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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 200

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200: Capítulo 9 – El Juramento de las Coronas 200: Capítulo 9 – El Juramento de las Coronas El amanecer se reflejaba sobre las cúpulas doradas del Gran Palacio Central, tiñendo el cielo de tonos ámbar y escarlata.

Las campanas de la Isla de Arkena comenzaron a sonar con lentitud solemne, extendiendo su eco sobre el mar, los acantilados y los jardines donde el rocío todavía brillaba.

Era el primer día de la Cumbre de Arkena, y el aire estaba impregnado de una sensación sagrada, una mezcla de esperanza y gravedad.

En ningún otro lugar del continente se sentía el peso del destino como allí.

Los caminos que conducían al Gran Salón estaban cubiertos con estandartes sin emblemas, blancos y dorados, símbolo de neutralidad y paz.

Nadie era más grande que otro en esa tierra.

Ni emperadores ni reyes ni duques: todos habían sido convocados por igual, bajo la mirada de los animales sagradas.

Los guardias de la isla, vestidos con armaduras de plata, mantenían silencio absoluto.

Solo el viento se atrevía a moverse entre las columnas, como si incluso la naturaleza respetara la solemnidad de aquel instante.

A lo lejos, las delegaciones avanzaban.

Los pasos de los soberanos resonaban sobre el mármol.

Cada sonido parecía medir el pulso del mundo.

— La Tradición de la Entrega El Gran Maestre de los Maestres aguardaba al pie de las escalinatas del Palacio Central.

Su túnica blanca se movía suavemente con la brisa, y en sus manos sostenía el bastón de mando de Arkena, tallado en un cristal ancestral que brillaba como el hielo bajo el sol.

Su voz, profunda y resonante, se alzó cuando los gobernantes comenzaron a llegar, uno tras otro.

—Como dicta la tradición ancestral —dijo—, antes de entrar al Gran Salón de los Nueve Tronos, cada soberano deberá dejar sus símbolos de poder.

Las palabras flotaron en el aire, atravesando los corazones de quienes lo escuchaban.

—Las coronas, que representan su autoridad sobre las naciones —continuó—, y las espadas, que simbolizan su deber de proteger, serán entregadas aquí, para que en esta tierra no haya armas ni emperadores ni reyes ni duques … sino solo iguales.

A su alrededor, las sacerdotisas de Arkena entonaron un canto antiguo, bajo y profundo, que parecía nacer de las piedras mismas.

Uno tras otro, los gobernantes se inclinaron ante el altar de piedra blanca.

El Emperador Jin Long, del Imperio del dragón dorado, fue el primero.

Retiró su corona dorada —cuyo diseño imitaba las alas de un dragón— y la depositó con solemnidad.

Luego, desenvainó la espada imperial del dragón, una hoja forjada con acero celestial.

El reflejo del arma cruzó el altar como un relámpago de oro antes de descansar sobre la piedra.

El Rey Heo Wang de Nanxi, con gesto sereno, colocó su espada y su corona decorada con plumas de pavo real, símbolo de sabiduría y vigilancia.

La Reina Meling de Xianbei, cubierta por un manto rojo adornado con hilos de oro, bajó la cabeza.

En silencio reverente, dejó su corona de fénix y la espada ceremonial que representaba el renacer de su pueblo.

El Rey Darian de Koryun retiró su capa de guerra antes de depositar su corona.

Su emblema, un lobo blanco bajo la luna, brillaba sobre la empuñadura de su espada.

El eco de las voces se desvaneció cuando la Reina Selene de Andshi avanzó hacia el centro del gran salón.

Sus pasos eran suaves, pero cada uno resonaba con la dignidad de un linaje milenario.

La luz de los candelabros se reflejaba en su corona —una joya de oro trenzado, coronada por la figura de un grifo alado, símbolo eterno de la soberanía de Andshi.

Sin pronunciar palabra, Selene alzó ambas manos, y el silencio se hizo aún más profundo.

Con un gesto lento y solemne, retiró la corona de su cabeza.

Luego, el Príncipe Lucian de Takrin avanzó.

Sus pasos eran firmes, pero su mirada mostraba el peso de la juventud.

Colocó su corona de búho y la espada de su linaje, símbolo de sabiduría y vigilancia eterna.

El Gran Duque Roderic de Suryan siguió, dejando su corona amarilla y blanca, grabada con el rugido de un león.

El Gran Duque Edric de Veyora, con porte tranquilo, depositó su corona violeta, coronada por un unicornio tallado en cristal.

Finalmente, el Canciller Federico de la República Federada de Oshiran se acercó con dignidad sobria.

No traía corona, sino su bastón de mando, símbolo del gobierno compartido de su pueblo.

Lo colocó junto a las espadas y las coronas, y luego inclinó la cabeza.

Nueve símbolos sobre el altar: ocho coronas, ocho espadas y un bastón.

Nueve juramentos sellados bajo la mirada eterna de Arkena.

A un costado, el Archilector de Arkena, vestido con una capa azul celeste, abrió el Pergamino de las Cumbres, un manuscrito que registraba siglos de alianzas y decisiones que habían moldeado la historia del continente.

Su voz, profunda y tranquila, resonó con la autoridad del tiempo: —“En este suelo sagrado, las voces de los nueve se unirán como una sola.

Ninguna espada se alzará, ninguna corona reinará.

Solo la sabiduría guiará al continente.” Los soberanos asintieron, comprendiendo que en ese momento ya no eran reyes ni emperadores, sino custodios del destino común.

El Gran Maestre levantó su bastón.

—Por costumbre y respeto, solo los gobernantes y el Archilector entrarán al Gran Salón.

Las parejas soberanas serán guiadas a la Sala de la Armonía, donde celebrarán su propio consejo.

Que las decisiones de ambos caminos se reflejen en la unidad del continente.

Las puertas del Gran Salón se abrieron con un rugido lento y majestuoso.

Los soberanos cruzaron el umbral sin corona, sin espada… pero con el peso del mundo sobre sus hombros.

— El Consejo de los Nueve El Gran Salón era vasto, circular, con columnas de cristal que capturaban la luz del amanecer y la dispersaban en mil tonos de azul.

En el centro, una llama azul flotaba en el aire: la Llama de Arkena, símbolo de verdad y claridad.

Los nueve tronos formaban un círculo perfecto, tallados en piedra blanca y sin emblemas, iguales ante la llama.

El Archilector se situó en el centro, sosteniendo el pergamino.

—En nombre de Arkena —declaró—, damos inicio al primer día de la Cumbre.

Los temas a tratar son tres: 1️⃣ La revisión del conflicto entre el Principado de Takrin y la República Federada de Oshiran.

2️⃣ La restauración de las rutas comerciales del continente.

3️⃣ La reanudación de los Juegos Anuales del Continente.

Un silencio expectante cubrió el salón.

El primero en hablar fue el Rey Heo Wang de Nanxi, cuya voz, tranquila pero firme, llenó la sala.

—La República atacó al Principado hace dos años.

Muchos inocentes murieron.

Es necesario imponer una sanción, para que el equilibrio no se pierda.

El Gran Duque Roderic se enderezó en su asiento.

—Si hablamos de sanción —dijo—, recordemos que los ducados no declararon guerra.

Apoyamos con recursos, sí, pero nunca con tropas.

Castigarnos a todos sería injusto.

La tensión se palpaba.

Los ojos del Emperador Jin Long se entrecerraron ligeramente.

—El Imperio no olvida la sangre derramada —dijo—, pero tampoco puede permitirse nuevas heridas.

Una sanción económica afectaría a todos, incluso a quienes nada tuvieron que ver.

El Rey Darian de Koryun apoyó ambas manos sobre la mesa circular.

—Coincido con Su Majestad Imperial.

La guerra dejó cicatrices en todos nosotros.

Si castigamos más, solo abriremos heridas que el tiempo apenas empieza a cerrar.

Los murmullos crecieron.

La Reina Meling observaba en silencio, analizando los gestos de cada uno.

El Canciller Federico habló con voz grave: —No niego los errores de la República —dijo—.

Pero mi pueblo ha sufrido hambre y pérdida.

Ya hemos pagado con lágrimas lo que otros quieren cobrar con oro.

Un silencio denso cayó sobre la sala.

El sonido del fuego azul crepitando fue lo único que se escuchó durante un instante.

Finalmente, el Archilector habló: —Las palabras han sido dichas.

El continente escucha.

De los nueve países, cinco apoyaron la moción imperial: mirar hacia adelante, sin sanción inmediata, pero con advertencia formal.

La decisión fue sellada con el fuego azul.

Luego, el debate giró hacia los comercios internacionales.

La Reina Meling propuso abrir rutas marítimas conjuntas entre los reinos, donde cada nación compartiría parte de sus puertos bajo supervisión de Arkena.

El Gran Duque Edric sugirió crear una moneda neutral, el “Sello de Arkena”, que se usaría en las transacciones entre países para evitar conflictos de valor.

Las discusiones se prolongaron por horas.

La tensión se mezclaba con diplomacia, y el fuego azul parecía arder con más fuerza a medida que el sol se movía sobre la cúpula del salón.

Finalmente, el Emperador Jin Long se levantó.

—Hay un tema que no puede esperar —dijo—.

Su tono cambió la atmósfera.

Los demás se inclinaron hacia adelante.

—El Juego Anual del Continente.

La guerra lo suspendió, pero el pueblo necesita esperanza.

No podemos pedirles que crean en la paz si no les damos una razón para celebrarla.

El Gran Duque de Veyora se puso de pie.

—El Ducado de Veyora se ofrece como anfitrión —dijo solemnemente—.

Haremos de los Juegos un símbolo de unidad.

Que compitan los jóvenes no por gloria, sino por paz.

El Archilector asintió con un gesto de respeto.

—Así será registrado.

Las plumas comenzaron a moverse sobre el pergamino con tinta dorada.

Cuando el último trazo se secó, la llama azul parpadeó… como si el fuego mismo aprobara la decisión.

El primer día de la Cumbre había concluido.

— La Sala de la Armonía Mientras tanto, en una sala adyacente cubierta por flores de cristal, las parejas soberanas mantenían su propio consejo.

No se hablaba allí de sanciones ni tratados, sino de humanidad.

La Princesa Sofía de Takrin habló primero, con voz serena y mirada firme: —Nuestros esposos toman decisiones que cambian el mundo —dijo—.

Pero somos nosotros quienes lo mantenemos unido.

Su tono era suave, pero sus palabras tenían peso.

La Reina Emilia Hana de Koryun sonrió con dulzura.

—Quizá no llevemos coronas en esta sala —respondió—, pero somos la raíz que impide que el árbol caiga.

Risas leves llenaron el aire.

Las soberanas compartieron historias de sus pueblos, sus temores y esperanzas.

Entre copas de té y pétalos brillando bajo la luz, la tensión se disolvió.

Allí, en esa calma, el continente respiraba por fin.

Porque aunque no empuñaban espadas, ellas también gobernaban —a su modo, en silencio— con el poder invisible de sostener el alma de los reinos.

— Cuando cayó la noche, las campanas de Arkena sonaron tres veces.

El fuego azul del Gran Salón seguía ardiendo, iluminando los rostros de los guardianes del futuro.

El primer día había terminado, pero el eco de las promesas seguía vibrando en las paredes.

Afuera, el viento del mar soplaba suave, llevando las palabras de la jornada a todos los rincones del continente.

La Cumbre de Arkena apenas comenzaba.

Y con ella, el destino de un mundo entero.

Fin del Capítulo 9 – El Juramento de las Coronas REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo, los gobernantes dejaron sus coronas, y los dioses callaron para escuchar al hombre.

A veces, la verdadera fuerza no está en portar el poder, sino en saber cuándo ponerlo a un lado por algo más grande que uno mismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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