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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 189

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189: Capítulo 8 – El Tercer Día del Cumbre 189: Capítulo 8 – El Tercer Día del Cumbre El amanecer del tercer día llegó con un cielo cubierto.

Las nubes grises se extendían sobre la capital del Reino de Koryun como si el mismo firmamento temiera el desenlace de lo que estaba por decidirse.

Un viento frío se deslizó entre las torres del palacio, haciendo vibrar las banderas y los estandartes que colgaban sobre la ciudad.

Era el día final de la Cumbre de los cinco tronos.

El día en que el destino del Principado de Takrin sería sellado ante los ojos del mundo.

Las campanas del palacio resonaron tres veces, su eco prolongándose entre los muros dorados.

A cada toque, las puertas de la Sala de los Soberanos se abrían un poco más, hasta quedar de par en par.

Los heraldos, con túnicas de colores profundos y bordes de oro, anunciaron el ingreso de los monarcas.

Uno a uno, los soberanos fueron entrando en silencio.

Sus pasos, firmes y solemnes, resonaban sobre el mármol blanco.

Nadie hablaba.

Las conversaciones del día anterior aún flotaban en el aire, como brasas que no terminaban de apagarse.

En el centro del salón, bajo la cúpula que representaba el mapa del continente, se encontraba Lucian V de Takrin.

Su mirada permanecía fija en el mapa del continente grabado en el suelo, donde se cruzaban las antiguas rutas de los reinos.

Sus manos estaban entrelazadas detrás de la espalda, y su respiración era pausada, casi ritual.

A su alrededor, los tronos esperaban a sus dueños, dispuestos en semicírculo, símbolo de igualdad entre naciones.

Pero todos sabían que la igualdad era solo una ilusión.

El Emperador Jin Long de imperio del dragón dorado ocupaba el trono más alto.

Su presencia imponía respeto sin necesidad de palabras: la túnica carmesí y dorada caía como una cascada de fuego, y su corona del dragón dorado centelleaba bajo la luz.

A su lado, el Rey Darian de Koryun mantenía la postura de un anfitrión que conoce el peso de la historia, mientras que la Reina Meling de Xianbei lo observaba todo con una calma que solo los sabios conocen.

El silencio se prolongó hasta volverse incómodo.

Fue entonces cuando Jin Long se levantó con un movimiento lento, estudiado, y su voz, profunda y clara, rompió el aire como un rayo.

—Ayer ofrecí al Principado una ayuda sin precedentes —dijo—.

No busco dominio, sino estabilidad.

Un continente fuerte necesita que cada una de sus naciones pueda levantarse por sí misma.

Sus palabras fueron pronunciadas con elegancia, pero cada sílaba llevaba el peso de una advertencia silenciosa.

Nadie se engañaba: la ayuda imperial siempre tenía un precio, aunque no se pronunciara en voz alta.

El Rey de Nanxi bajó la vista hacia sus anillos, fingiendo indiferencia.

La Reina de Andshi cruzó miradas con la Reina de xianbei, buscando leer lo que ella no decía.

Y en lo alto, las luces del techo parecían parpadear como si incluso las estrellas dudaran del rumbo de aquella reunión.

El emperador volvió su mirada hacia el joven soberano.

—Su Alteza Soberano de Takrin —dijo con solemnidad—, el Imperio espera su respuesta.

El eco de su voz se apagó lentamente.

Lucian respiró hondo.

No era un hombre que temiera hablar, pero comprendía el peso de cada palabra.

En ese instante, no representaba solo a una nación, sino a todos los que habían sufrido por defenderla.

Vio fugazmente, en su mente, las calles destruidas de Rivencia,Shun ,Sorya,Dalhian ,Oresta, Monteverde,Yanzora,Hanrien,Tarak ,Mayen,kora y Noira los rostros cansados de los obreros, los ojos de los huérfanos que aún preguntaban cuándo volvería la paz.

Su esposa, Sofía, lo observaba desde la galería superior.

Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como si su corazón latiera al ritmo del suyo.

El príncipe dio un paso adelante.

—Agradezco al Imperio por su oferta —comenzó con voz serena—.

Nadie puede negar que una ayuda de esa magnitud salvaría miles de vidas y levantaría nuestro país de entre las ruinas.

Pero hay algo que no puedo dejar de preguntar, Su Majestad Imperial.

El emperador inclinó apenas la cabeza, invitándolo a continuar.

—¿Podemos estar seguros de que el Imperio respetará la soberanía del Principado?

—preguntó Lucian—.

No hablo solo de hoy, sino del mañana.

Si un día Su Majestad deja el trono, ¿su sucesor,osea emperador o emperatriz, respetará que Takrin es libre?

El aire pareció detenerse.

Los otros monarcas intercambiaron miradas inquietas.

Nadie solía hablarle al Emperador del imperio del dragón dorado de ese modo.

Pero Lucian lo había hecho sin temor, con la serenidad de quien busca la verdad, no la confrontación.

Jin Long permaneció inmóvil unos segundos que parecieron eternos.

Luego, con un leve movimiento, descendió los escalones que separaban su trono del suelo.

Su andar era silencioso, pero su presencia llenaba todo el salón.

—El Imperio honra sus promesas —respondió finalmente—.

Y mientras yo viva, ningún soldado imperial levantará su bandera sobre tus murallas sin tu permiso.

Lucian inclinó la cabeza en señal de respeto, pero no se sentó.

—Mi pueblo acaba de salir de una guerra —continuó—.

Hemos enterrado a nuestros hijos, hemos visto caer nuestras ciudades, y aún así seguimos en pie.

No queremos más guerra.

No queremos más dolor.

Pero tampoco queremos perder lo que tanto nos costó recuperar: nuestra libertad.

El tono del príncipe no era desafiante, sino profundamente humano.

Su voz vibraba con una mezcla de cansancio y fe.

En las sombras, algunos monarcas bajaron la vista, como si recordaran las pérdidas de sus propios pueblos.

—Agradezco la generosidad del Imperio —prosiguió Lucian—, y la buena voluntad de cada uno de los reinos aquí presentes.

Pero antes de aceptar cualquier ayuda, mi deber es asegurarme de que el Principado seguirá siendo gobernado por su pueblo, no por la sombra de otra bandera.

El silencio que siguió fue distinto al anterior.

Era un silencio vivo, expectante.

La Reina de Xianbei asintió lentamente, con una pequeña sonrisa.

El Rey Darian, desde su trono, miró al príncipe con un respeto que no intentó ocultar.

Finalmente, el Emperador Jin long rompió el silencio.

—Tu valor te honra, Príncipe Lucian —dijo Jin Long—.

Muy pocos gobernantes hablan con tanta claridad frente a la autoridad.

El emperador se volvió hacia los demás soberanos.

—Quizá olvidamos, por un momento, que esta cumbre no nació del poder, sino del deseo de preservar la paz.

Si tus condiciones son el respeto y la soberanía, el Imperio las aceptará.

Un murmullo recorrió el salón, como un viento suave que trae alivio.

Sofía, desde la galería, dejó escapar una sonrisa luminosa.

El rostro de Lucian se suavizó apenas, pero su mirada seguía firme.

—Entonces, en nombre de mi pueblo —dijo el príncipe finalmente—, acepto la ayuda del Imperio y de los reinos, bajo el juramento de respeto mutuo y libertad perpetua.

El emperador asintió solemnemente.

Los reyes se levantaron uno a uno, y los escribas, con manos temblorosas por la emoción, comenzaron a redactar el tratado.

Cada trazo de tinta sobre el pergamino parecía una promesa grabada no solo entre naciones, sino entre generaciones.

Cuando la última firma fue estampada, el Gran Maestro de Ceremonias golpeó tres veces su bastón contra el suelo, declarando el cierre de la Cumbre de los 5 tronos En ese instante, un sonido lejano comenzó a escucharse: las campanas de la ciudad repicaban, anunciando el fin de las negociaciones.

Afuera, las nubes se abrieron lentamente, y un rayo de sol atravesó los vitrales, bañando el emblema de Takrin con un resplandor dorado.

El salón entero quedó iluminado.

Era como si el mismo cielo reconociera que, por fin, la paz había vencido —al menos por ahora—.

Los soberanos se levantaron, intercambiando saludos, promesas y miradas de cansancio.

Lucian y Sofía se reencontraron al pie de las escaleras del salón.

Ella tomó su mano y la apretó con ternura.

—Lo lograste —susurró ella.

—Lo logramos —respondió él, mirando hacia la luz que entraba por los vitrales—.

Y que esta paz dure… aunque el mundo olvide quién la firmó.

Afuera, la ciudad entera comenzaba a despertar con una nueva esperanza.

El continente respiraba.

Y el Principado… por fin tenía un nuevo comienzo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La verdadera fuerza de un líder no se mide por las guerras que gana, sino por las veces que elige la paz cuando el mundo espera que elija el poder.

Lucian no venció con espadas, sino con palabra y honor… y en ese silencio, el continente volvió a respirar.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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