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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 204

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204: Capítulo 3 El inicio de los preparativos 204: Capítulo 3 El inicio de los preparativos El sol de la mañana se alzaba sobre los cielos de Drakoria con un brillo dorado que parecía bendecir cada rincón del continente.

Sus rayos iluminaban los caminos, las plazas y los tejados de las ciudades que habían participado en la cumbre, y una ligera brisa llevaba el aroma salado del mar mezclado con el frescor de los bosques cercanos.

Tras días de deliberaciones en el Gran Salón, los gobernantes regresaban a sus países con decisiones históricas en la mente: la elección de las ciudades sede, la definición de los tres pilares de los juegos y, sobre todo, la unificación cultural de todos los pueblos.

Cada nación despertaba con una mezcla de expectativa y júbilo.

Las banderas ondeaban con fuerza en los palacios y edificios públicos, mientras los ciudadanos se agrupaban en plazas y calles principales.

Los heraldos recorrían las ciudades, anunciando con trompetas y tambores la llegada de sus gobernantes, quienes ya no regresaban simplemente como líderes políticos, sino como portadores de la esperanza y la reconciliación.

Tras años de conflictos y tensiones, la cumbre había sembrado la promesa de unidad, y la gente lo sentía en cada mirada, en cada sonrisa y en cada gesto de saludo.

— El Gran Ducado de Veyora El Gran Ducado de Veyora, corazón de la próxima sede de los juegos, despertó antes que cualquier otra ciudad.

La plaza central estaba llena de actividad desde temprano.

Artesanos colocaban banderas en los balcones, niños corrían entre las columnas del palacio ducal con globos de colores, y los mercados improvisados ofrecían frutas frescas, panes y dulces tradicionales.

Los ciudadanos se agolpaban frente al palacio, ansiosos por ver a la Gran Duquesa consorte Alejandra, que llegaba acompañada de las parejas de los gobernantes de otras naciones.

Cada carruaje que atravesaba las calles empedradas era recibido con aplausos y vítores, mientras músicos tocaban melodías de bienvenida que se entrelazaban con el canto de los pájaros matinales.

Alejandra, con su porte majestuoso y su voz firme pero serena, se detuvo frente a sus acompañantes y habló con convicción: —Cada ciudad de mi país es un tesoro y podría servir para cualquier juego —dijo—, pero si debemos elegir, propongo tres pilares: Rashín, la ciudad histórica para la carrera de caballos; Eryundos, la ciudad cultural para el juego de pelotas; y Halven, la ciudad portuaria para la natación.

Aquí tenemos los terrenos, las escuelas y festividades que garantizarán que estos juegos sean memorables.

Las parejas de los gobernantes tomaban notas, intercambiaban miradas cómplices y debatían con entusiasmo.

No se trataba solo de elegir ciudades; se trataba de crear un legado.

La idea de combinar los juegos con colectividades culturales —festivales de comida, artesanía, música y tradiciones— comenzó a tomar forma en cada mente presente.

Era un proyecto ambicioso, pero todos sentían la magnitud de lo que podían lograr: transformar un evento deportivo en un símbolo de unidad continental.

—Vamos a transformar este evento en algo más que un simple juego —comentó una de las consortes, con los ojos brillantes de emoción—.

Será un encuentro de nuestros pueblos, donde aprenderán unos de otros y compartirán lo mejor de sus tierras.

Los demás asintieron con solemnidad.

Comprendieron que esta oportunidad era única: después de tantos años de conflictos y desconfianza, podían construir puentes entre naciones, fortalecer lazos culturales y dejar atrás las heridas del pasado.

En cada gesto, en cada palabra, se sentía la responsabilidad y la esperanza mezcladas, como un río que fluía con fuerza hacia un futuro nuevo.

Mientras los gobernantes supervisaban la logística de los juegos y las colectividades, las parejas se encargaban de que cada detalle fuera perfecto: desde los escenarios de competencia hasta los lugares donde se reunirían los artesanos y músicos, donde cada nación mostraría la riqueza de su cultura y tradiciones.

No era solo una cuestión de organización; era un acto de respeto y celebración de todo lo que Drakoria representaba.

Cooperación entre naciones No era solo Veyora la que se preparaba: todo el continente trabajaba en conjunto dentro de su territorio.

Las delegaciones de cada país habían permanecido allí, colaborando activamente en los preparativos.

Las calles del Gran Ducado se habían llenado de acentos, vestimentas y tradiciones de todos los rincones de Drakoria, convirtiéndose en un mosaico viviente de culturas unidas.

En Rashín, la ciudad histórica destinada a la gran carrera de caballos, la Reina Consorte Emilia Hana de Nanxi coordinaba junto a los cuidadores locales el adiestramiento de los animales.

Conocida por su carácter enérgico pero compasivo, recordaba a todos que los juegos debían reflejar respeto por la vida y armonía con la naturaleza.

—Cada paso de estos caballos —decía— debe honrar la historia que compartimos.

En Eryundos, la ciudad cultural, Kaito Ren príncipe consorte de Xianbei trabajaba junto a los artesanos de Veyora en la construcción de pabellones.

Bajo su dirección, las calles se llenaban de colores, telas bordadas, instrumentos tradicionales y estandartes que representaban a cada nación.

Cada pabellón contaría una historia, un fragmento de la identidad que cada pueblo traía al evento.

—No solo venimos a competir —decía Isabella verek—.

Venimos a mostrar quiénes somos.

Mientras tanto, en la ciudad portuaria de Halven, el Príncipe Consorte Matteo Riku de Koryun organizaba la construcción de gradas flotantes y escenarios marítimos junto a la Princesa Consorte Valentina Mei de Andshi.

Ambos, apasionados por el arte y el mar, velaban porque cada detalle reflejara el espíritu de unidad entre los pueblos.

—Cada ola —dijo Valentina— llevará con ella el eco de nuestras voces, uniendo los corazones de todos los reinos.

Las tres ciudades, aunque pertenecientes al Gran Ducado de Veyora, latían con el esfuerzo conjunto de todo el continente.

Ingenieros de Xianbei, constructores de Koryun, artistas de Nanxi y músicos de Andshi trabajaban hombro a hombro con los habitantes locales.

El aire estaba lleno de idiomas mezclados, risas y canciones; una sinfonía de culturas que solo podía nacer de la cooperación y el respeto.

Los mercados se llenaban de productos traídos de todas partes: especias del sur, tejidos del este, joyas talladas en los montes de Koryun.

Las calles de Rashín y Eryundos olían a incienso, pan recién horneado y flores marinas.

Era como si el continente entero se hubiera trasladado al Gran Ducado, dejando atrás sus fronteras y diferencias para convertirse en un solo pueblo.

Cada nación tenía su espacio, su aporte y su orgullo, pero todos compartían un propósito común: hacer de los Juegos Anuales del Continente el símbolo de una nueva era de unidad.

— La emoción en las calles A medida que avanzaba el día, las ciudades comenzaban a reflejar el entusiasmo y la anticipación de todos.

Los comerciantes ofrecían productos típicos de sus regiones, los músicos ensayaban melodías ancestrales, los artesanos afinaban sus obras, y los atletas practicaban sin cesar, perfeccionando cada movimiento y cada estrategia.

Era un frenesí organizado, un baile de tradición, cultura y competencia, donde cada acción tenía un propósito y cada gesto un significado.

Los ciudadanos observaban, se emocionaban y participaban.

Algunos ayudaban a colocar banderas, otros llevaban cestas de flores para adornar las plazas y calles, y los niños corrían entre los pabellones, aprendiendo sobre la historia de cada nación a través de historias contadas por los ancianos.

La sensación era histórica: algo nuevo y poderoso estaba surgiendo, y cada persona era parte de ello.

— La tarde en Veyora Al caer la tarde, el Gran Ducado de Veyora comenzaba a mostrar sus transformaciones.

Los campos de Rashín estaban listos para la carrera de caballos: vallas seguras, gradas de madera pulida, y caminos acondicionados para que cada animal pudiera galopar libremente.

En Eryundos, las plazas estaban decoradas con colores vivos, con escenarios preparados para los juegos de pelotas y pabellones de artesanía, música y gastronomía.

Halven, la ciudad portuaria, ofrecía un panorama impresionante: gradas flotantes se extendían sobre el mar, mientras las instalaciones de natación se ajustaban a las mareas y corrientes para garantizar seguridad y espectáculo.

Los líderes y sus parejas caminaban entre la gente, explicando los detalles, observando cada preparación y asegurándose de que nada quedara al azar.

Cada conversación, cada indicación, cada gesto transmitía responsabilidad y esperanza, como si cada uno comprendiera que estaban construyendo algo que trascendería su tiempo.

— Esa noche, mientras las luces del Gran Ducado iluminaban los tejados y las calles, los gobernantes se reunieron con sus parejas para evaluar el progreso.

Había cansancio en los rostros, pero también una sonrisa satisfecha.

Sabían que estaban dejando una marca imborrable en la historia de Drakoria: no solo organizando juegos, sino construyendo un puente entre culturas, uniendo corazones y celebrando la diversidad de su continente.

—Drakoria nunca volverá a ser la misma —dijo Suwei , con brillo en los ojos—.

Estos juegos no serán solo competencias, serán símbolos de unidad, esperanza y reconciliación.

El viento nocturno soplaba suave sobre la isla, meciendo banderas y estandartes, recordando a todos que, aunque las responsabilidades eran grandes, la determinación, la cooperación y la pasión podían transformar un continente entero.

Drakoria se preparaba para renacer.

Fin del capítulo 3 El inicio de los preparativos REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Cada nuevo amanecer trae consigo una promesa: la de volver a empezar.

En este capítulo, el continente de Drakoria no solo organiza unos juegos, sino que aprende a trabajar unido.

Entre manos que construyen, voces que cantan y corazones que sueñan, nace algo más grande que la competencia: la esperanza de un futuro compartido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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