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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 180

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  3. Capítulo 180 - 180 Capítulo 9 – La rendición de la República
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180: Capítulo 9 – La rendición de la República 180: Capítulo 9 – La rendición de la República Las primeras luces del amanecer revelaron lo que quedaba de Rivencia: calles humeantes, muros derrumbados, y cuerpos caídos que hablaban del precio de la resistencia.

El aire olía a hierro y ceniza.

Los estandartes rotos de la República colgaban de balcones destruidos, meciéndose débilmente con el viento frío del amanecer.

Entre los restos del mercado central, un Búho cruzó en silencio, ajeno a la guerra, símbolo de que la vida, pese a todo, seguía.

Pero en medio de esa devastación, ondeaban orgullosas las banderas del Principado de Takrin, su azul intenso contrastando con el gris de las ruinas.

La contraofensiva final había sido implacable.

Durante tres días y tres noches, sin descanso, los batallones del Principado avanzaron calle por calle, casa por casa.

Los hombres de Rivencia combatieron como bestias acorraladas, pero el destino ya estaba escrito.

La ciudad se había convertido en un laberinto de fuego y piedra.

Los cañones resonaban sin cesar, y el cielo estaba cubierto por un humo espeso que ocultaba el sol.

En las murallas, los estandartes ardían.

El enemigo retrocedía, pero no por falta de valor, sino por falta de esperanza.

El tercer día, el clamor de la batalla alcanzó su punto más alto.

Uno de los generales más respetados de la República, el legendario Comandante Vairen Dross, intentó abrirse paso con un puñado de hombres leales.

Avanzó entre las llamas, espada en mano, hasta que fue rodeado.

La lucha fue feroz, cuerpo a cuerpo, hasta que cayó de rodillas, sangrando, aún sosteniendo la bandera de su nación.

No pidió clemencia.

Solo miró al horizonte y murmuró algo que nadie escuchó.

Fue capturado y llevado prisionero a Orevalle.

La noticia se propagó como un incendio por todo el continente: el Principado no solo había defendido su ciudad histórica, también había humillado al ejército más fuerte de Drakoria ante los ojos del mundo.

En las plazas de Rivencia, la gente lloraba y reía al mismo tiempo.

Madres abrazaban a sus hijos, soldados se arrodillaban mirando al cielo, agradeciendo seguir vivos.

Las campanas comenzaron a sonar, primero una, luego otra, hasta que toda la ciudad vibraba con el eco de la victoria.

Esa resistencia, esa obstinación de no caer, se convirtió en un símbolo eterno del espíritu de Takrin.

Mientras tanto, en la capital de la República, el ambiente era otro.

El cielo parecía más gris que nunca.

Las ventanas del Palacio Presidencial estaban cerradas, pero afuera el pueblo se agolpaba exigiendo respuestas.

Las calles, antes llenas de propaganda patriótica, estaban cubiertas de carteles rotos, y las estatuas de los líderes militares habían sido vandalizadas.

La gente no pedía solo el fin de la guerra: pedía responsabilidad.

Los discursos oficiales ya no convencían a nadie.

El ejército estaba destrozado, los aliados se habían retirado, y los ducados que antes juraban lealtad ahora reconocían abiertamente al Principado como una nación soberana.

Los ministros discutían a puertas cerradas, el presidente y canciller no dormía, y los generales evitaban cruzarse la mirada.

El alto mando republicano convocó una reunión de emergencia en la madrugada.

Las lámparas parpadeaban sobre el mapa del continente.

Las líneas rojas, que antes marcaban las zonas dominadas, ahora eran heridas abiertas.

El general más anciano golpeó la mesa con el puño tembloroso: —No tenemos más hombres.

No tenemos provisiones.

No tenemos honor si seguimos matando a los nuestros.

Nadie respondió.

El silencio fue más fuerte que las palabras.

Finalmente, el canciller se levantó.

Miró por la ventana, hacia las luces lejanas de la ciudad, y dijo con voz quebrada: —Entonces…

rendirnos no es cobardía.

Es aceptar la verdad.

Así, con ese murmullo, se selló el final de la guerra.

A los pocos días, una carta oficial fue enviada a Orevalle.

Era breve, solemne, escrita con una caligrafía temblorosa.

En ella, el gobierno republicano reconocía al Principado de Takrin como un país libre, soberano e independiente.

Juraba respetar sus fronteras, sus leyes y su derecho a existir como nación.

En un gesto de dignidad tardía, el documento terminaba con una frase que quedaría grabada en la historia: > “Que el dolor de hoy sirva para construir la paz de mañana.” Cuando la carta fue leída en el Salón Dorado del Palacio de Orevalle, nadie habló al principio.

El eco de la voz del mensajero se apagó lentamente, dejando solo el murmullo distante de las antorchas que ardían en las paredes.

Los consejeros, los generales y los sirvientes permanecían de pie, inmóviles, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.

Las columnas doradas reflejaban la luz de los candelabros, y el suelo de mármol, aún manchado con el polvo de la guerra, parecía brillar bajo la mirada del Príncipe.

Él permanecía en el centro de la sala, con la carta entre sus manos.

La sostuvo un momento, observando el sello roto de la República: el mismo emblema que durante años había representado opresión y sangre.

El silencio era tan profundo que se podía oír el crujir de las armaduras y el respirar contenido de los presentes.

El Príncipe de Takrin alzó lentamente la mirada.

Sus ojos estaban enrojecidos por el cansancio, pero brillaban con una fuerza que nacía del alma.

Tomó aire.

Sus dedos temblaron apenas un instante.

Y entonces, con voz firme, cargada de emoción contenida, habló: —El sacrificio de nuestro pueblo… no ha sido en vano.

La sala entera se estremeció.

Él levantó la carta, mostrándola a todos, y agregó con solemnidad: —El Principe… —hizo una pausa, recorriendo con la mirada los rostros de sus hombres, de los que sobrevivieron, de los que habían creído en él cuando todo parecía perdido— …es libre.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Nadie respiró.

Luego, los aplausos estallaron como truenos que rompían el silencio.

Algunos gritaron de alegría, otros lloraron abiertamente.

Los veteranos, endurecidos por años de batalla, se abrazaron como hermanos.

Afuera, las campanas repicaron sesenta veces al unísono, su sonido extendiéndose por toda Orevalle como un canto de esperanza.

Las banderas azules del Principado fueron izadas en cada torre, en cada balcón, en cada corazón.

Los niños corrían por las calles con cintas doradas en el cabello, las mujeres dejaban flores en los escalones del palacio, y los ancianos se arrodillaban, agradeciendo al cielo haber vivido para ver ese día.

La guerra había terminado.

Pero en el aire, todavía flotaba el eco de los que no volverían.

En una colina al norte de Orevalle, donde yacían los caídos, el viento soplaba entre las cruces de madera, moviendo los estandartes gastados por la lluvia y el polvo.

Algunas tumbas no tenían nombre; otras estaban cubiertas de pequeñas ofrendas: una flor seca, un medallón roto, una cinta azul con el símbolo del búho.

Los soldados sobrevivientes subieron la colina en silencio.

Uno a uno, depositaron sus espadas frente a las tumbas y se arrodillaron.

No había palabras, solo miradas y lágrimas contenidas.

El Príncipe los observó desde la distancia, con el pecho oprimido.

Sabía que la libertad tenía un precio demasiado alto.

Cerró los ojos y recordó a los que habían quedado atrás: a los jóvenes que soñaban con regresar a casa, a los campesinos convertidos en soldados, a las madres que esperaban cartas que nunca llegaron.

Por ellos, juró en silencio que la paz recién conquistada no sería desperdiciada.

Y en la distancia, el sol comenzaba a elevarse, bañando la tierra con una luz dorada.

Los rayos del amanecer cayeron sobre los estandartes del Principado, haciendo que el búho bordado en oro pareciera desplegar sus alas al cielo.

Era el primer amanecer en paz en muchos meses, y cada rayo de luz parecía una bendición.

En la plaza, el pueblo encendió velas y cantó.

Las melodías eran suaves, casi sagradas, y resonaban por las calles con un eco de esperanza.

El sonido del río que atravesaba Orevalle acompañaba el canto, y las campanas no dejaron de sonar durante toda la mañana.

Aquel día no hubo vencedores ni vencidos.

Solo un pueblo renacido, que había aprendido que la fuerza verdadera no está en las armas, sino en la voluntad de resistir.

El Príncipe volvió a la ciudad al caer la tarde.

Caminó solo, sin escolta, observando los rostros de su gente: los niños dormidos sobre los brazos de sus madres, los músicos tocando en las esquinas, los artesanos reparando lo que la guerra había destruido.

Todo estaba cambiando.

Todo estaba empezando otra vez.

Al llegar al balcón del palacio, miró hacia el horizonte y susurró: —Takrin… ya no pertenece al miedo.

Entonces el viento sopló con fuerza, levantando las banderas y haciendo que las velas titilaran como estrellas.

Y aunque la República había caído, una nueva nación acababa de nacer.

No fue un final… fue un comienzo.

La Redención de la República Federada de Oshiran A los pocos días, una carta oficial fue enviada a Orevalle, capital del Principado de Takrin.

Era breve, solemne, escrita con una caligrafía temblorosa, como si cada trazo cargara el peso de los meses de conflicto y orgullo herido.

En ella, el gobierno de la República Federada de Oshiran, en nombre de su pueblo y bajo la autoridad de su Presidente Arius Korrin y su Canciller Federico Verek, reconocía solemnemente al Principado de Takrin, gobernado por Su Alteza el Príncipe Soberano Lucian, como un país libre, soberano e independiente.

El documento proclamaba el respeto absoluto a sus fronteras, a sus leyes y a su derecho inalienable de existir como nación.

En un gesto de dignidad tardía, pero sincera, la carta concluía con una frase que quedaría grabada en la historia de ambas tierras: > “Que el dolor de hoy sirva para construir la paz de mañana.” Firmado en el Palacio Republicano de Oshiran, por el Presidente Arius Korrin y el Canciller Federico Verek, en testimonio de reconciliación y esperanza entre dos naciones que aprendieron, por fin, el valor de la paz.

✨ Fin del Capítulo 9 – La rendición de la República REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “No toda rendición es derrota.

A veces, rendirse es el único camino para volver a levantarse.

La libertad, cuando nace del dolor, se vuelve sagrada.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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