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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 211

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211: Capítulo 10 – Los últimos entrenamientos 211: Capítulo 10 – Los últimos entrenamientos El sol de la mañana iluminaba cada rincón del Gran Ducado de Veyora, desplegando su luz cálida sobre los tejados de las ciudades y los muros antiguos de los palacios.

La isla despertaba con una energía palpable, como si todo el continente hubiera contenido la respiración durante semanas para presenciar este momento.

Era el último día antes de que los Juegos Anuales del Continente comenzaran oficialmente, y cada ciudad, cada instalación y cada equipo se encontraban en la etapa final de preparación, donde cada detalle, por pequeño que pareciera, podía marcar la diferencia entre la victoria y la decepción.

En Rashin, la ciudad histórica, los caballos relinchaban con fuerza mientras los jinetes realizaban sus últimas carreras de prueba.

La tierra vibraba bajo sus cascos, levantando pequeñas nubes de polvo dorado que se esparcían entre los obstáculos perfectamente colocados.

Serenya, la duquesa heredera de Veyora, caminaba junto a los entrenadores con un paso firme y seguro, observando con minuciosa atención cada detalle: la posición exacta de los saltos, la firmeza del terreno, la respiración de los animales y la coordinación de los equipos.

—Todo debe estar perfecto —dijo, señalando un salto que necesitaba un ajuste leve—.

Mañana no podemos permitir errores.

Los entrenadores asintieron, intercambiando miradas de concentración.

Cada jinete ajustaba las riendas, evaluaba la posición de sus piernas y medía la velocidad antes de saltar.

Había tensión, sí, pero también un sentido de orgullo que lo llenaba todo: Rashin no solo entrenaba para ganar, entrenaba para demostrar la excelencia y la disciplina de su gente.

Mientras tanto, en Eryundos, el equipo de balón practicaba pases, tiros a portería y estrategias complejas.

La brisa matutina agitaba las banderas que colgaban alrededor del campo de entrenamiento, y el aroma de la hierba recién cortada se mezclaba con los gritos de aliento de los entrenadores.

Xiaolian, princesa heredera del Imperio del Dragón Dorado, recorría el terreno con paso seguro, ajustando formaciones, hablando con los entrenadores y ofreciendo sugerencias precisas.

Su voz no imponía, sino que guiaba.

—Recuerden, no solo se trata de ganar —les recordó a los jugadores—.

Se trata de mostrar disciplina, trabajo en equipo y respeto por los rivales.

Cada pase, cada movimiento debe reflejar su entrenamiento y su compromiso.

Los jugadores asintieron, concentrados, mientras ejecutaban movimientos complejos que habían practicado durante semanas.

Cada pase era medido, cada tiro a portería calculado, y cada defensa evaluada por los entrenadores y supervisores.

Xiaolian no solo corregía errores técnicos, sino que también observaba actitudes, asegurándose de que el espíritu de cooperación y la responsabilidad estuvieran presentes en cada gesto.

En la ciudad portuaria de Halven, el agua de las piscinas brillaba bajo los primeros rayos del sol, creando destellos que bailaban en las paredes blancas de los edificios cercanos.

Tao, príncipe heredero de Xianbei, caminaba a lo largo de los bordes de las piscinas, observando con atención a los nadadores que realizaban sus últimos entrenamientos.

Cada brazada era medida con precisión, cada viraje supervisado, cada respiración evaluada.

Los entrenadores gritaban instrucciones desde las plataformas, corrigiendo posiciones de cabeza, ángulos de brazos y coordinación de patadas.

—Excelente —comentó Tao—.

Todo avanza según lo planeado.

En unas horas veremos los resultados del esfuerzo de semanas.

Xiaolian y los demás supervisores caminaban a su lado, revisando la temperatura del agua, la seguridad de los bordes, la correcta señalización de las calles de nado y la sincronización entre los equipos mixtos.

Todo debía ser perfecto: Halven era disciplina, Halven era belleza, Halven era técnica en su forma más pura.

Mientras tanto, en otras ciudades, los hijos de los gobernantes desempeñaban funciones igualmente críticas.

Meilin supervisaba los equipos de balón de Andshi, corrigiendo tácticas y evaluando la coordinación entre jugadores.

Observaba cómo un delantero dudaba en un pase y, con paciencia, lo guiaba hacia la posición correcta, explicándole con precisión la estrategia que debía seguir.

Alina ajustaba los últimos detalles en las carreras de caballo de Koryun, deteniéndose un instante para acariciar el lomo de un caballo inquieto, tranquilizándolo antes de que retomara la carrera.

Cada gesto suyo transmitía calma y seguridad a los jinetes, quienes respondían con respeto y concentración.

Siyana revisaba cada brazada del equipo de Takrin, caminando a lo largo de los bordes de la piscina y tomando notas en pergaminos que parecían interminables.

Observaba la entrada del agua, la posición de los brazos, la coordinación de la respiración y los virajes finales.

De vez en cuando, se inclinaba para ajustar un ángulo de brazada o susurrar indicaciones precisas, y los nadadores, concentrados, repetían la técnica hasta lograr la perfección.

Velen supervisaba los entrenamientos generales de los equipos en Oshiran, asegurándose de que todos los atletas, sin importar su deporte, mantuvieran un nivel óptimo de preparación y no cometieran descuidos de última hora.

Weilan, por su parte, revisaba cada instalación en Suryun, desde los campos de entrenamiento hasta los estadios, observando incluso los más mínimos detalles: la colocación de las señales, la disposición de las gradas, la seguridad de las estructuras.

Nada debía ser dejado al azar.

Cada uno de estos jóvenes supervisores actuaba con disciplina, responsabilidad y compromiso.

Sus gestos no eran solo órdenes, sino demostraciones de liderazgo y cuidado.

Sabían que cada palabra, cada mirada y cada decisión tomada durante ese día serían determinantes para el éxito de los Juegos.

Se movían entre los atletas con una combinación de firmeza y paciencia, corrigiendo, enseñando y animando a la vez.

Incluso cuando un jugador fallaba un pase o un jinete cometía un error en un salto, los supervisores no mostraban frustración, sino guía, recordando a cada uno que la confianza y la concentración eran tan importantes como la técnica.

Mientras los hijos de los gobernantes supervisaban a los atletas, los gobernantes y sus parejas permanecían en el Gran Ducado, ocupándose de los últimos preparativos de las festividades y de los eventos culturales.

Las plazas y avenidas se llenaban de decoraciones meticulosas: banderines que representaban cada nación, faroles de colores colgando de los árboles, y tapices que contaban historias de generaciones pasadas.

Los escenarios para las colectividades se levantaban con precisión, cada tablón y cada cortina ajustados con exactitud.

Los alimentos típicos de cada nación se colocaban en banquetas y plazas, emitiendo aromas que llenaban la ciudad: panes recién horneados, especias que se mezclaban en el aire, carnes asadas y dulces elaborados con esmero.

Las presentaciones artísticas requerían precisión y coordinación, y los artistas practicaban los últimos movimientos mientras los organizadores revisaban que todo estuviera en orden.

La logística era un ballet de movimiento, cada pieza en su lugar, cada momento cronometrado para que la experiencia de los visitantes fuera inolvidable.

—Mañana todo estará listo —comentó Suwei, el Gran Consorte Imperial, mientras revisaba el programa de los eventos culturales—.

Cada nación debe brillar, pero sobre todo, debemos recordar que este evento no es solo competencia: es un puente que unirá a nuestro continente.

A media tarde, los hijos de los gobernantes se reunieron brevemente con sus padres en el Gran Ducado para informar sobre los avances y los detalles finales de los entrenamientos.

Sus voces estaban llenas de confianza y serenidad, reflejo del esfuerzo de semanas previas: —Todo va según lo planeado —dijo Xiaolian—.

Las instalaciones, los equipos y los entrenadores están listos para la verificación final.

—Excelente —respondió el Emperador Jin Long—.

Mañana será un día decisivo, y cada detalle cuenta.

Mientras tanto, las ciudades de Rashin, Eryundos y Halven mostraban un espectáculo visual que parecía sacado de un lienzo.

Banderas ondeaban con fuerza sobre los edificios, escenarios y calles estaban impecables, y los ciudadanos se movían entre puestos y mercados con una mezcla de curiosidad y orgullo.

Los comerciantes ajustaban sus mercancías, asegurándose de que cada producto estuviera perfecto; los artesanos revisaban los últimos retoques de sus obras, puliendo detalles que podrían pasar desapercibidos pero que hacían la diferencia; los músicos afinaban sus instrumentos, practicando notas finales que llenarían el aire durante las ceremonias; y los cocineros ultimaban los platos que mostrarían la riqueza culinaria de cada nación.

Todo el continente vibraba al unísono con la expectativa que emanaba del Gran Ducado, como si un latido colectivo atravesara cada ciudad, cada calle y cada corazón.

Al caer la tarde, los últimos entrenamientos se llevaron a cabo con una intensidad que reflejaba la importancia del momento.

En Rashin, los caballos galopaban por los recorridos, levantando nubes de polvo dorado mientras los jinetes ejecutaban cada salto con precisión milimétrica.

La sincronización entre jinete y caballo era tan perfecta que parecía que ambos formaban un solo ser, moviéndose con armonía y fuerza.

En Eryundos, los balones rebotaban con fuerza sobre el campo, los pases eran rápidos y exactos, y los gritos de ánimo se mezclaban con el ruido de la multitud que comenzaba a llegar a las calles para observar los entrenamientos.

Cada tiro a portería era calculado, cada estrategia revisada y cada jugador atento a las indicaciones de los entrenadores.

En Halven, los nadadores rompían la superficie del agua como flechas vivientes, realizando cada vuelta y cada viraje con sincronización perfecta.

Las ondas de agua se reflejaban en la luz del sol que se despedía lentamente, y cada brazada parecía un acto de arte en movimiento.

Los supervisores corrían a lo largo de los bordes de las piscinas, tomando notas, corrigiendo posturas y animando a los atletas con palabras de aliento.

Cada pequeño detalle contaba, y el nivel de concentración de todos era palpable en el aire.

Cada gesto de los hijos de los gobernantes mostraba disciplina, responsabilidad y compromiso.

Sus ojos atentos, sus manos señalando detalles y sus voces corrigiendo sutilmente movimientos eran el reflejo de semanas de entrenamiento, planificación y dedicación.

Ellos no solo supervisaban: inspiraban confianza, transmitían disciplina y garantizaban que sus países estuvieran listos para enfrentar la magnitud de los Juegos.

La mirada de cada supervisor era firme pero cálida, equilibrando exigencia y motivación, y su presencia llenaba de seguridad a los atletas que sentían que cada esfuerzo estaba siendo valorado.

El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de tonos naranjas, violeta y rojo intenso.

La brisa marina traía consigo el aroma de la hierba recién cortada, del pan recién horneado y del mar abierto, mezclando todos los sentidos en una sinfonía que anunciaba la inminencia de un acontecimiento histórico.

Las calles de las ciudades sede brillaban bajo la luz del ocaso, mientras el murmullo de los ciudadanos se mezclaba con los caballos galopando, los gritos de ánimo y el chapoteo del agua en las piscinas.

Cada rincón del Gran Ducado de Veyora respiraba emoción, orden y majestuosidad.

El capítulo cerró con un aire de anticipación y tensión.

Mañana sería la verificación final, y el Gran Ducado de Veyora y sus ciudades estaban listas para dar inicio a los Juegos Anuales del Continente.

La unidad, la competencia y la cultura convergerían en un espectáculo sin precedentes.

Cada ciudadano, cada atleta, cada hijo de gobernante y cada miembro de la organización estaba consciente de la importancia histórica de aquel momento.

Los últimos entrenamientos no solo preparaban cuerpos y técnicas; preparaban corazones, espíritus y voluntades.

Cada ciudad, cada instalación y cada equipo se encontraban al borde de un hito que marcaría a Drakoria para siempre, uniendo esfuerzo, disciplina y pasión en una experiencia que sería recordada por generaciones.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Los últimos entrenamientos no solo preparan cuerpos y técnicas; preparan corazones y voluntades.

Cada ciudad y cada equipo están listos, cada detalle ha sido cuidado.

Drakoria contiene la respiración: mañana comenzarán los Juegos, y todo el continente será testigo de un momento histórico de unidad, disciplina y orgullo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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