EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 213
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- Capítulo 213 - 213 Capítulo 2 – El Primer Día en Halven
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213: Capítulo 2 – El Primer Día en Halven 213: Capítulo 2 – El Primer Día en Halven La mañana amaneció serena sobre Halven, la joya portuaria del Gran Ducado de Veyora.
Las primeras luces del sol se extendían sobre el mar como un velo de oro líquido, y las olas, suaves y constantes, parecían aplaudir el nuevo día que se levantaba sobre el continente de Drakoria.
Tras la magnífica ceremonia de apertura en la Plaza de Edric, la energía del continente se había desplazado hacia el litoral.
Desde todos los rincones, caravanas, barcos y carruajes se dirigían a Halven, donde se celebraría el primer torneo de los Juegos Anuales del Continente: la natación.
Los muelles de piedra, habitualmente tranquilos, se habían transformado en un mosaico de vida.
Los pescadores observaban, maravillados, cómo las embarcaciones más majestuosas que jamás habían visto atracaban una tras otra.
En sus cubiertas ondeaban las banderas de las nueve naciones, movidas por la brisa marina.
Los estandartes morado del Imperio del Dragón Dorado se entrelazaban con los blancos y verdes de Nanxi y gris y blanco de Koryun, creando una sinfonía de colores que se reflejaba en el agua como si el mar mismo celebrara la unión de los pueblos.
El aire olía a sal, a madera recién barnizada, y al mismo tiempo, a algo nuevo y desconocido: la promesa del primer día de competencia.
Niños corrían entre la multitud agitando pequeñas banderas, mientras los músicos de Veyora tocaban melodías costeras con gaitas y tambores.
El sonido se mezclaba con el graznido de las gaviotas, el crujir de los barcos y las risas de los visitantes que desembarcaban con paso expectante.
Los gobernantes y sus séquitos fueron recibidos con honores.
Alfombras bordadas con los símbolos del Ducado adornaban los muelles, y guardias vestidos con uniformes azul marino formaban filas impecables.
Los delegados avanzaban saludando a la gente, algunos lanzando monedas de plata al público como gesto de prosperidad.
El pueblo respondía con vítores, con ojos llenos de esperanza, como si aquel evento pudiera traer un nuevo amanecer a Drakoria.
Entre los recién llegados, la princesa Xiaolian descendió del barco imperial.
El viento jugaba con los lazos de su túnica blanca, y su mirada se detuvo un momento en el horizonte, donde el cielo y el mar parecían unirse en un solo punto.
Sus papas , el Emperador Jin long del imperio del Dragón Dorado y El Gran consorte del dragón imperial Suwei Jinhai, elavanzaba a su lado con porte majestuoso, mientras detrás de ellos el equipo imperial de natación se formaba con precisión militar.
Cada uno de los hijos de los gobernantes cumplía un rol distinto.
Liang, el príncipe del Reino de Nanxi, caminaba con aire concentrado, revisando los pergaminos donde anotaba estrategias de su equipo.
Tao, el joven heredero de Xianbei, reía y bromeaba con sus compañeros, intentando relajar el ambiente antes del torneo.
Otros príncipes y princesas observaban los preparativos en silencio, conscientes de que las miradas del continente estaban puestas en ellos.
Halven, por su parte, vibraba como nunca antes.
Los comerciantes habían montado una feria que se extendía desde el puerto hasta la gran avenida principal.
Había puestos de dulces de miel de Andshi, telas bordadas del Dragón Dorado, frutas exóticas traídas de Nanxi, y hasta amuletos tallados en hueso de las montañas de Koryun.
Cada esquina estaba decorada con faroles y banderines.
Los olores eran tan variados que el aire mismo parecía un banquete: canela, incienso, pan tostado, pescado fresco, jazmín.
En medio de esa celebración, se escuchaban las lenguas mezcladas de todo Drakoria.
Algunos intercambiaban saludos formales, otros cantaban viejas canciones marineras.
Pero todos compartían una misma emoción: el orgullo de ser parte de algo que trascendía las fronteras.
— La gran piscina olímpica de Halven, una maravilla arquitectónica construida con mármol veyoriano y cristal marino, se alzaba en el corazón de la ciudad.
Era tan inmensa que, vista desde lo alto, parecía un segundo mar encajado dentro de los muros.
A su alrededor, gradas de piedra blanca se elevaban como un anfiteatro, capaces de albergar a más de veinte mil personas.
El agua, alimentada directamente desde el puerto mediante un sistema de canales, brillaba con reflejos turquesa.
En su superficie danzaban las primeras luces del día, y la brisa marina creaba pequeñas ondas que parecían susurrar secretos antiguos.
Los equipos comenzaron a llegar uno por uno.
Los entrenadores daban las últimas indicaciones, ajustaban gorros, revisaban la alineación de los carriles y probaban la temperatura del agua.
Los nadadores, concentrados, caminaban en silencio, respirando profundamente, algunos con los ojos cerrados, otros golpeando suavemente sus brazos para entrar en ritmo.
Entre ellos se escuchaban acentos de todos los rincones del continente.
Había risas nerviosas, susurros de concentración, oraciones discretas.
El ambiente era una mezcla de respeto y competencia, un equilibrio perfecto entre la calma y la tensión previa a la batalla.
Xiaolian observaba a su equipo imperial desde la orilla.
—Recuerden —dijo con voz firme pero serena—, no es solo la fuerza la que vence al agua, sino el entendimiento con ella.
La corriente es una aliada, no un obstáculo.
No nadamos contra ella… la guiamos.
Sus palabras resonaron entre los jóvenes nadadores.
Liang, que estaba cerca, escuchó y asintió con una sonrisa leve.
—Tienes razón —comentó él—.
La estrategia y el ritmo son más poderosos que la velocidad sin control.
Tao, desde su carril de práctica, levantó la mano y bromeó: —Y no olviden sonreír cuando ganen, que el pueblo está mirando.
Las risas se mezclaron con el sonido del agua.
Pese a las rivalidades, existía una sensación de respeto mutuo.
Todos sabían que los Juegos eran más que una competencia: eran la forma en que los reinos medían su honor y su espíritu sin recurrir a la guerra.
— Mientras los atletas entrenaban, las calles de Halven se convertían en un escenario paralelo.
Los niños que habían llevado las banderas durante la ceremonia de apertura paseaban con sus padres por las avenidas adoquinadas, maravillados ante los faroles mágicos que flotaban en el aire.
Cada rincón de la ciudad estaba decorado con símbolos de los Juegos: medallones dorados, esculturas de atletas, murales con dragones y olas entrelazadas.
Una pequeña niña llamada Rhia, que había portado la bandera del Reino del Koryun, observaba fascinada el reflejo del agua en los muros de la piscina.
—Papá… ¿crees que yo también podría nadar aquí algún día?
Su padre sonrió y la alzó en brazos.
—Claro que sí, mi pequeña.
Estos Juegos no solo son para los nobles.
Son para todos los que sueñan.
Aquellas palabras, simples y sinceras, eran el eco del verdadero espíritu de los Juegos Anuales: la unión, el esfuerzo, el orgullo compartido de un continente entero.
A medida que el sol se elevaba sobre la línea del horizonte, el calor comenzó a apretar con una intensidad que hacía brillar las piedras del puerto de Halven.
Sin embargo, nadie abandonaba su puesto.
Las gradas, los balcones y los muelles estaban llenos de espectadores, familias enteras y comerciantes que habían llegado desde los rincones más lejanos del continente para presenciar los entrenamientos del primer torneo.
Los vendedores de refrescos pasaban entre las filas ofreciendo vasos fríos de néctar de frutas tropicales y dulces helados cubiertos de pétalos de flor.
Los aromas se mezclaban con la sal del mar, creando una sensación cálida, viva, festiva.
El público aplaudía cada zambullida de los nadadores, cada brazada precisa, cada movimiento en el agua como si ya se tratara de una final.
Las voces se unían en un rugido colectivo, y el aire mismo parecía vibrar con la emoción de lo que estaba por comenzar.
En un momento, el viento cambió de dirección, trayendo consigo el aroma salado del océano y el eco de los templos cercanos, donde las campanas resonaban para bendecir la jornada.
El sonido se expandía como una plegaria que abrazaba toda la ciudad, un recordatorio de que, más allá del espectáculo y la competencia, Halven vivía un día sagrado.
Algunos gobernantes, vestidos con túnicas de gala y coronas de verano, se retiraron hacia las gradas principales, donde se habían dispuesto elegantes carpas de seda blanca para su descanso.
Desde allí, observaban a sus hijos con una mezcla de orgullo, esperanza y ansiedad contenida.
Era un momento solemne: ver a la nueva generación del continente demostrando su talento, su temple y su espíritu.
El Gran Duque Edric de Veyora, anfitrión del evento, se inclinó hacia el Emperador Jin Long del Imperio del Dragón Dorado, quien observaba atentamente los movimientos del equipo imperial.
—Es hermoso verlos juntos, ¿no cree, su majestad?
—dijo Edric con voz serena—.
Hace décadas que Drakoria no se siente tan unida.
El emperador, un hombre de rostro sabio y mirada profunda, asintió lentamente, sin apartar la vista del agua.
—Sí —respondió con tono grave—.
Aunque la verdadera prueba comienza mañana.
La competencia siempre revela más del corazón que de la fuerza.
Edric sonrió con melancolía.
—Tiene razón.
Las aguas de Halven no solo medirán velocidad… sino también alma.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, mientras el murmullo de las olas respondía como si comprendiera su significado.
— Más allá del palco de honor, los entrenadores seguían trabajando sin descanso.
Los equipos ajustaban los últimos detalles: trajes, posiciones de salida, y estrategias de respiración.
En uno de los extremos, Xiaolian, con el cabello recogido y la mirada fija, supervisaba a los nadadores del Imperio.
Su voz era firme, pero no dura.
—Recuerden —repetía—, no basta con ser rápidos.
La verdadera victoria está en la mente.
El cuerpo se agota, pero la estrategia no.
Los jóvenes asintieron con respeto.
Algunos se sumergían de nuevo, dejando que el agua fría les templara los nervios.
Otros cerraban los ojos, memorizando cada movimiento.
En el carril opuesto, Liang, príncipe de Nanxi, revisaba las posiciones de su equipo con precisión matemática.
Cada movimiento debía ser exacto, medido.
Para él, la natación era una danza controlada, una sinfonía de técnica y ritmo.
Un poco más allá, Tao de Xianbei animaba a los suyos con risas y palmadas en la espalda.
Su estilo era completamente distinto: relajado, vibrante, confiado.
No creía en la tensión ni en la rigidez, sino en la armonía entre cuerpo y agua.
Los tres líderes jóvenes, aunque distintos, compartían un mismo fuego.
— El día avanzó, y el puerto se volvió un mosaico de vida.
Los pescadores observaban desde sus embarcaciones; las familias almorzaban en las terrazas cercanas; los artistas callejeros tocaban instrumentos antiguos, llenando las calles con melodías que hablaban de gloria, valentía y unión.
Los niños que el día anterior habían portado las banderas en la gran ceremonia de apertura recorrían la ciudad con sus padres, contando con orgullo que ellos habían estado en el desfile, que habían visto a los príncipes de cerca, que habían sentido la fuerza del continente latiendo en un mismo compás.
Halven, normalmente tranquila y marinera, se había transformado por completo.
Cada rincón respiraba emoción.
Las paredes estaban decoradas con cintas de colores y símbolos de los distintos países: dragones, soles, montañas, flores, lunas.
Todo brillaba bajo el sol, como si la ciudad entera se hubiese vestido de esperanza.
— Cuando el sol comenzó a descender hacia el oeste, el cielo se tiñó de tonos anaranjados, rosados y rojizos.
La brisa marina se hizo más suave, y los reflejos del agua parecían oro líquido moviéndose con lentitud.
Los entrenamientos llegaron a su fin poco a poco, como una sinfonía que baja el tono antes del silencio.
Los equipos se retiraron hacia los pabellones.
Algunos reían, liberando la tensión del día; otros guardaban silencio, concentrados, con la mirada fija en el suelo, repasando mentalmente sus errores y promesas.
Sabían que la jornada siguiente no sería un simple torneo: sería la primera batalla del alma.
En las gradas, las familias comenzaron a encender lámparas pequeñas para iluminar su camino.
Los comerciantes cerraban sus puestos, pero la alegría no se apagaba.
De hecho, recién empezaba.
Las luces mágicas comenzaron a encenderse una a una sobre los tejados, las calles y los muelles, hasta que la ciudad entera parecía un océano de estrellas.
Los faroles flotantes que el Gran Ducado usaba en las fiestas del verano fueron liberados sobre el mar.
Cada uno representaba un deseo, una promesa, una esperanza.
Cientos de ellos se deslizaron suavemente sobre la superficie del agua, reflejando los colores del crepúsculo.
En los muelles, los músicos locales tomaron sus posiciones.
Tocaban melodías tranquilas, de esas que invitan a soñar.
El sonido de las flautas y los tambores se mezclaba con el rumor del mar.
Las familias cenaban al aire libre: panecillos dulces, sopa caliente, vino de fruta, y risas que llenaban el aire con vida.
— Desde su balcón en el alojamiento imperial, Xiaolian observaba el horizonte.
Vestía un kimono ligero, el cabello suelto, y sostenía una copa de té verde.
Desde allí podía ver las luces de los barcos balanceándose en el agua, escuchaba las voces del pueblo celebrando, y sentía en el pecho una mezcla de emoción y responsabilidad que la mantenía inmóvil.
Su mente viajaba lejos, más allá del puerto, más allá de las olas.
Pensaba en su padre, en las palabras del emperador, en el peso de representar al Imperio del Dragón Dorado.
No era solo una competencia; era un símbolo.
Cada brazada, cada segundo en el agua, era una forma de honrar a su nación, a su linaje y a su gente.
Sabía que el día siguiente marcaría el inicio de algo más grande que una competencia: sería la primera página de una historia que uniría destinos y pondría a prueba corazones.
—Mañana… —susurró— será el amanecer de algo nuevo.
A lo lejos, escuchó risas y pasos.
En la terraza contigua, Liang y Tao conversaban entre bromas, relajando el ambiente.
Era extraño, pensó Xiaolian, cómo incluso entre rivales podía nacer un vínculo de respeto, quizás incluso de amistad.
Esa noche, antes de dormir, muchos hicieron promesas.
Algunos las pronunciaron en voz alta, otros solo en su corazón.
Pero todas compartían una misma esencia: darlo todo, sin miedo, por honor y por orgullo.
— En el puerto, los últimos rayos de sol acariciaron las banderas de las naciones, que ondeaban firmes bajo la brisa del anochecer.
Los murmullos se fueron apagando poco a poco, reemplazados por un silencio expectante.
Era el mismo silencio que precede a los grandes momentos, el que guarda la respiración antes del salto.
El mar parecía dormido, pero bajo su superficie algo se agitaba: la energía de miles de sueños reunidos en un solo lugar.
Y mientras la luna se alzaba sobre Halven, redonda, brillante, reflejándose en el agua tranquila, el continente entero se preparaba para despertar.
Porque al día siguiente, cuando los tambores sonaran y el primer nadador se lanzara al agua, comenzaría el verdadero inicio de los Juegos Anuales del Continente.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Este capítulo muestra el amanecer de una nueva era en Drakoria.
Quise reflejar cómo, entre el mar y la esperanza, los pueblos aprenden que la verdadera fuerza no está en competir, sino en unirse bajo un mismo cielo.
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