EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 223
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- Capítulo 223 - 223 Capítulo 2 – Los Corceles del Continente
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223: Capítulo 2 – Los Corceles del Continente 223: Capítulo 2 – Los Corceles del Continente El sol ascendía sobre las torres antiguas de Rashin como si lo empujara la voluntad del continente entero.
La luz dorada bañaba los tejados de tejas rojizas, los balcones decorados con flores y estandartes, y los muros que habían sido testigos de siglos de historia.
Era una mañana distinta, cargada de una tensión vibrante, casi eléctrica, que hacía temblar el aire.
Desde antes del amanecer, los habitantes y viajeros comenzaban a llegar.
Miles de personas se agolpaban en las gradas del gran hipódromo ducal, un coliseo ovalado que se extendía como un gigante dormido en el corazón de la ciudad.
Las banderas ondeaban con orgullo; los tambores, los cánticos y las risas tejían una música única.
Era el sonido de Drakoria unida por el Turf.
Los vendedores pasaban cargando bandejas de dulces, agua fresca, tés especiados y amuletos de buena suerte.
Algunos niños llevaban coronas hechas con flores del campo, otros capas de colores imitando a los jinetes.
Los ancianos hablaban de carreras legendarias del pasado, recordando nombres que ya eran parte de la historia.
Las parejas jóvenes se tomaban de la mano, contagiadas por la emoción.
Rashin vibraba.
Entonces, un sonido grave retumbó en la arena: las puertas principales del hipódromo se abrieron.
Un silencio absoluto cayó sobre los miles de presentes.
Los tambores dejaron de sonar.
El aire pareció contener su propio aliento.
La Ceremonia de Presentación estaba por comenzar.
Los corceles del continente… iban a cruzar el umbral.
Imperio del Dragón Dorado El primero en entrar fue el Imperio del Dragón Dorado, siempre majestuoso, siempre impecable.
La música imperial comenzó con un estruendo glorioso, una mezcla de cuernos, tambores y campanas que hacía vibrar el suelo.
Desde la entrada apareció Ji-ho Duran, el jinete más disciplinado que el Imperio había producido en dos generaciones.
Vestía una armadura ligera dorada con líneas carmesí que brillaban como fuego bajo el sol.
Pero lo que realmente heló a la multitud fue su corcel.
“Luz del Cielo”, un caballo negro como la noche sin luna, con una mirada afilada e imponente.
Su pelaje brillaba como obsidiana pulida; su paso era suave, pero poderoso.
Cada movimiento de sus músculos demostraba control y fuerza.
Cuando Ji-ho tiró suavemente de las riendas y el caballo levantó la cabeza, un suspiro atravesó a los espectadores.
—Dicen que Luz del Cielo puede correr tres días sin descanso… —susurró una mujer en las gradas.
—Guiado solo por el honor… —respondió otro.
El público estalló en vítores cuando el binomio dio una vuelta completa en el hipódromo.
Era una danza perfecta entre jinete y corcel, una sinfonía de precisión.
El Imperio había llegado para ganar.
Gran Ducado de Veyora Tras la majestuosidad dorada del Imperio, el ambiente cambió.
La violeta , de veyora los recientes campeones de la natación, entraron con orgullo.
La multitud los recibió con una ovación cálida y afectuosa.
Muchos aún recordaban la solemnidad y la emoción de la entrega de medallas en Halven.
Serin Valtor, joven, valiente y con una sonrisa confiada, montaba a “Tempestad Azul”, un caballo fuerte, musculoso, de un pelaje celeste grisáceo que reflejaba la luz como agua en movimiento.
Cada vez que Tempestad Azul caminaba, parecía que olas invisibles se formaban en su estela.
—¡Veyora no solo reina en el agua!
—gritó un niño, ondeando una pequeña bandera.
El gran duque de Veyora observaba desde el palco, lleno de orgullo.
Habían entrenado duro para demostrar que su gloria no era casualidad.
El público lo sabía.
Lo sentía.
Reino de Koryun El ambiente se volvió más sobrio cuando entró Koryun.
El himno del reino era una melodía profunda, casi espiritual.
Cuando Elden Kaer apareció, vestido con ropajes negros bordados con plata, la multitud guardó un respeto silencioso.
Su caballo, “Sombra de Acero”, era una bestia impresionante: pelaje gris oscuro, mirada fiera, músculos tensos como cable de acero.
Un animal criado para la perfección y la disciplina.
Elden no sonrió.
Solo inclinó la cabeza, solemne, seguro.
Koryun quería recuperar el honor que había perdido en competencias pasadas.
—Koryun está decidido —comentó un anciano en las gradas—.
Lo ves en los ojos de Elden.
Sombra de Acero dio pasos firmes, marcando territorio.
Silencio.
Respeto.
Temor.
Koryun no venía solo a competir… venía a desafiar.
Principado de Takrin Y entonces… El rugido de la multitud cambió.
Subió.
Creció.
Explotó.
Porque la leyenda había llegado.
Takrin, el país que durante siglos había dominado el Turf.
El nombre que todos respetaban.
El que todos temían.
La entrada fue triunfal.
Liora Fen apareció con su armadura ligera y su postura imponente.
Nadie respiró durante un segundo.
Su corcel, “Viento Carmesí”, era un espectáculo imposible de ignorar.
Rojizo, con una melena negra que se agitaba como fuego, ojos intensos como brasas vivas.
Cada paso parecía una llamarada.
Cada movimiento era un desafío.
—¡Es ella!
¡Liora Fen!
¡La reina no coronada del Turf!
—gritó una mujer, levantándose de su asiento.
La multitud se puso de pie.
Takrin era pasión pura.
Liora levantó el brazo, Viento Carmesí relinchó con fuerza… y Rashin tembló.
Takrin venía por TODO.
Reino de Nanxi Tras el fuego de Takrin vino la calma luminosa de Nanxi, el mayor rival del principado en la historia de las carreras.
Apareció Han Zhuo, montando a “Aliento del Amanecer”, un caballo dorado y elegante, con movimientos tan suaves que casi parecía levitar.
Si Takrin era fuego… Nanxi era luz.
Cada paso del corcel era armonía.
Cada movimiento parecía una danza tradicional milenaria.
—Esa criatura parece hecha de sol… —susurró una niña maravillada.
Los nanxianos levantaron sus estandartes en silencio respetuoso.
Su estilo no era ruidoso, pero era poderoso.
Todos sabían que Nanxi siempre era una amenaza silenciosa.
Gran Ducado de Suryun La entrada de Suryun fue cálida, llena de cantos y tambores rurales.
Ravel Onir, su jinete, montaba a “Relámpago Blanco”, un caballo temperamental, veloz, impredecible.
Su pelaje blanco brillante resaltaba bajo el sol.
Su energía era explosiva.
—Es rápido, pero difícil de controlar —dijo un entrenador en las gradas—.
Si Ravel logra manejarlo… cuidado.
Suryun no tenía la tradición imperial ni ducal de otros países, pero sí tenía algo: corazón.
Y Relámpago Blanco lo demostraba con cada movimiento salvaje.
República Federada de Oshiran La República Federada de Oshiran tuvo una de las entradas más elegantes.
Nerra Vale, amazona de trenzas largas, ojos verdes y postura firme, montaba a “Centella”, una yegua liviana y ágil.
Centella era pequeña comparada con los demás, pero su velocidad era legendaria en su región.
La multitud aplaudió con respeto.
Oshiran era un país libre, donde el deporte era símbolo de igualdad y esfuerzo.
Su delegación siempre era bien recibida.
Nerra saludó con dos dedos en la frente, un gesto tradicional oshirano que significaba: “Que el viento te acompañe.” Reino de Xianbei Con un estandarte azul oscuro y plata, entró Xianbei, el reino del norte.
Varek Domir, un jinete humilde pero resistente, montaba a “Rastro del Norte”, un caballo robusto criado en nieves perpetuas.
No era el más rápido… pero sí el más inquebrantable.
Podía correr horas enteras sin perder el ritmo.
El público lo aplaudió con admiración.
Xianbei siempre traía sorpresas.
Reino de Andshi El último país en entrar fue Andshi, con su bandera blanca vibrando al viento.
Daren Sol, un jinete carismático y respetado, montaba a “Verde Eterno”, un corcel hermoso de pelaje esmeralda oscuro.
La multitud quedó boquiabierta.
Verde Eterno parecía una criatura salida de leyendas antiguas.
Una presencia noble y casi espiritual.
Daren levantó su casco en señal de respeto hacia todos los presentes.
El gesto provocó una ovación inmediata.
La Gran Presentación Los nueve caballos avanzaron hasta formar una línea perfecta frente al palco real.
Sus cascos, al hundirse en la arena dorada, dejaban marcas profundas, como si cada uno de ellos grabara su nombre en la historia.
Sus sombras se alargaban bajo la luz del mediodía, dibujando figuras majestuosas que temblaban sobre el suelo como espíritus antiguos convocados para presenciar aquello.
El hipódromo quedó en un silencio reverente.
No era un silencio vacío, sino uno cargado de expectativa.
Miles de miradas convergían en la misma escena, conscientes de que ese instante quedaría en la memoria del continente entero.
Las trompetas sonaron primero, con una nota larga, brillante, que se elevó hacia el cielo despejado.
Luego llegaron los tambores, marcando un ritmo firme, solemne, ancestral.
Con cada golpe, parecía que el suelo entero vibraba, como si Rashin misma estuviera preparada para despertar.
Incluso el viento, siempre juguetón en las alturas del hipódromo, pareció detenerse.
Las banderas dejaron de ondear.
Las voces se apagaron.
Las respiraciones quedaron suspendidas.
Entonces, desde el palacio de honor, avanzó el Gran Duque de Rashin.
Sus ropajes ceremoniales, de un azul profundo con bordes plateados, brillaban bajo el sol.
Caminaba con la dignidad de quien entiende que está a punto de dar inicio a algo más grande que una competencia.
A su lado, los heraldos sostenían estandartes que representaban la unión de los nueve países.
Cuando llegó al borde de la tarima, levantó la mano.
El silencio se volvió absoluto.
Con una voz firme, grave, poderosa —la voz de un gobernante que carga con siglos de tradición— proclamó: —¡Que comience la Carrera de Caballos del Continente de Drakoria!
¡Que el viento sea testigo de la gloria de los jinetes y sus corceles!
Un rugido estalló entre el público.
La multitud explotó en gritos, aplausos, risas, cantos.
Las emociones chocaron como olas contra un acantilado: esperanza, orgullo, nerviosismo, fervor.
Había personas llorando de emoción; otras se abrazaban; los niños saltaban agitando banderitas mientras los ancianos sonreían con nostalgia.
Era una celebración más grande que las fronteras.
Más grande que cualquier país.
Los entrenadores inmediatamente se acercaron a sus jinetes.
Algunos hablaban rápido, llenos de energía; otros susurraban como si compartieran secretos antiguos.
Cada palabra era una pieza más del rompecabezas que decidiría la victoria.
—Mantén el ritmo en la primera vuelta —ordenó uno.
—Espera el viento del sur, hoy sopla fuerte —dijo otro.
—Confía en él.
Él sabe qué hacer —susurró una entrenadora, acariciando el cuello de su caballo.
Los jinetes se miraron entre sí.
No todos eran rivales; algunos habían entrenado juntos, otros se habían enfrentado durante años.
Pero en ese momento, cada mirada cargaba una mezcla de respeto y desafío.
Era el tipo de mirada que solo quienes han vivido el mismo sacrificio, el mismo sueño y la misma presión pueden comprender.
Liora Fen inclinó apenas la cabeza hacia Ji-ho Duran.
Este respondió con la misma serenidad.
Un pacto silencioso entre leyendas: que ganara el mejor.
Elden Kaer mantuvo la vista al frente, pero por el rabillo del ojo evaluaba cada detalle: la tensión en los músculos de los caballos de sus rivales, la postura de sus espaldas, la manera en que sus dedos apretaban las riendas.
Han Zhuo acarició suavemente el cuello de Aliento del Amanecer.
Daren Sol respiró hondo, como si inhalara fuerza de la tierra misma.
Nerra Vale ajustó su posición con la elegancia de quien ha nacido sobre un caballo.
Ravel Onir murmuró una oración.
Varek Domir puso su mano en el pecho, respetando a sus ancestros.
Serin Valtor sonrió, confiado, valiente, listo.
Los caballos relincharon, ansiosos.
Viento Carmesí sacudió su melena rojiza como una llamarada viva.
Luz del Cielo movió sus patas con impaciencia contenida, como si su espíritu imperial amenazara con desbordarse.
Tempestad Azul golpeó el suelo, dejando huellas profundas.
Sombra de Acero lanzó un bufido que hizo temblar incluso a los más valientes.
Aliento del Amanecer se mantuvo sereno, emanando una luz suave.
Relámpago Blanco sacudió la cabeza, intentando adelantarse.
Centella flexionó sus piernas como si quisiera salir disparada.
Rastro del Norte permaneció firme, implacable.
Verde Eterno respiró hondo, majestuoso, imponente.
El hipódromo entero sintió la tensión de nueve corazones equinos latiendo al unísono.
Había comenzado el Turf del Continente.
Una competencia que no solo enfrentaría a naciones, sino también a tradiciones, orgullos, legados y sueños.
El aire se impregnó de electricidad.
El público se inclinó hacia adelante, ansioso por ver el primer movimiento.
Un susurro recorrió las gradas, como un murmullo que unía miles de voces: —Ya es hora… ya va a comenzar… Las antorchas que rodeaban la pista parpadearon.
Una hoja seca cayó en la arena y fue arrastrada por el viento… como si el destino mismo hubiera decidido tomar asiento para observar.
Drakoria estaba a punto de escribir una historia… a lomos del viento.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Los corceles del continente ya están aquí.
Con este capítulo, la carrera comienza de verdad.
Bienvenidos a la velocidad, al honor… y al Turf de Drakoria.
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