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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 192

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192: Capítulo 1 – La supervisión de la ayuda 192: Capítulo 1 – La supervisión de la ayuda El amanecer sobre el Principado de Takrin tenía un tono distinto desde el fin de la guerra.

El aire, que antes olía a ceniza y miedo, ahora traía consigo el perfume tenue del mar y el eco de los martillos reconstruyendo los cimientos de una nación que se negaba a rendirse.

Las gaviotas sobrevolaban el puerto, como si saludaran al nuevo día con promesas de esperanza.

El principado se recuperaba lentamente de la devastadora guerra contra la República.

Las cicatrices seguían visibles: en los muros agrietados, en las calles aún cubiertas de polvo, en los ojos cansados de los obreros y madres que cargaban piedras y sueños al mismo tiempo.

Pero lo que más llamaba la atención era el silencio con el que el pueblo trabajaba: no un silencio vacío, sino uno lleno de propósito.

Los sonidos del trabajo eran ahora la melodía de Takrin.

Cada golpe de martillo era una nota de resistencia; cada ladrillo colocado, un símbolo de fe en el porvenir.

En cada rincón del país, las ciudades y pueblos avanzaban a su propio ritmo, impulsados por la ayuda del Imperio del Dragón Dorado y la férrea determinación de su gente.

Rivencia, la ciudad histórica, reparaba su centro cultural y las antiguas murallas que durante la guerra habían sido testigos del valor de su milicia local.

En las plazas, los jóvenes voluntarios levantaban andamios mientras los ancianos contaban historias de cómo, en tiempos antiguos, Rivencia había sido el corazón artístico del principado.

En Shun, ciudad de investigación, los maestros regresaban a sus laboratorios, desempolvando manuscritos y reactivos guardados del fuego.

Cada tubo de ensayo, cada libro rescatado de los escombros, era tratado como un tesoro.

En las noches, aún con cortes de energía, los eruditos trabajaban bajo lámparas de aceite, como monjes guardianes del conocimiento.

Hanrien, ciudad de inteligencia y espionaje, reforzaba la infraestructura de sus centros de datos y comunicación.

Allí, el ritmo era diferente: más silencioso, más calculado.

Se podía sentir el peso de la estrategia en el aire, mientras los técnicos reconstruían antenas y redes cifradas.

Takrin necesitaba volver a estar conectado, no solo entre sus ciudades, sino con el resto del continente.

Sorya, la ciudad tecnológica, hervía de actividad.

El sonido metálico de las herramientas era constante.

En los talleres, ingenieros y aprendices soldaban estructuras, calibraban máquinas y reconstruían fábricas dañadas.

Las manos ennegrecidas de grasa trabajaban sin descanso, impulsadas por una sola idea: el futuro debía construirse con esfuerzo, no con lamentos.

Tarak, la ciudad cultural, rehabilitaba teatros, plazas y escuelas de arte.

Sus calles, antes llenas de humo, comenzaban a llenarse otra vez de música y risas.

Los pintores trabajaban sobre muros destruidos, transformando las ruinas en murales de esperanza.

Cada trazo era una oración silenciosa por la paz.

Yanzora, la antigua capital, restauraba monumentos históricos que habían sido parcialmente destruidos durante la invasión.

Las columnas de mármol volvían a levantarse bajo la dirección de artesanos que habían aprendido el oficio de sus abuelos.

En sus avenidas, las banderas del Principado ondeaban de nuevo, limpias, orgullosas.

Monteverde, centro económico y corazón financiero del país, abría nuevamente sus mercados y bancos.

El bullicio de los comerciantes retornaba poco a poco, aunque los precios fluctuaban como el ánimo del pueblo.

Aun así, las calles del distrito comercial volvían a tener vida; el sonido de las monedas, aunque escaso, era símbolo de movimiento.

En Moyen, la ciudad industrial, los hornos volvían a encenderse.

Los obreros regresaban a sus puestos entre chispas, hollín y metal.

Cada fábrica reactivada era motivo de celebración: significaba empleo, dignidad y pan sobre las mesas vacías.

Y en los pueblos más pequeños —Noira, Kora, Hairan— los habitantes regresaban a reconstruir sus hogares.

Las risas de los niños se escuchaban otra vez entre los escombros.

Los vecinos trabajaban juntos, compartiendo lo poco que tenían.

Donde antes había ruinas, ahora crecían jardines improvisados.

La gente plantaba flores donde antes hubo fuego.

— En Orvalle, la capital del Principado, el Palacio Real era un hervidero de actividad.

En sus patios, carretas cargadas con sacos de arroz, medicinas y herramientas llegaban sin descanso.

Guardias, funcionarios y voluntarios trabajaban codo a codo.

Las banderas del Principado y del Imperio del Dragón Dorado ondeaban una junto a la otra, recordando que la ayuda no era un regalo, sino un compromiso.

Allí, entre el ir y venir de cajas y documentos, se encontraban la Princesa Imperial Xiaolian y el Gran Consorte Suwei, enviados del Imperio.

Ambos caminaban entre los almacenes, inspeccionando cada entrega con precisión.

La princesa Xiaolian, vestida con un traje sencillo pero elegante, observaba atentamente cada registro.

Su expresión era serena, pero sus ojos estaban llenos de determinación.

Anotaba todo en un cuaderno con caracteres elegantes, asegurándose de que nada escapara a su control.

De tanto en tanto, se detenía a conversar con los supervisores locales, ofreciendo palabras de ánimo que aliviaban la tensión de los trabajadores.

—No es solo ayuda —decía con suavidad—.

Es la semilla del futuro.

Cada caja que llega es una promesa cumplida.

Su voz era dulce, pero su tono no admitía negligencia.

A su lado, el Gran Consorte Suwei caminaba con la postura recta de un soldado veterano.

Su mirada era aguda, y cada detalle lo interesaba: el peso de las provisiones, la organización de las carretas, la velocidad de descarga, incluso el comportamiento de los encargados locales.

Nada escapaba a su evaluación.

—La disciplina es tan importante como la buena voluntad —comentó en voz baja, observando una fila de obreros—.

Si la ayuda no llega a tiempo, la esperanza se convierte en frustración.

Xiaolian asintió.

Ella comprendía la importancia de la organización, pero también sabía que los corazones heridos necesitaban algo más que eficacia: necesitaban empatía.

Así, entre ambos, se formaba un equilibrio perfecto: firmeza y compasión, control y comprensión.

— Al caer la tarde, el sol doraba los tejados de Orvalle.

En el Salón del Trono, el Príncipe Soberano Lucian y su esposa Sofía esperaban a los enviados imperiales.

Las puertas se abrieron con solemnidad.

La reunión fue cordial, aunque cargada de una tensión silenciosa.

No era desconfianza, sino prudencia.

Lucian habló primero, su voz firme pero amable: —El Principado está profundamente agradecido por la ayuda imperial.

Vuestros esfuerzos han salvado vidas y devuelto esperanza a nuestro pueblo.

Suwei inclinó la cabeza levemente.

—El Imperio cumple su palabra, Alteza.

Pero también confía en que el Principado sabrá usar bien estos recursos.

La frase fue diplomática, pero su significado era claro: el Imperio no solo ayudaba; también vigilaba.

La princesa Xiaolian, con una sonrisa tranquila, intervino suavemente: —Mi abuelo, el Duque Huiyan del Nido de la Grulla, por orden directa de Su Majestad Imperial, permanecerá aquí.

Supervisará personalmente la distribución y garantizará que toda ayuda llegue a cada ciudad sin demora.

Lucian y Sofía se miraron.

Ninguno habló por unos segundos.

La noticia era inesperada, y aunque la presencia del duque representaba una garantía, también significaba que el Imperio no soltaba las riendas por completo.

Finalmente, Lucian asintió.

—El Principado le dará la bienvenida al Duque Huiyan.

Agradecemos su compromiso y su tiempo.

Sofía, más diplomática, agregó: —Estamos conscientes de que la reconstrucción no puede depender solo de la buena voluntad, sino también de la coordinación.

Si el Duque Huiyan permanece aquí, tendrá nuestro apoyo total.

Las palabras eran sinceras, pero en su interior, Sofía no podía evitar sentir cierta inquietud.

La presencia del duque —suegro del emperador y símbolo de autoridad en el Imperio— era también una sombra amable, una señal de que cada paso del Principado sería observado.

— Esa noche, cuando el Gran Consorte Suwei y la Princesa Xiaolian abordaron el barco imperial para regresar a su tierra, el muelle estaba iluminado con antorchas.

Los soldados imperiales formaban una línea perfecta, y los estandartes del Dragón Dorado se mecían con el viento.

Lucian y Sofía los despidieron desde la plataforma superior del puerto.

Las luces del navío se reflejaban en el mar como estrellas doradas que se alejaban lentamente.

El Príncipe tomó aire, observando el horizonte.

—La supervisión del Imperio no terminará aquí —dijo con calma—.

Pero si debemos ser observados, que sea mientras levantamos nuestra casa, no mientras caemos.

Sofía sonrió suavemente.

—El Imperio nos mira, sí, pero también nos tiende la mano.

Mientras recordemos quiénes somos, no hay cadena que nos ate.

Lucian asintió.

El viento agitó sus capas, y ambos permanecieron en silencio, mirando el reflejo del Dragón Dorado alejarse.

Detrás de ellos, los obreros trabajaban incluso de noche.

Las antorchas iluminaban los muros reconstruidos, las cajas de provisiones, las carretas que partían hacia el interior.

El sonido constante del trabajo seguía, marcando el pulso de una nación que volvía a respirar.

— A la mañana siguiente, el Duque Huiyan llegó al Palacio Real.

Su carruaje, decorado con emblemas imperiales, se detuvo frente a la entrada principal.

De él descendió un hombre de porte sereno, cabello gris plata y mirada sabia.

No traía escoltas pomposos, solo un pequeño grupo de asistentes.

Lucian lo recibió personalmente.

—Bienvenido al Principado de Takrin, mi señor.

El duque inclinó la cabeza con una sonrisa medida.

—Gracias, Alteza.

Vengo no solo como supervisor, sino como aliado.

Mi deber es asegurar que las promesas hechas por el Imperio se cumplan, y que su pueblo reciba lo que se le prometió.

Sofía se adelantó.

—Y el nuestro es asegurar que cada recurso se use con justicia.

Confío en que trabajaremos bien juntos.

El duque asintió.

—Así será.

El futuro de Takrin dependerá de la colaboración entre quienes gobiernan y quienes ayudan a reconstruir.

— Desde las ventanas del palacio, Lucian y Sofía observaron el mar.

Las velas del barco imperial ya se habían perdido en el horizonte.

El Principado, aunque libre, seguía bajo una mirada constante.

Sin embargo, aquella vigilancia no les quitaba el valor; al contrario, les recordaba lo que estaba en juego.

El viento del mar sopló con fuerza, haciendo flamear los estandartes del Principado.

En ellos, el emblema de Takrin brillaba un búho dorado en vuelo Era el símbolo perfecto de sabiduría y inteligencia, aunque el mundo los observe.

Reconstruir, aunque aún duela.

Y seguir siendo libres, incluso bajo la mirada del Dragón Dorado.

Así comenzaba una nueva era para Takrin.

Una era de esperanza, disciplina y vigilancia silenciosa.

El principio de una segunda temporada donde el destino del Principado se escribiría entre el acero del esfuerzo y el oro de la promesa cumplida.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, la libertad no se mide por la ausencia de vigilancia, sino por la dignidad con la que un pueblo se levanta aun siendo observado.

Este capítulo nace de esa idea: que la verdadera fuerza de una nación no está en lo que recibe, sino en cómo transforma la ayuda en independencia, la vigilancia en respeto, y la reconstrucción en identidad.

Takrin no solo se reconstruye con piedra y acero… sino con la fe silenciosa de su gente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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