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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 195

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195: Capítulo 4 – Recuperación en la República 195: Capítulo 4 – Recuperación en la República El amanecer sobre la República Federada de Oshiran era gris y silencioso.

Una neblina ligera cubría los tejados de Oshira City, la capital, donde el bullicio de antes de la guerra se había transformado en un ritmo más lento, más prudente.

El conflicto con el Principado de Takrin había terminado meses atrás, pero las heridas —tanto las visibles como las que no se veían— seguían abiertas.

Aun así, la vida, obstinada como siempre, comenzaba a abrirse paso entre las ruinas.

Los primeros rayos del sol iluminaban los andamios de los edificios en reconstrucción, los letreros de los pequeños comercios que volvían a abrir y los rostros cansados de los ciudadanos que, con esfuerzo, trataban de volver a su rutina.

Castoria había sido, durante años, el corazón económico de la República, una ciudad de comercio, cultura y pensamiento liberal.

Pero durante la guerra, se había convertido en un escenario de caos: saqueos, explosiones, cortes de energía, miedo.

Ahora, bajo el liderazgo del Canciller Federico verek, la ciudad buscaba recuperar su dignidad.

Las calles principales —antes vibrantes de vida— se llenaban poco a poco de pasos y murmullos.

Los comerciantes limpiaban las vitrinas cubiertas de polvo, volvían a colocar los estantes y abrían sus puertas, aunque aún con cautela.

En los mercados, la variedad era escasa: frutas, pan, granos y productos básicos.

Pero el simple acto de comprar y vender se había vuelto un símbolo de esperanza.

Un anciano vendedor de especias colocaba con cuidado pequeños frascos sobre su mesa de madera.

A su lado, una niña de ojos claros —su nieta— ordenaba las etiquetas con manos pequeñas y temblorosas.

—Abuelo, ¿volverá la gente a comprar como antes?

—preguntó ella.

El hombre sonrió suavemente, aunque sus ojos reflejaban el cansancio.

—Volverán, Lia.

Todo lo que el viento derriba, el tiempo lo levanta.

Solo hay que tener paciencia.

La niña asintió, sin entender del todo, pero con fe.

Detrás de ellos, el ruido de los martillos y las sierras llenaba el aire.

Cada golpe era una promesa, cada muro levantado un paso más hacia la normalidad.

— En los barrios del sur, donde los bombardeos habían sido más intensos, la reconstrucción era más lenta.

Las fachadas estaban ennegrecidas, las calles cubiertas de polvo, y los cables eléctricos aún colgaban como cicatrices visibles de un pasado reciente.

Sin embargo, entre los escombros, había movimiento.

Grupos de voluntarios, formados por ciudadanos comunes, trabajaban sin descanso.

Jóvenes, ancianos, hombres y mujeres compartían tareas: limpiar calles, reparar techos, repartir comida.

Muchos lo hacían sin recibir salario alguno.

No era por obligación, sino por necesidad moral.

Entre ellos estaba Elena Vassir, una enfermera que había perdido a su hermano en el frente.

Con una sonrisa serena y el cabello recogido, curaba heridas, repartía medicinas y animaba a los demás con palabras sencillas.

—No tenemos mucho, pero tenemos lo que importa —decía mientras ayudaba a una madre a vendar a su hijo—.

Tenemos vida.

Y mientras haya vida, hay futuro.

Su voz era calmada, pero cada palabra llevaba la fuerza de quien ha sufrido y aun así elige seguir adelante.

— En el Palacio de la Asamblea, el Canciller Federico observaba la ciudad desde la ventana de su despacho.

Su semblante era grave.

Las cifras de los informes sobre daños, desempleo y escasez llenaban su escritorio.

Afuera, los estandartes de la República ondeaban con un viento suave, pero él sabía que no bastaban símbolos para sanar un país.

A su alrededor, los ministros se reunían para discutir los avances.

—El sistema de transporte aún no se ha restablecido en las provincias del norte —informó uno de ellos.

—Los agricultores de Narelia reclaman subsidios, Canciller —añadió otro—.

Dicen que el suelo sigue contaminado por los restos de la guerra.

—Y la gente está perdiendo la paciencia —intervino un tercero, más joven—.

Necesitan ver resultados, no solo promesas.

Federico escuchaba en silencio.

Sus ojos, de un gris profundo, reflejaban más cansancio que enojo.

Finalmente, se levantó.

—Entiendo todo eso —dijo con voz firme—.

Pero debemos avanzar con cabeza fría.

No reconstruiremos Oshiran con prisa ni con orgullo.

Lo haremos con constancia y con manos unidas.

Los ministros asintieron, algunos con resignación, otros con admiración.

Federico había sido elegido Canciller por su temple antes de la guerra.

No era un hombre carismático, pero sí justo y metódico.

Y en tiempos de incertidumbre, la gente necesitaba eso: una figura que no prometiera milagros, sino trabajo constante.

—A partir de mañana —continuó—, cada ciudad deberá presentar un informe semanal de progreso.

Quiero saber cuántas viviendas se han reconstruido, cuántas escuelas reabrieron, cuántos niños volvieron a estudiar.

La guerra nos enseñó que un país se mide por cómo cuida a su gente, no por el tamaño de su ejército.

Sus palabras quedaron flotando en la sala, resonando como un recordatorio y una advertencia.

— Fuera de los despachos y los debates políticos, la vida seguía su curso.

En los parques, algunos músicos callejeros volvían a tocar sus instrumentos, aunque las monedas fueran pocas.

Las familias paseaban tímidamente, los niños jugaban con pelotas de trapo y las parejas se sentaban en los bancos, mirando el atardecer como si contemplaran algo sagrado.

La radio nacional había vuelto a transmitir hacía poco, y su programación se había llenado de mensajes de unidad.

Cada noche, una voz femenina leía cartas de ciudadanos que contaban sus historias de supervivencia y esperanza.

Una de ellas decía: “Perdí mi casa, mis libros y mi jardín, pero no perdí mi fe.

Si algo aprendimos en esta guerra es que los muros pueden caer, pero las manos que los levantan nunca desaparecen.” El mensaje fue compartido por toda la República.

Muchos lo copiaron en muros y pancartas, y pronto se convirtió en un lema no oficial del país.

— En las provincias interiores, los desafíos eran distintos.

Los campesinos, que dependían de la cosecha anual, enfrentaban la escasez de herramientas y semillas.

Aun así, se negaban a rendirse.

Bajo el cielo anaranjado del atardecer, los campos comenzaban a reverdecer.

En una pequeña aldea llamada Vakar, un anciano agricultor observaba cómo los jóvenes araban la tierra con herramientas improvisadas.

—¿Cree que vale la pena, señor Dalen?

—le preguntó uno de ellos, limpiándose el sudor.

—Siempre vale la pena sembrar —respondió el anciano, apoyado en su bastón—.

Puede que esta tierra haya sido herida, pero también sabe perdonar.

Sus palabras se transmitieron de boca en boca, convirtiéndose en un símbolo de la resiliencia rural.

— Mientras tanto, en el norte, los jóvenes de la República —hijos de ministros, diplomáticos y antiguos militares— comenzaban a participar en tareas comunitarias.

No por imposición, sino por deseo de cambiar la percepción que el pueblo tenía de ellos.

Entre ellos se encontraba Aron Levent, hijo de un antiguo general, quien había decidido trabajar como voluntario en una escuela temporal.

Allí ayudaba a los maestros a organizar clases bajo carpas de lona, donde decenas de niños aprendían a leer y escribir.

Un día, mientras enseñaba geografía, una niña levantó la mano.

—Profesor, ¿por qué hay líneas entre los países?

Si todos somos personas, ¿por qué hay fronteras?

Aron se quedó en silencio unos segundos.

Había crecido entre discursos sobre poder y estrategia, pero la pregunta de aquella niña lo desarmó.

—Supongo que las líneas están ahí —respondió finalmente— para recordarnos que cada lugar tiene su historia.

Pero el corazón de la gente… ese no entiende de fronteras.

La niña sonrió, y los demás alumnos siguieron atentos.

Aron sintió algo dentro de sí cambiar.

Quizás, pensó, la reconstrucción más importante no era la de los edificios, sino la del alma colectiva.

— Las noches en la República eran tranquilas, aunque pesadas.

Las ciudades dormían bajo una calma tensa, como si temieran despertar en medio del pasado.

Sin embargo, había algo nuevo en el aire: cooperación.

Los ciudadanos compartían lo poco que tenían.

En las calles, se organizaban pequeñas mesas comunes donde cada familia aportaba lo que podía: pan, frutas, caldo.

No había jerarquías, ni títulos, ni banderas.

Solo personas intentando sobrevivir juntas.

En uno de esos encuentros, una mujer de mediana edad levantó su vaso de metal y dijo: —Brindemos… no por lo que perdimos, sino por lo que aún tenemos: la fuerza de seguir.

El grupo respondió con aplausos suaves.

Era un gesto pequeño, pero en tiempos de oscuridad, los gestos pequeños eran luces.

— El Canciller Federico, en sus informes semanales, comenzaba a notar el cambio.

Los números seguían siendo bajos, pero la actitud de la gente era diferente.

Ya no había miedo, sino propósito.

La guerra había destruido edificios, sí, pero también había derribado la arrogancia que alguna vez caracterizó a ciertos sectores del gobierno.

Una noche, Federico escribió una carta que sería transmitida en la radio nacional: > “Ciudadanos de la República Federada de Oshiran: Hemos visto caer nuestras murallas y nuestros orgullos.

Hemos visto la sombra del hambre y la desesperación.

Pero también hemos visto manos unirse, desconocidos ayudarse, y corazones volver a creer.

No habrá reconstrucción si no hay perdón, y no habrá futuro si seguimos mirando atrás.

No somos el país que fuimos antes de la guerra; somos el que elegimos ser después de ella.

Que cada ladrillo levantado sea un acto de fe.

Que cada palabra amable sea una piedra más en los cimientos de la nueva República.” El mensaje se transmitió por toda la nación.

Muchos lloraron al escucharlo.

Otros, simplemente, sonrieron en silencio.

— Con el paso de los meses, la República comenzó a mostrar signos visibles de recuperación.

Los trenes volvieron a circular, los mercados se llenaron de vida, y las escuelas volvieron a resonar con risas.

No todo estaba resuelto, ni mucho menos, pero el país había dejado de caer.

En Oshira City, las luces de los faroles volvían a encenderse cada noche, y el sonido de los pasos en las calles reemplazaba el eco del miedo.

Los ciudadanos sabían que aún quedaba mucho por hacer, pero ya no se sentían solos.

El capítulo de la guerra había terminado, y uno nuevo —el de la reconstrucción espiritual— acababa de comenzar.

Federico, mirando desde su despacho las luces titilantes de la ciudad, murmuró para sí mismo: —No hay gloria en vencer.

La verdadera gloria está en volver a levantarse.

Y en ese instante, el viento que soplaba desde las montañas del norte pareció llevar su voz por toda la República, como una plegaria compartida por un pueblo que, aunque herido, había aprendido a levantarse unido.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, la verdadera victoria no está en ganar una guerra, sino en tener el valor de reconstruir después de ella.

Este capítulo refleja cómo un pueblo, marcado por el dolor, puede volver a levantarse cuando el orgullo da paso a la unión y la esperanza vuelve a encender su luz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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