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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 220

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220: Capítulo 9 – La Gran Final de Natación 220: Capítulo 9 – La Gran Final de Natación El amanecer en Halven tenía un brillo diferente aquel día.

El sol se elevaba lentamente sobre el puerto, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados, como si el propio continente contuviera la respiración ante lo que estaba por suceder.

Las calles, que ya estaban llenas de visitantes desde días atrás, vibraban con una emoción que podía sentirse en el aire, como un pulso constante en cada esquina.

La gran piscina del Gran Ducado de Veyora lucía imponente, adornada con banderas de cada país, cintas azules y doradas, y flores acuáticas que Serenya había mandado colocar como símbolo de unión.

Las tribunas estaban repletas desde horas antes; nadie quería perderse el espectáculo final.

Niños del pueblo, vestidos con trajes festivos, agitaban las banderas que habían aprendido a confeccionar en los talleres.

Turistas de todas las naciones conversaban, intercambiaban comidas y mostraban orgullosos las insignias de sus países.

Pero poco a poco, todas las miradas fueron dirigidas a los dos equipos finalistas: El Gran Ducado de Veyora vs.

El Reino de Koryun Ambos se alineaban en los bloques de salida como dos titanes listos para enfrentarse.

Los gobernantes observaban desde las gradas altas.

Las expresiones de Serenya, Alina, Xiaolian y los demás herederos mostraban una tensión que la multitud compartía.

A pesar de haber presenciado muchas competencias, esta tenía algo distinto: era la final de la final, la culminación de meses de preparación, de esfuerzos, de sueños.

Los nadadores se acomodaron en sus posiciones.

El silencio cayó con un peso casi sagrado.

La campana sonó.

Y el mundo pareció estallar.

Los nadadores se lanzaron al agua con una fuerza que rompió la superficie como si abrieran una puerta a la gloria.

El público contuvo la respiración por un instante antes de romper en gritos, aplausos y cánticos.

El equipo de Veyora avanzaba con una precisión milimétrica.

Sus brazadas eran cortas, firmes, sincronizadas.

Sin desperdiciar esfuerzo.

Cada giro, cada respiración era exacto.

El equipo de Koryun, por su parte, respondía con una velocidad feroz.

Su estilo era más agresivo, explosivo, casi salvaje.

Creaban pequeñas olas a su paso, como si cada nadador estuviera decidido a romper el agua a pura determinación.

Los niños gritaban los nombres de sus favoritos.

Las banderas ondeaban como flamas en el aire.

Los gobernantes inclinaban sus cuerpos hacia adelante, incapaces de ocultar su nerviosismo.

A mitad de la carrera, ambos equipos estaban casi iguales.

Un susurro recorrió la multitud.

Había tensión.

Había adrenalina.

Había historia en construcción.

En la tercera vuelta, Veyora comenzó a tomar una ventaja mínima.

Pero no era una ventaja común: era el tipo de diferencia que solo aparece cuando un equipo lleva años entrenando como si fueran un solo cuerpo.

Las brazadas eran más limpias, casi silenciosas, rompiendo el agua como cuchillas que no desperdiciaban ni una molécula.

El nadador líder de Veyora realizó un giro tan perfecto que por un instante pareció desaparecer bajo la superficie para reaparecer varios centímetros adelante, como si el agua lo hubiese impulsado por voluntad propia.

Un murmullo estremeció a la multitud.

Sin embargo, Koryun no se dejó intimidar.

El equipo entero pareció reaccionar al unísono, como si compartieran un mismo corazón acelerado.

El nadador principal de Koryun apretó la mandíbula, estiró el brazo con una fuerza brutal y recuperó el ritmo.

Sus piernas golpearon el agua con una furia controlada, creando remolinos que brillaban bajo la luz del sol.

La distancia volvió a cerrarse, palmo a palmo, respiración por respiración.

Lo que sucedía ya no era una simple carrera: era una danza feroz entre estrategia y velocidad, entre cálculo y pura determinación salvaje.

Los espectadores empezaron a levantarse de sus asientos sin siquiera darse cuenta.

Era un movimiento instintivo, como si sus cuerpos reaccionaran solos.

Para cuando lo notaron, ya todo el estadio estaba de pie, incapaz de mirar otra cosa que no fuera esa franja azul donde dos naciones estaban librando un duelo que sería recordado durante generaciones.

La recta final llegó como un relámpago.

El aire entero parecía vibrar al ritmo de las brazadas.

Veyora adelante por un suspiro.

Koryun detrás… pero cada vez más cerca, como una sombra a punto de alcanzarlos.

El ruido del público ya no era ruido: era un rugido vivo, una ola que subía y bajaba con cada movimiento de los nadadores.

Los corazones latían tan fuerte que parecía que la piscina entera se movía al compás de miles de pechos.

Los últimos metros fueron un caos puro.

Gritos.

Banderas agitándose.

Gente llorando.

Niños trepándose sobre los hombros de sus padres.

Entrenadores sujetándose la cabeza.

Agua salpicando como pequeñas explosiones bajo cada brazada.

Y entonces… Un destello.

Un golpe.

Una mano que tocó la pared.

¡Veyora tocó la pared primero!

Por un instante, hubo silencio absoluto.

Un segundo casi sobrenatural.

Y luego… BOOOOOOOOM.

Las tribunas estallaron.

Los niños saltaron abrazándose unos a otros, gritando los nombres de los nadadores como si fueran héroes de leyenda.

Las banderas se elevaron como un mar de colores ondulantes, formando un paisaje vibrante que parecía una pintura viva.

Los gobernantes sonrieron, algunos con los ojos húmedos, otros dejando escapar suspiros de alivio o emoción contenida.

Incluso los más serios dejaron ver una chispa de orgullo que iluminaba sus rostros.

Los nadadores de Koryun, segundos pero majestuosos, emergieron del agua exhaustos.

No habían ganado, pero su dignidad era tan brillante como la de los campeones.

Levantaron la cabeza con orgullo, sabiendo que su esfuerzo había sido memorable, digno de las historias que serían contadas en sus hogares durante años.

Los finalistas de ambos equipos salieron del agua jadeando, apoyando las manos en las rodillas, respirando como si hubieran dejado su alma en esa piscina.

Pero sus rostros no mostraban agotamiento: mostraban gloria.

Mostraban resistencia.

Mostraban el espíritu de naciones enteras.

Serenya, Alina y todos los herederos se pusieron de pie, aplaudiendo con una fuerza que hacía vibrar el aire.

Era imposible no emocionarse.

Aquel día, más que una competencia, habían presenciado la unión de un continente que se descubría capaz de compartir sueños y rivalidades sin dividirse.

El sol comenzaba a descender, y con él Halven se transformó.

La luz dorada del atardecer se derramó sobre los techos de tejas, sobre los muelles y sobre las calles que horas antes habían sido escenarios de tensión.

Ahora, en cambio, se convertían en un festival viviente.

Las calles se llenaron de música.

Se escuchaban tambores de Nanxi, flautas de Andshi, cuencos metálicos del Imperio del Dragón Dorado y cuerdas tradicionales del Reino de Veyora.

Cada sonido parecía responder al otro, creando una sinfonía improvisada que envolvía la ciudad en una alegría contagiosa.

Las plazas revivieron con danzas tradicionales.

Grupos enteros se tomaban de las manos, girando en círculos, creando figuras, compartiendo pasos que habían sido transmitidos de generación en generación.

Cada danza tenía su propio ritmo, su propia historia, su propio espíritu.

Los visitantes se unían, torpes al principio, y luego cada vez más confiados.

El continente entero parecía moverse con un mismo corazón.

Los olores de comidas típicas de cada nación se mezclaban en una armonía perfecta.

Se sentía el dulce aroma del arroz caramelizado de Xiaolian, el pan especiado de Andshi, las sopas picantes de Nanxi y los pescados ahumados de Veyora que chisporroteaban sobre parrillas improvisadas.

Los vendedores ofrecían platos en cuencos pequeños para que todos pudieran probar un poco de cada cultura.

Había risas que se escuchaban desde lejos, como campanas que resonaban entre las calles.

Los niños corrían entre los puestos, mostrando sus banderas, jugando con barcos de papel en las fuentes, persiguiéndose con la pureza de quienes habían vivido un día lleno de maravillas.

Los adultos reían también, compartiendo anécdotas del partido, recordando con emoción los momentos más tensos y celebrando la grandeza del contienda.

Había cantos que se repetían como mantras de alegría.

Era como si las voces de cientos de personas se unieran en un mismo eco que viajaba por todo Halven.

Melodías suaves, otras más festivas, algunas improvisadas y otras tradicionales.

Algunas personas cantaban en sus idiomas natales, y otras, simplemente, tarareaban.

Pero todas transmitían la misma energía: gratitud por ese día, orgullo por sus naciones y emoción por el futuro.

Había abrazos entre personas de países distintos, celebrando juntos.

Desconocidos que unas horas antes se miraban con tensión ahora se unían en gestos de camaradería.

Visitantes de Koryun felicitaban a las familias de Veyora; ciudadanos del Imperio compartían bebidas con habitantes de Xianbei; niños de Nanxi intercambiaban pulseras con niñas de Andshi.

Era una mezcla perfecta entre culturas, tradiciones y emociones.

Los nadadores, aún húmedos, con el cabello pegado a la frente y el pecho moviéndose con respiraciones profundas, fueron rodeados por niños que querían tocarlos, felicitarlos y preguntarles sus nombres.

Algunos pequeños extendían cuadernos para pedir autógrafos; otros simplemente querían mirarlos a los ojos, como si fuesen estrellas que habían caído del cielo para posar sobre la tierra por un instante.

El equipo de Veyora era levantado en brazos por los habitantes locales.

Los nadadores de Koryun recibían flores, pulseras hechas a mano y abrazos sinceros de personas que admiraban su esfuerzo.

A pesar de haber quedado segundos, eran celebrados como héroes.

Y eso decía más del espíritu de Halven que cualquier bandera.

Los gobernantes observaban todo desde las terrazas elevadas del complejo principal.

Sus rostros se suavizaban al ver a sus pueblos unidos, mezclados, riendo juntos como si las fronteras fueran solo líneas dibujadas en un mapa.

Las rivalidades quedaban a un lado; lo que permanecía era la alegría compartida.

La luz dorada del atardecer bañaba la piscina, tiñéndola de un color cálido, casi místico.

El agua, que horas antes había sido campo de batalla, ahora reflejaba sonrisas, banderas ondeando y sombras alargadas que bailaban con el viento.

Y mientras el cielo se teñía de naranja, rosado y violeta, todos comprendieron una verdad más profunda, más grande, más hermosa: El verdadero triunfo no estaba solo en la victoria… estaba en la unión.

En la magia de un continente que aprendía a celebrar junto.

En la fuerza de las diferencias, y en la belleza de lo compartido.

En las historias que cada pueblo llevaba como un tesoro y que, al final, se entrelazaban para formar una sola historia: la historia de Drakoria.

Era el final perfecto para un día que jamás sería olvidado.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En esta final quería mostrar que, cuando un continente se une para celebrar, la victoria deja de ser de un país y se convierte en un recuerdo que todos comparten.

Porque la emoción verdadera nace cuando cada corazón late al mismo ritmo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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