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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 181

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  3. Capítulo 181 - 181 Capítulo 10 La gloria de la independencia
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181: Capítulo 10: La gloria de la independencia 181: Capítulo 10: La gloria de la independencia El sol comenzaba a asomar sobre la capital del Principado De Takrin, Orevalle, derramando sus primeros rayos sobre las calles adoquinadas, recién restauradas tras los estragos de la guerra.

Las banderas azules con el búho dorado y los bordes plata ondeaban en cada torre y balcón, meciéndose con el viento de la mañana.

La ciudad entera olía a flores, incienso y pan recién horneado: era el aroma de la paz, algo que los habitantes no habían sentido en mucho tiempo.

Los ciudadanos decoraban las esquinas con guirnaldas, cintas y coronas de flores blancas, mientras los niños corrían por las plazas, llevando pequeñas banderas del Principado.

Los artesanos habían trabajado día y noche para restaurar los monumentos destruidos, y las campanas de los templos sonaban con un ritmo alegre que se escuchaba desde los límites de la ciudad hasta el puerto principal.

Era el día de la independencia.

El día en que Takrin, por fin, renacía libre.

Desde antes del amanecer, las tropas se habían formado en la explanada principal.

Los soldados vestían uniformes nuevos: azul profundo con bordes dorados y el emblema del búho en el pecho.

Cada espada relucía al sol, cada tambor resonaba en perfecta sincronía.

Los músicos afinaban trompetas y violines, y los ciudadanos se alineaban en las calles, ansiosos por ver desfilar a los héroes que habían devuelto la libertad a su tierra.

Los preparativos llevaban semanas de organización.

El Palacio de Orevalle, recién decorado, brillaba como una joya blanca entre los jardines cubiertos de flores azules y blancas.

Los estandartes colgaban desde los balcones más altos, y un tapiz Azul cubría la escalinata real.

Todo estaba listo para el desfile de los reinos invitados.

— La llegada de las delegaciones Uno a uno, los barcos de las naciones amigas comenzaron a arribar al puerto.

Las aguas del río Bravalen reflejaban los colores de los estandartes que ondeaban en las velas de cada embarcación: Imperio del Dragón Dorado: un estandarte morado con un dragón dorado ascendiendo hacia el sol.

Reino de Nanxi: azul real y verde esmeralda, con un pavo real estilizado.

Reino de Xianbei: negro y gris plateado, con un lobo aullando hacia una luna creciente.

Reino de Koryun: rojo escarlata con un fénix dorado resurgiendo de las llamas.

Ducado de Veyora: púrpura con un unicornio plateado rodeado de estrellas.

Ducado de Suryun: amarillo y dorado, con un león coronado rugiendo hacia el horizonte.

El puerto entero vibraba con aplausos mientras las delegaciones desembarcaban.

Los gobernantes y sus herederos fueron recibidos por guardias de honor, y los ciudadanos, reunidos en masa, agitaban flores y pañuelos al aire.

Era la primera vez en siglos que tantas naciones se reunían en paz, sin miedo, sin enemistad.

El desfile de la victoria Cuando el reloj del palacio marcó la hora tercera, los tambores comenzaron a rugir.

El gran desfile de la independencia inició su marcha desde la Puerta de los Fundadores hasta la Plaza Central.

Los soldados del Principado avanzaban en formación perfecta.

Cada paso resonaba como un latido común, un recordatorio de que habían marchado juntos no solo por la guerra, sino por el sueño compartido de libertad.

Tras ellos venían los curadores, médicos y obreros, aquellos héroes silenciosos que habían mantenido viva la esperanza en los días más oscuros.

El público gritaba sus nombres, lanzaba pétalos desde los balcones, y muchos no podían contener las lágrimas.

Los músicos seguían con melodías solemnes y triunfales; los caballos, adornados con cintas doradas, alzaban sus crines relucientes.

El eco de las trompetas llenaba los callejones, rebotando entre las paredes de piedra.

Era como si la ciudad misma respirara vida nueva.

— El discurso del príncipe de Takrin Cuando el desfile llegó a la gran plaza, el Príncipe de Takrin subió lentamente los escalones del estrado erigido frente al Palacio Real.

El viento movía su capa azul, y el sol del mediodía caía sobre su rostro sereno.

A su lado, los gobernantes extranjeros lo observaban con respeto.

Un silencio reverente cayó sobre la multitud.

El príncipe alzó la mano y comenzó a hablar: —Hoy no celebramos solo la victoria militar —dijo, su voz firme pero cargada de emoción—, sino la victoria del espíritu de un pueblo que jamás se rindió.

Hizo una pausa, dejando que el silencio envolviera sus palabras.

—Hace años, fuimos considerados un territorio pequeño, sin voz propia, una tierra destinada a ser olvidada.

Pero resistimos.

Y hoy, el mundo reconoce que Takrin es libre e independiente.

Esta libertad no nos fue regalada: fue conquistada con sudor, lágrimas y la sangre de aquellos que dieron su vida por ella.

Sus palabras temblaban apenas, contenidas por la solemnidad del momento.

—A nuestros héroes caídos, les debemos el juramento eterno de defender esta tierra, no con ambición, sino con justicia.

Y a nuestros aliados, les extendemos la mano con gratitud: que la paz que nace hoy sea duradera, y que las futuras generaciones aprendan que la unidad es más fuerte que la guerra.

La multitud respondió con un rugido de aplausos, vítores y llantos de alegría.

Las campanas repicaron en toda la ciudad; los estandartes ondeaban en perfecta sincronía.

Algunos ancianos, con lágrimas en los ojos, se abrazaban a sus hijos.

Era el sonido puro de la libertad.

— El homenaje a los caídos Tras el discurso, se encendieron 200mil antorchas en memoria de los soldados y ciudadanos que habían muerto durante la guerra.

Cada llama fue sostenida por un niño o niña del Principado, vestidos de blanco, con coronas de flores en la cabeza.

A medida que las antorchas se alzaban, un coro de voces infantiles comenzó a entonar un himno nuevo, escrito especialmente para ese día: > “Desde la oscuridad nacimos, hacia la luz marchamos, Takrin florece en nuestras manos, su voz vive en nuestros corazones.” Las campanas de Orevalle sonaron diez veces, cada repique extendiéndose por los valles y colinas.

Miles de flores blancas fueron lanzadas al cielo por los habitantes, cubriendo la plaza como una nevada luminosa.

El silencio que siguió fue tan profundo que se oía el viento.

En ese instante, toda la nación pareció inclinar la cabeza, como en una oración silenciosa.

La memoria de los caídos quedó sellada en el corazón del pueblo.

Cuando el homenaje concluyó, los hijos e hijas de los gobernantes extranjeros comenzaron a reunirse en el centro de la plaza.

Allí, entre risas y miradas tímidas, nacían las primeras amistades de una generación que crecería sin guerras.

Xiaolian Long, princesa heredera imperial del imperio del Dragón Dorado, compartió una sonrisa con Liang Wang, príncipe heredero de Nanxi.

Tao Zharan príncipe heredero de Xianbei saludó con una reverencia a Meilin Thariel princesa heredera de Andshi, quien le devolvió una sonrisa nerviosa.

Alina Volker princesa heredera de Koryun se acercó a Serenya Falecor gran duquesa heredera de Veyora, y entre ellas nació una conversación tranquila, casi susurrada, pero llena de promesas.

Mientras tanto, Siyana Valore, la princesa heredera de Takrin, observaba todo desde el estrado con ojos brillantes.

A su lado, Weilan Altham gran duque heredero de Suryun le dedicó una pequeña reverencia juguetona, haciendo que ella riera.

Aún eran niños, pero en sus gestos se plantaban las semillas de futuras alianzas, de nuevas historias, de un mañana diferente.

— El cierre: la imagen eterna El día avanzaba hacia el atardecer cuando los gobernantes de todas las naciones se alinearon frente al palacio.

Sus banderas ondeaban juntas, una al lado de la otra, sin distinción de enemigos pasados.

Detrás de ellos, los niños —los herederos— permanecían en el centro, rodeados por pétalos que seguían cayendo desde los balcones.

La música se elevó una última vez.

Las antorchas ardían, las flores cubrían el suelo, y el cielo se pintaba con los tonos dorados del crepúsculo.

El príncipe alzó la mirada hacia la bandera azul y dorada del Principado, que ondeaba en lo más alto del palacio.

Sus labios se movieron apenas, en un susurro que solo el viento pudo oír: —Por todos los que creyeron, por todos los que no volvieron… que Takrin viva por siempre.

El coro retomó su canto final, las trompetas anunciaron el cierre del día, y el pueblo entero respondió al unísono con una sola palabra: —¡Libertad!

Y así, mientras el sol se ocultaba tras las montañas y las luces de la ciudad se encendían una a una, el Principado de Takrin marcaba el inicio de su nueva era.

El futuro de Drakoria había comenzado.

Reflexión de Lucian príncipe soberano el principado de takrin Mientras los gobernantes invitados descansaban en sus aposentos, agotados después de la gran fiesta de la independencia, el Príncipe Lucian Soberano salió al balcón del palacio.

La brisa nocturna acariciaba su rostro, y las luces de Orevalle brillaban como un mar de estrellas en la tierra.

Quedó en silencio, contemplando la ciudad que había visto renacer, y su mente repasaba cada gesto de los visitantes, cada mirada, cada sonrisa.

Fue entonces cuando Sofía apareció a su lado, apoyando suavemente una mano sobre su hombro.

—Amor mío —dijo, con esa voz cálida que siempre parecía iluminarlo—, te veo tan distraído… Lucian suspiró, sin apartar la mirada del horizonte: —Durante todo el día… he observado los rostros del emperador Jin Long y de su esposo Suwei —confesó—.

Esperaba ver algo distinto, no sé… si verlos realmente felices, o al menos menos tensos.

Pero sus rostros no son los mismos de antes.

Hay algo que cambió, y no sé si lo entiendo… Sofía lo miró, entre divertida y tierna: —¿De qué hablas?

—preguntó—.

Los he visto hoy.

Estaban igual de serios y cálidos como siempre, como tú y yo sabemos que son.

Mantener un imperio tan grande y poderoso, y al mismo tiempo cuidar de todo un continente, no es sencillo.

No necesitas leer en su expresión más de lo que muestran.

Lucian cerró los ojos, dejándose llevar por la brisa y la tranquilidad de la noche: —Tal vez… —murmuró—.

Tal vez solo estoy pensando en que, después de tanto caos, por fin podemos descansar.

Por fin cumplimos con nuestro deber, proteger nuestra tierra, a nuestro pueblo… Sofía sonrió, apoyando su cabeza en su hombro: —Sí, amor mío.

Mañana será un nuevo día.

Pero esta noche… podemos dormir en paz, sabiendo que hicimos lo que debíamos, que defendimos lo que más amamos.

Lucian la abrazó suavemente, dejando que la oscuridad de la noche y la luz de las estrellas los envolvieran.

La ciudad dormía, y con ella, por primera vez en mucho tiempo, su corazón también encontraba descanso.

El Principado estaba en paz.

Y ellos, en ese instante, también lo estaban.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La verdadera libertad no se mide por el fin de la guerra, sino por la fuerza de un pueblo que renace de sus propias cenizas.

Hoy Takrin no solo es libre: hoy comienza a escribir su futuro con esperanza, unidad y memoria de quienes hicieron posible cada amanecer.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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