EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 179
- Inicio
- EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
- Capítulo 179 - 179 Capítulo 8 – La Batalla de Rivencia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
179: Capítulo 8 – La Batalla de Rivencia 179: Capítulo 8 – La Batalla de Rivencia Rivencia ardía.
Las llamas iluminaban las antiguas murallas de piedra mientras el rugido de los cañones y el repicar de las campanas se mezclaban en una sinfonía infernal.
Las sombras danzaban entre los tejados y las calles empedradas, donde soldados del Principado y de la República luchaban cuerpo a cuerpo, en una guerra tan cercana que cada respiración podía significar vida o muerte.
El ataque había comenzado en plena madrugada.
Nadie lo esperaba.
Las primeras explosiones sacudieron los templos y los distritos más antiguos, despertando a la ciudad con un estruendo que parecía arrancar de raíz la paz que por años había sostenido a su pueblo.
Los niños lloraban, las madres corrían buscando refugio, y los hombres tomaban armas improvisadas, decididos a defender su hogar.
En el cielo, las llamas pintaban una aurora de destrucción.
Los estandartes del Principado, que ondeaban sobre las torres, se movían con violencia bajo el viento caliente del fuego.
—¡A los muros del norte!
¡No dejen que crucen el río!
—gritó el general Darien, mientras organizaba a las tropas en la entrada principal de la ciudad.
El enemigo había logrado atravesar parte de las defensas periféricas gracias al factor sorpresa.
Un batallón entero de la República cruzó el puente de Yaren antes del amanecer, extendiendo la batalla hasta los barrios del norte.
Pero el Principado no tardó en reaccionar.
En cuestión de minutos, la Primera División de Rivencia estaba en posición, desplegando artillería ligera y unidades de defensa urbana entrenadas específicamente para combates cuerpo a cuerpo.
Los proyectiles caían como lluvia de fuego.
Cada calle se convertía en un campo de batalla.
Las casas ardían, los templos se derrumbaban, pero el espíritu del pueblo no cedía.
Mientras tanto, en el Palacio de Orevalle, Lucian seguía las noticias desde el centro de mando.
El mapa de Rivencia se extendía ante él, cubierto de marcas rojas y azules que mostraban los puntos de combate.
Sus ojos, fijos y fríos, se movían de un punto a otro, analizando las rutas, los avances y los retrocesos.
—Están apostando todo en Rivencia —dijo Sofía, a su lado, con la voz tensa pero firme—.
Si logran tomarla, intentarán negociar con eso.
Lucian apretó los puños.
—No la tomarán.
No esta vez.
—Giró hacia los oficiales—.
Ordenen a las unidades de refuerzo del sur avanzar de inmediato.
Nadie abandona Rivencia.
Nadie.
Las órdenes se transmitieron con rapidez.
Los mensajeros salieron montados a toda velocidad, atravesando caminos cubiertos de humo y polvo.
Cada minuto contaba.
— En Rivencia, la batalla alcanzaba su punto más feroz.
Los soldados del Principado luchaban sin descanso.
Las espadas chocaban, los gritos de guerra se mezclaban con el zumbido de las balas y el silbido de las catapultas incendiarias.
En medio de ese caos, el capitán Erian, comandante de la guardia de Rivencia, avanzaba entre los escombros, su armadura cubierta de ceniza y sangre.
A su alrededor, sus hombres resistían con valentía.
—¡No dejen que crucen la plaza de Azura!
—gritó, levantando su espada—.
¡Si perdemos ese punto, perdemos el corazón de la ciudad!
El enemigo presionaba con fuerza.
La República había desplegado su artillería más pesada en las afueras del distrito sur.
Los proyectiles caían sobre los techos, derrumbando edificios enteros.
Pero el Principado no cedía terreno.
Con cada explosión, surgía una nueva línea de defensa.
Los ciudadanos, los viejos y los jóvenes, salían con cubos de agua, mantas, incluso armas viejas heredadas de otras guerras.
Las calles se convirtieron en trincheras improvisadas.
Barriles, carretas y estatuas derribadas servían de murallas.
El enemigo avanzaba, pero cada metro costaba decenas de vidas.
En una de las colinas cercanas, los observadores del Principado reportaron un movimiento inusual: la República estaba desplegando tropas adicionales desde el bosque oriental.
Era un intento desesperado por rodear la ciudad.
El mensaje llegó al centro de mando en Orevalle.
—Intentan un cerco total —informó Sofía—.
Quieren aislar Rivencia y cortarle los suministros.
Lucian se levantó, su voz resonando con autoridad.
—Entonces no los dejaremos cerrar el anillo.
Envíen al batallón de Búho Grises por el flanco oriental.
Que bloqueen el paso y destruyan los puentes del río Ventral.
Los Búhos Grises, una unidad de élite, avanzaron de inmediato.
Su movimiento fue rápido, casi invisible bajo la niebla matinal.
Cuando llegaron al río, tendieron explosivos y, en cuestión de minutos, los puentes se derrumbaron en medio de una nube de humo.
El intento de cerco había fracasado.
Pero el costo fue alto.
La mitad del batallón cayó bajo el fuego enemigo antes de completar la misión.
Los sobrevivientes, heridos y agotados, fueron recibidos como héroes cuando regresaron a las murallas de Rivencia.
— Las horas pasaron y la batalla no cedía.
El humo cubría el cielo, oscureciendo incluso la luz del día.
Los heridos llenaban los templos convertidos en hospitales improvisados.
Las sacerdotisas y voluntarios corrían de un lado a otro, tratando de detener la hemorragia de los soldados.
A pesar del horror, el espíritu del Principado seguía vivo.
En una de las plazas, una anciana tomó una bandera chamuscada y comenzó a ondearla desde una torre derrumbada.
Los soldados la vieron y, en silencio, se detuvieron por un segundo.
Era un símbolo.
Un recordatorio de lo que estaban defendiendo.
—¡Por Rivencia!
¡Por el Principado!
—gritaron los hombres, avanzando con una fuerza renovada.
Esa escena, simple pero poderosa, cambió el curso del combate.
El enemigo, viendo la determinación de los defensores, comenzó a flaquear.
Los mandos de la República discutían en sus carpas, sus rostros marcados por el cansancio y la frustración.
—No podemos sostener esto —dijo uno de los generales, golpeando la mesa—.
Nuestras líneas están rotas.
El avance se detuvo.
—¡No podemos retirarnos!
—replicó el alto comandante —.
¡El Canciller ordenó que Rivencia debía caer, cueste lo que cueste!
Pero las órdenes ya no podían sostener a un ejército agotado.
Los soldados, sin suministros ni apoyo, comenzaban a rendirse o a huir entre las sombras.
La ofensiva se había convertido en una pesadilla.
— Mientras tanto, en Rivencia, las tropas del Principado iniciaban el contraataque.
Con precisión y disciplina, avanzaban por los distritos que la República había tomado.
Recuperaron el mercado de Azura, luego el puente de Yaren, y finalmente el barrio del Templo Blanco, donde se había iniciado el ataque.
El amanecer encontró la ciudad aún envuelta en humo, pero libre.
Las últimas unidades enemigas se retiraban por el bosque oriental, dejando atrás armas, cuerpos y una derrota que resonaría en toda la República.
Cuando la noticia llegó a Orevalle, el silencio se apoderó del palacio.
Lucian cerró los ojos por un instante, respirando profundamente.
Luego, miró a Sofía y dijo con voz grave: —Rivencia resistió.
Sofía sonrió, aunque sus ojos mostraban el cansancio de días sin dormir.
—Rivencia resistió —repitió—.
Y con ella, todo el Principado.
— Esa noche, mientras las cenizas aún flotaban sobre los techos de la ciudad, los habitantes de Rivencia comenzaron a encender velas en las ventanas.
No era una celebración, sino un homenaje.
Por cada soldado caído, una llama.
Por cada herido, una oración.
Y por cada victoria, una promesa: que el Principado jamás volvería a inclinar la cabeza ante ningún poder extranjero.
El aire olía a humo, pero también a esperanza.
Las lágrimas corrían por los rostros de quienes habían sobrevivido, mientras las campanas del Templo Mayor volvían a sonar.
Esta vez, no como alarma, sino como símbolo de resistencia.
Lucian envió un mensaje oficial a todo el continente: > “Rivencia ha resistido.
Ninguna fuerza, por poderosa que sea, puede destruir el espíritu de un pueblo que lucha por su libertad.” El comunicado fue reproducido por todas las embajadas y aliados del Principado.
Los ducados respondieron con mensajes de apoyo, y los reinos vecinos comenzaron a reconsiderar su postura frente a la República.
La guerra aún no había terminado, pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, el Principado durmió con orgullo.
Porque Rivencia no solo había sobrevivido.
Había renacido de sus cenizas.
Fin del capítulo 8.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Hay batallas que no se ganan con espadas, sino con la voluntad de un pueblo que se niega a rendirse.
Rivencia ardió, sí… pero de esas cenizas nació algo más poderoso que cualquier ejército: la certeza de que ningún fuego puede consumir la esperanza.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com