EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 191
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- Capítulo 191 - 191 Capítulo 10 — La Promesa del Dragón Dorado
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191: Capítulo 10 — La Promesa del Dragón Dorado 191: Capítulo 10 — La Promesa del Dragón Dorado El amanecer bañaba el horizonte en tonos dorados y carmesí.
El Mar Internacional parecía un espejo pulido que reflejaba un cielo que despertaba lentamente, como si supiera que aquel día sería recordado por generaciones.
A lo lejos, las torres del puerto de Takrin se recortaban como guardianes silenciosos: firmes, orgullosas… pero desgastadas por la guerra.
Lucian y Sofía estaban de pie sobre los acantilados altos que daban directamente al mar.
La brisa fresca golpeaba sus capas, arrastrando consigo el aroma salado del océano y el murmullo constante de las olas.
Ninguno de los dos había dormido bien la noche anterior.
Habían vuelto al Principado apenas unas horas antes, y aunque su cuerpo pedía descanso, sus corazones exigían permanecer despiertos.
Sofía frotó sus manos para sacarse el frío.
Lucian, en cambio, parecía una estatua.
Tenía los ojos fijos en el horizonte, como si buscara señales en la línea borrosa entre el mar y el cielo.
—Dormiste muy poco —dijo Sofía con suavidad—.
No es bueno para vos.
Lucian no respondió.
Tenía la mandíbula tensa y los ojos entrecerrados, como si intentara descifrar un mensaje oculto en el movimiento de las olas.
—Lucian —insistió ella, dándole un pequeño empujón afectuoso—.
¿Qué ves?
Él inspiró hondo.
—Nada todavía —susurró—.
Pero algo viene.
Lo siento… como se siente un cambio en el viento antes de una tormenta.
Sofía abrió la boca para responder… pero entonces lo vio.
Primero fueron apenas puntos diminutos, casi imperceptibles en la línea del horizonte.
Luego esos puntos crecieron, se multiplicaron y comenzaron a definirse.
Sombras.
Silenciosas.
Perfectamente alineadas.
Y finalmente… Barcos.
Decenas.
Decenas de barcos avanzando en formación impecable, cruzando el mar con una majestuosidad que ninguna otra nación podía igualar.
Lucian sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho, no de miedo, sino de una mezcla extraña entre respeto y tensión contenida.
—Por Papá Dios… —susurró Sofía—.
Es el Imperio.
Setenta y cuatro barcos, enormes, imponentes, con velas blancas que capturaban la luz del amanecer como alas divinas.
Cada velamen llevaba bordado el Dragón Dorado, extendido de extremo a extremo, con garras abiertas y ojos de fuego.
No venían en formación militar, pero tampoco en desorden.
Era una procesión.
Era un mensaje.
Sofía tragó saliva.
—No… no puede ser solo ayuda.
No con tantos barcos.
Lucian cerró los ojos un instante.
—Es demasiado… incluso para un imperio.
No sé si debo sentir alivio o preocupación.
El viento se intensificó.
Las velas se inflaron.
Las sombras se hicieron gigantes.
Y cuando el barco más grande llegó lo suficientemente cerca, los cuernos ceremoniales del Imperio sonaron, un sonido profundo que parecía venir desde el corazón mismo del océano.
Un murmullo recorrió la costa.
Los trabajadores dejaron sus herramientas; los niños corrieron hacia los acantilados; los pescadores se quitaron los sombreros.
La gente del Principado sabía que estaban siendo testigos de algo que quedaría grabado en la historia.
Lucian sintió el peso de toda una nación sobre sus hombros.
—Que Papá Dios nos dé claridad —murmuró—.
Porque esto… esto va a cambiar nuestro destino.
— En el muelle principal, una pasarela de madera reforzada se extendió desde el barco imperial más grande.
El navío tenía un diseño que jamás se había visto en Takrin: tres niveles, mástiles adornados con Grullas blancas metálicos, ventanas con marcos de jade y un brillo dorado que no provenía de la pintura… sino del propio metal.
Y entonces aparecieron.
Primero descendió un grupo pequeño de guardianes imperiales, vestidos con armaduras morado y doradas.
No tenían armas en la mano, pero sus movimientos eran tan precisos que bastaba verlos para comprender que eran guerreros de élite.
Después, con una gracia casi sobrenatural, bajó Suwei, el Gran Consorte Imperial.
Vestía de azul profundo con bordes dorados, y su presencia era tan elegante como imponente.
Detrás de él… La multitud contuvo la respiración.
Una joven de trece años, vestida en blanco y oro, descendió por la pasarela con pasos suaves pero firmes.
Su cabello oscuro caía en ondas, y en su frente brillaba una pequeña corona de perlas translúcidas.
Era Xiaolian Long, hija del emperador y futura Emperatriz del Imperio del Dragón Dorado.
La heredera.
La que un día gobernaría al país más poderoso de Drakoria.
Lucian y Sofía se adelantaron, inclinando la cabeza con respeto profundo.
No era solo un gesto diplomático.
Era reconocimiento de la magnitud de quien estaba frente a ellos.
Xiaolian avanzó hasta quedar frente al príncipe soberano.
Permaneció un segundo en silencio, evaluándolo, como si la joven pudiera leer el alma de un gobernante con solo mirarlo.
Luego habló.
Su voz era suave.
Pero cada palabra estaba llena de fuerza, claridad y un extraño calor.
—En nombre de mi padre, Su Majestad Imperial Jin Long, emperador del Imperio del Dragón Dorado… traigo la palabra cumplida.
Sofía sintió que el aire a su alrededor se detenía.
Lucian apenas respiraba.
Xiaolian desenrolló el pergamino sellado con el emblema imperial, y su voz resonó con solemnidad: —El Imperio honra su promesa.
No enviamos solo recursos, sino esperanza.
El pueblo murmuró.
Algunos comenzaron a llorar.
—En estas aguas y sobre esta tierra —continuó— no se levantará bandera que no respete la soberanía de Takrin.
Y mientras viva, yo, Xiaolian long del del imperio del Dragón Dorado, futura Emperatriz, mantendré este pacto con mi palabra y con mi corazón.
Un silencio profundo invadió el puerto.
Hasta las olas parecían escuchar.
Entonces, con una línea de voz que estremeció incluso a los marineros más endurecidos, la joven añadió: —Que nuestras manos no construyan cadenas, sino puentes.
Un murmullo de asombro recorrió a la multitud.
Sofía se llevó una mano al pecho.
Lucian sintió que algo dentro de él se aflojaba, como si una cuerda que había estado demasiado tensa finalmente cediera.
Pero lo más impactante no fueron las palabras… fue el mensaje invisible detrás de ellas.
Una promesa implícita.
Un eco del propio emperador: “Yo cumplo mis promesas.
Y quien me suceda… también lo hará.” No era solo ayuda.
Era un gesto de honor.
Un reconocimiento.
Una alianza.
Tal vez una amistad.
Tal vez… un destino compartido.
— Los 74 barcos comenzaron a descargar provisiones: madera refinada, herramientas, maquinarias, medicinas, tejidos, semillas, libros, y alimentos suficientes para abastecer al Principado durante meses.
El pueblo estalló en aplausos.
Los obreros imperiales saludaban a los takrinianos con sonrisas sinceras.
Algunos niños de Takrin corrían entre las cajas, riendo, señalando los dragones tallados en los cascos.
Sofía apretó la mano de Lucian.
—Mirá sus rostros —susurró—.
¿Ves?
Esto no es invasión.
Es ayuda.
Es respeto.
Lucian no apartó los ojos de Suwei Jinhai y Xiaolian Long, que ahora observaba el puerto con expresión contemplativa.
—Es más que eso —respondió él—.
Es un pacto sagrado.
Un pacto de honor.
Sofía volteó hacia él.
—Entonces… ¿qué sentís ahora?
Lucian inspiró profundamente.
Miró el mar.
Miró a su gente.
Miró los barcos imperiales trayendo vida donde solo había ruinas.
Y miró a la joven heredera que acababa de prometer su palabra ante todo un pueblo.
—Siento… —dijo al fin— que Takrin ya no está solo en este mundo.
Sofía sonrió.
—Y siento —añadió ella— que esta vez, la historia nos favorece.
Las campanas del puerto resonaron una vez más.
Y cuando el sol ascendió por completo sobre el mar, el Dragón Dorado en la bandera imperial pareció cobrar vida.
Así comenzó la reconstrucción del Principado.
Y así nació una alianza que cambiaría el destino de todo Drakoria.
Fin de la primera temporada REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Algunas promesas no se escriben con tinta, sino con actos que iluminan el alma de los pueblos.
Este capítulo representa el amanecer de una nueva era, donde el poder no se impone, sino que se ofrece como puente.
Porque la verdadera grandeza no está en conquistar… sino en cumplir la palabra dada, y en extender la mano con honor.”
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