EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 206
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206: Capítulo 5 – Avances y preparación de las ciudades sede 206: Capítulo 5 – Avances y preparación de las ciudades sede El sol de Drakoria amanecía con una intensidad vibrante, como si la luz misma supiera que algo histórico estaba por gestarse.
Desde las montañas nevadas del norte hasta las costas profundas del sur, cada rincón del continente parecía respirar un aire nuevo, un aire mezclado de expectativa y movimiento.
Las ciudades sede, designadas para albergar los juegos anuales del continente, habían abandonado su ritmo habitual: ahora vibraban con una energía casi ceremonial.
Carpinteros, artesanos, atletas, ingenieros, instructores, maestros de ceremonia y autoridades transitaban las calles con paso decidido.
El ambiente estaba cargado de trabajo, pero también de orgullo.
Las voces se entrelazaban con risas, instrucciones y música tradicional; el olor a madera recién cortada se mezclaba con el aroma de especias, flores y metales pulidos.
Veyora se transformaba, y todos querían ser parte del cambio.
Rashín – La ciudad histórica Rashín despertaba lentamente bajo un cielo azul suave.
Los carruajes avanzaban por sus calles adoquinadas, levantando un ligero polvillo dorado que brillaba con los primeros rayos del sol.
Cada calle llevaba a los visitantes a escenas dignas de un mural ancestral: hombres y mujeres cargando tablones, levantando estructuras, revisando estandartes, tejiendo banderas y afinando herramientas.
Los ancianos observaban desde los balcones, comentando con orgullo cómo la ciudad recuperaba el espíritu de sus mejores tiempos.
Sobre la colina principal, en el área asignada para la carrera de caballos, se encontraba la Princesa Consorte Valentina Mei, de pie frente al equipo de entrenamiento.
Su postura era elegante, firme, con su túnica verde esmeralda ondeando con el viento.
Su mirada recorría los obstáculos con precisión meticulosa: rampas, vallas, túneles de madera reforzada, curvas cerradas, rectas amplias, graderíos ascendentes y pasarelas de seguridad.
—Cada paso debe recordar nuestra historia —dijo Valentina con voz serena pero autoritaria.
Un entrenador asintió, limpiándose el sudor de la frente.
—Estamos reforzando la última curva, alteza.
Las lluvias podrían afectar el terreno.
Valentina caminó hacia él, tocó con su mano el borde de la estructura y observó la textura.
El sol iluminó su perfil.
—Aseguren drenaje adicional.
Rashín no puede fallar ante una tormenta.
Las palabras no eran amenazantes: eran responsabilidad pura.
Mientras tanto, los artesanos recreaban decoraciones históricas: escudos con antiguas inscripciones de Rashín, figuras de caballeros en combate, símbolos de victoria y líneas tribales que narraban leyendas de la ciudad.
Maderas aromáticas, pigmentos naturales, hilos dorados y técnicas antiguas se unían en un trabajo colectivo que parecía un ritual.
Los jinetes, por su parte, practicaban montados en sus caballos, ejecutando saltos que sonaban con fuerza en el aire.
Los animales resoplaban, sus cascos golpeaban el suelo con ritmo casi musical.
Valentina observaba cada movimiento, evaluando la armonía entre jinete y animal.
Sabía que una mala sincronía podía costar vidas.
Un instante de ligero silencio se instaló cuando un caballo se desvió, casi tropezando con una estaca mal ajustada.
Los entrenadores corrieron hacia él.
Valentina frunció ligeramente el ceño, su voz cortó el aire como una espada: —Esto no puede volver a ocurrir.
Ajusten todo el perímetro.
Rashín es tradición, sí, pero también seguridad.
El equipo se apresuró.
La tensión era mínima pero suficiente para elevar el estándar.
Eryundos – La ciudad cultural Eryundos era un estallido de vida.
La música de tambores, violines orientales, flautas de madera y campanas suaves inundaba las calles.
El aroma de pan especiado, frutas exóticas, sopas tradicionales y té perfumado salía de los puestos de comida.
Grupos de bailarines practicaban coreografías en plazas amplias, mientras los niños corrían con cintas de colores.
El Gran Duque Bruno , vestido con tonos dorados y terracota, caminaba entre los pabellones en construcción.
A su lado, Suwei la acompañaba con pasos tranquilos, un cuaderno en mano donde anotaba detalles logísticos.
—No solo serán juegos —dijo Bruno, mientras observaba un pabellón de Nanxi con enormes sedas rojas—.
Será una oportunidad para que nuestros pueblos se conozcan y se respeten.
Un artesano se detuvo y se inclinó ante ellos.
—Gran consorte imperial, ¿podría revisar los bordados?
Queremos representar la danza del Dragón Dorado con precisión.
Suwei tomó la tela entre sus manos y la estiró con cuidado.
Los hilos dorados brillaban como fuego.
—Hermoso —dijo sonriendo—.
Pero aquí… —señaló un borde mal definido—.
Refuércenlo con puntada doble.
Debe verse como un dragón en movimiento.
Los artesanos sonrieron, orgullosos.
En otro extremo, los atletas de los juegos de pelota realizaban prácticas intensas.
Movimientos rápidos, saltos coordinados, golpes precisos.
Bruno observó un momento y luego llamó a un entrenador.
—Asegúrense de hidratar a los muchachos.
La humedad de la tarde será alta y el sol caerá fuerte sobre la cancha.
Suwei sonrió.
—Siempre cuidando a todos.
—Siempre —respondió el.
Los pabellones mostraban historias visuales: • de Xianbei, instrumentos de viento tallados con símbolos celestiales; • de Koryun, piezas de cerámica esculpidas con figuras míticas; • de Nanxi, abanicos elaborados y caligrafía detallada.
Eryundos parecía un continente entero en miniatura.
Halven – La ciudad portuaria y de acuicultura Halven era agua, sonido, viento y movimiento.
Las olas del mar golpeaban suavemente los muelles, mientras pescadores y expertos en acuicultura revisaban redes, tanques y estanques educativos.
La brisa marina acariciaba las banderas celestes que ondeaban sobre los embarcaderos.
La Princesa Consorte Sofía, con su túnica azul oscuro y cabello recogido, caminaba junto a los coordinadores de seguridad.
—El mar es parte de nuestra identidad —dijo mientras señalaba las plataformas flotantes—.
Debemos cuidarlo y mostrar su valor durante los juegos.
Los organizadores revisaban equipos de natación, boyas de seguridad, cuerdas de rescate, torres de vigilancia, embarcaciones de apoyo y trajes especiales para los nadadores.
A pocos metros, los voluntarios montaban un espacio temático para educación ambiental: exhibiciones sobre especies marinas, maquetas de arrecifes, charlas interactivas sobre conservación oceánica.
Sofía se acercó a un estanque donde niños estaban aprendiendo sobre acuicultura sostenible.
Sonrió con dulzura cuando vio a una pequeña sosteniendo un pez dorado con manos temblorosas.
—Ese pez es sagrado en nuestra tradición —dijo Sofía inclinándose a su altura—.
Representa la armonía del mar.
Debemos tratarlo con respeto.
Un entrenador se acercó.
—Alteza, los nadadores están listos para la práctica.
¿Desea supervisarla?
—Por supuesto —respondió ella.
Sofía subió a una torre de observación y contempló las aguas abiertas.
Los nadadores cortaron el mar con movimientos limpios y precisos.
El sol reflejado en las olas creaba un paisaje brillante, casi poético.
Sin embargo, una corriente inesperada levantó una ola que golpeó ligeramente a uno de los nadadores, haciéndolo perder el ritmo.
El entrenador silbó y todos se detuvieron.
Sofía frunció el ceño, firme pero calmada.
—Necesitamos monitoreo marítimo en tiempo real.
Si la marea sube de forma irregular durante los juegos, debemos anticiparlo.
El equipo se movió inmediatamente.
La tensión era mínima, pero real.
Halven debía ser impecable.
Coordinación y supervisión general A lo largo del día, en una sala central en Halven, las parejas de los gobernantes revisaban mapas, horarios, accesos y rutas de emergencia.
Estaba todo controlado con precisión matemática: • movimiento de turistas • distribución de personal • traslados entre ciudades • horarios de cada disciplina • ubicaciones estratégicas de los pabellones • coordinación entre escuelas artísticas y deportivas Suwei, de pie frente a una mesa repleta de documentos, habló con voz firme: —El éxito de estos juegos depende de nuestra coordinación.
Cada detalle cuenta.
Alejandra completó: —No podemos permitir retrasos, accidentes, ni cruces que obstruyan el flujo de visitantes.
Valentina, Sofía, Emilia Han, Matteo Riku, Kaito Ren, Bruno Sora e Isabella Verek intercambiaron ideas con la precisión de artesanos que forjan una reliquia sagrada.
Ninguno hablaba en voz alta sin antes haber analizado cada una de sus palabras.
Cada uno tenía un rol importante, y lo sabían.
El gran salón del Consejo vibraba con una energía contenida, como si el aire mismo temblara bajo la tensión de la organización.
Mapas, pergaminos, hologramas mágicos y patrones de energía proyectados flotaban sobre la mesa central, iluminando sus rostros con tonos azulados y dorados.
Ningún gesto era improvisado.
Valentina trazaba líneas sobre el mapa con una delicadeza quirúrgica, ajustando posiciones, rutas de transporte y zonas de evacuación.
Sus ojos, concentrados, reflejaban el peso de la responsabilidad.
Sofía revisaba los protocolos de seguridad, recitando cada paso con una firmeza que imponía respeto.
Su voz era baja pero poderosa—una voz que no admitía errores.
Emilia Han evaluaba la distribución de recursos médicos, calculando en su mente escenarios posibles, desde heridos leves hasta emergencias de alto impacto.
Su ceño fruncido revelaba preocupación, pero también fortaleza.
Nada se escapaba a su mirada.
Matteo Riku controlaba las comunicaciones entre las ciudades.
Su pulso era estable, sus dedos moviéndose con rapidez entre los dispositivos cristalinos.
Cada palabra que enviaba o recibía era medida, calculada.
Su rostro se iluminaba con el suave resplandor de los mensajes.
Kaito Ren revisaba posiciones defensivas y apoyos tácticos, estudiando cómo proteger tanto a los participantes como a los espectadores.
Tenía la postura de un guerrero, el instinto militar afilado y la mente siempre activa.
Bruno Sora, con su mirada amplia, analizaba el equilibrio cultural entre las ciudades anfitrionas.
Su tarea era delicada: garantizar que cada reino se sintiera representado y respetado, que ningún detalle fuese motivo de conflicto.
Isabella Verek, desde la parte más oscura de la mesa, movía piezas simbólicas en un tablero auxiliar.
Táctica.
Estructura.
Orden.
Su mente iba treinta pasos más adelante, y aunque no hablaba mucho, cuando lo hacía, su voz era como una flecha que daba en el blanco.
Todos trabajaban sincronizados, respirando al mismo ritmo, guiados por un objetivo común.
El ambiente era intenso, pero lleno de cooperación.
Había pasión.
Había tensión.
Había determinación.
Los ojos de cada uno reflejaban el mismo brillo: el deseo de que todo Drakoria recordara estos juegos como un símbolo de unión, no de rivalidad.
El sonido de los pergaminos deslizándose, el choque suave de los cristales, los susurros de los planes y los pasos firmes resonaban como parte de una coreografía perfectamente ejecutada.
Al final, tras horas de coordinación, los siete intercambiaron una última mirada de entendimiento.
Todo estaba encaminado.
A medida que caía la tarde, Drakoria parecía respirar al unísono.
En Rashín, los caballos entrenados se movían como flechas vivas, sus sombras alargándose sobre los terrenos de arena fina.
Los jinetes dominaban el aire seco y el viento cálido mientras los instructores gritaban indicaciones.
Cada salto, cada giro, cada frenada era parte de un espectáculo que prometía dejar boquiabiertos a quienes presenciaran la ceremonia inaugural.
En Eryundos, la música vibraba desde los balcones de cristal y las calles llenas de colores.
Las bailarinas practicaban movimientos sincronizados, trajes brillantes ondeaban con destellos azules y morados y los artesanos decoraban las fachadas con símbolos ancestrales.
La cultura era un río, y ese día fluía con más fuerza que nunca.
En Halven, el mar respiraba al ritmo de los nadadores y las criaturas acuáticas entrenadas para los espectáculos.
El agua emitía destellos plateados bajo el sol.
Los pescadores observaban desde los muelles, orgullosos de su ciudad, de su gente, de su tradición marítima.
Los entrenadores daban instrucciones desde las plataformas flotantes mientras los equipos corrían de un sector a otro.
Cada ciudad se encontraba lista… o casi lista.
El esfuerzo era visible en todos.
Drakoria estaba en ritmo.
La coordinación continental funcionaba como un reloj de engranajes gigantescos que recién comenzaban a moverse en perfecta sincronía.
El capítulo cerraba con una imagen poderosa y silenciosa.
En una colina elevada del Gran Ducado de Veyora, donde el viento soplaba con fuerza y la hierba se movía como un mar dorado, Alejandra se mantenía erguida, imponente, contemplando el horizonte.
Su capa dorada ondeaba detrás de ella, brillando como si guardara luz propia.
Era una mujer de presencia firme, mirada profunda y espíritu indomable.
Desde esa altura, podía ver Rashín y sus caballos, Eryundos y sus luces, Halven y su mar infinito.
Podía sentir el pulso de cada ciudad, el latido de una nación que renacía.
—Que todo Drakoria recuerde este día —susurró, con una voz cargada de emoción contenida—.
Que estos juegos marquen un antes y un después en nuestra historia.
No había público allí.
No había aplausos.
No había cámaras, solo el viento y la luz dorada del ocaso.
Pero en su pecho, Alejandra sabía que ese momento quedaría grabado para siempre en su memoria… y en la de quienes aún estaban por llegar.
La luz del ocaso se extendió sobre la tierra, bañando las montañas, los valles y los campos en una claridad suave y eterna, como una promesa divina.
Los preparativos avanzaban.
La unión era real.
El destino del continente comenzaba a transformarse.
El silencio que siguió no era vacío.
Era expectación.
— Fin del Capítulo 5 – Avances y preparación de las ciudades sede REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo, Drakoria late al ritmo del esfuerzo colectivo.
Las ciudades se transforman, los líderes se unen y cada rincón del continente vibra con propósito.
No es solo la preparación de unos juegos: es la construcción de identidad, de orgullo y de unión.
Entre sombras, colores, agua y tradición… Drakoria aprende que la grandeza nace cuando muchos trabajan como uno solo.
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