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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 217

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217: Capítulo 6 – Descubriendo las Colectividades 217: Capítulo 6 – Descubriendo las Colectividades El sol de la mañana bañaba la ciudad portuaria de Halven con un dorado brillante, iluminando cada rincón del puerto y haciendo que los edificios de piedra y madera relucieran como si estuvieran cubiertos de joyas.

La brisa marina traía consigo los aromas de especias, pan recién horneado, flores frescas y perfumes exóticos.

Las calles y plazas estaban llenas de color y movimiento; cada país había instalado su propio sector cultural, y el pueblo, junto a los visitantes de otras tierras, recorría cada rincón con curiosidad, asombro y una sonrisa contagiosa.

En la zona del Imperio del Dragón Dorado, los aromas de té de jazmín, incienso y aceites perfumados flotaban sobre las elegantes telas de seda desplegadas en los puestos.

Los niños tocaban y acariciaban la suavidad de los bordados mientras los adultos observaban los intrincados detalles de los instrumentos tradicionales y se maravillaban ante los bailarines que ejecutaban coreografías perfectas, con movimientos que parecían flotar en el aire.

Los portadores de la bandera imperial, cuatro niños elegidos entre los habitantes del Imperio, saludaban con orgullo a cada visitante, mostrándoles la conexión profunda entre el pueblo y su nación.

Artesanos demostraban técnicas de caligrafía y pintura, dibujando dragones y paisajes que narraban historias de antiguos emperadores y héroes legendarios.

Cada gesto, cada movimiento, parecía un recordatorio del poder de la tradición y la armonía que reinaba en el Imperio.

A pocos metros, el Reino de Nanxi ofrecía un espectáculo visual y olfativo que transportaba a los visitantes a un mundo lleno de colores y dulzura.

Los aromas de pasteles y dulces de miel y frutas se mezclaban con la fragancia de flores exóticas.

Danzantes giraban entre la multitud, moviendo sus trajes con gracia, mientras los niños aprendían a hacer figuras de papel, abanicos pintados y pequeños faroles.

Liang, el príncipe de Nanxi, observaba desde la tribuna, con una sonrisa serena y orgullosa, al ver cómo los visitantes de tierras lejanas se maravillaban con las tradiciones de su reino.

Los mayores compartían historias sobre héroes, poetas y leyendas, y los niños escuchaban atentos, absorbiendo cada palabra mientras practicaban danzas y canciones ancestrales.

El Reino de Xianbei destacaba con sus máscaras pintadas a mano y música que flotaba por la plaza como un río de sonidos suaves y vibrantes a la vez.

Los visitantes se acercaban, fascinados, intentando imitar los movimientos de los bailarines, mientras los niños participaban en juegos de equilibrio, carreras de obstáculos improvisadas y pequeñas competencias de agilidad.

Los artesanos enseñaban a esculpir figuras de animales míticos y símbolos antiguos, explicando su significado y el valor que tenían en la historia del reino.

Cada sonido, cada color y cada gesto transmitía la disciplina, la creatividad y la historia viva de Xianbei, haciendo que todos sintieran que formaban parte de una celebración ancestral.

El Reino Andshi, el aroma de la cocina típica se mezclaba con el sonido de cacerolas y risas infantiles.

Se preparaban rituales de buena suerte, y los habitantes enseñaban a los visitantes cómo preparar pasteles rellenos de frutas, miel y especias.

Los niños guiaban a los extranjeros con entusiasmo, explicando cada paso con gestos animados y risas contagiosas.

Las calles se llenaban de colores, desde los manteles de las mesas hasta los trajes tradicionales de los cocineros.

Los visitantes podían probar cada platillo recién hecho, mientras escuchaban historias sobre festividades locales, antiguos mitos y la importancia de la comida como vínculo entre generaciones.

El Reino de Koryun exhibía bordados finos y coloridos que narraban la historia de su pueblo.

Los jóvenes practicaban bailes y artes marciales tradicionales, y los visitantes eran invitados a aprender movimientos básicos mientras los músicos acompañaban cada paso con tambores y flautas.

Los mayores enseñaban técnicas de destreza y equilibrio, explicando la historia de cada ritual y la conexión con la vida cotidiana del reino.

Los niños participaban activamente, aprendiendo a usar máscaras ceremoniales y descubriendo la alegría de las tradiciones que habían pasado de generación en generación.

En el Gran Ducado de Veyora, los barcos en miniatura flotaban sobre el puerto, reflejando la luz del sol y los colores de banderas y faroles.

Serenya, la duquesa heredera, supervisaba discretamente que cada detalle estuviera perfecto mientras los niños de la ciudad lanzaban sus embarcaciones entre risas y aplausos.

Talleres de música marina permitían que los visitantes tocaran arpas, flautas y tambores, y maestros explicaban la historia de cada melodía y cómo estas habían acompañado a los marineros en sus viajes por el continente.

Cada nota se mezclaba con el rumor de las olas, creando una atmósfera mágica que evocaba la tradición portuaria y el espíritu aventurero de Veyora.

El Principado de Takrin destacaba por sus caballos de exhibición que trotaban con gracia, mientras los jinetes demostraban maniobras y técnicas tradicionales de doma y cuidado de animales.

Los visitantes, especialmente los niños, aprendían a montar y a cuidar a los caballos bajo la guía de jóvenes del principado.

La música popular acompañaba cada movimiento, creando un ambiente de alegría, ritmo y aprendizaje.

Los pequeños participantes reían al sentir la fuerza y suavidad de los caballos, y los mayores se admiraban de la conexión profunda entre humanos y animales que caracterizaba a Takrin.

En la República Federada de Oshiran, los aromas a mariscos frescos, algas cocidas y pan recién horneado llenaban el aire, mezclándose con la brisa marina que traía consigo un ligero sabor salado.

Cada puesto estaba lleno de vida: pescadores locales mostraban con paciencia cómo limpiar y preparar platillos marinos tradicionales, mientras explicaban historias sobre la pesca en alta mar, los cambios de marea y la vida de las familias costeras.

Los visitantes observaban fascinados, algunos incluso ayudaban a preparar pequeñas porciones, aprendiendo a cortar y condimentar con hierbas locales.

Los jóvenes músicos recorrían las plazas con instrumentos de viento y percusión, tocando melodías que parecían fluir con el ritmo de las olas.

El sonido de la flauta se mezclaba con el repiqueteo de los tambores y el murmullo constante del mar, creando una atmósfera mágica que transportaba a los presentes a los días tranquilos y agitados de la vida costera.

Algunos niños intentaban imitar los movimientos de los músicos, mientras otros se acercaban a los estanques improvisados donde aprendían a pescar.

Con cañas diminutas y redes cuidadosamente preparadas, sentían la emoción de su primera captura, celebrando con risas y aplausos cada pequeño triunfo.

Los habitantes de Oshiran compartían con entusiasmo sus leyendas marinas, historias de criaturas míticas que vivían en las profundidades y relatos de ancianos que habían pasado toda su vida entre barcos y redes.

Los visitantes escuchaban atentos, y algunos se sentaban en pequeños bancos improvisados para tomar notas o dibujar escenas de los relatos que les contaban.

Cada gesto, cada historia y cada aroma evocaba la vida sencilla y noble de los habitantes, creando un lazo de aprendizaje, diversión y respeto por la tradición.

Al mismo tiempo, el Gran Ducado de Suryun ofrecía un ambiente vibrante y lleno de energía.

Sus plazas se llenaban de talleres de destreza física, competencias de fuerza, modelado en arcilla y cantos tradicionales.

Los visitantes podían aprender a moldear figuras con arcilla húmeda, dar forma a pequeños héroes o animales míticos, mientras los instructores explicaban la importancia de cada figura y su relación con la historia del ducado.

En las competencias de fuerza, los jóvenes se animaban unos a otros, participando en carreras de obstáculos, pruebas de levantamiento de peso y juegos de equilibrio, mientras los adultos aplaudían y se maravillaban de la pasión y dedicación que cada actividad transmitía.

La música de Suryun llenaba el aire con cantos solemnes y alegres, acompañando los movimientos de los participantes y haciendo que la plaza vibrara de emoción.

Entre los puestos de ambas colectividades, los niños portadores de banderas se movían con orgullo, saludando a los transeúntes y mostrando la conexión de la juventud con la historia y cultura de sus naciones.

Sus movimientos eran coordinados, firmes y alegres, reflejando la disciplina y el orgullo que habían aprendido desde pequeños.

Los hijos de los gobernantes, aunque presentes y observando desde las tribunas junto a sus padres, permanecían como meros espectadores; en esta celebración, era el pueblo quien brillaba y llenaba cada rincón de vida, risas y color.

Mientras la ciudad vivía entre aromas, colores, sonidos y movimiento, los equipos de natación realizaban sus últimos entrenamientos.

Cada brazada era medida, cada viraje ensayado con precisión.

Los nadadores miraban al horizonte, respirando profundo y concentrándose en la meta que los esperaba más tarde, mientras el sol brillaba alto, reflejándose en la superficie de la piscina y creando destellos que recordaban pequeñas chispas de luz danzando sobre el agua.

La tensión era palpable, pero a pesar de la competencia, la celebración del pueblo seguía su curso.

Los visitantes compartían comidas, probaban nuevas recetas, aprendían bailes tradicionales y escuchaban historias de ancianos y artistas locales.

Algunos se detenían a observar con detenimiento los detalles de los bordados de Koryun o la delicadeza de las miniaturas de Veyora.

Otros participaban en talleres improvisados, aprendiendo a moldear arcilla, dibujar máscaras o tocar melodías sencillas en los instrumentos locales.

Cada risa, cada aplauso y cada gesto de curiosidad reforzaba la sensación de comunidad y unidad entre los pueblos, recordando que estos juegos eran más que una competencia: eran un encuentro cultural que celebraba la riqueza de cada nación.

A medida que el día avanzaba, el sol comenzó a descender hacia el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas, rosados y violetas que se reflejaban en las olas y en los adoquines húmedos del puerto.

Las luces de los faroles empezaban a encenderse, creando reflejos cálidos sobre los barcos, los puestos y las plazas.

Las sombras alargadas de los visitantes se mezclaban con los colores brillantes de los pabellones, y un leve murmullo de música y conversación recorría las calles, mientras algunos aún practicaban bailes improvisados o se sentaban a observar la escena.

Halven brillaba como un mosaico de culturas, con cada pabellón, taller y plaza contando su propia historia, mientras los aromas de comidas, flores y especias se mezclaban con la brisa marina y los cantos de los músicos.

Era un recordatorio constante de que los Juegos Anuales del Continente no eran solo competencias, sino una celebración de unión, tradición y alegría compartida.

Cada gesto de amistad, cada sonrisa intercambiada entre visitantes de distintos reinos, cada aplauso a los artistas y deportistas, reafirmaba que la verdadera victoria estaba en la conexión entre los pueblos y en la riqueza de sus culturas compartidas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack los Juegos Anuales del Continente no solo celebran la competencia, sino la riqueza cultural, la tradición y la unidad de los pueblos.

En cada gesto, aroma y color se revela la esencia de la colaboración y el respeto entre naciones, recordándonos que la verdadera victoria está en compartir y celebrar juntos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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