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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 182

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  3. Capítulo 182 - 182 Capítulo 1 — “Ruinas y esperanzas”
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182: Capítulo 1 — “Ruinas y esperanzas” 182: Capítulo 1 — “Ruinas y esperanzas” El sol de la mañana se colaba entre las grietas de los muros aún humeantes de Rivencia, la joya del Principado de Takrin.

Las calles, antes llenas de risas y mercados vibrantes, eran ahora un laberinto de polvo, ceniza y silencio.

El aire olía a madera quemada y hierro oxidado, y el humo rezagado de los incendios se elevaba en columnas delgadas, como si la ciudad misma suspirara por su destino.

Los cuervos, que habían sido testigos mudos de la guerra, revoloteaban sobre los restos del campanario central.

Abajo, entre los escombros, hombres y mujeres intentaban reconstruir lo perdido.

Las piedras rotas volvían a colocarse en su lugar, los niños ayudaban cargando ladrillos pequeños, y los sacerdotes repartían pan y agua en los puntos más golpeados por la batalla.

Lucian, príncipe soberano de Takrin, cabalgaba lentamente sobre un corcel negro junto a su esposa, la princesa consorte Sofía.

La mirada de ambos se perdía entre las ruinas y el esfuerzo de su pueblo.

Ninguno hablaba; el silencio era más elocuente que las palabras.

Cada rincón de Rivencia era un recordatorio de los meses de dolor, del fuego, de los cañones que resonaron en la última noche de la invasión República.

A su paso, algunos ciudadanos se inclinaban con respeto, otros simplemente miraban con ojos apagados.

El príncipe se detuvo frente a lo que alguna vez fue la Biblioteca de los Sabios —un edificio donde generaciones habían aprendido sobre historia, arte y política—.

Ahora solo quedaban muros carcomidos y el olor a papel quemado.

—Amor —susurró Sofía, señalando una torre semicripada que se mantenía en pie contra toda lógica—, aún queda mucho por hacer.

Y no todos los ciudadanos confían en que podamos reconstruirnos sin ayuda externa.

Lucian bajó la mirada.

Su rostro, endurecido por los meses de guerra, se suavizó un instante al ver las manos de los niños intentando limpiar el polvo de una estatua caída.

—Lo sé —respondió con voz firme, aunque melancólica—.

Pero debemos mantener nuestra soberanía.

No podemos permitir que la ayuda se convierta en cadenas.

Takrin resurgirá… pero lo hará con dignidad.

El sonido de los martillos resonaba entre las paredes como un nuevo tipo de música, un ritmo de renacimiento.

A lo lejos, el puerto comenzaba a moverse nuevamente.

Pequeños barcos descargaban madera, alimentos y herramientas donadas por los gremios leales y por un puñado de naciones aliadas.

Pero incluso esa ayuda tenía un precio oculto.

Lucian lo sabía.

Todos lo sabían.

De pronto, un rugido de cascos rompió la calma.

Un mensajero imperial, cubierto de polvo, atravesó la calle principal levantando una nube tras de sí.

Su caballo relinchó antes de detenerse bruscamente frente al príncipe.

El joven bajó la cabeza y, con manos temblorosas, extendió un pergamino sellado con el emblema dorado de la Alianza de los Cinco Tronos.

Lucian tomó el documento.

El silencio se apoderó del lugar mientras lo desplegaba.

> “Se convoca al Principado de Takrin a participar en la Cumbre de la Alianza de los Cinco Tronos, donde se discutirán las condiciones para la reconstrucción y la paz duradera del continente.

Se requiere la presencia del Príncipe Lucian, acompañado de su consejo más cercano.” Sofía frunció el ceño, su voz cargada de una mezcla de precaución y desconfianza.

—No es una invitación, es un mandato.

Y aunque suene honorable… sabemos lo que significa.

Cada palabra que pronunciemos, cada gesto que hagamos, será observado con lupa.

Lucian guardó el pergamino y miró hacia el horizonte.

—Lo sé, amor.

Pero también es una oportunidad.

Si negociamos con inteligencia, podemos asegurar los recursos que nuestro pueblo necesita.

Rivencia , Shun , Sorya ,Oresta y Dralhian deben renacer.

Si no nos presentamos, otros decidirán por nosotros.

El mensajero bajó la cabeza y se retiró al galope.

En cuanto su silueta desapareció, Lucian y Sofía montaron nuevamente sus caballos.

A su paso, los ciudadanos los observaban en silencio: algunos con esperanza, otros con duda, y otros simplemente con cansancio.

La tarde cayó lenta sobre los restos de la ciudad.

Los rayos del sol se filtraban entre el polvo suspendido en el aire, creando un brillo casi dorado sobre los muros destruidos.

Rivencia parecía bañada por una luz de perdón, como si el cielo la acariciara una última vez antes del cambio.

— Esa misma noche, en el Salón del Consejo del Palacio dorado Lucian reunió a sus consejeros más cercanos.

Mapas, pergaminos y documentos cubrían la mesa de roble.

Se respiraba un aire de solemnidad.

Nadie osaba hablar sin ser invitado.

—La Alianza no esperará nuestra indecisión —dijo Lucian, apoyando ambas manos sobre el mapa extendido—.

Debemos llevar un plan claro y digno.

No podemos mostrarnos débiles, pero tampoco arrogantes.

Somos un pueblo herido, sí, pero aún de pie.

El consejero militar, Lord Aedric, un veterano con una cicatriz que le atravesaba el rostro, golpeó suavemente la mesa con el puño cerrado.

—Mi señor, los tronos no buscan la paz… buscan control.

El Imperio tiene los recursos, los reinos el comercio.

Y nosotros… apenas sobrevivimos.

Cualquier negociación podría volverse una trampa.

Sofía, sentada junto al príncipe, intervino con calma.

—Lo sé, Lord Aedric.

Pero no tenemos alternativa.

El pueblo no soportaría otra década .

Necesitamos los acuerdos comerciales, las rutas seguras y la reconstrucción de nuestras defensas.

Otro consejero, la ministra de economía, Lady Maeren, levantó la voz con tono calculado.

—Mi señor, los gremios están listos para movilizar fondos, pero no podremos hacerlo sin el respaldo de la Alianza.

Los mercados externos siguen cerrados para Takrin desde el tratado de Koryun.

Necesitamos reabrirlos.

Lucian los escuchó a todos, en silencio, mientras las antorchas crepitaban a su alrededor.

Afuera, la ciudad dormía entre los escombros y la esperanza.

Finalmente, habló con la convicción que tanto inspiraba a su pueblo.

—Takrin no será mendigo de nadie —dijo—.

No pediremos limosna, sino cooperación.

No exigiremos venganza, sino respeto.

Que cada palabra que pronunciemos en esa cumbre sea un recordatorio de que, aunque el fuego arrasó nuestras murallas, no destruyó nuestro espíritu.

Sofía asintió, con una mezcla de orgullo y amor.

—Nuestro pueblo confía en nosotros.

No podemos fallarles.

Pero debemos ser astutos.

Los cinco tronos no son aliados entre sí; son rivales obligados a cooperar.

Si jugamos bien nuestras cartas, Takrin puede emerger como puente, no como vasallo.

Lucian caminó hasta la ventana y miró las luces lejanas de Rivencia.

Las hogueras de los obreros seguían ardiendo en los barrios bajos, recordándole que aún había vida, movimiento, fuerza.

Cerró los ojos un instante y murmuró: —Papá Dios, danos sabiduría.

Que nuestras palabras sean claras y nuestras decisiones justas.

Que el dolor que hemos pasado no sea en vano.

El silencio que siguió fue profundo, casi sagrado.

Todos los presentes comprendieron que el amanecer traería no solo un nuevo día, sino un nuevo destino para Takrin.

— Horas después, mientras el viento nocturno se colaba por las rendijas del palacio, Sofía caminó hasta la terraza superior.

Desde allí, podía ver la ciudad entera: los restos del puente central, las casas derruidas, los talleres improvisados, las linternas colgando sobre los pasillos.

Y, a pesar del caos, también podía ver algo más… movimiento, reconstrucción, vida.

Lucian se acercó y la rodeó con su brazo.

—¿Piensas en lo que dejamos atrás?

—preguntó él en voz baja.

—Pienso en lo que aún tenemos —respondió ella, mirando hacia las estrellas—.

A veces, la esperanza se esconde bajo las ruinas.

Solo hay que tener el valor de buscarla.

Lucian sonrió.

En ese momento, no era un príncipe ni un estratega; era un hombre que amaba a su esposa y a su pueblo.

—Entonces la encontraremos, amor.

Aunque el camino sea largo, aunque el mundo nos observe, volveremos a levantar cada piedra, cada muro, cada sueño.

El viento sopló con fuerza, agitando los estandartes del Principado.

Las llamas de las antorchas bailaron como si el fuego celebrara esas palabras.

Abajo, entre las ruinas, un grupo de niños encendía una pequeña fogata y cantaba una canción antigua sobre la ciudad eterna de Rivencia.

Sofía los observó con una lágrima en el rostro.

—Mira, Lucian… incluso ellos recuerdan.

El pueblo aún cree.

Y mientras crean… Takrin vivirá.

Lucian apretó su mano.

—Entonces mañana partiremos hacia la cumbre, no como mendigos, sino como testigos del renacer de nuestra tierra.

Que los cinco tronos sepan que Takrin no se arrodilla.

Se levanta.

El cielo comenzó a nublarse, pero entre las sombras una estrella brilló con fuerza, reflejándose en las lágrimas de Sofía.

Y mientras la brisa recorría los muros del palacio, una sensación de destino llenó el aire.

La guerra había terminado.

Pero la verdadera batalla —la de reconstruir un país y mantener viva su dignidad— apenas comenzaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Toda nación que ha tocado el abismo y aún elige levantarse, no solo reconstruye sus muros… reconstruye su alma.

Entre el polvo y el silencio, Takrin comprendió que la verdadera fortaleza no está en las espadas, sino en la fe que sobrevive al fuego.

Las ruinas no son el fin… son el punto donde comienza la esperanza.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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