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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 196

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  4. Capítulo 196 - 196 Capítulo 5 – Cumpleaños de Siyana
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196: Capítulo 5 – Cumpleaños de Siyana 196: Capítulo 5 – Cumpleaños de Siyana El sol nacía sobre Orevalle, tiñendo los techos del Palacio Real con reflejos dorados.

El aire fresco de la mañana se filtraba por los ventanales altos, trayendo consigo el sonido de las campanas del puerto y el murmullo de los sirvientes preparando la gran celebración.

Era un día especial.

La princesa Siyana de Takrin, heredera del principado, cumplía.

dieciocho años.

En su habitación, los tapices recién restaurados relucían bajo la luz.

Siyana se encontraba frente al espejo, observando su reflejo con una mezcla de nerviosismo y emoción.

Su largo cabello oscuro caía sobre los hombros, y un pequeño broche con forma de Búho adornaba su trenza, símbolo de la casa real de Takrin.

Frente a ella, una mesa repleta de cartas y sobres de sellos nobles reposaba ordenadamente.

—Madre… —susurró con voz baja, mirando a Sofía, que se encontraba de pie junto a la ventana—.

¿Cree que sería apropiado invitar a Velen, el hijo del canciller de la República?

La guerra terminó hace solo hace unos meses… y no quiero que nuestro gesto parezca insensible.

Sofía giró lentamente.

Vestía un elegante traje de seda azul con bordes plateados, sencillo pero regio.

Sus ojos reflejaban serenidad, aunque en el fondo cargaban el peso de los años difíciles.

—Hija mía —respondió con dulzura—, tu deseo de unir a los jóvenes es noble.

Pero el pueblo aún sana sus heridas.

No todos están listos para olvidar.

Elige con cuidado a quién invitar.

Las intenciones puras a veces pueden ser malinterpretadas.

Siyana bajó la mirada, pensativa.

Sabía que su madre tenía razón.

Aunque su corazón deseaba tender puentes, la historia reciente del continente era demasiado fresca.

Finalmente, suspiró y asintió con madurez.

—Entonces no lo invitaré… al menos, no todavía —dijo—.

Pero quiero que algún día podamos hacerlo sin miedo.

Sofía le sonrió, acercándose para ajustar con ternura el broche de su hija.

—Ese día llegará, Siyana.

Y quizás seas tú quien lo haga posible.

— Horas más tarde, el Palacio de Orevalle resplandecía como nunca.

Los sirvientes se movían con precisión, colocando candelabros, tapices y guirnaldas de flores frescas.

En el gran salón, los músicos afinaban instrumentos de cuerda, y el aroma a pasteles y vinos exquisitos impregnaba el aire.

Los estandartes del principado ondeaban con orgullo junto a los escudos de las naciones aliadas.

El maestro de ceremonias, vestido con su uniforme ceremonial, repasaba la lista de invitados.

Cada nombre representaba una historia, un linaje, un futuro.

Y aquel día, todos convergerían bajo el mismo techo.

Cuando el reloj marcó la hora, los heraldos abrieron las grandes puertas del salón.

Las notas solemnes de los violines dieron inicio al desfile de los herederos.

El primero en ingresar fue anunciado con voz firme: —Su Alteza Imperial, la princesa Xiaolian Long, heredera al trono del Imperio del Dragón Dorado, archiduquesa de Xijan City, baronesa de Aqain, condesa de Yanshui y vizcondesa de Jinhai.

Xiaolian avanzó con paso elegante, su vestido de seda escarlata adornado con filamentos dorados que brillaban bajo los candelabros.

Su porte era digno, su mirada, serena.

Frente a Siyana, hizo una ligera inclinación.

—Del Imperio del Dragón Dorado, traigo nuestras más sinceras felicitaciones por vuestro cumpleaños, princesa Siyana —dijo con voz armoniosa.

—Gracias, princesa Xiaolian.

Es un honor recibirte —respondió Siyana con una sonrisa cordial.

A continuación, la voz del maestro de ceremonias resonó nuevamente: —Su Alteza, el príncipe Liang Wang, heredero al trono del Reino de Nanxi, duque de Shelin City.

El joven entró con paso firme, vistiendo un traje blanco y verde, símbolo de su reino.

Su expresión era seria, disciplinada, pero su mirada transmitía respeto.

—En nombre del Reino de Nanxi, le enviamos nuestras felicitaciones, alteza —dijo, inclinando la cabeza ante Siyana y sus padres.

—Bienvenido, príncipe Liang —respondió Lucian, el príncipe soberano, desde su trono lateral—.

Es un honor tener a Nanxi con nosotros.

El desfile continuó.

—Su Alteza, el príncipe Tao Zhoran, heredero del Reino de Xianbei, duque de Tiansuo City.

Tao avanzó con una capa azul oscuro que caía sobre sus hombros.

Su cabello negro, atado en una trenza alta, le daba un aire marcial, pero su sonrisa amable rompía la rigidez de su porte.

—Desde Xianbei les enviamos nuestros mejores deseos, princesa Siyana —dijo, inclinándose respetuosamente.

Luego entró: —Su Alteza, la princesa Meilin Thoreil, heredera del Reino de Andshi, duquesa de Elaris City.

Vestida con tonos celestes y plata, Meilin caminó con elegancia.

Al acercarse, sonrió con calidez.

—Les enviamos nuestros sinceros deseos por este día especial, alteza.

Siyana respondió con el mismo gesto.

Sentía que cada saludo reforzaba algo más que una alianza: era el nacimiento de una generación unida por la esperanza.

El maestro de ceremonias continuó: —Su Alteza, la princesa Alina Volker, heredera del Reino de Koryun, duquesa de Tiecheng City.

Alina, con su porte firme y su túnica de color marfil, inspiraba autoridad.

—Koryun envía sus mejores deseos a la joven princesa Siyana —dijo con voz segura, haciendo una reverencia medida.

—Del Gran Ducado de Veyora, Su Alteza Serenya Falecor, gran duquesa heredera.

Serenya avanzó con una gracia natural.

Su vestido de tonos violeta y su cabello trenzado con hilos plateados resaltaban su elegancia.

—Que este día sea pleno de alegría y buenos augurios —expresó Serenya.

Por último, el maestro anunció: —Del Gran Ducado de Suryun, Su Alteza Weilan Atham, gran duque heredero.

Weilan entró con paso firme, su uniforme oscuro adornado con insignias de su casa.

—Con respeto y honor, presento mis felicitaciones —dijo, inclinándose ante Siyana y los soberanos.

El salón entero estalló en aplausos suaves y música triunfal.

Los herederos se alinearon frente al trono del principado, formando un cuadro histórico: los futuros líderes del continente reunidos bajo un mismo techo.

— El banquete comenzó poco después.

Los aromas se mezclaban: especias del norte, frutas exóticas del sur, vinos del Imperio y panes del Principado.

En largas mesas cubiertas de terciopelo carmesí, los jóvenes conversaban animadamente.

Xiaolian y Meilin debatían sobre los avances en educación femenina en sus reinos, mientras Tao y Liang intercambiaban estrategias de combate con respeto amistoso.

Serenya hablaba con Weilan sobre la restauración de los puertos tras la guerra, y Siyana, observando a todos, sentía un calor nuevo en el pecho.

Era una escena que su padre soñaba: un continente unido no por tratados, sino por comprensión mutua.

A lo lejos, los músicos cambiaron el ritmo.

Comenzaban los juegos y danzas tradicionales.

Xiaolian sorprendió a todos al destacar en un juego de estrategia con fichas de jade, moviéndolas con precisión casi matemática.

Serenya, por su parte, cautivó a los invitados mostrando su destreza con el arco en una exhibición simbólica en los jardines.

Cada flecha que lanzaba impactaba en el centro del blanco, arrancando aplausos de admiración.

Siyana participó también, enseñando a algunos juegos típicos de Takrin.

Sus risas se mezclaban con las de sus invitados.

Por primera vez en mucho tiempo, el palacio vibraba con alegría pura, sin sombras de conflicto.

Durante el baile, el príncipe Tao pidió a Siyana compartir una danza tradicional de Xianbei.

Al principio ella dudó, pero al escuchar los acordes suaves y el ritmo elegante, aceptó.

Sus pasos fueron torpes al comienzo, pero Tao la guió con paciencia, provocando sonrisas entre los demás.

—Lo haces bien, alteza —dijo él con una leve inclinación—.

Aunque tus pasos hablen otro idioma, tu corazón entiende el ritmo.

Siyana se sonrojó levemente.

—Tal vez porque el lenguaje de la paz es el mismo en todas partes —respondió.

La frase fue simple, pero resonó entre los presentes como una verdad profunda.

En un continente que apenas había dejado las armas, esas palabras parecían una promesa.

— Al caer la noche, el cielo de Orevalle se tiñó de púrpura.

Desde los balcones del palacio, los fuegos artificiales comenzaron a iluminar el firmamento.

Los jóvenes herederos salieron a contemplar el espectáculo.

Las luces se reflejaban en los rostros de todos, revelando la mezcla de esperanza, admiración y respeto que había nacido entre ellos.

Siyana se apartó un momento del grupo y caminó hacia el balcón principal, donde el viento traía el aroma de los lirios del jardín.

Su madre se acercó en silencio.

—¿Estás feliz, hija mía?

—preguntó Sofía, colocándole una capa ligera sobre los hombros.

—Mucho, madre.

Pero más que por mí… por todos nosotros —respondió Siyana, mirando hacia el horizonte—.

Siento que este día no fue solo una celebración.

Fue un comienzo.

—Tienes razón —susurró Sofía—.

Hoy no celebramos solo tu nacimiento, sino el renacimiento de una generación que decidirá el futuro del continente.

Siyana sonrió, dejando que el viento acariciara su rostro.

A lo lejos, vio a Xiaolian reír con Meilin, a Tao y Liang conversando, a Serenya y Weilan compartiendo una copa.

Cada uno provenía de una tierra distinta, de culturas distintas, pero en ese instante, todos eran iguales: jóvenes con sueños, con heridas, con esperanza.

El eco de las campanas del puerto marcó la medianoche.

Lucian, el príncipe soberano, apareció en el balcón junto a ellas, observando en silencio.

—Siyana —dijo con voz grave, pero cargada de orgullo—, hoy has hecho más que celebrar.

Has dado el primer paso hacia una era donde el diálogo vale más que las armas.

Ella giró hacia su padre y, con una reverencia leve, respondió: —Entonces seguiré caminando, padre.

Aunque el camino sea largo, lo haré con fe.

Lucian la abrazó brevemente, y los tres contemplaron los fuegos artificiales que continuaban iluminando Orevalle.

Esa noche, entre risas, promesas y luces, nació una semilla invisible: la semilla de una nueva generación.

Aquella que algún día se enfrentaría a las decisiones más grandes de la historia del continente.

Siyana lo comprendió entonces.

Su cumpleaños no era el final de una celebración.

Era el comienzo del futuro.

Fin del Capítulo 5 – Cumpleaños de Siyana REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, los grandes cambios nacen en los días más simples.

El cumpleaños de Siyana no fue solo una fiesta, sino el símbolo de una nueva era: una generación que aprendió que la verdadera fortaleza no está en las armas, sino en tender la mano con respeto y esperanza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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