EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 201
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- Capítulo 201 - 201 Capítulo 10 – Los Acuerdos del Amanecer
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201: Capítulo 10 – Los Acuerdos del Amanecer 201: Capítulo 10 – Los Acuerdos del Amanecer El amanecer se extendía sobre la Isla Arkena como un lienzo de oro líquido.
Las olas del Gran Mar Internacional golpeaban las costas con una cadencia lenta, casi ritual, y el aire, cargado de sal y silencio, parecía contener el suspiro de los dioses.
A lo lejos, las torres del Gran Palacio Central se erguían entre luces y sombras, cubiertas por el resplandor naciente.
Las campanas sagradas resonaban con un eco profundo, marcando el segundo día del Cónclave de los Nueve.
Dentro de los muros de mármol y cristal, los gobernantes del continente despertaban al peso de la historia.
Era el día de las decisiones.
El día en que los destinos de las naciones volverían a entrelazarse.
En la cámara oriental, el Emperador Jin Long observaba el horizonte desde su balcón.
El viento agitaba su capa dorada con la suavidad de un dragón dormido.
A su lado, Suwei Jinhai, el Gran Consorte, acomodaba con delicadeza el manto imperial, cuidando cada pliegue como si fuera un acto de devoción.
—La paz… —murmuró Jin Long, sin apartar la vista del mar—.
Todos la nombran, pero pocos saben cargar su peso.
Suwei lo miró con una calma serena.
Su voz fue un hilo de luz entre las sombras.
—La paz no se firma, mi amor —dijo suavemente—.
Se construye cada día, incluso con las decisiones que nadie ve.
El emperador sonrió apenas, pero en sus ojos había fuego.
—La República debe reconocer la soberanía del Principado.
Si no lo hace, esta tregua será solo una pausa entre guerras.
—Entonces haz que lo firmen —respondió Suwei—.
Pero no los humilles.
Si los sometes, volverán con rencor.
Si los comprendes, firmarán por voluntad.
Que esa firma no sea una cadena, sino una promesa.
Jin Long lo miró en silencio.
Las palabras de Suwei lo atravesaron como el filo de una verdad sencilla.
El viento trajo el aroma del mar, mezclado con el incienso del templo imperial.
En ese instante, comprendió que lo que estaba en juego no era solo la paz del continente, sino el alma misma de sus pueblos.
Mientras tanto, en el ala occidental, el Príncipe Lucian de Takrin y la Princesa Sofía compartían su desayuno frente a una ventana abierta al mar.
La brisa jugaba con los pliegues del vestido de ella, y el aroma del pan recién horneado se mezclaba con el salitre.
—¿Crees que aceptarán firmar la carta de no agresión?
—preguntó Sofía, con una mezcla de esperanza y duda.
Lucian bebió un sorbo de té antes de responder.
—No lo sé.
Pero deben hacerlo.
No por mí, ni por el trono, sino por Siyana… y por los niños que no deberían crecer entre ruinas.
Sofía tomó su mano y la apretó suavemente.
—Entonces pídeles más que una firma —susurró—.
Pídeles una promesa ante los dioses.
Que el continente recuerde que el perdón no es debilidad, sino fuerza.
Lucian la observó, y en sus ojos vio la misma luz que lo sostuvo durante los días más oscuros de la guerra.
En su mirada, encontró un futuro posible.
Y comprendió que sin ella, ningún trono tendría sentido.
En el centro del palacio, el Gran Maestre de Arkena se alzó frente a los nueve soberanos.
Su bastón ceremonial, de madera blanca y oro, golpeó tres veces el suelo.
El sonido se expandió por las bóvedas como el eco de un trueno sagrado.
Las puertas del Gran Salón se abrieron lentamente.
Uno a uno, los gobernantes cruzaron el umbral, sin coronas, sin espadas, sin escoltas.
Solo ellos, y el peso de su palabra.
El Archilector de Arkena se colocó junto al Gran Maestre.
Su voz profunda resonó con solemnidad: —Por orden de los Nueve Tronos, da comienzo el segundo día del Cónclave de la Isla Arkena.
Que cada palabra pronunciada hoy quede sellada en la memoria de la historia.
El aire se volvió denso.
Las miradas cruzadas eran tan filosas como las antiguas espadas que ahora descansaban en silencio.
El primer tema: el Comercio Internacional.
Luego: las rutas marítimas, las fronteras, y finalmente, el Juego Anual del Continente, suspendido desde la última guerra.
El Rey Heo Wang de Nanxi fue el primero en ponerse de pie.
Su voz, firme pero cálida, resonó entre las columnas.
—El pueblo necesita alegría.
Si los juegos vuelven, que sean un símbolo de unión, no de competencia.
El Emperador Jin Long asintió.
—Y que se realicen en un territorio que encarne la reconciliación.
—El Gran Ducado de Veyora —agregó— es el lugar ideal.
Hubo murmullos, miradas, leves asentimientos.
Pero entonces, el Rey Darian de Koryun se levantó, con una sonrisa enigmática.
—Propongo algo diferente —dijo—.
Dejemos que nuestras parejas elijan la ciudad anfitriona.
El salón se quedó en silencio.
—Si nosotros representamos la fuerza —continuó—, ellas representan el equilibrio.
El corazón del pueblo late al compás de sus manos.
Un silencio reverente se apoderó del salón.
El Gran Maestre lo observó, sorprendido, pero complacido.
Luego asintió.
—Así será —proclamó—.
Que las consortes y príncipes consortes decidan el lugar donde los pueblos del continente volverán a unirse en alegría y paz.
El Archilector levantó su pluma sobre un pergamino sagrado.
Su voz marcó el ritmo solemne del registro histórico: 1.
La República Federada de Oshiran deberá firmar la Carta de No Agresión y Reconocimiento Soberano del Principado de Takrin.
2.
Los acuerdos comerciales serán revisados en el próximo día de sesión.
3.
La elección de las ciudades anfitrionas de los Juegos Anuales recaerá en las parejas reales y ducales reunidas en la Sala Menor.
El Gran Maestre selló el pergamino con los nueve sellos imperiales.
El sonido del metal caliente contra la cera se mezcló con el murmullo de las antorchas.
Una mensajera vestida de blanco apareció desde el fondo del salón.
Su andar era sereno, casi flotante.
Tomó el pergamino con ambas manos e inclinó la cabeza ante los soberanos.
El silencio fue absoluto.
Mientras caminaba por el corredor de mármol, las flamas doradas iluminaban su paso.
A través de las vidrieras, el sol del amanecer se filtraba como un río de fuego y esperanza.
Las puertas de la Sala Menor se abrieron ante ella.
Dentro, las consortes y príncipes consortes aguardaban, rodeados por cortinas translúcidas y el perfume de flores recién cortadas.
Al verla entrar, todas se pusieron de pie.
La mensajera se inclinó profundamente y anunció con voz clara: —Sus Altezas Reales… y Su Alteza Imperial… el futuro del Juego Anual ahora está en sus manos.
El eco de sus palabras pareció viajar más allá de los muros, cruzando los jardines, los mares y las montañas.
Cada nación sintió, aunque no lo supiera, que en ese instante nacía algo nuevo.
Una promesa.
Una esperanza.
Afuera, el sol ascendía sobre Arkena.
Las campanas del templo mayor repicaron tres veces.
Los estandartes ondeaban con el viento, reflejando los colores de cada pais: morado, azul oscuro, rojo, blanco y verde, amarillo y blanco, rojo y dorado,gris y blanco, violeta , blanco… Todos distintos, pero todos brillando bajo la misma luz.
En lo alto del balcón imperial, Jin Long volvió a mirar el horizonte.
La bruma matinal se deslizaba sobre el mar como un velo de plata, y el sol naciente teñía el cielo de tonos ámbar y rosados.
Desde allí, la Isla Arkena parecía un corazón palpitante entre las aguas, una tierra que respiraba después de siglos de heridas.
El Emperador apoyó ambas manos sobre la baranda fría de mármol.
Sus dedos temblaron apenas.
No de miedo, sino de la extraña sensación de haber sobrevivido.
Abajo, los jardines del palacio despertaban lentamente: los sirvientes abrían los ventanales, los guardias formaban en silencio, y el canto de los pájaros volvía a llenar los patios.
A su lado, Suwei Jinhai se acercó sin decir palabra.
Su sombra se mezcló con la del Emperador, como si ambos compartieran la misma forma, el mismo aliento.
Se quedaron así un momento, observando cómo la luz tocaba las torres, los puentes y las aguas quietas del puerto.
—Parece que el mundo respira de nuevo —dijo finalmente Suwei, con voz suave.
Jin Long cerró los ojos un instante.
Escuchó el rumor del mar, el eco lejano de las campanas y el murmullo de la vida que renacía.
—Sí —respondió con una sonrisa apenas visible—.
Pero aún no debemos dormirnos.
La paz es frágil… como el cristal antes de templarse.
Suwei asintió, girando su rostro hacia él.
—Entonces aprendamos a templarla.
No con fuego, sino con esperanza.
—Sus ojos brillaron, reflejando el amanecer—.
No se trata solo de gobernar, mi amor… sino de cuidar el sueño que compartimos con millones de almas.
El viento sopló con fuerza, haciendo ondear los estandartes dorados que colgaban del balcón.
Jin Long se volvió hacia Suwei, lo tomó entre sus brazos y apoyó la frente contra la suya.
En ese silencio, no eran emperador y consorte, ni figuras de historia: eran dos hombres que, después de tantas batallas, habían encontrado un instante de calma.
—¿Y si el mundo vuelve a romperse?
—preguntó Jin Long, en un murmullo apenas audible.
Suwei sonrió, y su respuesta fue tan simple como eterna: —Entonces lo reconstruiremos.
Como siempre lo hemos hecho.
El Emperador lo abrazó con una ternura que solo los dioses podrían entender.
A lo lejos, el sonido del mar se confundía con el de las campanas del templo mayor.
El sol, ya alto, se reflejaba en los tejados del palacio y en los sellos imperiales recién estampados sobre el pergamino de los acuerdos.
Aquella luz dorada se extendía hacia el horizonte, cruzando mares y montañas, como una bendición silenciosa que tocaba cada rincón del continente.
Y mientras el día nacía por completo, el continente de los Nueve volvía a creer, por un instante, que la paz era posible.
No una paz impuesta, sino una que nacía del entendimiento, del amor y del cansancio compartido de tantos años de guerra.
La brisa levantó el último pétalo de una flor caída sobre el balcón.
Jin Long lo observó elevarse hacia el cielo, y pensó que quizás, solo quizás, ese pequeño gesto del viento era la forma en que el mundo le respondía.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, la verdadera fuerza no está en ganar guerras, sino en tener el valor de construir la paz.
Este capítulo nació para recordarnos que soñar juntos también es una forma de vencer.
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