EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 210
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- Capítulo 210 - 210 Capítulo 9 – La Gran Cena
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210: Capítulo 9 – La Gran Cena 210: Capítulo 9 – La Gran Cena El atardecer se había posado sobre el Gran Ducado de Veyora como un manto de oro líquido que caía sobre los jardines, los balcones y las torres del Palacio Ducal.
La brisa que llegaba del mar traía un aroma salino mezclado con el perfume de los jardines: jazmines, lirios y rosas rojas que bordeaban los senderos de mármol.
Cada nota en el aire parecía anunciar que aquel sería un momento histórico: la gran cena de los gobernantes, el último acto antes del inicio de los Juegos Anuales del Continente.
Dentro del palacio, la magnificencia era deslumbrante.
Los candelabros de cristal colgaban como constelaciones invertidas sobre las largas mesas, reflejando la luz cálida de la tarde.
Los manteles blancos estaban impecables, con bordados que contaban historias de cada nación.
La vajilla de oro y plata relucía como si cada pieza guardara siglos de historia y cada copa brillara con la promesa de la unidad.
Los centros de mesa eran arreglos florales que mezclaban especies autóctonas de cada país participante, formando un arcoíris de fragancias y colores.
Los sirvientes se movían con la precisión de un ballet silencioso, llevando bandejas con aperitivos de todos los rincones de Drakoria: pequeñas piezas de carne especiada del Imperio del Dragón Dorado, frutas confitadas de Nanxi, panes de centeno de Xianbei, dulces de miel de Takrin y aromáticas hierbas del norte.
Cada paso, cada gesto, estaba calculado para que todo transcurriera con absoluta perfección.
No había espacio para errores.
Los gobernantes comenzaron a ocupar sus asientos, junto a sus parejas y sus hijos.
Cada silla estaba marcada con emblemas, estandartes y símbolos de las naciones, y cada familia se situaba según la tradición, reflejando respeto, jerarquía y unidad.
Los jóvenes herederos, algunos todavía adolescentes, sentían la magnitud de la ocasión.
Sus miradas recorrían el salón: las paredes decoradas con tapices que narraban las gestas de Drakoria, los espejos antiguos que multiplicaban la luz, y la sensación de estar en el corazón de un continente que ahora estaba más unido que nunca.
El Gran Duque Edric Falcor de Veyora fue quien rompió el silencio ceremonial con su voz profunda y serena: —Solo queda un día más para la verificación general —dijo, alzando ligeramente la mano para llamar la atención—.
Mañana revisaremos cada detalle antes de que los Juegos comiencen oficialmente.
Los presentes asintieron con solemnidad.
Había algo en la gravedad de sus palabras que impregnaba la sala.
Nadie hablaba más alto que la conciencia compartida: todo el continente dependía de la armonía de aquel momento.
Los hijos de los gobernantes, quienes habían supervisado entrenamientos en Rashin, Eryundos y Halven, comenzaron a relatar los progresos de sus equipos.
Xiaolian, princesa heredera del Imperio del Dragón Dorado, habló con serenidad y autoridad: —Los equipos están listos.
Hoy ajustamos los tiempos de los nadadores y los jinetes completaron sus recorridos de prueba.
Cada detalle ha sido revisado y corregido.
Los atletas muestran confianza y concentración.
Junto a ella, Serenya, duquesa heredera de Veyora, añadió con una sonrisa: —En Eryundos, los jugadores de balón han mostrado un progreso notable.
No solo dominan la técnica; también comprenden la importancia del trabajo en equipo y la disciplina.
Los entrenadores están orgullosos, y los equipos se sienten motivados.
Sus palabras generaron aplausos discretos.
Nadie celebraba de manera ostentosa: la ceremonia exigía moderación, pero el orgullo de cada nación se percibía en la firmeza de las posturas y la mirada brillante de los gobernantes.
Las parejas de los gobernantes intercambiaban impresiones y anécdotas.
Hablaban de cómo habían participado en la logística de las ciudades sede, en la decoración de escenarios culturales y en la planificación de los menús y los trajes ceremoniales.
El Gran Consorte Suwei, del Imperio del Dragón, sonrió mientras comentaba con suavidad: —Lo que hemos logrado no es solo un evento deportivo.
Es una oportunidad para unir a todo el continente.
Drakoria respira hoy como un solo cuerpo.
Las palabras de Suwei se extendieron en un silencio respetuoso.
Cada mirada reflejaba comprensión: lo que se celebraba esa noche era la culminación de años de esfuerzos, de coordinación, de confianza construida entre naciones que antes desconfiaban entre sí.
Mientras la cena avanzaba, los sirvientes colocaban platos que representaban la diversidad del continente.
Cada bocado era un recordatorio de la riqueza cultural y geográfica de Drakoria.
Los invitados degustaban desde sopas aromáticas hasta carnes asadas con especias autóctonas, pasteles de frutas del sur y vinos que parecían encerrar el brillo del océano.
La música de la orquesta llenaba la sala, mezclando acordes de instrumentos típicos de cada región.
Cada nota resonaba en la madera tallada de los muros, armonizando con los aromas y la conversación.
El ambiente estaba lleno de conversación diplomática: discusiones sobre la disposición de los escenarios, la seguridad de los atletas y los horarios de los eventos.
Se desplegaron mapas y pergaminos sobre mesas auxiliares, y los ministros y consejeros intercambiaban ideas con precisión.
Cada palabra, cada gesto, estaba pensado para que nada se dejara al azar.
La Gran Duquesa consorte Alejandra de Veyora tomó la palabra con autoridad: —Mañana realizaremos la verificación final.
Revisaremos la infraestructura, los equipos y la seguridad de los atletas.
Cada ciudad debe estar lista para acoger al mundo.
Después de eso, los Juegos comenzarán oficialmente, y Drakoria entrará en una nueva era.
Al escuchar esto, todos los presentes levantaron sus copas en un brindis solemne.
El sonido del cristal chocando resonó en la sala como un eco que parecía llegar hasta los confines del continente.
Era un momento de unidad, de orgullo y de esperanza compartida.
Fuera del palacio, las ciudades ya comenzaban a reflejar el espíritu de la gran celebración.
Rashin mostraba los establos recién iluminados, Eryundos los campos de juego decorados con estandartes, Halven el reflejo de las luces en el agua de los puertos.
Cada ciudadano sentía la anticipación en su piel: artesanos, músicos, comerciantes y niños corrían por las calles, preparando escenarios, afinando instrumentos y montando puestos.
La cena continuó entre conversaciones cordiales, risas discretas y palabras de aliento.
Cada sonido era medido, cada gesto reflejaba cortesía, pero también un orgullo silencioso.
Los gobernantes y sus parejas compartían experiencias, comentando cómo sus naciones habían trabajado juntas para que los Juegos fueran posibles.
Se hablaba de la planificación de los traslados de los equipos, de la organización de escenarios culturales y de la coordinación de los entrenamientos.
Los detalles, aparentemente pequeños, cobraban una dimensión enorme en la magnitud del evento.
Las parejas de los gobernantes relataban anécdotas que despertaban sonrisas y suspiros.
Una joven duquesa contaba cómo un caballo, nervioso durante los entrenamientos de Rashin, finalmente se dejó guiar por su jinete, y cómo aquel momento había llenado de esperanza a todo su equipo.
Otro consorte narraba la alegría de ver a un nadador romper su marca personal, superando los límites que él mismo creía infranqueables.
Una princesa relataba cómo una coreografía cultural había requerido retoques de última hora, ajustes que parecían imposibles, pero que al final brillaron con precisión durante los ensayos.
Cada historia reforzaba el lazo entre los presentes.
Las palabras no solo hablaban de logística o de resultados; hablaban de cooperación, de paciencia, de respeto mutuo.
Había un entendimiento tácito de que los Juegos no eran solo una competencia: eran un puente que unía generaciones y culturas.
La importancia de la cooperación superaba con creces cualquier medalla o trofeo que pudiera otorgarse.
Entre plato y plato, los invitados podían sentir la atmósfera de anticipación que se filtraba desde las calles de Veyora hasta el palacio.
Los aromas de la cena, mezclando especias de todas las naciones, inundaban el salón: cordero estofado con hierbas del norte, pescados preparados al estilo del Imperio del Dragón Dorado, pasteles de frutas exóticas de Halven, y dulces de miel y nueces provenientes de Rashin.
Cada bocado era un recordatorio tangible de la riqueza del continente y de la diversidad cultural que los Juegos celebraban.
La música de la orquesta añadía una capa más de solemnidad y magia.
Instrumentos de cuerda, viento y percusión se entrelazaban, interpretando melodías tradicionales de cada país.
Algunos gobernantes tarareaban suavemente, otros simplemente dejaban que la música los envolviera mientras intercambiaban palabras de aliento.
Cada nota resonaba en las paredes del salón, multiplicándose en el brillo de los candelabros y en los reflejos de las vajillas de oro y plata.
Era un murmullo de armonía que acompañaba la conversación, las risas y el tintinear de las copas.
Los hijos de los gobernantes, aunque más jóvenes, no eran meros espectadores.
Sus ojos brillaban mientras escuchaban los relatos de sus padres y consejeros, tomando nota de cada detalle.
Recordaban las horas que habían pasado supervisando entrenamientos, revisando instalaciones y asegurándose de que cada atleta estuviera listo.
Ahora, en la penumbra iluminada por los candelabros, podían ver cómo todo su esfuerzo se integraba en algo mucho más grande: un evento que resonaría en todo Drakoria.
A medida que avanzaba la noche, la luz cálida de los candelabros comenzó a mezclarse con la del cielo estrellado que se veía a través de los ventanales.
La luna emergía lentamente sobre los jardines del palacio, reflejándose en los estanques y haciendo brillar los caminos de mármol.
Los faroles en los patios externos lanzaban destellos multicolores que danzaban con la brisa nocturna, creando la sensación de que toda la ciudad, y quizá todo el continente, se preparaba para recibir un momento histórico.
Era como si la propia naturaleza participara de la ceremonia, iluminando suavemente cada detalle del palacio y anticipando la grandeza que estaba por venir.
Los ciudadanos de Veyora, aunque no presentes en la cena, sentían la energía del evento.
Los músicos en las plazas afinaban sus instrumentos, los artesanos ultimaban sus decoraciones, los comerciantes ajustaban sus puestos para mostrar lo mejor de sus productos a los visitantes que llegarían en los próximos días.
Había una expectativa compartida, un latido común que unía palacio, calles y corazones.
La cena era solo la punta del iceberg de la preparación: lo que se cocinaba en la intimidad del palacio se reflejaba en cada esquina de la ciudad.
Entre los brindis y las conversaciones, los gobernantes reflexionaban en silencio sobre la magnitud del evento.
Recordaban los desafíos que habían enfrentado para coordinar a nueve naciones diferentes, cada una con sus propias costumbres, reglas y temperamentos.
Recordaban los pequeños desacuerdos que habían tenido que superar y las largas horas de planificación.
Sin embargo, todo parecía haber encajado a la perfección.
Cada mirada intercambiada en la mesa era un reconocimiento silencioso de que, más allá de la competencia, habían logrado algo extraordinario: la unidad.
Las parejas de los gobernantes compartían gestos de complicidad y sonrisas, hablando de momentos de tensión convertidos en triunfo.
Una duquesa comentó cómo, durante un ensayo de danza cultural, una de las jóvenes bailarinas había olvidado su paso principal, y cómo un gesto rápido de su mentor transformó el error en un momento de perfección.
Otros contaban cómo un caballo, que se negaba a avanzar en Rashin, finalmente obedeció al jinete con un relinchido que llenó de esperanza a todos los presentes.
Cada historia añadía textura, color y humanidad a la velada, recordando que detrás de los Juegos había esfuerzo, dedicación y pasión compartida.
La noche avanzaba, y el sonido de la conversación se mezclaba con la música, con el murmullo de los jardines y el eco lejano del mar.
Los candelabros, que habían iluminado con fuerza al principio, comenzaron a emitir un resplandor más tenue, haciendo que las sombras se estiraran elegantemente sobre los muros.
La combinación de luces, aromas y sonidos creaba un efecto casi mágico, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para permitir que Drakoria respirara unida, en un instante de calma antes de la tormenta de emociones que traería el comienzo de los Juegos.
El capítulo cerró con una sensación de anticipación, solemnidad y orgullo.
Cada invitado comprendía la magnitud de lo que se avecinaba.
Los Juegos Anuales del Continente estaban a punto de comenzar, y la historia del continente se encontraba al borde de un cambio que nadie podría olvidar.
Todo estaba listo para que Drakoria mostrara al mundo la fuerza de su unidad, la riqueza de sus culturas y la nobleza de su espíritu.
Mientras las últimas conversaciones morían con el sonido de copas retiradas, los candelabros apagaban lentamente su luz.
La luna y las estrellas tomaban el relevo, iluminando suavemente el Palacio Ducal y los jardines a su alrededor.
La última noche antes de la verificación general quedaba marcada en el tiempo: un instante de calma, orgullo y expectativa, donde cada detalle, cada gesto y cada palabra contaban para el amanecer que traería consigo la historia.
Los Juegos Anuales del Continente habían llegado al umbral de la realidad.
Y nada volvería a ser igual.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Este capítulo es la pausa antes de la tormenta: la gran cena simboliza la unidad de Drakoria y la culminación de meses de esfuerzo.
Cada gesto, cada plato, cada historia compartida entre gobernantes y sus familias muestra que los Juegos no son solo competencia, sino cooperación, respeto y esperanza.
Aquí, la diplomacia y la camaradería se mezclan con la anticipación: el continente se prepara para respirar como un solo cuerpo.
Mañana, los Juegos comenzarán… y Drakoria dará su primer gran paso hacia la historia.
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