respetado y respaldado por la Alianza.

La celebración continuó de manera simbólica: desfiles cortos, discursos breves de los líderes, actos de reconocimiento a los soldados y ciudadanos que habían resistido heroicamente.

No era momento de excesos; la guerra no había terminado, pero el mensaje estaba claro: el Principado de Takrin había sobrevivido, su independencia estaba asegurada y cualquier intento de invasión futura sería enfrentado con la misma determinación.

Al mismo tiempo, la República comenzaba a experimentar las consecuencias de sus decisiones.

Los ducados mantenían su distancia, la Alianza vigilaba y controlaba cada movimiento, y la población exigía justicia y paz.

Cada día que pasaba, su aislamiento crecía, y la posibilidad de revertir la guerra se desvanecía como niebla bajo el sol de Orevalle.

El capítulo cerró con un panorama firme y definitivo: la República había fallado en su ofensiva más ambiciosa; la moral de sus tropas estaba destruida; su población cuestionaba abiertamente a sus líderes; y la independencia del Principado, reforzada por la unidad de su gente y el respaldo de la Alianza, brillaba con fuerza.

La balanza del conflicto se había inclinado irrevocablemente, y el futuro del continente parecía destinado a reconocer la soberanía de un pequeño país que había demostrado ser invencible en determinación y estrategia.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La verdadera fortaleza de un país no se mide por el tamaño de sus ejércitos, sino por la unidad de su gente, la claridad de su estrategia y la determinación de quienes aman su tierra.

La victoria no es solo un triunfo militar, sino la certeza de que juntos se puede resistir incluso lo imposible.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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