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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 203

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203: Capítulo 2 – La conclusión de la cumbre 203: Capítulo 2 – La conclusión de la cumbre El Gran Salón del Palacio de Arkena amanecía bañado por una luz dorada que se filtraba entre los vitrales.

Afuera, el mar golpeaba suavemente las costas de la isla, y el eco de las olas se mezclaba con los pasos medidos de los guardianes arkenas.

Era el cuarto y último día de la cumbre, el momento en que las palabras se volvían historia y las decisiones se transformaban en destino.

En el aire flotaba una calma expectante, el tipo de silencio que precede a los grandes cambios.

Los gobernantes se encontraban reunidos alrededor de la mesa central, una estructura inmensa de mármol blanco y oro, tallada con símbolos de cada nación del continente Drakoria.

En el centro, una llama ceremonial ardía en un cuenco de plata: el Fuego de la Concordia, encendido desde el primer día de la cumbre, representando la unidad de los nueve reinos.

A su alrededor, los líderes intercambiaban miradas, conscientes de que el resultado de esas jornadas definiría el rumbo de generaciones enteras.

Las parejas de los gobernantes, que habían trabajado incansablemente entre reuniones y conciliaciones, se habían retirado discretamente a un lado, observando desde las columnas de mármol.

Ellos eran los verdaderos arquitectos del cambio; su visión había dado forma a la propuesta que ahora los líderes sostenían entre sus manos: un pergamino que no solo hablaba de juegos y competencias, sino de un renacer cultural, de una celebración que uniría a todos los pueblos de Drakoria.

El silencio se hizo profundo.

Se escuchaba el roce de las túnicas, el susurro del papel y el crujir leve de las plumas al deslizarse sobre los documentos.

El Emperador Jin Long, vestido con su túnica carmesí, levantó la vista.

Su mirada, serena pero firme, recorrió a cada uno de los presentes antes de asentir lentamente.

—La propuesta de nuestras parejas —dijo con voz grave, clara como el metal— ha sido muy bien pensada.

Refleja no solo el deseo de paz, sino la comprensión de lo que realmente somos como continente.

Estoy de acuerdo.

Una breve pausa, y luego las voces comenzaron a alzarse una por una.

—Nosotros también —dijo el Rey de Nanxi, con tono solemne.

—Aprobado —añadió el Gran duque Suryun, cruzando una mirada de orgullo con su esposo.

—Es justo y respetuoso con cada país —dijo la reina Selene de andshi, inclinando levemente la cabeza.

La Reina de Xianbei, elegantemente vestida con un kimono azul noche adornado con flores de loto, sonrió con dulzura.

—Si esto no fortalece la unión de nuestros pueblos —dijo—, nada lo hará.

Las palabras cayeron como un bálsamo sobre el ambiente.

Lentamente, los rostros se relajaron; las tensiones de días enteros de debate parecían disiparse con cada gesto de aprobación.

La emoción contenida comenzó a notarse incluso entre los escribanos, que aguardaban con plumas preparadas, listos para sellar la historia sobre el pergamino del cumbre.

Entre murmullos y sonrisas, todos los líderes firmaron la carta que formalizaba la creación de los Juegos del Continente, una tradición anual que celebraría la unión cultural, el honor y la paz.

Pero no se detuvieron allí.

Inspirados por el ambiente de esperanza, propusieron además la firma de dos tratados históricos que pondrían fin a siglos de conflictos.

El primero fue el Tratado de Fin de la Guerra, un documento solemne que sellaba oficialmente la paz entre las naciones de Drakoria.

El segundo, la Carta de No Agresión, establecía el compromiso mutuo de respeto a la soberanía de cada país, garantizando que ninguna nación alzaría las armas contra otra bajo ninguna circunstancia.

El momento de la firma fue silencioso y solemne.

Los escribanos se apresuraron a plasmar las rúbricas con tinta dorada, una a una, sobre los documentos que descansarían en el Archivo Sagrado de Arkena.

Cada trazo parecía una promesa al tiempo, un juramento a las generaciones futuras.

Las parejas de los gobernantes, de pie a un costado, observaban con orgullo contenido.

Sabían que aquello que comenzó como un sueño compartido se había convertido en el acto más trascendente de la historia moderna de Drakoria.

El Gran Salón, testigo de tantas discusiones y desacuerdos, se llenó de un silencio reverente que pronto se rompió con un aplauso.

Primero uno, luego otro, hasta que el estruendo de las manos unidas llenó todo el recinto.

Los aplausos se mezclaban con risas, abrazos y miradas que hablaban de alivio y esperanza.

La Gran Duquesa consorte Alejandra se volvió hacia su esposo, el Gran duque de Veyora, con una sonrisa emocionada.

—Esta cumbre quedará registrada en la historia —dijo, tomando su mano—.

Lo que empezamos como simples juegos ahora es una unión que durará generaciones.

El Gran duque asintió, y por un momento, su mirada se perdió en la ventana abierta.

Desde allí, se veía el mar tranquilo, extendiéndose hacia el horizonte como una promesa cumplida.

—Por fin —susurró—, la historia ha decidido mirar hacia adelante.

El Rey de Nanxi levantó su copa en alto.

—Por Drakoria —declaró con voz firme—, por la paz y por las nuevas generaciones.

Que nunca más volvamos a olvidar quiénes somos.

Las copas se alzaron en un gesto unísono.

El sonido del cristal al chocar se extendió como un eco de esperanza.

En los balcones superiores, los sirvientes observaban discretamente, sabiendo que aquel instante marcaría el inicio de una nueva era.

Hasta los guardias, firmes en sus puestos, parecían respirar con más calma.

Los músicos del palacio comenzaron a tocar una melodía suave, casi espiritual.

Era una canción antigua de la Isla Arkena, un himno que hablaba de reconciliación y renacimiento.

Las notas flotaron por el aire, envolviendo a todos en una atmósfera de serenidad.

Afuera, el sol se alzaba sobre el mar, iluminando las banderas de cada reino ondeando en los muros del palacio.

El viento del océano traía el aroma de las flores de los jardines de Arkena y el eco distante de los templos que comenzaban sus oraciones matutinas.

Era como si toda la naturaleza celebrara junto a ellos.

Cuando la ceremonia concluyó, los gobernantes comenzaron a retirarse lentamente.

Algunos intercambiaron promesas, otros se abrazaron con sinceridad.

Los más viejos lloraron en silencio.

No había vencedores ni vencidos, solo sobrevivientes de una historia que, al fin, aprendía a curarse.

En los corredores, las parejas reales se reunieron, coordinando los preparativos para los Juegos del Continente.

Había tanto por hacer: elegir las ciudades anfitrionas, diseñar los estandartes, organizar las ceremonias de apertura y establecer las rutas de las caravanas diplomáticas que recorrerían Drakoria.

Sus rostros reflejaban emoción, cansancio y orgullo.

Habían logrado lo que durante siglos fue impensable.

Mientras los líderes partían, el Emperador Jin Long permaneció de pie frente a la mesa vacía.

Tocó con sus dedos el borde del documento ya sellado y suspiró.

A su lado, Suwei apareció en silencio, como si el viento lo hubiera traído.

—¿Piensas en todo lo que costó llegar hasta aquí?

—preguntó.

El Emperador sonrió levemente.

—Sí… y en todo lo que aún debemos proteger.

La paz no se firma, Suwei.

Se construye cada día.

Su voz, baja pero firme, resonó entre las columnas del Gran Salón vacío.

Aún flotaba en el aire el eco de los aplausos, el aroma de las velas de incienso, y la música que había acompañado la firma de los tratados.

Ahora solo quedaban ellos dos, en medio de aquel vasto espacio donde horas atrás se había sellado el destino del continente.

Suwei lo miró con ternura.

El brillo del fuego central se reflejaba en sus ojos oscuros, dando la impresión de que en ellos ardía un universo entero.

Dio un paso adelante y, sin decir nada, tomó la mano del Emperador y entrelazó sus dedos con los suyos.

—Entonces construiremos juntos —dijo con calma, casi en un susurro—.

Como siempre.

Aquel simple gesto tenía más poder que cualquier tratado.

Porque lo que los unía no era solo el amor, sino la comprensión profunda del deber compartido, de la carga que ambos llevaban sobre sus hombros.

En ese instante, no eran soberanos rodeados de títulos y protocolos: eran solo dos hombres mirando hacia el futuro, sabiendo que su unión era el cimiento invisible de todo lo que habían logrado.

El fuego central del Gran Salón seguía ardiendo.

Las llamas danzaban con un brillo dorado, proyectando sombras que se movían como espíritus antiguos sobre los muros de mármol.

Aquella llama había sido encendida por los ancianos de Arkena al inicio de la cumbre, y su propósito era claro: mantener viva la luz de la concordia mientras las naciones discutían su destino.

Ahora, con la cumbre concluida, su resplandor parecía más intenso, como si entendiera que la paz recién firmada necesitaba calor para no extinguirse.

Suwei se acercó un poco más al fuego, observando las brasas que crepitaban.

—Mira cómo respira —dijo, en voz baja—.

Es como si el fuego mismo entendiera lo que hemos hecho.

Jin Long lo observó desde detrás.

—Quizás lo entiende —respondió suavemente—.

El fuego es como los hombres… si se le da propósito, ilumina; si se le abandona, destruye.

Ambos permanecieron en silencio, escuchando el murmullo de las llamas.

En los balcones superiores, la brisa entraba por las aberturas, moviendo los estandartes con suavidad.

Afuera, el cielo comenzaba a despejarse completamente, como si los dioses hubieran decidido apartar las nubes para contemplar el renacer de Drakoria.

La luz del amanecer bañó los suelos del salón, reflejándose en los sellos dorados recién estampados sobre los tratados.

Aquella luz parecía bendecir cada palabra escrita, cada promesa hecha.

Suwei respiró hondo.

—Hace unos años, pensé que nunca vería este día —confesó—.

La guerra, las pérdidas, la distancia entre los reinos… todo parecía imposible de sanar.

Jin Long giró hacia él y le tomó el rostro con ambas manos.

—Y sin embargo, aquí estamos.

No porque el mundo haya cambiado solo, sino porque decidimos cambiarlo nosotros.

—Su mirada se suavizó—.

Tú me enseñaste eso.

Suwei sonrió, con la voz cargada de emoción.

—Yo solo encendí una chispa, Long.

Tú fuiste el fuego.

El Emperador bajó la vista, sonriendo con humildad.

Por un momento, su corona parecía más liviana.

Afuera, las campanas del templo de Arkena comenzaron a sonar, marcando la hora del nuevo día.

El sonido viajaba con el viento, cruzando los jardines, los muros del palacio y las calles donde los ciudadanos ya empezaban a despertar.

La noticia de la paz se esparcía como un amanecer.

En los patios inferiores, los sirvientes colocaban guirnaldas y encendían faroles, sin saber que desde ese instante, el Continente de los Nueve —Drakoria— ya no era el mismo.

Los nombres de los antiguos enemigos serían recordados no por las guerras que libraron, sino por la paz que firmaron.

Jin Long caminó lentamente hacia el balcón.

Desde allí, contempló la Isla Arkena extendiéndose ante él como una joya en medio del océano.

Los rayos del sol pintaban de dorado los techos del palacio, los templos y las torres, mientras el mar resplandecía como un espejo líquido.

Suwei se acercó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Crees que durará?

—preguntó en voz baja.

El Emperador tardó en responder.

Observaba las olas romper suavemente contra los acantilados, y el vuelo de las aves sobre el puerto.

—La paz no es eterna —dijo al fin—.

Pero si logramos que cada generación la recuerde como algo sagrado, entonces habremos hecho lo suficiente.

No necesito que dure para siempre.

Solo que valga la pena mientras exista.

Suwei asintió, y por un momento ambos guardaron silencio, dejando que el sonido del viento hablara por ellos.

El Emperador cerró los ojos, sintiendo cómo el aire salado del mar le acariciaba el rostro.

En su mente, veía los rostros de los reyes y reinas que acababan de marcharse, las sonrisas, las lágrimas, la mezcla de fe y temor.

Era consciente de que la historia rara vez perdona los errores… pero también sabía que el cambio comienza en los instantes más simples, en decisiones tomadas sin testigos, como aquella promesa silenciosa que acababan de sellar entre los dos.

Detrás de ellos, el fuego central titiló, lanzando una chispa que subió hasta perderse en el aire.

Suwei la siguió con la mirada.

—¿Viste eso?

—Sí —respondió Jin Long, apenas sonriendo—.

Tal vez los dioses aprueban lo que hemos hecho.

El viento sopló con más fuerza, haciendo ondear los estandartes imperiales y levantando pétalos de flores del suelo.

Parecía que el mismo mundo respiraba más libre.

El Emperador apoyó una mano sobre el pecho de Suwei, sintiendo su corazón latir con fuerza.

—Mientras ese ritmo exista —murmuró—, la llama no se apagará.

Entonces, sin decir más, se abrazaron.

No como soberano y consorte, sino como dos almas que habían atravesado la guerra y habían encontrado la forma de permanecer de pie.

Sus siluetas quedaron enmarcadas contra el resplandor dorado del amanecer.

Afuera, el mar rugió suavemente, y una bandada de aves cruzó el horizonte en formación perfecta, como si escoltara el nuevo amanecer de Drakoria.

El aire olía a esperanza, a renovación, a un comienzo que aún no tenía forma pero que ya se sentía inevitable.

Era el final de una cumbre… y el comienzo de una nueva era para el continente.

En lo alto del palacio, la bandera imperial ondeó con fuerza, iluminada por la primera luz del día.

Y mientras las llamas del fuego sagrado seguían ardiendo en el corazón del salón, una sola verdad quedaba escrita en la historia: La historia de Drakoria no volvía a escribirse; renacía.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, la verdadera grandeza no se encuentra en las batallas ganadas, sino en los acuerdos que sellan la paz.

Este capítulo nos recuerda que los sueños compartidos pueden cambiar el destino de los pueblos, y que la unión sincera, nacida del respeto y la esperanza, tiene el poder de transformar la historia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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