EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 219
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219: Capítulo 8 – La Tensión de la final 219: Capítulo 8 – La Tensión de la final El sol del día siguiente bañaba Halven con un brillo dorado que reflejaba las olas del puerto y las calles llenas de vida.
La ciudad vibraba con una energía distinta, más intensa, más eléctrica.
Era como si hubiera inhalado profundamente al amanecer y se hubiese quedado conteniendo la respiración, esperando el momento más decisivo de los Juegos.
Los visitantes de todos los rincones del continente recorrían los puestos de artesanía, los talleres de cocina y los escenarios de danza como el día anterior, pero algo había cambiado: ya nadie caminaba por simple curiosidad.
Todos, sin excepción, avanzaban con un ojo puesto en el cielo, otro en las calles, y el corazón pendiente de la gran piscina del Gran Ducado de Veyora.
Allí, en ese coliseo acuático que brillaba como una gema azul gigante, se decidiría la final de natación.
Las tribunas estaban abarrotadas desde temprano.
Muchos habían hecho fila durante la noche.
Algunos venían desde reinos lejanos.
Y todos querían ver con sus propios ojos el enfrentamiento que ya era considerado histórico.
Los gobernantes y sus hijos habían sido ubicados en la sección más alta del recinto, desde donde podían ver toda la piscina y, al mismo tiempo, todo el público.
La princesa Xiaolian del Imperio del Dragón Dorado observaba con atención, con los ojos brillando bajo la sombra de su abanico bordado en oro.
Liang del Reino de Nanxi, calmado pero con la mandíbula tensa, jugueteaba con un marcador de papel que uno de los artesanos le había dado la tarde anterior.
Tao del Reino de Xianbei miraba fijamente la superficie del agua como si pudiera anticipar el resultado solo con observar sus movimientos.
Meilin de Andshi mantenía las manos entrelazadas, los dedos apretados, como si estuviera conteniendo una emoción que amenazaba con desbordarse.
Al lado de ellos, los grandes duques, emperadores, príncipes y gobernantes compartían una tensión silenciosa.
Esta no era simplemente una competencia deportiva.
No era entretenimiento.
No era diversión.
Era política.
Era reputación.
Era poder suave.
Era identidad nacional.
Y cada uno de ellos lo sabía.
En los niveles inferiores, los niños del pueblo portaban con orgullo las banderas de sus países.
Agitaban los colores con energía pura, con una inocencia que contrastaba tanto con la tensión adulta que resultaba casi conmovedora.
Para ellos no había política: había alegría.
Había orgullo.
Había emoción por ver a los mejores de sus naciones competir bajo el sol de Halven.
En el sector del Gran Ducado de Veyora, la duquesa heredera Serenya caminaba entre los visitantes.
Su presencia calmada daba seguridad, pero sus ojos revelaban la presión que cargaba.
Aun así, sonreía a los niños, chocaba los puños con los jóvenes que la admiraban y explicaba las reglas de la competencia con una claridad delicada.
—Recuerden —decía con voz firme pero amable—: no se trata de fuerza solamente, sino de estrategia y control.
El agua escucha, el agua responde.
Los visitantes aprendían a preparar mini barcos de papel que se deslizaban sobre el agua en pequeños canales laterales.
Algunos celebraban cuando sus barquitos cruzaban la meta improvisada; otros reían cuando se hundían con solo tocarlos.
Los aromas de las comidas locales —pescado marinado, pasteles de hierbas, pan de especias— envolvían la zona, formando una mezcla cálida que recordaba a todos que la cultura de cada nación era tan importante como la competencia misma.
Mientras tanto, en los vestuarios de los finalistas, otra historia se desarrollaba.
Allí, lejos del ruido del público, se escuchaban únicamente respiraciones controladas, el roce de los trajes de natación ajustándose contra la piel, el eco de las gotas de agua que caían del techo hacia el suelo.
Cada nadador revisaba su técnica frente a los espejos.
Algunos estiraban los brazos en silencio.
Otros murmuraban mantras que solo ellos entendían.
Unos caminaban en círculos para calmar los nervios.
Otros golpeaban suavemente las paredes para activar la concentración.
Los entrenadores susurraban instrucciones rápidas, casi mecánicas, pero llenas de emoción: —Tú puedes.
—Confía en tu cuerpo.
—Recuerda lo que entrenamos.
—No te aceleres al principio.
—Mira la línea.
Respira.
No pierdas el eje.
En ese pequeño espacio, el sonido más fuerte era el del agua golpeando suavemente el borde de la piscina de entrenamiento.
Incluso sin público, sin gritos, sin aplausos, el ambiente vibraba con la misma tensión que afuera.
Afuera, en las plazas cercanas, los pueblos celebraban simultáneamente.
el Imperio del Dragón Dorado, los niños enseñaban a preparar dulces típicos de arroz y miel, mientras los músicos tocaban melodías antiguas con instrumentos de cuerda.
En Nanxi, los talleres de papel cortado seguían llenos de curiosos que intentaban replicar los diseños impecables de los maestros locales.
En Suryun, las danzas y competencias de equilibrio continuaban, llenando el aire con música de tambores y voces profundas.
En Andshi, la cocina tradicional atrapaba a todos con aromas de frutas, especias y hierbas brillantes.
Cada plaza era un mundo propio, pero a la vez todos los mundos estaban conectados por un hilo invisible que los llevaba de regreso a la piscina de Veyora.
A medida que la hora de la final se acercaba, la emoción era palpable.
Los comerciantes cerraron sus puestos.
Los artistas guardaron sus instrumentos.
Los niños fueron alzados por sus padres para poder ver.
Las banderas se mantuvieron en alto.
Los gobernantes se enderezaron en sus asientos.
Los nadadores se alinearon en la piscina.
El público contuvo el aliento.
El juez levantó la gran bandera de inicio.
La superficie del agua se volvió completamente lisa.
Un espejo perfecto.
Un silencio absoluto.
Y entonces… DOOONG.
La gran campana de Veyora sonó una vez, anunciando el inicio de la final.
Los nadadores se lanzaron como rayos.
El primer movimiento rompió el agua como una explosión silenciosa.
Hubo un instante —un solo instante— en que todo pareció detenerse.
Y luego, otra vez, el mundo comenzó a moverse.
Cada brazada contaba.
Cada respiración importaba.
Cada segundo decidía el destino de una nación entera.
Mientras los equipos luchaban por la victoria, fuera de la piscina los pueblos continuaban celebrando, compartiendo, aprendiendo y fortaleciendo los lazos entre culturas.
El agua se convirtió en un campo de batalla.
El aire, en un ejército de gritos y emoción.
El público, en un mar vivo que vibraba con cada movimiento.
El día avanzaba con tensión, alegría y orgullo.
Y todos comprendían que, aunque solo uno de los equipos ganaría la medalla de oro, la verdadera victoria residía en la unión de los pueblos y la celebración de sus tradiciones.
Porque después de ese día, el continente nunca volvería a ser el mismo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En esta final quise mostrar que, a veces, un solo instante puede unir a miles de corazones.
Porque mientras los nadadores luchan por la gloria, los pueblos descubren que la verdadera fuerza nace cuando cada cultura comparte su luz.
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