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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 185

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185: Capítulo 4 — “La bienvenida de los Tronos” 185: Capítulo 4 — “La bienvenida de los Tronos” El cielo de Tiecheng se teñía de ámbar y violeta cuando los carruajes reales comenzaron a ascender por el ancho camino empedrado que conducía al Palacio de los Espejos Dorados, residencia del Rey Darian XI y de su esposo, Matteo Riku.

El aire de la tarde olía a incienso, a jazmín y a la promesa de un nuevo ciclo.

Antorchas en forma de lobo se encendían a ambos lados del sendero, proyectando reflejos danzantes sobre los estandartes del Reino de Koryun, donde el emblema del lobo blanco brillaba con orgullo.

A medida que los carruajes se acercaban, el murmullo del pueblo reunido fuera de las murallas crecía.

Habían pasado años desde la última Cumbre de los Tronos.

Ahora, por primera vez desde el fin de la guerra, los grandes monarcas de Drakoria volvían a encontrarse bajo un mismo techo.

Dentro del palacio, un regimiento de honor formaba dos hileras perfectas.

Los soldados, cubiertos con armaduras de plata bruñida, mantenían la vista al frente con disciplina impecable.

El sonido de los tambores ceremoniales retumbaba con un ritmo grave y solemne, mientras el Gran Maestro de Ceremonias, un anciano de rostro severo y barba nívea, aguardaba en el vestíbulo central con su bastón de plata coronado por piedras escarlata.

El Rey Darian, con su porte sereno y su capa de seda azul oscuro bordada en oro, permanecía junto a Matteo Riku, quien vestía un traje ceremonial blanco con broches de jade tallado.

Ambos irradiaban elegancia y diplomacia, pero detrás de sus sonrisas se adivinaba la tensión: cada gesto, cada palabra, podría alterar el frágil equilibrio del continente.

El silencio se apoderó del salón cuando el Gran Maestro alzó su bastón y lo golpeó tres veces contra el mármol.

El eco recorrió las columnas de ónix y cristal.

—¡Anuncio la llegada de Su Majestad Imperial, el Emperador Jin Long del Imperio del Dragón Dorado, acompañado por Su Alteza Imperial, el Gran Consorte Suwei Jinhai!

Las puertas se abrieron con solemnidad.

Una brisa de incienso dorado llenó la sala.

El Emperador Jin Long avanzó con paso firme, su túnica de seda negra y dorada reluciendo bajo la luz de los candelabros.

Su mirada, fría y profunda, parecía contener siglos de sabiduría y peso imperial.

A su lado, Suwei Jinhai caminaba con calma y elegancia; su porte tranquilo inspiraba respeto, pero sus ojos eran dos espejos impenetrables.

El Rey Darian y Matteo Riku avanzaron para recibirlos con una inclinación perfecta.

—El Reino de Koryun les da la bienvenida —dijo Darian, su voz resonando con autoridad—.

Es un honor tener al Imperio del Dragón Dorado entre nosotros.

Jin Long asintió con una leve sonrisa diplomática.

—El honor es nuestro, Majestad.

Que esta cumbre marque un nuevo amanecer para Drakoria.

El Gran Maestro volvió a golpear su bastón.

—¡Anuncio la llegada de Sus Majestades, el Rey Heo XIII y la Reina Consorte Emilia Hana del Reino de Nanxi!

El sonido de las trompetas llenó el aire.

El Rey Heo, de presencia imponente, llevaba una armadura ceremonial oscura decorada con grabados de pavo real y espadas cruzadas —símbolo de su linaje guerrero—.

A su lado, la Reina Emilia Hana vestía un manto verde esmeralda, con un tocado de hojas de jade que evocaba la fertilidad y la sabiduría de su reino.

Tras ellos, el anuncio siguiente resonó con solemnidad medida: —¡Su Majestad, la Reina Meling II de Xianbei, acompañada por Su Alteza, el Príncipe Consorte Kaito Ren!

Meling avanzó con una gracia casi etérea.

Su túnica blanca, adornada con cintas rojas, se movía como una llama bajo las luces del salón.

Su mirada, tranquila pero analítica, evaluaba cada rincón, cada gesto.

A su lado, Kaito Ren caminaba con el porte de un estratega.

Sus ojos, oscuros y atentos, pasaron de Jin Long a Darian con una lectura silenciosa que pocos notaron.

El tercer golpe del bastón resonó.

—¡Sus Majestades, la Reina Selene VIII y la Reina Consorte Valentina Mei, del Reino de Andshi!

Un aplauso cortés se extendió cuando ambas reinas ingresaron tomadas de la mano.

Selene lucía un vestido violeta profundo, mientras Valentina vestía de blanco perlado; juntas simbolizaban el equilibrio y la unidad de su gobierno.

Su entrada fue suave, pero su presencia llenó la sala con una autoridad tranquila.

Finalmente, el anuncio que todos esperaban: —¡Su Alteza Serenísima, el Príncipe Soberano Lucian V del Principado de Takrin, acompañado por Su Alteza Serenísima, la Princesa Consorte Sofía!

El murmullo recorrió el salón.

Lucian avanzó con paso seguro, su uniforme azul marino reluciendo bajo las lámparas.

Su semblante mostraba serenidad, pero en su mirada brillaba una mezcla de orgullo y melancolía: la marca de quien ha conocido la guerra y la victoria.

Sofía caminaba junto a él, vestida con un elegante traje blanco con bordes dorados.

Su belleza era discreta, pero su porte irradiaba dignidad.

El Rey Darian sonrió con sincero afecto al verlos llegar.

—Bienvenidos, Lucian V, Sofía.

Vuestra presencia honra esta cumbre.

Lucian inclinó la cabeza.

—El honor es nuestro, Majestad.

Que este encuentro traiga frutos para todos nuestros pueblos.

Los asistentes fueron conducidos hacia el Gran Salón de Banquetes, donde una mesa inmensa de mármol negro se extendía bajo una cúpula transparente decorada con cristales suspendidos como estrellas.

Las banderas de cada reino colgaban en semicírculo, y una orquesta de Koryun tocaba una melodía solemne que hablaba de paz y gloria.

Durante la cena, los brindis se sucedieron con elegancia ensayada.

Los gobernantes conversaban con sonrisas medidas, analizando cada palabra.

Entre el tintinear de copas y el murmullo de los sirvientes, el verdadero juego de poder se desarrollaba en silencio, en miradas, en ligeros gestos, en silencios demasiado prolongados.

El Emperador Jin Long fue el primero en hablar formalmente.

Levantó su copa, su voz profunda dominando el eco del salón.

—Por la reconstrucción, la unidad y la sabiduría de nuestros pueblos.

Que la historia recuerde esta noche como el comienzo de una nueva era.

Las copas se alzaron, el sonido al chocar fue casi solemne.

Un juramento tácito vibró entre las paredes doradas.

Y, sin embargo, entre los rostros sonrientes, algunos ojos se apartaron con cautela.

No todos los corazones compartían las mismas intenciones.

Lucian observó el rostro del emperador.

Por un instante, creyó ver en su mirada la sombra de algo… incierto.

¿Cansancio?

¿Dolor?

¿O quizá la preocupación de quien ve venir una amenaza invisible?

Sofía, sentada a su lado, le tocó suavemente la mano bajo la mesa, como si leyera sus pensamientos.

La música cambió a un tono más suave.

Matteo Riku se levantó, tomando la palabra: —Que Drakoria nunca olvide que la paz no es el final del camino, sino su inicio.

Hubo aplausos, algunos sinceros, otros diplomáticos.

Afuera, sobre los jardines del palacio, la luna se reflejaba en los estanques de piedra.

La noche era serena, pero el aire estaba cargado de un presagio sutil.

El viento soplaba desde el este, trayendo consigo un leve olor a hierro, a tormenta lejana.

Mientras las luces se apagaban lentamente y los gobernantes se retiraban a sus aposentos, un cuervo negro se posó en el balcón del salón vacío.

En su pico, un pequeño pergamino sellado con cera roja.

El mismo sello que voló desde las fronteras del norte.

Y en letras finas, escritas con tinta roja, se leía: “El equilibrio se ha movido.

Los tronos no están solos.” — 🌘 Fin del Capítulo 4 — “La bienvenida de los Tronos” REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Cuando los poderosos se reúnen bajo la misma luz, no siempre buscan la paz… a veces solo temen la oscuridad que los acecha.

En esta cumbre de reyes y emperadores, las sonrisas esconden guerras no declaradas y las copas de vino reflejan más que festejos: reflejan los secretos que pronto cambiarán el destino de Drakoria.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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