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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 194

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194: Capítulo 3 – Vida en la reconstrucción 194: Capítulo 3 – Vida en la reconstrucción Las primeras luces del amanecer se extendían sobre Rivencia como un velo dorado que cubría las torres, los techos y las calles aún marcadas por las cicatrices de la guerra.

El aire era fresco, ligeramente húmedo por el rocío, y los primeros rayos del sol se reflejaban en los cristales recién colocados de los edificios reconstruidos.

La ciudad, alguna vez reducida al silencio por las llamas y el miedo, respiraba de nuevo.

El murmullo de la vida comenzaba a llenar las calles: el sonido de las escobas barriendo los escombros restantes, los martillazos rítmicos de los obreros colocando las últimas vigas, los pasos de los niños que corrían entre las plazas con mochilas nuevas.

Era un despertar distinto, más humilde, pero cargado de esperanza.

Rivencia, la joya del principado, se alzaba lentamente sobre sus ruinas.

Donde antes hubo humo y destrucción, ahora florecían banderas color azul, los tonos del Principado de Takrin.

Las ventanas estaban adornadas con telas blancas, símbolo de paz, y en cada esquina se levantaban pequeños altares dedicados a los caídos.

La gente los decoraba con flores frescas, y al pasar, los ciudadanos inclinaban la cabeza unos segundos, en un gesto silencioso de respeto.

En las escuelas, los maestros abrían nuevamente las puertas de las escuelas.

Eran hombres y mujeres que habían sobrevivido al conflicto, algunos con cicatrices en el rostro o en el alma, pero con la mirada llena de determinación.

Los jóvenes aprendices los acompañaban, ayudando a limpiar los salones, a colgar mapas y a distribuir libros nuevos enviados desde el Imperio.

Los materiales aún tenían el aroma del papel recién impreso, y los niños, curiosos, los abrían con cuidado, como si se tratara de tesoros.

Sofía caminaba entre ellos, observando en silencio cómo los pequeños volvían a reír.

Llevaba un vestido sencillo, azul claro, y un abrigo blanco que ondeaba suavemente con la brisa.

A su lado, Lucian conversaba con los maestros, tomando notas, asegurándose de que cada escuela recibiera la ayuda necesaria.

Ambos sabían que la reconstrucción no era solo física: había que reconstruir la esperanza, los sueños, la educación, la confianza.

—¿Cuántos niños nuevos hay este mes?

—preguntó Sofía, deteniéndose junto a una maestra de cabello canoso que distribuía lápices.

—Más de lo que esperábamos, alteza —respondió la mujer, sonriendo—.

Algunos vienen de pueblos lejanos, buscando empezar de nuevo aquí.

Les hemos hecho lugar a todos.

Lucian asintió, satisfecho.

—Eso es lo importante.

Ningún niño debería quedar fuera.

A su alrededor, el bullicio crecía.

Algunos padres ayudaban a levantar carpas provisorias para los cursos al aire libre.

En medio de todo, un grupo de jóvenes voluntarios pintaba murales con mensajes de unidad y esperanza.

Uno de ellos, un chico de unos quince años, pintaba en letras grandes sobre una pared: “El futuro también se construye con nuestras manos.” Sofía se detuvo a mirarlo y sonrió.

—Esa frase vale más que mil discursos —dijo en voz baja.

Lucian sonrió también.

En su interior, sentía una mezcla de alivio y responsabilidad.

Aquella ciudad, que había sufrido tanto, comenzaba a renacer, y él sabía que debía proteger ese renacer con todo su ser.

— Mientras Rivencia recuperaba su pulso, en Shun —la ciudad de investigación— el ambiente era completamente distinto.

Allí, la reconstrucción se vivía entre chispas, máquinas y olor a metal.

Los laboratorios, antes destruidos por los bombardeos, ahora brillaban con nuevas estructuras reforzadas.

Entre pasillos metálicos, técnicos y científicos trabajaban día y noche, rodeados de planos, prototipos y artefactos que zumbaban con energía.

Lucian y Sofía visitaban Shun cada semana.

Caminaban por los pasillos con cascos de seguridad, escuchando los informes de los ingenieros.

Las conversaciones eran técnicas, llenas de términos sobre energía, salud y tecnología, pero Sofía siempre encontraba la manera de humanizarlas.

—No olviden —decía con suavidad— que cada avance que logren debe servir para aliviar una vida, no solo para construir una máquina.

Los científicos la escuchaban con respeto.

Era joven, pero sus palabras tenían el peso de la experiencia y la compasión.

En una de las salas, un grupo de investigadores trabajaba en un nuevo sistema de purificación de agua.

Lucian observaba los tubos y válvulas con atención.

—Si esto funciona —comentó—, podríamos abastecer a Noira y Kora en menos de un mes.

—Funciona —respondió una joven ingeniera con una sonrisa cansada—.

Ya logramos purificar más de quinientos litros en las pruebas iniciales.

Solo necesitamos más filtros.

Lucian la miró con admiración.

—Los tendrán.

Haré que lleguen en el próximo envío desde el Imperio.

Era en esos pequeños gestos donde se veía la diferencia entre reconstruir y simplemente reparar.

Lucian y Sofía no solo querían restaurar lo que se había perdido, sino construir algo mejor, más justo, más humano.

— Mientras tanto, en Tarak —la ciudad cultural— el alma del principado despertaba entre acordes de música y pinceladas de color.

Los teatros, que alguna vez fueron refugio durante la guerra, ahora se llenaban de risas y ensayos.

En las plazas, jóvenes artistas improvisaban obras callejeras que narraban la historia del renacimiento de Takrin.

Una tarde, Sofía fue invitada a una pequeña presentación en el Teatro Lysandra.

El edificio aún mostraba cicatrices en sus muros, pero el escenario brillaba con una calidez nueva.

Niños vestidos con ropas simples representaban una obra sobre la esperanza.

Cuando terminó, todos los presentes aplaudieron con fuerza.

—La cultura es la memoria viva —dijo un anciano pintor que estaba junto a Sofía—.

Si la gente vuelve a cantar y pintar, es señal de que el alma del principado ha vuelto a respirar.

Sofía asintió, conmovida.

—Y respirará más fuerte cada día —respondió con voz firme.

— En los pueblos más golpeados —Noira, Kora y Hairan— la realidad era más dura, pero la determinación era igual de grande.

Allí, el Duque Huiyan supervisaba personalmente los trabajos.

Caminaba entre el polvo y los escombros, con las mangas arremangadas y el rostro cubierto de sudor.

A su lado, los aldeanos cargaban piedras, levantaban paredes y compartían pan.

—Despacio con esas vigas, no queremos accidentes —decía con voz firme, ayudando él mismo a colocar una estructura.

Una anciana se acercó con una jarra de agua y se la ofreció.

—Usted no debería estar trabajando, mi señor —le dijo.

Huiyan sonrió, aceptando el agua.

—Si mi gente trabaja, yo también debo hacerlo.

Un líder no se mide por su corona, sino por su sudor.

Las risas se mezclaron con los golpes de martillo.

Era un sonido hermoso, el ritmo de la reconstrucción.

Por las noches, los trabajadores encendían hogueras y compartían historias.

Contaban cómo habían sobrevivido, cómo habían perdido y recuperado la fe.

El duque se quedaba a escuchar, tomando notas mentales de lo que aún faltaba por hacer.

Sabía que cada palabra del pueblo era una guía para construir un futuro más fuerte.

— En Oresta, la ciudad portuaria, el mar rugía suavemente contra los muelles.

Los barcos llegaban cargados de materiales, medicinas y alimentos.

Cada descarga era un espectáculo de coordinación: grúas, marineros, voluntarios y soldados trabajaban como un solo cuerpo.

El aire olía a sal y a madera mojada, y entre el bullicio se escuchaban las órdenes de los encargados de logística.

Lucian había destinado parte de su tiempo a mejorar la distribución.

Sabía que un solo retraso podía dejar sin alimento a un pueblo entero.

Así, diseñó rutas marítimas y terrestres que se actualizaban cada día, dependiendo del clima y las necesidades.

Una tarde, mientras observaba la llegada de un barco imperial, un joven marinero se le acercó.

—Mi señor, ¿es cierto que pronto abrirán los caminos hacia el norte?

Lucian asintió.

—Sí.

Si el clima lo permite, en dos semanas los convoyes llegarán hasta Hairan.

El muchacho sonrió, aliviado.

—Mi madre vive allí.

No sabe que sigo vivo.

Lucian lo miró con ternura y puso una mano sobre su hombro.

—Entonces asegurémonos de que esa ruta se abra cuanto antes.

Ninguna madre debería esperar tanto.

El joven asintió con lágrimas en los ojos y volvió a su trabajo con renovada energía.

— A medida que los días se transformaban en semanas, el principado recobraba su ritmo.

Los mercados volvían a llenarse de frutas y especias, los talleres resonaban con el golpeteo de los martillos, y las familias reconstruían sus hogares, ladrillo a ladrillo.

Los niños corrían por las calles, las risas llenaban los patios, y el sonido de los rezos al atardecer recordaba a todos que la paz, aunque frágil, era real.

Lucian y Sofía caminaban una noche por el puente principal de Rivencia.

A lo lejos, las luces de la ciudad se reflejaban en el río como un millón de estrellas.

—¿Recuerdas cuando todo esto era silencio y humo?

—preguntó Sofía, deteniéndose junto al barandal.

Lucian asintió, mirando el horizonte.

—Sí… y ahora mira.

Todo esto… es más que una reconstrucción.

Es un nuevo comienzo.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Prométeme que nunca olvidaremos lo que costó llegar hasta aquí.

Lucian la abrazó con suavidad.

—Te lo prometo.

Y prometo también que nunca dejaremos que la oscuridad vuelva a gobernar este lugar.

El viento sopló, moviendo las banderas que ondeaban sobre los tejados.

La luna iluminó las calles reconstruidas y el reflejo del agua pareció danzar con ellas.

El Principado de Takrin había sobrevivido a la guerra, pero ahora debía aprender a vivir en la paz.

Y esa, sabían ambos, era una tarea igual de difícil, pero también infinitamente más hermosa.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Reconstruir no es solo levantar muros, sino volver a creer.

Este capítulo muestra que, incluso tras la guerra, la esperanza puede florecer entre las ruinas y dar nueva vida a un pueblo que decide no rendirse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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