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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 212

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212: Capítulo 1 – La Gran Apertura en la Plaza de Edric 212: Capítulo 1 – La Gran Apertura en la Plaza de Edric El sol despuntaba lentamente sobre Voyporte, capital del Gran Ducado de Veyora, y cada rayo que atravesaba el horizonte parecía pintar la ciudad con pinceladas de oro y rosa.

Las campanas del amanecer resonaban en lo alto de las torres, anunciando un día que sería recordado en la historia del continente.

Desde los tejados cubiertos de musgo hasta los canales que atravesaban la ciudad, todo se preparaba para la gran celebración.

La Plaza de Edric, un enorme anfiteatro al aire libre rodeado de columnas de mármol blanco y banderas ondeando al viento, se encontraba repleta de gente.

Hombres, mujeres y niños de todos los rincones de Drakoria habían llegado desde la madrugada, algunos tras días enteros de viaje por barcos , carreteras polvorientas o cruzando montañas heladas.

El aire estaba impregnado de emoción y de aromas que contaban la diversidad del continente: pan recién horneado, especias picantes del sur, perfumes florales del norte y el dulce humo de los fogones de feria que chispeaban bajo el sol naciente.

Los vendedores ambulantes caminaban entre la multitud ofreciendo pequeños recuerdos del evento —medallones con los emblemas de las nueve naciones, cintas de colores, flores trenzadas—, mientras los músicos afinaban sus instrumentos en las esquinas de la plaza.

El sonido de los tambores, los laúdes y las flautas comenzaba a elevarse poco a poco, marcando el pulso de una ciudad que respiraba júbilo.

En el centro de la plaza, un escenario de mármol y madera tallada esperaba silencioso.

En lo alto, bajo un dosel carmesí bordado con hilos de plata, se encontraban los asientos reservados a los grandes duques, reyes,reinas , emperadores , principes y liberes que habían acudido a presenciar el inicio de los Juegos Anuales del Continente.

A su alrededor, estandartes de todas las naciones ondeaban al viento: el dragón dorado del Imperio del dragón dorado el fénix del reino de Xianbei, el lobo blanco del reino Koryun, el pavo real del reino de Nanxi, el grifo del reino de Anahí el unicornio del Gran ducado de Veyora, el león coronado del gran ducado de Suryun, el búho del Principado de takrin, y el águila de dos cabezas de la República federada de Oshiran … Cada uno brillando con un esplendor que parecía reflejar siglos de historia y orgullo.

De pronto, un redoble de tambores hizo que el bullicio se apagara.

Desde las calles que convergían hacia la plaza, comenzaron a aparecer las delegaciones de los nueve países.

A la cabeza de cada grupo marchaban cuatro niños del pueblo, portando con solemnidad las banderas de sus naciones.

Sus rostros resplandecían de alegría, y sus pasos eran acompañados por el rugido de aplausos que crecía como una ola que recorría toda la explanada.

—¡Viva Drakoria!

¡Que comiencen los Juegos!

—gritaban algunos, levantando pañuelos y flores al aire.

Detrás de los niños, los equipos de natación, carreras de caballos y los equipos de fútbol desfilaban con impecable disciplina.

Llevaban sus uniformes oficiales, los colores de sus países y los emblemas bordados con precisión artesanal.

El brillo de los metales, el orden de los pasos y el ritmo de los tambores formaban un espectáculo que parecía coreografiado por el mismo espíritu del continente.

Entre ellos caminaban los herederos de los tronos, los hijos e hijas de los grandes gobernantes.

Entre todos destacaba la princesa Xiaolian, hija del emperador del Imperio del Dragón Dorado.

Vestía un traje ceremonial de seda blanca con bordados en oro y un delicado tocado en forma de alas de dragón.

Su postura era impecable, sus ojos firmes, y en su semblante se mezclaban orgullo y serenidad.

A su lado, otros jóvenes de sangre real —Liang de Nanxi, Tao de Xianbei, y Alina de Koryun— compartían el mismo porte de dignidad, aunque cada uno reflejaba la personalidad de su tierra.

Mientras avanzaban hacia el escenario principal, el murmullo del público se volvió un susurro reverente.

Las cámaras de cristal mágico —usadas por los cronistas para registrar los eventos históricos— flotaban sobre la multitud, reflejando la luz del sol y capturando cada instante de la ceremonia.

El Gran Duque Edric de Veyora, hombre de voz grave y presencia imponente, subió entonces al podio.

Su capa azul ondeó al viento y su mirada recorrió la plaza abarrotada con un brillo de emoción contenida.

Alzó la mano, y el silencio se impuso.

—Bienvenidos, habitantes de Drakoria, —dijo con solemnidad—, a la Ceremonia de Apertura de los Juegos Anuales del Continente.

Hoy no solo celebramos la competencia… sino también la unidad, la cultura y la fortaleza de nuestro pueblo.

Que cada brazada, cada carrera y cada lucha recuerden que nuestra verdadera fuerza está en lo que nos une, no en lo que nos separa.

Su voz resonó en cada rincón de la plaza, amplificada por el eco natural del mármol.

Mientras hablaba, los niños del pueblo alzaron sus banderas, y un viento suave las agitó, haciendo que los colores de cada nación danzaran juntos bajo el cielo dorado.

Fue un instante que pareció detener el tiempo: un solo continente latiendo al unísono, una sola voluntad expresada en un millar de colores.

Cuando el Gran Duque finalizó su discurso, levantó un bastón de oro con el símbolo de unicornio de Veyora grabado en la punta.

En ese momento, desde la torre principal, la gran campana dorada sonó tres veces.

Su eco profundo y majestuoso recorrió la ciudad, haciendo temblar el aire y los corazones.

Era la señal: los Juegos habían comenzado oficialmente.

Una explosión de música y danza llenó la plaza.

Los tambores de Koryun retumbaron junto a los violines de Nanxi; las flautas del Imperio del Dragón Dorado se entrelazaron con los cánticos del Reino de Xianbei, creando una sinfonía viva que parecía hacer vibrar el mismo suelo.

Los instrumentos dialogaban entre sí, como si el continente entero hablara a través de su arte, recordando con orgullo las cicatrices del pasado y las victorias compartidas que habían forjado su identidad.

En el escenario, bailarines de todas las regiones se unieron en una coreografía monumental que contaba la historia de Drakoria.

Los primeros pasos representaban las antiguas guerras: cuerpos que chocaban en movimientos fuertes y precisos, espadas imaginarias que se cruzaban bajo una luz roja intensa.

Luego, la música cambió a un tono melódico, y los danzantes comenzaron a entrelazarse, simbolizando los tratados de paz y las alianzas que dieron forma al continente moderno.

El último acto fue una explosión de color: cintas doradas, telas azules y verdes que giraban en el aire, representando la unión de los pueblos y el nacimiento de los Juegos Anuales del Continente.

El público observaba en silencio reverente, con los ojos brillando de emoción.

Cuando la coreografía llegó a su fin, una ola de aplausos recorrió la plaza, seguida de gritos y vítores que hicieron eco entre las columnas de mármol.

Las voces se mezclaban en un solo clamor, una celebración que trascendía idiomas y fronteras.

La multitud aplaudía, gritaba, reía.

Algunos lloraban sin saber por qué.

Era la fuerza de la memoria, del orgullo compartido, de saber que por un instante, nadie era extranjero en Drakoria.

Los niños agitaban pequeñas banderas, los ancianos sonreían con lágrimas en los ojos, y las parejas se tomaban de las manos mientras miraban el cielo.

En medio de la euforia, la princesa Xiaolian observaba la escena con una sonrisa tenue.

La luz del atardecer acariciaba su rostro, resaltando los bordados dorados de su traje ceremonial.

A su alrededor, los hijos de los otros gobernantes también miraban en silencio: Liang de Nanxi, serio y sereno; Tao de Xianbei, con una expresión orgullosa; Alen de Koryun, con el rostro iluminado por la emoción.

Cada uno representaba la esperanza de una nueva generación, aquella que debía mantener viva la paz que sus padres habían construido con tanto esfuerzo.

Xiaolian bajó la mirada hacia el público.

Pensó en su pueblo: en los campesinos que trabajaban desde el amanecer, en los pescadores que desafiaban las tormentas, en los niños que habían viajado días enteros para estar allí, llevando consigo el orgullo de sus familias.

En ese momento, comprendió que el verdadero honor no residía en una corona ni en el linaje, sino en la sonrisa de la gente, en la alegría compartida de un continente unido.

—El corazón de Drakoria —susurró para sí— late en ellos, no en nosotros.

Sus palabras se perdieron entre la música, pero el eco de su pensamiento pareció recorrer la plaza.

Era un sentimiento que no necesitaba ser pronunciado para ser comprendido.

Entonces, el cielo se iluminó con una explosión de fuegos artificiales mágicos.

Dragones de luz se elevaron hacia las nubes, trazando espirales doradas antes de deshacerse en miles de chispas plateadas.

Flores de fuego azul se abrieron sobre las torres, y cascadas de luz carmesí descendieron sobre la plaza como una lluvia de estrellas.

La multitud estalló en vítores, levantando los brazos hacia el cielo.

Los gobernantes se pusieron de pie, algunos sonriendo, otros con el rostro conmovido por la magnitud del espectáculo.

Los niños gritaban los nombres de sus países, mezclando risas y lágrimas.

Las melodías se intensificaron: los tambores retumbaban con fuerza, los violines se elevaban en notas agudas, y el sonido de los cuernos ceremoniales del norte resonaba con un poder que parecía despertar a todo el continente.

El continente entero vibraba.

Desde las torres de los templos de Altara hasta las playas del sur de Nanxi, desde los acantilados nevados de Takrin hasta los valles verdes del Imperio del Dragón Dorado, cada rincón de Drakoria sintió aquel instante como propio.

Los viajeros que no habían podido llegar al Gran Ducado escuchaban los ecos de la gran campana dorada y sabían que los Juegos habían comenzado.

Era el inicio de algo más grande que una competencia.

Era un juramento de unidad, una promesa de paz envuelta en el esplendor de la celebración.

Por primera vez en décadas, las fronteras no separaban, sino que se diluían en la emoción colectiva de un continente que recordaba lo que era sentirse uno solo.

Y mientras los fuegos seguían iluminando el cielo, los ojos de todos comenzaron a dirigirse hacia la gran piscina olímpica del Ducado, visible a la distancia como un espejo de cristal azul.

Su superficie reflejaba las luces del cielo, los dragones de fuego y los rostros maravillados del público.

Allí, al día siguiente, comenzaría el primer torneo de natación, el evento que abriría oficialmente los Juegos.

Sería el momento en que el esfuerzo, la disciplina y la fe de los atletas se pondrían a prueba ante el continente entero.

Los comentaristas mágicos, flotando sobre la multitud con sus esferas de proyección, narraban con entusiasmo los preparativos: —“Mañana, con la primera luz del sol, los mejores nadadores de Drakoria entrarán en el agua sagrada del Ducado de Veyora.

El honor, la gloria y la historia están a punto de escribirse nuevamente.” El anuncio provocó una nueva ola de aplausos.

La gente agitaba pañuelos y banderas, mientras los músicos, sin detenerse, cambiaban el ritmo a una melodía más lenta y solemne.

La noche comenzaba a caer sobre Voyporte, pero la plaza seguía viva, bañada por el resplandor de miles de luces.

Por ahora, sin embargo, la ciudad celebraba.

Las luces danzaban sobre los rostros, la música llenaba el aire y el aroma de las flores, las especias y el pan recién horneado envolvía a la multitud.

Los gobernantes conversaban entre sí con sonrisas diplomáticas, mientras los herederos intercambiaban miradas de respeto silencioso.

Algunos sabían que los Juegos serían también una prueba de carácter, una oportunidad para que la nueva generación demostrara su valor ante el mundo.

Las flautas entonaron un último tema, un himno que hablaba del renacimiento de Drakoria.

La gente lo acompañó con palmas y voces, hasta que las últimas notas se elevaron hacia el cielo, desapareciendo entre las luces de los fuegos artificiales que aún seguían cayendo como lluvia dorada.

Y en medio de aquella celebración, mientras el aire vibraba con el sonido de los aplausos, la princesa Xiaolian cerró los ojos por un instante.

Sintió el pulso del continente en su pecho, el latido de millones de corazones que compartían una misma esperanza.

En ese silencio interno, comprendió que los Juegos no eran solo una competencia, sino una ofrenda: un homenaje a la unión, a la memoria y al futuro.

Por una vez en mucho tiempo, Drakoria se sentía verdaderamente uno solo bajo el mismo cielo.

Y aquel sentimiento, tan puro y tan poderoso, sería el verdadero legado de aquella apertura que quedaría grabada para siempre en la historia.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El inicio de los Juegos marcó más que una competencia: fue el despertar de un continente unido por la esperanza.

En aquella plaza, entre banderas y canciones, Drakoria recordó que su verdadera grandeza no está en el poder ni en la gloria, sino en la unión de sus pueblos y en la emoción compartida de un nuevo amanecer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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