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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 199

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199: Capítulo 8 — La Llegada de los Gobernantes a la Isla Arkena 199: Capítulo 8 — La Llegada de los Gobernantes a la Isla Arkena El mar se extendía hasta donde alcanzaba la vista, brillante como un manto de plata bajo el sol naciente.

Las olas golpeaban con suavidad las costas de Arkena, la isla neutral del continente, donde el tiempo parecía suspenderse entre los suspiros del viento y los destellos dorados del amanecer.

El aire olía a sal, a pureza, a promesa.

Y el continente entero contenía el aliento, consciente de que aquel lugar era más que una isla: era el corazón donde se decidiría su destino.

Isla Arkena – El Santuario del Continente En medio del Gran Mar Internacional, se alzaba Arkena, una joya suspendida entre las aguas.

Era una tierra que no pertenecía a nadie, pero que todos veneraban.

Decían los antiguos que los animales sagrados descendieron una vez sobre esta isla, y que los dioses caminaron entre sus jardines, dejando su paz grabada en la piedra y el viento.

Por eso, ningún ejército podía pisarla armado, y ningún estandarte de guerra podía ondear en su suelo.

La brisa que la rodeaba tenía algo casi sobrenatural: calmaba las mentes, limpiaba los corazones.

Los viajeros decían que, al llegar a Arkena, el peso de las preocupaciones se volvía liviano, y el corazón encontraba silencio.

Pero también advertían que aquel que pisara la isla con odio o ansias de poder, sentiría su cuerpo volverse pesado y su mente, nublada.

Arkena elegía a quién escuchar, y a quién cerrar su oído.

— En el corazón de la isla se erguía el Gran Palacio Central, un coloso de mármol blanco y torres doradas que brillaban como espejos ante el sol.

Sus nueve puertas principales representaban los nueve países del continente, cada una tallada con símbolos antiguos: Un Dragón del imperio del dragón dorado, Un Pavo real del reino de Nanxi, Un Lobo blanco del reino de Koryun, Un Fenix del reino de Xianbei, Un Grifo del reino de Andshi, Un Águila de dos cabezas de la República federada de oshiran, Un León del Gran ducado de Suryun,Un Unicornio del Gran ducado de Veyora,y finalmente El Búho del Principado de Takrin.

Dentro, la Gran Sala del Consejo aguardaba con sus nueve tronos monumentales, dispuestos en un círculo perfecto.

Cada trono llevaba incrustado el emblema de su nación, pero todos estaban conectados por una única línea dorada en el suelo, que simbolizaba la unión.

En el centro, una gran mesa de cristal puro mostraba el mapa del continente grabado en luz, siempre cambiante, respirando con un pulso sagrado.

Alrededor del Palacio Central se alzaban nueve palacios menores, destinados a albergar a cada pareja gobernante durante los días de la Cumbre.

Cada uno estaba decorado con flores, esculturas y colores que evocaban su respectiva nación, aunque bajo una armonía común: nada en Arkena buscaba resaltar sobre lo demás.

El Gran Maestre de los Maestres Al norte de la isla, entre colinas verdes y lagos cristalinos, se encontraba el Palacio del Gran Maestre, el único habitante permanente de Arkena.

Aquel hombre, cuya edad parecía indescifrable, era el custodio de la neutralidad, el guardián de los acuerdos y el mediador entre naciones.

Vestía siempre túnicas blancas con bordes azules, el color de la imparcialidad.

En su pecho brillaba el emblema de Arkena: un círculo dorado dividido en nueve segmentos, que simbolizaba la unión del continente bajo la mirada de la paz.

La Guardia de Arkena, cincuenta soldados elegidos de manera equitativa entre los nueve países, patrullaban los caminos, torres y puentes.

Ninguno portaba insignias de su patria; sus armaduras eran blancas y sus capas grises.

Eran el reflejo viviente de la unidad, y su lealtad no era a ningún gobernante , sino a la isla misma.

— La Llegada de los Nueve Países El cielo comenzó a poblarse de sombras majestuosas.

Naves aéreas cruzaban las nubes como aves de hierro, mientras flotas diplomáticas cortaban el mar en formación solemne.

El rugido lejano de los motores se mezclaba con el canto del viento y el murmullo del oleaje.

El puerto principal, decorado con flores blancas y cintas doradas, se llenó de expectación.

El Gran Maestre de los Maestres aguardaba de pie al final del muelle, acompañado por sus heraldos.

Su presencia imponía respeto; su mirada, calma como el agua quieta, parecía abarcarlo todo.

Las trompetas resonaron tres veces, y el primer barco se acercó.

— El Imperio del Dragón Dorado El estandarte imperial ondeaba, mostrando un dragón dorado ascendiendo entre nubes.

El barco avanzó con elegancia perfecta, flanqueado por dos embarcaciones menores que llevaban ofrendas de seda y jade.

—¡Su Majestad, el Emperador Jin Long del Imperio del Dragón Dorado, junto a Su Alteza Imperial, el Gran Consorte Suwei Jinhai!

—anunció el heraldo con voz firme.

El Emperador descendió primero.

Su porte era imponente, su rostro sereno.

Su armadura ceremonial brillaba como escamas de oro bajo el sol.

Suwei, a su lado, vestía túnica blanca con bordes carmesí; su expresión era dulce, pero su mirada transmitía autoridad tranquila.

El Gran Maestre los recibió con una reverencia.

—Arkena los saluda, Guardianes del Dragón —dijo con solemnidad.

El Emperador inclinó la cabeza, colocando su mano sobre el corazón.

—Que la sabiduría guíe nuestras palabras —respondió.

Una melodía de flautas y tambores suaves acompañó su paso hacia el Palacio Central, bajo un arco de flores blancas y jade.

El Reino de Nanxi El siguiente barco avanzó majestuoso entre las aguas tranquilas, envuelto en un brillo sereno.

En la proa ondeaba la bandera blanca y verde del Reino de Nanxi, y sobre ella relucía el emblema dorado de un pavo real con la cola desplegada, sus plumas como un abanico que atrapaba la luz del sol.

Era un símbolo de belleza, orgullo y prosperidad, la imagen de una nación que cuida sus tradiciones y su esplendor.

Los estandartes ondeaban con elegancia, dejando un rastro de colores sobre el mar como si la brisa dibujara un tapiz en el agua.

Desde la cubierta, los acompañantes vestían atuendos de tonos claros y verdes, y los músicos interpretaban melodías solemnes con la cadencia de flautas y timbales, evocando la gracia del pavo real en cada nota.

A cada remo, la presencia del Reino de Nanxi se imponía con calma y orgullo: refinado, majestuoso, lleno de promesa.

—¡Su Majestad el Rey Heo Wang y Su Majestad la Reina consorte Emilia Hana!

Ambos descendieron tomados de la mano.

El Rey, vestido con tonos plateados, tenía un semblante sereno; su mirada reflejaba sabiduría.

La Reina, con un vestido azul celeste que se movía como el agua, sonreía con bondad a los presentes.

El Gran Maestre los saludó con una leve inclinación.

—Que la armonía de Nanxi florezca también aquí —les dijo.

La Reina respondió con voz suave: —La paz siempre florece donde hay respeto, Gran Maestre.

El Rey asintió, y juntos siguieron el sendero de pétalos hacia su palacio, donde las fuentes cantaban melodías de bienvenida.

— El Reino de Xianbei Desde el este, una aeronave escarlata descendió con majestuosidad, dejando tras de sí una estela luminosa que cruzó los cielos como una llamarada viva.

Su forma era imponente y grácil al mismo tiempo, recordando las alas extendidas de un fénix en pleno vuelo, símbolo eterno de renacimiento, poder y gloria.

En lo alto, ondeaba el estandarte rojo del Reino de Xianbei, con el emblema dorado del fénix abrazando un sol naciente.

Cada pliegue de la tela parecía arder con luz propia, reflejando la esencia ardiente de su pueblo.

Desde la cubierta, las vestiduras carmesí de los emisarios relucían al sol, y un sonido profundo de cuernos ceremoniales resonó en el aire, como si anunciara la llegada de la esperanza y el fuego eterno de su nación.

—¡Su Majestad la Reina Meling del Reino de Xianbei, acompañada por Su Alteza el Príncipe Consorte Kaito Ren!

La Reina descendió, su cabello oscuro moviéndose con el viento.

Su mirada era firme, pero su andar ligero, casi etéreo.

Kaito Ren la siguió, con porte sereno y sonrisa cortés.

El Gran Maestre hizo una reverencia.

—El viento del este sopla con nobleza hoy —dijo.

La Reina sonrió apenas.

—Que sople con justicia también —respondió ella, antes de avanzar con elegancia hacia el Gran Palacio.

El Reino de Andshi El cuarto barco arribó cubierto de velas blancas nacaradas, que reflejaban la luz del sol como espejos líquidos sobre el mar.

Cada pliegue brillaba con una pureza casi celestial, y en el mástil principal ondeaba la bandera del Reino de Andshi, blanca como la nieve de las montañas que custodiaban sus fronteras.

En el centro, bordado en hilo dorado, se alzaba un grifo majestuoso, símbolo de la nobleza, el coraje y la vigilancia eterna de su pueblo.

Las figuras que descendían del barco portaban túnicas claras con detalles dorados, y sus pasos resonaban con una calma solemne.

El viento del puerto pareció inclinarse ante la llegada del estandarte, y por un instante, la luz del sol hizo que el grifo bordado reluciera como si cobrara vida, desplegando sus alas en un rugido silencioso de orgullo y gloria.

Su Majestad la Reina Selene y Su Alteza la Princesa Consorte Valentina Mei!

Las dos descendieron tomadas de la mano.

La Reina, con una corona sencilla de flores blancas, irradiaba calma.

Valentina, con túnica azul pálido, caminaba con un aura de ternura y firmeza.

El Gran Maestre las recibió con una sonrisa cálida.

—El mar refleja pureza cuando el corazón no conoce sombra —dijo.

Selene respondió con serenidad: —Entonces, que el corazón del continente aprenda a reflejar su propia luz.

Sus pasos fueron acompañados por un suave sonido de campanas cristalinas.

El Reino de Koryun Desde el norte, un navío imponente emergió entre la neblina como una sombra antigua despertando del hielo.

Sus velas gris acero se tensaban al viento, y el emblema del lobo blanco bajo una luna plateada ondeaba en el mástil central, brillando con un fulgor gélido que parecía venir del propio cielo del norte.

El estandarte de Koryun, mitad gris y mitad blanco, representaba el equilibrio entre la ferocidad y la pureza; el alma salvaje y la sabiduría ancestral de su gente.

Los gobernantes a bordo vestían pieles claras y armaduras relucientes, y al descender, el puerto pareció estremecerse con el eco de un aullido distante —el llamado del norte, la voz del lobo que nunca olvida.

—¡Su Majestad el Rey Darian Volker y Su Alteza el Príncipe Consorte Matteo Riku!

Ambos descendieron con solemnidad.

El viento del norte agitaba sus capas mientras sus ojos analizaban cada detalle con precisión militar.

El Gran Maestre inclinó la cabeza.

—El norte siempre guarda la verdad del acero y del corazón.

Darian respondió: —Y ambos deben mantenerse templados.

Su paso resonó fuerte sobre el muelle, símbolo de fuerza y lealtad.

— El Principado de Takrin El mar se tiñó de sombras y reflejos azulados cuando el navío del Principado de Takrin apareció en el horizonte.

Su estandarte, un búho plateado de alas abiertas sobre un fondo azul oscuro como la noche, resplandecía con una luz tenue, casi mística, que parecía observarlo todo.

El Príncipe Soberano Lucian descendió con paso firme, su capa ondeando al viento como una sombra estelar.

A su lado, Sofía, serena y elegante, llevaba un vestido del mismo azul profundo que la bandera, adornado con finos hilos de plata que evocaban las plumas del búho.

Ambos irradiaban una calma contenida, la sabiduría de quienes observan antes de actuar, la serenidad de aquellos que guardan los secretos del mundo.

El puerto pareció silenciarse a su paso; incluso el mar, en ese instante, contuvo su rumor.

Porque Takrin no llegaba con ruido ni con fuego, sino con la mirada atenta del búho nocturno que todo lo ve, incluso en la oscuridad.

—¡Sus Altezas Serenísimas el Príncipe Soberano Lucian y la Princesa Consorte Sofía!

Lucian descendió con paso firme; su rostro reflejaba autoridad.

Sofía, elegante y serena, caminó a su lado con una calma que imponía respeto.

Sus manos, unidas brevemente, revelaban un lazo invisible de fuerza mutua.

El Gran Maestre los recibió con voz profunda: —Que el fuego de Takrin arda solo para iluminar, nunca para consumir.

Lucian asintió con respeto.

—Así será, mientras haya justicia.

El Gran Ducado de Suryan La séptima embarcación llegó escoltada por barcos menores, avanzando con la serenidad de quien sabe que su sola presencia impone respeto.

Sus velas amarillas y blancas reflejaban el sol con tanta fuerza que el mar parecía abrirle paso, y el aire se llenó de destellos dorados.

En lo alto ondeaba el estandarte del león coronado, símbolo eterno del valor y la nobleza de Suryan.

Cuando el barco atracó, los marineros se cuadraron, golpeando sus lanzas contra el suelo en señal de honor.

De entre la brillante luz descendieron Su Gracia el Gran Duque Roderic y Su Gracia el Gran Duque Consorte Bruno Sora, vestidos con túnicas de tonos dorados y blancos, bordadas con hilos que parecían capturar la misma luz del mediodía.

Ambos sonreían con confianza, irradiando camaradería y respeto.

El Gran Duque Roderic saludó con una leve inclinación al Gran Maestre, Su llegada traía un aire de optimismo, como si la calidez del sol hubiese decidido tomar forma humana para acompañar la Cumbre.

Porque Suryan era eso: fuerza y luz, coraje y bondad.

Y aquel día, el rugido del león dorado resonó sin necesidad de ser oído.

—¡Su Gracia el Gran Duque Roderic y Su Gracia el Gran Duque Consorte Bruno Sora!

Ambos descendieron riendo suavemente, con la naturalidad de quienes saben gobernar sin miedo.

El Gran Maestre los saludó con un gesto amable.

—El sol de Suryan siempre llega con esperanza.

Roderic respondió: —Y esperanza es lo único que no se negocia.

Sus pasos fueron acompañados por el sonido de tambores y risas, símbolo de amistad entre naciones.

— El Gran Ducado de Veyora El penúltimo barco apareció surcando el horizonte con la gracia de un sueño hecho realidad.

Sus velas color violeta profundo ondeaban suavemente, y al reflejar la luz del sol, creaban destellos iridiscentes que bañaban el mar en tonos de amatista.

En lo alto, el estandarte del unicornio plateado brillaba con majestad, su silueta refulgiendo contra el cielo claro como un presagio de nobleza y sabiduría.

Los marineros guardaban un silencio solemne, como si supieran que la embarcación llevaba no solo soberanos, sino también un símbolo de esperanza.

Cuando el barco tocó el muelle, un viento dulce sopló desde el oeste, levantando pétalos de flores lanzados por los heraldos de Arkena.

—¡Su Gracia el Gran Duque Edric Falcor y Su Gracia la Gran Duquesa Consorte Alejandra Falcor!

—anunció la voz del heraldo.

Ambos descendieron del barco con elegancia serena.

El Gran Duque Edric, de porte firme y mirada templada, caminaba al lado de Alejandra, cuya presencia irradiaba calma y un brillo casi etéreo.

Ella vestía un manto de seda perlada con bordes dorados que reflejaban la luz del sol como si una constelación la acompañara.

El Gran Maestre inclinó la cabeza con respeto; no todos los días la sabiduría de Veyora tocaba tierra neutral.

El aire pareció volverse más claro, más puro, como si el unicornio que representaba a su pueblo bendijera el suelo bajo sus pasos.

Porque Veyora no solo era una nación pura , sino una cuna de conocimiento y equilibrio, donde la magia y la razón caminaban de la mano.

Ambos descendieron con paso elegante y mirada firme.

Edric, con túnica gris perla, irradiaba autoridad tranquila; Alejandra, con un vestido translúcido adornado con filamentos dorados, reflejaba inteligencia y nobleza.

El Gran Maestre los recibió con respeto.

—Que la justicia de Veyora brille como su cristal.

Alejandra sonrió apenas.

—Y que nunca se rompa bajo presión.

La República Federada de Oshiran Por último, una embarcación roja y dorada emergió entre las olas con la imponente serenidad de quien lleva sobre sí el peso de las decisiones.

Su casco relucía al sol, y las velas carmesí se desplegaban lentamente, mientras en lo alto ondeaba el estandarte de la República Federada de Oshiran: un águila de dos cabezas, dorada sobre fondo rojo, extendiendo sus alas con solemnidad.

El puerto guardó silencio.

Aquel símbolo —de poder y de vigilancia, de orgullo y reconciliación— recordaba a todos los presentes que, aunque las heridas aún estaban frescas, Oshiran había elegido acudir a la Cumbre con la frente en alto.

—¡Su Excelencia el Canciller Federico Verek y su esposa, Isabella Verek!

Ambos descendieron en silencio.

Federico saludó con solemnidad; Isabella lo acompañó con una sonrisa serena.

Aun con las tensiones pasadas, su presencia era símbolo de reconciliación.

El Gran Maestre los saludó con voz suave: —Que la palabra sea hoy más fuerte que la espada.

Federico respondió: —Así lo juro, en nombre de mi pueblo.

— El Llamado del Consejo Cuando el último gobernante pisó tierra, el Gran Maestre levantó las manos.

Su voz resonó con una calma antigua: —Bienvenidos, soberanos y guardianes del continente.

Hoy, en esta tierra sin dueño, los nueve países se reúnen no como rivales, sino como custodios de la paz.

Que Arkena bendiga cada palabra, y que los corazones permanezcan puros durante esta Cumbre.

Las campanas sagradas sonaron tres veces.

El eco se expandió sobre el mar, viajando hasta las costas del continente.

Los pájaros alzaron vuelo.

Las olas rompieron con un suspiro suave.

Y en los nueve palacios, las luces comenzaron a encenderse una a una, como estrellas que anunciaban un nuevo amanecer.

Esa noche, el cielo sobre Arkena ardió en tonos violetas y dorados.

Los gobernantes observaron el horizonte desde sus balcones, en silencio.

Sabían que al amanecer siguiente, la Cumbre de Arkena comenzaría, y que allí, entre palabras y promesas, el destino del continente volvería a decidirse.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Arkena no es solo una isla: es el espejo donde los poderosos se enfrentan a sí mismos.

Este capítulo me recordó que incluso en medio del esplendor, la verdadera grandeza no está en llegar… sino en cómo se pisa la tierra sagrada del destino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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