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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 188

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  3. Capítulo 188 - 188 Capítulo 7 — El Segundo Día de la Cumbre
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188: Capítulo 7 — El Segundo Día de la Cumbre 188: Capítulo 7 — El Segundo Día de la Cumbre El amanecer se elevó sobre los tejados del Reino de Koryun con una luz fría y dorada.

Las campanas del Palacio del Reino de koryun resonaron tres veces, su eco extendiéndose por los patios como si el mismo aire cargara el peso de la historia.

Era el segundo día de la Cumbre los cinco tronos, y, aunque la guerra había terminado, todos sabían que aquella jornada decidiría el rumbo de la paz.

El cielo estaba despejado, pero el ambiente dentro del palacio tenía una densidad distinta.

En los corredores, los sirvientes caminaban con pasos medidos, evitando cualquier ruido innecesario.

Las voces se reducían a susurros, las miradas eran breves, casi temerosas.

En el corazón del palacio, la Sala de los Soberanos esperaba.

Era un recinto vasto, circular, de mármol blanco y vetas doradas.

Los tronos de cada nación estaban dispuestos en un anillo perfecto, cada uno adornado con los emblemas de su reino.

En el centro, una mesa baja sostenía pergaminos, sellos y mapas.

Sobre el techo, los vitrales proyectaban haces de luz coloreada que parecían dividir el salón en fragmentos de esperanza y duda.

Cuando las puertas se cerraron tras el último monarca, el silencio fue total.

Los consejeros y guardianes habían quedado fuera.

Solo los soberanos permanecerían aquel día.

El Rey Darian XI de Koryun se levantó primero, su voz serena pero cargada de autoridad.

—Demos inicio a esta sesión —dijo—.

Hoy decidiremos el futuro del Principado de Takrin… y con ello, el destino de todos nosotros.

Las miradas se cruzaron en torno al círculo.

Frente a Darian, el Príncipe Soberano Lucian V de Takrin permanecía erguido, vestido con el uniforme azul oscuro de su nación, sin joyas ni símbolos de poder.

Su porte era sencillo, pero su expresión contenía una firmeza que imponía respeto.

A su lado, un asiento vacío recordaba la ausencia de su consejero más cercano, caído en la guerra.

A veces, los silencios son más elocuentes que los discursos.

El Emperador Jin Long del Imperio del Dragón Dorado observaba desde su trono de marfil, sin hablar.

Su túnica dorada parecía reflejar cada rayo de luz.

Los demás soberanos aguardaban, con rostros que oscilaban entre la cortesía y la cautela.

Fue Darian quien rompió el mutismo inicial.

—El Principado ha sufrido más que ninguna otra nación durante la guerra —dijo—.

Su reconstrucción será una tarea de todos.

Y así, uno por uno, comenzaron las declaraciones.

El Rey de Koryun ofreció ingenieros, constructores y piedra tallada de las canteras del norte.

La Reina Selene VIII de Andshi prometió médicos, hierbas curativas y asistencia humanitaria.

El Rey Heo XIII de Nanxi —con voz grave y templada— anunció que su reino otorgaría un préstamo con intereses mínimos, suficiente para levantar las primeras ciudades.

La Reina Meling II de Xianbei, desde su trono plateado, ofreció carpinteros, obreros y embarcaciones para el transporte de materiales.

Las palabras se sucedían como notas de una sinfonía ordenada, cada una medida, diplomática, correcta.

Pero mientras hablaban, todos sabían que la verdadera nota aún no había sido tocada.

El Emperador Jin Long permanecía callado.

Sus dedos, largos y firmes, descansaban sobre el brazo de su trono.

Su mirada no se apartaba del Príncipe Lucian.

A medida que las ofertas se acumulaban, la tensión crecía.

No era una tensión visible ni violenta, sino algo más profundo: un aire denso que hacía que las respiraciones se volvieran más lentas, los gestos más contenidos.

Lucian escuchaba con respeto, asintiendo a cada ofrecimiento, pero dentro de sí sentía que cada palabra sumaba un nuevo peso sobre sus hombros.

Sabía que su país necesitaba toda esa ayuda, pero también sabía que cada promesa traía un precio.

“¿Cómo podré pagar todo esto sin hipotecar el alma de mi tierra?” El pensamiento cruzó su mente como una sombra, pero no lo dejó escapar por sus labios.

Cuando el último de los soberanos concluyó, el silencio volvió a caer sobre la sala.

Solo quedaba una voz por pronunciarse: la del Imperio.

Jin Long se levantó despacio.

El leve sonido de su túnica rozando el mármol bastó para que todos guardaran silencio.

El emperador miró alrededor, su rostro imperturbable, y habló con tono bajo pero firme, cada palabra cayendo como un sello sobre la piedra.

—He escuchado con atención cada una de sus nobles propuestas —dijo—.

El Imperio agradece su generosidad, pero teme que no será suficiente para levantar de nuevo una nación devastada.

Un murmullo recorrió el círculo.

Nadie interrumpió.

El emperador avanzó unos pasos hacia el centro del salón, donde la luz de los vitrales teñía su figura de tonos dorados y rojos.

—Por eso —continuó—, el Imperio del Dragón Dorado está dispuesto a asumir todos los gastos de reconstrucción del Principado.

La frase cayó como un trueno contenido.

Por un instante, nadie respiró.

—Doscientos mil doscientos millones de aureles —añadió, sin variar el tono—.

Ese es el compromiso del Imperio.

El sonido del número fue tan poderoso que algunos soberanos intercambiaron miradas incrédulas.

La Reina Meling fue la primera en romper el silencio.

—¿De qué estás hablando, Jin Long?

—preguntó con voz tensa—.

¿Qué clase de ayuda exige semejante precio?

El emperador sonrió apenas, una curva leve en los labios.

—Ningún precio, solo condiciones razonables —respondió—.

Se hizo un silencio espeso, casi físico.

—Primero: el Imperio establecerá una base militar permanente en la costa sur del Principado, para garantizar la seguridad de la región.

Segundo: el Imperio tendrá libre acceso a las rutas marítimas del Principado, incluyendo su explotación comercial, bajo supervisión compartida.

Y tercero: el Imperio tendrá derecho de paso en los territorios del Principado, siempre respetando su soberanía y con la autorización formal del Príncipe Soberano.

El eco de sus palabras resonó como un golpe de campana.

Las miradas se cruzaron: desconfianza, sorpresa, cálculo.

Algunos vieron una oferta generosa; otros, una cadena envuelta en oro.

Lucian no habló.

Su mente giraba entre el deber y el miedo.

Sabía que esa cantidad de dinero salvaría miles de vidas, reconstruiría puentes, hospitales, escuelas.

Pero también sabía que una base imperial en sus costas sería el primer paso para perder el control de su destino.

“La paz tiene siempre su precio,” pensó.

“Pero este… ¿cuántas generaciones deberán pagarlo?” El Emperador lo observaba con paciencia.

Sus ojos, oscuros y serenos, no mostraban impaciencia ni arrogancia, solo una calma que inquietaba más que cualquier amenaza.

El príncipe sintió su respiración volverse más lenta.

No podía responder todavía.

No sin antes medir el peso de sus palabras.

Finalmente, el silencio lo envolvió todo.

Los reyes y las reinas evitaron hablar.

El sonido de una pluma cayendo sobre la mesa pareció el único movimiento en el salón.

Lucian alzó la vista y encontró los ojos del emperador.

Había en ellos un brillo indescifrable, mezcla de sabiduría y advertencia.

—Necesito tiempo para considerar —dijo el príncipe finalmente, su voz apenas por encima del susurro.

Jin Long asintió, sin sorpresa.

—Tómese el tiempo que necesite, Su Alteza —respondió con serenidad—.

La grandeza de un líder se mide por las decisiones que toma en el silencio, no en el ruido.

El emperador regresó a su trono.

La sesión fue dada por concluida.

Cuando los soberanos se levantaron, el sonido de sus pasos resonó en el mármol como un eco de despedida.

Las conversaciones eran casi inexistentes; solo se oía el roce de las túnicas, el tintinear de alguna joya, el leve chirrido de las puertas abriéndose.

Lucian fue el último en salir.

Antes de cruzar el umbral, se volvió hacia la mesa central.

Los sellos reales seguían allí, inmóviles, brillando bajo la luz de los vitrales.

En ese instante comprendió que aquella cumbre no era solo una reunión diplomática.

Era una partida de ajedrez.

Y él acababa de ser puesto en jaque.

Afuera, el viento soplaba con una suavidad engañosa.

El cielo seguía despejado, pero las nubes en el horizonte empezaban a formarse, lentas y pesadas.

El segundo día de la Cumbre había terminado… pero el destino del Principado apenas comenzaba a escribirse.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “A veces la paz no llega con el sonido de los aplausos, sino con el peso del silencio.

Lucian comprendió que las verdaderas batallas no siempre se libran con espadas, sino con palabras que pueden atar o liberar a un reino entero.

El oro del Imperio brillaba más que el sol de Koryun… pero no toda luz viene del cielo.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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