EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 218
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- Capítulo 218 - 218 Capítulo 7 – El Rugido del Pretensado
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218: Capítulo 7 – El Rugido del Pretensado 218: Capítulo 7 – El Rugido del Pretensado La atmósfera del Coliseo Acuático estaba cargada con una energía difícil de describir.
No era solamente emoción, ni tampoco nerviosismo: era una mezcla de orgullo nacional, rivalidad ancestral y algo más profundo… una tensión que vibraba como un hilo de metal a punto de romperse.
Porque aunque oficialmente aún no se trataba de la Gran Final, todos sabían que este enfrentamiento entre el Gran Ducado de Veyora y el Reino de Koryun era el verdadero cruce que definiría el destino de los Juegos.
Desde muy temprano, las delegaciones comenzaron a llenar las plataformas superiores.
Los aprendices de nobleza, con ropas ceremoniales impecables, mostraban una mezcla de ansiedad y ambición.
Los hijos de los gobernantes—los mismos jóvenes que acompañaban a los nadadores y representaban la continuidad de sus casas—caminaban con gestos firmes, intentando ocultar los temblores de sus manos.
Sabían que sus mensajes, sus gestos y sus decisiones serían analizados por todos; cada sonrisa podía interpretarse como confianza, cada ceño fruncido como debilidad.
La piscina reflejaba un cielo azul apenas manchado por nubes suaves.
El aroma del mar se mezclaba con el de las maderas pulidas del coliseo, perfumado por la resina de los árboles acuáticos que adornaban las columnas laterales.
El público empezó a cantar.
Primero, solo algunos.
Luego cientos.
Y finalmente miles de personas entonaban los himnos de sus naciones, creando un eco poderoso que hacía vibrar el agua y los metales de las barandas.
La luz del sol se filtraba entre los estandartes coloridos que ondeaban en lo alto.
Violeta profundo para Veyora.
Gris y blanco para Koryun.
Ambos flameaban con una fuerza casi desafiante, como si hasta los propios colores quisieran luchar.
Los nadadores aparecieron desde los túneles subterráneos, avanzando con pasos medidos, hombros tensos y miradas de acero.
Cada movimiento mostraba la disciplina que traían desde sus imperios.
Veyora avanzaba con una elegancia casi calculada; sus nadadores parecían imponentes, seguros, como si cada uno llevara años preparándose para este momento exacto.
Koryun, en cambio, avanzaba con la determinación feroz que los caracterizaba.
Eran más agresivos en su porte, más explosivos en su energía interna.
No caminaban: avanzaban como guerreros listos para lanzarse a la carga.
Sus miradas se cruzaron con las de Veyora, chocando como espadas.
Sin palabras, sin gestos, sin provocaciones abiertas… pero en esas miradas ardía una rivalidad que venía gestándose desde mucho antes.
En la plataforma de autoridades, los gobernantes se saludaban con sonrisas educadas.
Pero cualquiera con ojos entrenados podía ver la verdad escondida: los músculos tensos en las mandíbulas, los dedos apretando los reposabrazos, la manera en que cada uno evitaba inclinar la cabeza más de lo necesario.
Los hijos de los gobernantes observaban todo.
Aprendían todo.
Sabían que después de estos Juegos, el equilibrio político entre ambas naciones podría inclinarse hacia un lado u otro.
Un triunfo daría voz, poder, prestigio.
Una derrota sería recordada durante generaciones.
Incluso las banderas parecían sentir esta tensión.
Las astas vibraban levemente con cada racha de viento, como si los propios colores de Veyora y Koryun se enfrentaran sin necesidad de palabras.
Los estandartes chocaban entre sí con pequeños crujidos de tela tensa, produciendo un murmullo inquietante que recorría las gradas como un presagio.
El público lo notaba: un silencio cargado de electricidad, como si el aire estuviera a punto de encenderse.
La piscina, perfectamente quieta antes del enfrentamiento, se onduló suavemente cuando los nadadores se posicionaron en sus plataformas.
Era un temblor casi imperceptible, una respiración profunda de la superficie del agua que presentía la violencia que estaba por venir.
El sol hizo brillar el agua como si estuviera cubierta de cristal líquido.
Los reflejos se movían como serpientes doradas, deslizándose entre los bordes de la piscina, iluminando los rostros tensos de los espectadores.
Los fanáticos, los nobles, los funcionarios, ylos viajeros que habían asistido desde reinos lejanos guardaron silencio.
Ni siquiera los comerciantes ambulantes se movieron.
Las bandejas de frutas exóticas, los vasos con bebidas heladas, los abanicos decorados con plumas… todo quedó suspendido, detenido, congelado por esa tensión colectiva.
Solo se escuchaba el correr de la brisa y el latido acelerado de miles de corazones.
Era un silencio pesado, casi reverencial.
Un silencio que hablaba más fuerte que cualquier grito.
—Por favor, mantengan la calma —dijo el Maestro de Ceremonias con una voz que intentaba sonar firme, aunque se notaba que también estaba afectado por la presión—.
Este es un enfrentamiento clasificatorio… pero también es una oportunidad para demostrar el espíritu verdadero de los Juegos.
Palabras inútiles.
Todos sabían que era imposible.
Nadie iba a mantener la calma esa tarde.
Los entrenadores se acercaron a sus pupilos.
Cada nación tenía su estilo característico, su forma de tocar el hombro del nadador, su manera de transmitir fuerza.
Se escuchaban instrucciones precisas, dichas con urgencia y contención: —Respira profundo, mantén la vista al frente.
—No dejes que te adelanten en el primer tramo.
—No te distraigas, ni por un segundo.
—Controla el ritmo.
No te quemes en los primeros 100 metros.
—Recuerda quién eres.
Lo que representas.
—No nades solo por ti.
Nada por tu estandarte.
Por tu casa.
Los nadadores apoyaron las manos sobre las plataformas, sintiendo el calor del metal calentado por el sol.
El contacto era seco, áspero, casi abrasivo, como un recordatorio de que la competencia no era un juego ni un acto ceremonial: era una batalla.
El aroma del agua salina llenó sus pulmones.
Era un olor familiar: infancia, disciplina, camaradería, victorias sudadas, derrotas que dolían como huesos rotos, madrugadas enteras entrenando bajo la luna cuando todos los demás dormían.
Cada nadador tenía una historia diferente… pero esa tarde, todas las historias se unían en un mismo punto: ganar.
Veyora ajustó sus posiciones con movimientos fluidos, casi elegantes, como si cada nadador fuera un bailarín entrenado para actuar en el momento exacto.
Sus cuerpos se alinearon con precisión, mostrando la disciplina férrea que los caracterizaba desde hacía generaciones.
Koryun, por el contrario, golpeó suavemente sus muslos para activar la circulación.
Sus movimientos eran más bruscos, más directos, llenos de esa fiereza que les había dado fama.
Se sacudían la tensión con respiraciones cortas, rápidas, como animales listos para saltar.
Todo estaba listo.
Todo estaba a punto de estallar.
Cuando el juez levantó la bandera, el público se levantó al mismo tiempo, generando un sonido que retumbó en toda la costa.
Miles de cuerpos moviéndose al unísono crearon un temblor que se extendió por todo el coliseo, haciendo vibrar los cristales, las barandas, el agua.
Un rugido humano contenido en un solo movimiento.
Y entonces… BAAM.
El golpe de campana.
Un sonido seco, absoluto.
El inicio.
Los nadadores se lanzaron al agua como bestias desatadas.
La primera explosión de movimiento fue tan intensa que el agua saltó hacia los lados como si hubiera sido herida.
Las gotas brillaron en el aire como estrellas rotas antes de caer sobre los espectadores de las primeras filas.
Algunos niños gritaron de emoción, algunos nobles retrocedieron para no mojar sus ropas finas, otros extendieron las manos para sentir ese impacto de la competencia en su piel.
El primer tramo fue brutal.
Koryun salió adelantado con explosividad pura, como si cada músculo de sus cuerpos hubiera almacenado energía durante días.
Sus brazadas eran furiosas, rápidas, agresivas, generando una ola impresionante detrás de ellos.
Cada golpe contra el agua era un ataque.
Veyora, más calculado, mantuvo un ritmo constante, elegante, medido.
Era como ver a un depredador que no se desespera, que acecha, que espera el momento perfecto.
No buscaban la ventaja inmediata: buscaban resistir.
La tensión era tan densa que parecía otro elemento flotando sobre la superficie del agua.
Como si además del agua, el cloro y la luz del sol, hubiera un cuarto elemento invisible: la presión.
Los hijos de los gobernantes estaban inclinados hacia adelante, respirando al mismo ritmo que los nadadores.
No hablaban.
No se movían.
Era como si un hilo invisible los conectara con cada movimiento de las brazadas.
Cada brazada los acercaba más al futuro que querían construir o temían perder.
No había término medio.
O subían… o caían.
Mientras los nadadores avanzaban en el agua, las miradas entre las delegaciones se volvieron más agudas.
Los escoltas tensaron sus mandíbulas, listos para moverse aunque nadie sabía por qué lo harían.
Los consejeros murmuraban sobre estrategias futuras.
Los nobles cuchicheaban entre sí sobre lo que significaría la victoria o la derrota.
Sabían que esta competencia no era deportiva: era un símbolo.
Y los símbolos tenían consecuencias.
Más allá de los límites visibles de la piscina, los magos del clima que acompañaban la organización del evento intercambiaron miradas nerviosas.
Los patrones del viento estaban cambiando.
La energía del público comenzaba a afectar el entorno.
No era nada mágico… era simplemente la magnitud de la emoción humana desbordada.
Pero ellos lo sentían como si el aire estuviera vivo.
El público gritó al ver el primer viraje.
Koryun lo tomó con un golpe de impulso feroz, girando bajo el agua como si fueran torbellinos humanos.
Su fuerza se sentía incluso desde la orilla.
Su avance era tan agresivo que pequeñas burbujas subieron a la superficie como si el agua estuviera hirviendo.
Pero Veyora… Veyora lo ejecutó con una precisión tan perfecta que parecía un pez en movimiento.
Un solo cuerpo.
Una sola línea.
Un solo impulso que no desperdició ni una gota de energía.
Los espectadores se pusieron de pie.
Se escucharon suspiros.
Gritos.
Aplausos.
Maldiciones.
Amenazas.
Oraciones.
El coliseo se había transformado en un volcán humano.
La tensión llegó al límite.
Era casi insoportable.
Había fanáticos de Veyora que se tomaban la cabeza con ambas manos, desesperados por el equilibrio perfecto que estaban manteniendo.
Otros de Koryun golpeaban el suelo con los pies para descargar la tensión.
Algunos lloraban y ni siquiera sabían por qué.
Pero nadie —absolutamente nadie— podía predecir quién ganaría.
Ese era el verdadero terror.
Esa era la verdadera emoción.
Y esa incertidumbre era una llama viva que mantenía a toda la nación despierta por dentro.
Los nadadores estaban en su máximo nivel.
Los músculos tensos, las piernas rompiendo el agua, los brazos cortando las corrientes, los pulmones luchando, los corazones latiendo tan fuerte que parecía que todos podían escucharlos.
No era una simple clasificación.
Era una guerra silenciosa.
Una guerra que no se luchaba con espadas… sino con brazadas.
Con aire.
Con voluntad.
Con espíritu.
Y todos en ese coliseo sabían que ese momento sería recordado para siempre, incluso antes de saber el resultado.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo quise mostrar que, a veces, una competencia es mucho más que un deporte: es historia, orgullo y destino.
En el silencio antes del salto y en la fuerza de cada brazada, se escucha el verdadero rugido de las naciones.
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