EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 198
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- Capítulo 198 - 198 Capítulo 7 – Los Herederos del Continente
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198: Capítulo 7 – Los Herederos del Continente 198: Capítulo 7 – Los Herederos del Continente La aurora se alzaba sobre el continente, tiñendo los cielos de dorado y carmesí.
Era el amanecer del cuarto día antes del gran encuentro en Arkena, y en cada nación, los gobernantes se preparaban para un momento ancestral: la entrega del bastón de mando a sus herederos.
No era una simple tradición.
Era un juramento entre generaciones, un acto sagrado en el que la herencia del poder se mezclaba con la herencia del deber.
El aire, en cada rincón del continente, vibraba con un mismo significado: los hijos estaban listos para custodiar el mundo que sus padres habían construido con guerra, sacrificio y esperanza.
Imperio del Dragón Dorado El sol nacía sobre los tejados curvados del Palacio de las Llamas Eternas, donde el mármol reflejaba la luz como fuego líquido.
En el Gran Salón del Dragón, el Emperador Jin Long se encontraba de pie frente a su hija, la princesa Xiaolian Long, quien se arrodillaba sobre el tapiz imperial.
A su alrededor, los ministros, sabios y consejeros aguardaban en solemne silencio.
El eco de un gong marcó el inicio de la ceremonia.
—Hija mía —dijo el Emperador, su voz resonando como un trueno suave—, el linaje del dragón recae ahora en tus manos mientras nos ausentamos.
Estas cuatro jornadas serás la voz del Imperio, su guardiana, su espíritu.
Suwei, el Gran Consorte, avanzó con paso tranquilo, portando entre sus manos un bastón de mando tallado en madera de cedro, coronado con un dragón de jade que parecía moverse bajo la luz.
Lo colocó sobre las manos de Xiaolian junto con el despacho dorado del mandato imperial, sellado con cera roja.
—Este bastón —susurró el Emperador, bajando la voz— me fue entregado por mi padre… y a él, por su padre.
Hoy pasa a ti.
Recuerda siempre, hija, que el poder no es un trono: es una carga sagrada que se sostiene con el corazón, no con la fuerza.
Xiaolian tembló ligeramente.
Las lágrimas amenazaban con brotar, pero su espíritu permaneció firme.
—Por la gloria del Imperio del Dragón Dorado… por el bien del pueblo… no fallaré —declaró, inclinando la cabeza hasta tocar el suelo.
Detrás de ella, los tres consejeros imperiales dieron un paso adelante y se arrodillaron: Mei Shan, Gran Consejera de Letras; Lao Ren, Maestro de Guerra; y Hao Lin, Custodio del Tesoro.
En ese instante, el viento cruzó el salón, haciendo danzar las antorchas y estremecer los estandartes del dragón.
El Imperio había depositado su confianza en la nueva generación.
Reino de Nanxi El Reino de los Cerezos despertaba bajo un cielo cubierto de nubes suaves.
En el Patio de los Cerezos Eternos, los pétalos caían lentamente como una bendición.
El Rey Heo y la Reina Emilia consorte esperaban a su hijo, el príncipe heredero Liang Wang, quien avanzó entre los árboles con un porte sereno.
Aquel día, el perfume de las flores se mezclaba con el peso del destino.
—Hijo —dijo el Rey, mientras tomaba un bastón tallado en madera oscura, con un pavo real dorado en su extremo—, los cerezos florecen aun después del invierno.
Así debe ser tu espíritu cuando el deber te doblegue.
Liang tomó el bastón con ambas manos y lo levantó hacia el cielo.
—Lo recordaré, padre.
La templanza y la lealtad son las raíces del Reino.
La Reina, con una sonrisa tranquila, añadió: —Recuerda que gobernar no es mandar… es servir.
Si alguna vez dudas, escucha al pueblo antes de escuchar al trono.
Los tres consejeros del reino inclinaron la cabeza ante el príncipe, sellando el inicio de su regencia temporal.
El viento levantó una lluvia de pétalos que cubrió el patio.
Liang, entre ellos, parecía un general de la paz, firme y puro.
Reino de Xianbei Las montañas del norte se alzaban cubiertas de hielo.
Dentro del Palacio del Viento Eterno, la reina Meiling observaba a su hijo, el príncipe Tao Zhoran, practicar con su espada antes de la ceremonia.
El salón estaba desnudo, salvo por el trono y un bastón forjado en hierro ennegrecido.
No había adornos, ni lujos.
Solo el eco del acero contra el suelo.
—La guerra nos enseñó que la fuerza no basta —dijo la Reina, acercándose—.
Hoy, te entrego el bastón del hierro.
No brilla, no seduce, pero jamás se quiebra.
Kaito Ren, el príncipe consorte, añadió con voz profunda: —El hierro resiste el fuego… así debe resistir tu alma ante la adversidad.
Tao tomó el bastón y lo apoyó en el suelo, golpeando tres veces con fuerza.
—Por Xianbei, por la nieve, por la paz —declaró solemnemente.
En aquel golpe metálico resonó toda la historia de su pueblo.
— Reino de Andshi En los Salones de Cristal Azul, la luz se filtraba a través de los vitrales, bañando de reflejos celestes a la princesa Meilin, que se arrodillaba frente a su madre, la Reina Selene.
Entre ellas, sobre un cojín de terciopelo blanco, reposaba un bastón de plata con una piedra de zafiro en la punta, que irradiaba una luz suave y constante.
—El bastón de Andshi es símbolo de compasión —dijo la Reina, colocando sus manos sobre las de su hija—.
Ser fuerte sin perder la ternura, hija mía, es el don más difícil que una gobernante puede poseer.
Meilin asintió, sus ojos reflejando la claridad del zafiro.
—Seré compasiva, pero justa —susurró—.
Y haré que la paz florezca incluso en los días más oscuros.
El consejo de Andshi, vestido de blanco, inclinó la cabeza en señal de aprobación.
Las campanas del palacio sonaron tres veces, anunciando que una nueva guardiana había sido elegida.
— Reino de Koryun Las montañas del sur rugían con el eco del viento.
En el Templo del Lobo Blanco, la princesa Alina Volker recibió su despacho en presencia del pueblo.
Su padre, el Rey Darian Volker, colocó en sus manos un bastón adornado con la figura de un lobo tallado en marfil, símbolo de sabiduría y resistencia.
—Gobierna como el lobo, hija —dijo el rey con voz grave—.
Firme en tus raíces, suave en tu sombra.
Quien escucha al bosque, jamás se pierde.
Alina sostuvo el bastón con firmeza.
—Seré la voz del bosque y el eco de mi gente —respondió, mirando el horizonte con serenidad.
Los monjes entonaron cánticos antiguos, y el sonido se expandió como un río de fe entre los valles.
Gran Ducado de Veyora En el Palacio de Cristal, el duque Edric Falecor y la duquesa Alejandra consorte entregaron el bastón a su hija, Serenya, heredera del Ducado.
El bastón tenía una empuñadura de cristal puro, dentro del cual brillaba la silueta de un unicornio, símbolo de pureza y justicia.
—Este bastón guía la verdad —dijo su madre—, pero también revela el alma de quien lo porta.
—Entonces, que mi alma nunca se corrompa —respondió Serenya.
El sol atravesó el cristal y bañó el salón en una luz plateada.
Los nobles presentes se inclinaron, y por un instante, Veyora pareció un gran ducado hecho de luz.
Principado de Takrin En los Jardines Rojos del Palacio, donde las flores parecían arder al sol, la princesa Siyana se encontraba ante el Consejo del Principado.
Su padre, el príncipe soberano Lucian, y su madre, la princesa consorte Sofía, la observaban con orgullo.
—Recuerda, hija mía —dijo Lucian con voz suave—, que gobernar no es solo mandar… sino sanar.
Sofía colocó en sus manos el bastón del búho, tallado en rubí y oro, símbolo de sabiduría nocturna.
Siyana lo sostuvo con firmeza.
Su mirada se alzó al cielo.
—No los defraudaré.
Que la sabiduría del búho me guíe incluso en la oscuridad —prometió.
El consejo entero inclinó la cabeza, y por un instante, las flores de Takrin parecieron inclinarse también.
Gran Ducado de Suryun En la terraza del Castillo de los Valles Nevados, el Gran Duque Roderic Atham colocó el bastón sobre las manos de su hijo Weilan, ante la mirada del pueblo reunido.
El bastón era simple, de madera blanca, pero en su empuñadura brillaba un león grabado a fuego.
—Este bastón no es poder, hijo —dijo el Duque—.
Es deber.
Cada decisión que tomes debe nacer del bien común, no del orgullo.
—Lo entiendo, padre —respondió Weilan, alzando el bastón hacia el cielo—.
Prometo ser digno del león que nos guía.
El pueblo estalló en vítores, y la nieve comenzó a caer lentamente, como si el invierno mismo bendijera su juramento.
A medida que los gobernantes partían hacia la Isla de Arkena, el continente entero contenía el aliento.
Era como si el viento mismo se detuviera, como si el mar esperara en silencio el desenlace de un destino inevitable.
Las banderas ondeaban lentamente sobre las fortalezas y los castillos, reflejando los colores de cada nación que, por primera vez en décadas, marchaban unidas bajo un propósito común.
Los herederos, desde el vasto Imperio hasta el último ducado, contemplaban el horizonte con una misma promesa latiendo en el pecho: no fallar.
Algunos apretaban los puños, otros cerraban los ojos en un breve rezo, y los más jóvenes observaban cómo los barcos se alejaban entre la niebla con una mezcla de orgullo y temor.
Las campanas resonaron una última vez, sus notas profundas viajando por los mares, los valles y las torres del continente.
Fue un sonido que no anunció guerra ni celebración, sino compromiso.
Cada eco llevaba consigo un juramento silencioso: continuar el legado, proteger lo que quedaba y honrar lo que se perdía.
> “Los padres partían al encuentro del destino… y los hijos, al encuentro de la historia.” REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, heredar un mundo es más difícil que conquistarlo.
Este capítulo no trata solo de bastones y coronas, sino de la carga invisible que cada generación recibe: la esperanza de no repetir los errores de quienes vinieron antes.
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