EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 202
- Inicio
- Todas las novelas
- EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
- Capítulo 202 - 202 Capítulo 1 – El tercer día de la cumbre
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
202: Capítulo 1 – El tercer día de la cumbre 202: Capítulo 1 – El tercer día de la cumbre “La propuesta de las parejas” El tercer día amaneció sobre la Isla Arkena con una calma que parecía contener el aliento del continente entero.
La luz dorada del sol se filtraba por los ventanales del Gran Palacio Central, iluminando los pisos de mármol, los tapices bordados y los mapas extendidos sobre las mesas de la Sala Menor.
Cada pareja real, cada consorte, se encontraba concentrada, analizando territorios, caminos y ciudades, con la solemnidad de quienes sostenían en sus manos el futuro de un continente.
Lo que había empezado como una simple tarea de seleccionar las ciudades para los tres eventos —el juego de pelota, la carrera de caballos y la natación— se había convertido en un proyecto mucho más ambicioso, que buscaba reconectar culturas, sanar heridas y unir corazones.
Los mapas mostraban las montañas de Veyora, los puertos de Halven, los campos extensos de Rashin y los barrios antiguos de Eryundos.
Cada línea dibujada, cada anotación, reflejaba la intención de construir algo más que un simple juego: una memoria colectiva, una celebración de paz.
—Todas las ciudades de mi país son candidatas —dijo la Gran Duquesa consorte Alejandra, con la serenidad y la autoridad que la caracterizaban—, pero si tuviera que elegir tres por la importancia de cada juego y su valor histórico y cultural, seleccionaría estas: Sus dedos recorrieron los mapas con delicadeza, señalando cada punto con un gesto que parecía transmitir no solo conocimiento geográfico, sino también historia y emoción.
—Eryundos, la ciudad cultural, con su gran campo perfectamente preparado para el juego de pelota.
Sus plazas y calles empedradas servirán para que los visitantes experimenten la historia viva del lugar.
—Rashin, la ciudad histórica, cuyos caminos amplios y llanuras la hacen ideal para la carrera de caballos.
Aquí se respira el pasado, y la competencia ganará un significado que trasciende el deporte.
—Halven, la ciudad portuaria, con su acceso al mar y una escuela de natación reconocida por su excelencia.
Las aguas del Gran Mar Internacional serán testigo de la habilidad y la cooperación entre los pueblos.
Suwei, el Gran Consorte Imperial, tomó el pergamino que Alejandra le entregaba y asintió con un gesto profundo, mezclando respeto y admiración: —Perfecto.
Escucharemos atentamente y presentaremos estas opciones, pero creo que podemos ir un paso más allá.
Una chispa de emoción recorrió la sala.
Los otros consortes intercambiaron miradas cómplices; había un acuerdo tácito entre ellos: no se trataba solo de elegir ciudades, sino de transformar los Juegos en un puente de unión entre los pueblos del continente.
—Si acompañamos cada evento con colectividades culturales —propuso la Princesa consorte Sofía de Takrin—, cada nación podrá compartir sus tradiciones, su comida y sus artesanías.
De este modo, los Juegos no serán solo una competencia, sino una verdadera celebración de todo Drakoria.
La idea provocó una corriente de entusiasmo silencioso: gestos de asentimiento, sonrisas cómplices y la sensación de que algo histórico estaba a punto de nacer.
Rápidamente, comenzaron a organizar cómo se presentarían los espacios, qué tradiciones incluirían en cada ciudad y cómo cada actividad deportiva podría acompañarse de una narrativa cultural que contara la historia de cada pueblo.
Mientras trazaban rutas y delimitaban territorios, no solo hablaban de logística: hablaban de identidad, memoria y unidad.
Cada palabra, cada decisión, estaba impregnada de respeto y admiración por las historias y heridas que cada nación llevaba consigo.
En ese instante, la Sala Menor dejó de ser un simple salón de reuniones y se transformó en un taller de sueños, un espacio donde la paz se tejía con la delicadeza de un bordado milenario.
Cuando finalmente redactaron la propuesta formal, cada frase fue cuidadosamente elegida, pensada para transmitir no solo la logística de los Juegos, sino el espíritu de colaboración y respeto: > “Considerando la opinión de la Gran Duquesa consorte Alejandra, quien conoce profundamente su país, elegimos estas tres ciudades para los Juegos del Continente: Eryundos, Rashin y Halven.
Sin embargo, creemos que los Juegos no deberían ser únicamente competencias deportivas.
Proponemos acompañarlos con colectividades culturales, donde cada nación pueda compartir sus tradiciones, comidas y artesanías, fomentando así la unión de nuestros pueblos y el respeto por la historia de cada territorio.
Esperamos que nuestra propuesta sea considerada con el mayor respeto y entusiasmo.” El pergamino quedó cuidadosamente enrollado y sellado con cera de los colores de cada nación, un detalle que simbolizaba que cada país participaba en igualdad y armonía.
Con todo listo, las parejas se dirigieron al Gran Salón.
Allí, los gobernantes del continente los esperaban, ya reunidos y con la curiosidad reflejada en sus rostros.
El aire estaba cargado de expectación; cada líder sentía que algo grande estaba por presentarse, aunque no podía anticipar completamente la magnitud de lo que estaba por ocurrir.
—Presentamos nuestra propuesta —dijo Kaito, con voz firme pero cálido, mientras extendía el pergamino ante los líderes—.
No se trata solo de la elección de ciudades, sino de un evento que unirá a todos nuestros pueblos.
El Gran Salón guardó silencio.
Cada gobernante leyó el pergamino con atención, asimilando la profundidad de la propuesta.
Las cejas se arqueaban, algunos sonreían, otros fruncían el ceño sorprendidos.
Finalmente, el Emperador Jin Long alzó la voz con un tono que mezclaba orgullo y asombro: —Si algún día nosotros no pudiéramos gobernar… no tengan duda de que ellos lo harán mejor que nosotros.
El salón estalló en risas.
Un sonido cálido y contagioso que rompió por un instante la solemnidad que siempre impregnaba la sala cuando los gobernantes se reunían.
Incluso los líderes más severos, aquellos acostumbrados a mantener un semblante imperturbable, no pudieron contener la alegría que brotaba de la propuesta.
Hubo miradas entrecortadas, gestos sorprendidos y sonrisas que se expandían lentamente como una ola, hasta envolver a todos los presentes.
Las luces de los ventanales se reflejaban en los mármoles del suelo, haciendo que cada risa pareciera brillar con un reflejo dorado.
Suwei, al lado del Emperador Jin Long, inclinó ligeramente la cabeza y susurró con una sonrisa pícara: —Ese fue mi toque, ya me conoces.
Jin Long ladeó la cabeza, esbozó una media sonrisa y permitió que un leve brillo de orgullo cruzara sus ojos, mientras observaba cómo la propuesta de las parejas había logrado lo impensable: romper la rigidez de la diplomacia y tocar los corazones de todos los líderes reunidos.
—Y nosotros ya conocemos a estos cómplices —dijo el Rey de Nanxi, guiñando un ojo hacia su esposa con un gesto lleno de complicidad.
Su mirada no solo estaba cargada de cariño, sino también de respeto: había visto cómo, con inteligencia y delicadeza, las parejas podían mover los hilos de la política de maneras que él mismo nunca hubiera imaginado.
A su alrededor, la sala se llenó de murmullos de aprobación, asentimientos discretos y risas compartidas.
Los gobernantes empezaron a conversar entre ellos, no sobre estrategias ni tratados, sino sobre la visión que se desplegaba ante sus ojos: un continente unido, un pueblo que podría celebrar la diversidad en armonía, y unos Juegos Anuales que serían más que competencias; serían puentes que conectarían generaciones y culturas.
Cada consorte, cada pareja real, intercambiaba sonrisas cargadas de orgullo.
Habían trabajado días enteros, evaluando mapas, revisando rutas, considerando cada detalle de los eventos deportivos y culturales.
Cada decisión tomada en la Sala Menor tenía ahora un eco en la sala principal.
En ese instante comprendieron que la verdadera fuerza de su propuesta no residía solo en la logística, sino en el mensaje que transmitía: un continente que elegía la paz y la unión sobre la guerra y la división.
Los tapices dorados del salón parecían reflejar la luz del sol que entraba por los ventanales, dibujando patrones de historia y memoria en los rostros de los presentes.
Había algo casi mágico en el ambiente: los murmullos se mezclaban con los reflejos de luz, y el eco de la risa parecía prolongarse en el tiempo, como si el Gran Palacio mismo aprobara silenciosamente la visión que se estaba llevando a cabo.
Jin Long se inclinó levemente hacia Suwei, y en sus ojos se dibujó una mezcla de gratitud y admiración.
Las palabras parecían innecesarias; todo estaba contenido en la mirada.
Suwei, con una serenidad que solo él podía transmitir, comprendió que aquel día marcaba un antes y un después en la historia de Arkena y del continente entero.
—Hoy hemos comenzado algo más grande que nosotros mismos —murmuró Jin Long, casi para sí mismo—.
Esto… esto es la esperanza hecha acto.
Suwei asintió y entrelazó su mano con la del Emperador.
No era un gesto público ni político, sino íntimo, cargado de la certeza de que juntos podían sostener el peso de decisiones que definirían generaciones.
A su alrededor, las parejas seguían intercambiando gestos de complicidad y orgullo: cada sonrisa, cada asentimiento, era un recordatorio de que la diplomacia podía nacer del cariño y la colaboración.
Las risas comenzaron a transformarse en comentarios, y los comentarios en planes.
Algunos gobernantes, inspirados, comenzaron a imaginar cómo se prepararían las ciudades para recibir los Juegos.
Otros empezaron a discutir discretamente los detalles de los intercambios culturales: qué comidas se presentarían, qué artesanías podrían exhibirse, qué historias podrían contarse a los visitantes.
La simple idea de que cada ciudad fuera un escenario de unidad provocó un entusiasmo silencioso que se percibía en el aire, casi tangible.
El tercer día de la cumbre se cerró con la sensación de que algo histórico había comenzado.
Los Juegos Anuales del Continente ya no serían solo competencias; serían un acto de memoria y reconciliación, un símbolo de unidad y esperanza que atravesaría generaciones.
Los líderes comprendieron que estaban presenciando el nacimiento de una tradición que trascendería la política y las fronteras, y que la labor de las parejas había transformado un acto simple en un legado para la historia.
Afuera, el sol se elevaba sobre la Isla Arkena, bañando los jardines del Gran Palacio con una luz dorada que parecía bendecir la visión recién nacida.
Las hojas de los árboles se mecían suavemente con el viento del mar, y los jardines olían a sal y a flores recién abiertas.
Era como si la naturaleza misma celebrara la propuesta de los Juegos, reconociendo en ella la importancia de la armonía entre los pueblos.
Cada pareja real salió al balcón para contemplar la isla y el horizonte más allá.
Algunos cerraron los ojos, respirando profundamente, sintiendo que el aire llevaba consigo la promesa de la paz.
Otros se inclinaron sobre los mapas, revisando mentalmente los planes que habían trazado, seguros de que cada decisión había sido tomada con cuidado, respeto y visión.
Las risas y los murmullos de satisfacción seguían resonando en el Gran Salón cuando el Emperador Jin Long se volvió hacia Suwei: —Este es solo el comienzo, ¿lo sientes?
—dijo con voz suave, casi reverente.
Suwei le devolvió la mirada con calma, y respondió: —Sí.
Y lo mejor de todo es que lo hicimos juntos.
No solo nosotros, sino todos los que creyeron en esta visión.
Mientras la tarde avanzaba y los últimos rayos de sol se deslizaban por los ventanales, el Gran Salón comenzó a vaciarse lentamente.
Los gobernantes se retiraban con la sensación de haber participado en algo más grande que sus propios reinos.
Los murmullos de emoción y aprobación llenaban los corredores, mezclándose con el eco de las risas que aún se sentía en los pasillos.
En los jardines, las parejas se detuvieron un momento, contemplando la extensión de la isla y el mar que se abría ante ellos.
Sabían que los Juegos no solo marcarían la paz, sino que también serían un recordatorio perpetuo de que la colaboración y la creatividad podían cambiar la historia.
Cada mirada compartida, cada sonrisa cómplice, era un compromiso silencioso de que sostendrían esa visión hasta que se hiciera realidad.
Y así, mientras el sol descendía lentamente hacia el horizonte, la Isla Arkena quedó impregnada de una promesa de unidad, de celebración y de esperanza, un inicio glorioso para la tercera temporada que estaba por comenzar, donde los pueblos del continente se prepararían para una experiencia que uniría culturas, corazones y generaciones enteras.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Este capítulo muestra que la verdadera diplomacia puede nacer del cuidado, la colaboración y la creatividad.
No solo se trataba de elegir ciudades o planear eventos; se trataba de construir un puente entre culturas, generaciones y corazones.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com