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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 190

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190: Capítulo 9 – El Regreso del Principado 190: Capítulo 9 – El Regreso del Principado El mar estaba calmo, como si el océano mismo hubiese decidido ofrecerles un respiro.

Las olas se mecían con lentitud, reflejando la luz suave de un sol que comenzaba a ocultarse detrás del horizonte.

El Orevalle, el gran barco que los había traído a la cumbre, se alejaba lentamente del puerto de Koryun, dejando tras de sí una estela de espuma que se desvanecía entre el resplandor del crepúsculo.

En lo alto del mástil, los estandartes del Imperio y los reinos aliados ondeaban todavía, como un último saludo a quienes partían hacia casa.

A bordo del navío real del Principado, Lucian V y la Princesa Consorte Sofía observaban en silencio el horizonte.

Ninguno hablaba, y sin embargo, el silencio entre ellos decía más que cualquier palabra.

Habían obtenido lo que buscaban: la ayuda necesaria para reconstruir su país.

Pero ambos sabían que el precio de aquella ayuda aún no estaba escrito.

El viento movía suavemente el cabello de Sofía, desordenando algunos mechones dorados que caían sobre su rostro.

Ella no se los apartó.

Sus ojos, fijos en la espuma del mar, reflejaban una mezcla de esperanza y preocupación.

Había en su mirada la ternura de quien sueña con el regreso, pero también el peso de quien intuye que la paz que viene será frágil, como un cristal recién forjado.

Lucian se apartó del barandal, respirando hondo.

El olor del mar le trajo recuerdos de su niñez: los veranos en el puerto de Oresta, las risas de los pescadores, el sonido de las campanas llamando a la escuela militar.

Ahora, esas memorias parecían pertenecer a otro mundo, a una vida anterior a la guerra y la política.

—Sofía… —dijo al fin, rompiendo el silencio.

Ella lo miró, con esa calma que siempre lo hacía sentir menos solo.

—¿Pensás en el tratado?

—preguntó ella con voz baja, pero firme.

El príncipe asintió.

—Sí.

Lo pienso una y otra vez.

—Sus manos se cerraron sobre la baranda, como si se aferrara al metal para no dejar escapar sus pensamientos—.

El Imperio ha sido generoso, demasiado generoso.

Doscientos millones de aureles… es una suma que ningún otro reino habría podido ofrecer.

Pero su generosidad no es gratuita.

Sofía bajó la mirada.

Las palabras de su esposo caían como gotas sobre la superficie tranquila del mar.

—Temés que el Imperio tenga otros planes —dijo finalmente.

Lucian asintió lentamente.

—Temo que si no podemos pagar esa deuda, terminarán reclamando lo único que no puedo darles: nuestra tierra.

—Hizo una pausa, mirando hacia el horizonte donde el cielo comenzaba a teñirse de rojo—.

Sé que Jin Long es un hombre de palabra, pero ningún emperador reina para siempre.

Si su sucesora decide que el Principado debe ser absorbido, ¿qué podríamos hacer?

El silencio se extendió.

Solo se oía el crujir de la madera y el rumor del mar golpeando suavemente el casco.

Las gaviotas volaban a lo lejos, perdidas entre el resplandor dorado de la tarde.

Sofía respiró profundo antes de responder.

—El futuro no siempre obedece a nuestros temores, Lucian.

Pero lo que sí podemos hacer es sembrar algo que ningún emperador podrá arrancar: la fe de nuestro pueblo.

—Sus ojos se alzaron hacia los de él—.

Mientras esa fe viva, ninguna deuda podrá someternos.

Lucian la miró en silencio.

Había una fuerza serena en las palabras de su esposa, la misma fuerza que lo había sostenido durante los días más oscuros de la guerra.

—Aun así —dijo él, con un dejo de tristeza—, no puedo evitar sentir que los hilos del destino se mueven detrás de las cortinas, más allá de nuestra vista.

El Imperio nunca da un paso sin pensar en el siguiente.

Sofía se acercó y apoyó una mano sobre su brazo, con un gesto que disipó parte de su inquietud.

—Hiciste lo correcto —dijo con voz firme—.

Nuestro pueblo necesita esperanza, no promesas vacías.

Si el Imperio realmente quiere mantenernos bajo control, tendrá que enfrentarse a algo más fuerte que cualquier ejército: nuestra voluntad de seguir siendo libres.

Lucian sonrió débilmente, como si aquellas palabras encendieran una chispa de luz en su pecho.

—Hablas como si fueras tú quien debería estar en el trono.

Sofía soltó una risa breve, sincera.

—Yo solo soy tu voz cuando tus pensamientos te pesan —respondió ella, mirándolo a los ojos—.

El pueblo confía en ti, Lucian.

Te ven como el príncipe que no se rindió cuando todo parecía perdido.

Aunque el Imperio haya puesto condiciones, no podrán adueñarse de lo que somos.

El príncipe desvió la mirada hacia el horizonte.

Las primeras luces del Puerto de Takrin brillaban a lo lejos, parpadeando como estrellas caídas del cielo.

Entre esas luces estaban sus sueños, sus temores y el futuro incierto del Principado.

—Takrin resistió una guerra —dijo finalmente, con voz baja pero firme—.

Resistirá también las cadenas doradas del Imperio, si algún día intentan ponérnoslas.

Sofía asintió en silencio.

La brisa traía consigo el olor a tierra húmeda, a hogar.

A lo lejos, el sonido de las campanas del puerto comenzó a resonar: tres campanadas profundas que anunciaban el regreso de los soberanos.

El eco llegó hasta ellos, vibrando en el aire como un recuerdo antiguo.

Lucian se quedó mirando el reflejo del cielo sobre el mar.

—Cuánto ha cambiado todo… —murmuró—.

A veces siento que ya no soy el mismo hombre que partió de este puerto.

Sofía entrelazó sus dedos con los suyos.

—Nadie sale igual de una guerra, Lucian.

Pero lo importante no es lo que perdimos, sino lo que elegimos salvar.

Él giró lentamente hacia ella.

En sus ojos, el cansancio se mezclaba con una ternura que no necesitaba palabras.

—¿Y qué elegimos salvar, Sofía?

Ella sonrió, con esa dulzura que parecía iluminar incluso la noche.

—Nosotros mismos.

Y la esperanza de nuestro pueblo.

Por primera vez en mucho tiempo, Lucian sonrió con sinceridad.

—Volvimos a casa —dijo—.

Pero ahora empieza la parte más difícil: levantar lo que queda.

Sofía apretó su mano con fuerza, como si en ese gesto sellara una promesa invisible.

—Y lo haremos juntos.

El barco siguió avanzando lentamente hacia el puerto, mientras el sol del atardecer caía sobre las aguas del Mar del Este, tiñéndolas de oro.

Las gaviotas comenzaron a volar más bajo, y el murmullo de la gente en la costa se volvía cada vez más claro.

Cuando el Orevalle tocó el muelle, los estandartes del Principado se desplegaron al viento.

El sonido de los tambores ceremoniales llenó el aire, y el pueblo rompió en aplausos.

Algunos lloraban; otros levantaban las manos al cielo, agradeciendo por el regreso de sus soberanos.

Lucian y Sofía se miraron una última vez antes de descender.

No había palabras, solo una certeza compartida: el viaje no terminaba allí.

Era el fin de una cumbre… y el comienzo de una nueva era para Takrin.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, volver no significa regresar al lugar que dejamos, sino encontrarnos con lo que aún queda en pie dentro de nosotros.

Lucian y Sofía regresan al Principado no solo como soberanos, sino como testigos del precio de la esperanza.

Porque reconstruir una nación no comienza con piedra ni espada… sino con fe, amor y la voluntad de seguir creyendo.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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