EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 224
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- Capítulo 224 - 224 Capítulo 3 – La eliminación
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224: Capítulo 3 – La eliminación 224: Capítulo 3 – La eliminación El amanecer se alzó sobre Rashin como un manto de oro líquido derramándose sobre la ciudad histórica.
Era un amanecer distinto, uno que parecía contener la respiración del continente entero.
Las torres antiguas, las murallas blancas, las calles empedradas y los balcones adornados con flores recibían la luz como si se prepararan para una ceremonia sagrada.
Porque lo era.
Ese día comenzaba la eliminación del Turf del Continente de Drakoria, la competencia más prestigiosa, más antigua y más honrada en todo el continente.
Los estandartes de los nueve países participantes ondeaban con orgullo, altos y firmes, como si fueran guardianes que vigilaban la historia desde lo alto de las gradas.
Las telas, pintadas a mano por artesanos, brillaban con los colores de cada nación: Takrin con su azul oscuro; Nanxi con su blanco y verde ; El Imperio del Dragón Dorado Morado imperial; Suryun con su amarillo y blanco; Veyora con su violeta; Xianbei con su rojo; Koryun con su negro y acero; Andshi con su blanco; Oshiran con su rojo y dorado.
En los corrales, los jinetes revisaban los últimos detalles.
Los caballos resoplaban, golpeando ligeramente el suelo, tensos, listos, sintiendo la vibra eléctrica que recorría el aire cargado de emoción.
Rashin estaba llena hasta el borde.
Gente en las gradas, gente en los techos, gente en los balcones, gente en las escaleras… El hipódromo se había convertido en un mar de voces.
Los gobernantes, ubicados en el palco principal, observaban con una solemnidad difícil de ocultar.
Entre ellos, el Gran Duque de Veyora, con su porte imponente, intercambiaba miradas confiadas con el Príncipe de Takrin, un joven de rostro elegante y gesto tranquilo.
El sol comenzaba a ascender, lanzando destellos dorados que iluminaban el polvo del aire.
Entonces… Un toque de trompeta cortó el silencio.
Una nota larga, descendiente, que hizo levantar miles de cabezas.
Los tambores siguieron, marcando un ritmo firme, ancestral.
Los nueve jinetes salieron hacia la pista con una postura que demostraba años de entrenamiento.
Cada uno caminaba junto a su corcel, no detrás, no encima: a su lado, como iguales.
La arena reflejaba la luz del sol, bañándolos con un resplandor que convertía la escena en un cuadro.
— El Inicio de la Carrera —¡Por Drakoria y su gloria!
—gritó el maestro de ceremonia.
La multitud rugió como un océano.
La bandera cayó.
Y los nueve corceles se lanzaron con una explosión de fuerza pura.
El suelo vibró.
El viento se levantó.
El polvo se elevó como una nube viva.
El Turf del Continente había comenzado.
El Principado de Takrin: Delantera Roja Desde el primer segundo, Liora Fen, una joven de mirada ardiente, se colocó al frente con su caballo Viento Carmesí.
Era un corcel de belleza feroz: musculoso, de pelaje rojo oscuro, con una velocidad que parecía desafiar la lógica.
La capa carmesí de Liora ondeaba como una llama al viento.
El público gritaba su nombre como un canto de guerra: —¡Takrin!
¡Takrin!
¡Takrin!
Su estrategia era clara: tomar el liderazgo desde el inicio, dominar el mapa mental de la carrera y obligar a los demás a seguir su ritmo.
Liora miró hacia adelante.
No había dudas, no había temores.
Solo la pista.
Solo el destino.
El Reino de Nanxi: Elegancia y Cálculo Cerca detrás, Han Zhuo cabalgaba con la elegancia fría que caracterizaba a los guerreros de Nanxi.
Su caballo, Aliento del Amanecer, era de un blanco puro, con una crin plateada que parecía brillar incluso bajo la sombra.
Han Zhuo no buscaba la gloria temprana.
No atacaba.
No aceleraba más de lo necesario.
Su estrategia era tan clara como el cristal: esperar el momento perfecto.
Los habitantes de Nanxi en las gradas agitaban cintas de seda jade.
Ellos sabían que su jinete podía ganar incluso si parecía estar durmiendo durante media carrera.
El Imperio del Dragón Dorado: Poder Técnico En la segunda vuelta, Ji-ho Duran decidió atacar.
Su corcel, Luz del Cielo, se movía como si no tocara el suelo.
Cada salto, cada curva, cada cambio de velocidad era impecable.
El Imperio entero parecía rugir desde las gradas: —¡Dragón Dorado!
¡Dragón Dorado!
Pero un error inesperado ocurrió… En la curva norte, un leve resbalón —apenas un segundo— los obligó a corregir la trayectoria.
Un error pequeño, pero en Drakoria, cada segundo es una eternidad.
Aun así, Ji-ho no perdió el control.
Su mirada se mantuvo firme, fría, determinada.
El Gran Ducado de Suryun: Resistencia Inquebrantable Ravel Onir, del Gran Ducado de Suryun, había comenzado la carrera en los puestos bajos.
Pero eso no significaba nada.
Suryun siempre jugaba con la resistencia, no con la velocidad.
Su caballo, Relámpago Blanco, tenía una fuerza que no se desgastaba.
A mitad de la carrera, comenzaron a recuperar terreno con una potencia arrolladora.
El público local explotó: —¡Suryun!
¡Suryun!
Relámpago Blanco avanzó como si tuviera un motor propio.
Codos, hombros, patas… todo se coordinaba con una perfección casi violenta.
Los demás países no se quedaron atrás: • Veyora avanzaba con disciplina y precisión militar.
• Xianbei mostraba un estilo elegante pero arriesgado.
• Oshiran tenía movimientos impredecibles, una energía salvaje.
• Koryun intentó una embestida al inicio, pero su caballo Sombra de Acero tropezó apenas un instante.
• Andshi avanzaba con serenidad, pero faltaba velocidad en la recta final.
Cada nación dejaba ver su esencia en la pista.
No solo competían caballos.
Competían culturas.
El Coliseo de Furia En la última vuelta, la pista se volvió un campo de batalla.
Los cascos golpeaban con un ritmo frenético.
El viento cortaba la piel.
Las voces de la multitud se mezclaban en un solo rugido gigante.
Takrin adelante.
Nanxi atacando.
Suryun empujando como un maremoto.
El Imperio recuperando terreno.
Pero esas palabras no alcanzaban para describir lo que realmente ocurría en la pista.
Era más que una carrera.
Era una guerra silenciosa entre cuatro voluntades.
Cuatro países.
Cuatro sueños.
Cuatro historias antiguas transmitidas a través de los cascos de los corceles que ahora golpeaban la tierra como si fueran tambores anunciando un destino inminente.
— El Rugido de los Cuatro Gigantes Los corceles avanzaban tan juntos que parecían uno solo.
Un monstruo de cuatro cabezas.
Un rayo dividido en cuatro colores.
Una criatura hecha de músculos, sudor y espíritu.
El sol del mediodía caía sobre ellos con una intensidad brutal, marcando sombras alargadas que corrían detrás como fantasmas que no podían alcanzarlos.
El polvo se levantaba en una nube espesa que envolvía sus cuerpos, cubriéndolos como si fueran guerreros que emergían del corazón de una tormenta.
Pero cada caballo tenía su propia esencia.
Cada uno dejaba una huella diferente sobre la tierra.
— Viento Carmesí – Takrin Explosivo, furioso, un destello rojo que quemaba el aire a su paso.
Su pelaje, mezclado con el sudor, parecía fuego líquido corriendo sobre la arena.
Cada respiración era un rugido.
Cada salto, una declaración.
Liora Fen estaba casi horizontal sobre el lomo del corcel, su capa carmesí desatada como una bandera viva ondeando detrás.
—Vamos… —susurró—.
Vamos, compañero… no te me caigas ahora… Pero Viento Carmesí no pensaba caer.
Pensaba destruir todo lo que se interpusiera entre él y la línea final.
— Aliento del Amanecer – Nanxi Puro, sereno, elegante.
Un caballo blanco que parecía flotar en lugar de galopar, un poema escrito en movimiento.
Sus patas golpeaban la tierra en un ritmo perfecto, un ritmo que no fallaba, que no se aceleraba más de lo necesario, que solo obedecía a la mente fría de su jinete.
Han Zhuo mantenía la respiración controlada como un monje que meditaba en mitad de una tempestad.
No pestañeaba.
No dudaba.
No se tensaba.
Solo esperaba el segundo exacto para atacar.
Y ese segundo había llegado.
— Relámpago Blanco – Suryun La fuerza de la montaña.
La resistencia del hielo.
Un caballo de músculos tensados y mirada salvaje que no conocía el concepto de rendirse.
Ravel Onir sostenía las riendas con ambas manos, sus brazos marcados por el esfuerzo.
Sus gritos se mezclaban con el viento, impulsando a su corcel como si cada palabra llevara un fragmento de la energía de su pueblo.
—¡Más!
¡Más!
¡No te detengas!
¡Vamos, Relámpago!
¡Hazlo por Suryun!
Relámpago Blanco no solo corría.
Arrasaba.
— Luz del Cielo – Imperio del Dragón Dorado Un caballo dorado que parecía modelado por los dioses.
Agilidad, potencia, técnica pura.
Ji-ho Duran cerró los ojos un instante —solo uno— para sincronizar su respiración con la del animal.
Su postura era impecable.
Su control absoluto.
El error de la curva norte había herido su orgullo… pero también había encendido algo más profundo.
El espíritu del dragón.
Y ahora galopaba como si quisiera recuperar el tiempo perdido mordiendo la arena con cada paso.
— La Multitud: Un Mar de Voces Las gradas temblaban.
Sí, literalmente temblaban.
Miles de personas de los nueve países se habían puesto de pie, levantando banderas, cintas, pañuelos, lo que fuera que tuvieran en la mano.
El ruido era tan alto que las aves que sobrevolaban el hipódromo cambiaron su trayectoria.
—¡TAKRIN!
—¡NANXI!
—¡SURYUN!
—¡DRAGÓN DORADO!
El aire ardía.
La energía se podía tocar.
Madres gritaban los nombres de los jinetes.
Niños lloraban de emoción.
Ancianos rezaban.
Soldados golpeaban los escudos.
Músicos improvisaban ritmos desde las esquinas de las gradas.
Los gobernantes observaban desde el palco real.
El Gran Duque de Veyora apretó la baranda con fuerza.
El Príncipe de Takrin —a pesar de su serenidad— tenía los ojos vibrando de emoción.
El Emperador del Dragón Dorado respiró hondo, como si su hijo espiritual en la pista llevara parte de su propia alma.
La reina de Nanxi, conocida por su calma eterna, había inclinado ligeramente el cuerpo hacia adelante.
El continente entero se inclinaba hacia la pista.
— El Último Tramo La recta final no parecía una pista.
Parecía un campo de batalla.
Los cascos golpeaban con una violencia rítmica: TRUM—TRUM—TRUM—TRUM.
La arena parecía explotar en pequeños destellos bajo sus patas.
El sudor de los caballos mezclado con el polvo creaba un brillo extraño en sus cuerpos.
Las venas en sus cuellos se marcan como cuerdas tensas a punto de romperse.
Los jinetes inclinaban sus cuerpos casi a nivel del lomo, buscando cortar el viento, buscando empujar al límite sin romperlos.
Las respiraciones eran jadeos.
Las miradas eran fuego puro.
— Liora apretó los dientes.
Su alma ardía.
Sentía el dolor en las piernas por el esfuerzo, pero no le importaba.
Han Zhuo no movió ni una ceja.
El hielo de Nanxi corría por sus venas.
Ni un músculo fuera de control.
Ji-ho respiró profundo, preparando el ataque final.
Un solo impulso.
Un último sacrificio.
Ravel gritó con fuerza ancestral, una voz que parecía provenir de los montes nevados de Suryun.
—¡AHHHHHHHHHH!
El grito sacudió el aire.
Como si quisiera partir la tierra en dos.
— El Juez Levanta la Bandera El juez, con su capa azul y plata, levantó la bandera final.
El mundo entero pareció detenerse.
Los cuatro caballos se alinearon.
Avanzaron.
Un segundo.
Dos segundos.
Tres.
Un cuarto de segundo más que se sintió como una eternidad cortada en pedacitos.
Y entonces… — El Cruce Final Los cuatro caballos cruzaron la línea exactamente al mismo tiempo.
La multitud quedó petrificada.
El viento se detuvo.
Las banderas dejaron de moverse.
Las voces se apagaron.
Un silencio imposible cayó sobre el hipódromo.
Un silencio tan pesado que parecía un animal respirando sobre los hombros de todos.
Tres segundos eternos.
Tres segundos que parecieron estirarse hasta el infinito.
Tres segundos que Drakoria jamás olvidaría.
Hasta que… — El Veredicto —¡LOS PAÍSES QUE PASAN A LA SEMIFINAL SON…!
La voz del maestro de ceremonia retumbó como un trueno.
La multitud tragó aire.
—¡EL PRINCIPADO DE TAKRIN… EL REINO DE NANXI… EL GRAN DUCADO DE SURYUN… Y EL IMPERIO DEL DRAGÓN DORADO!
Las nubes temblaron.
El rugido de los aplausos fue tan violento que las telas de los estandartes vibraron.
— El Estallido Gritos.
Lágrimas.
Abrazos.
Saltos.
Los músicos tocaron melodías improvisadas.
Los soldados chocaron lanzas.
Los gobernantes se levantaron de sus asientos.
Los jinetes se abrazaron en la pista, cubiertos de sudor, polvo y gloria.
Liora soltó una carcajada llena de alivio y adrenalina.
Han Zhuo inclinó levemente la cabeza, casi sonriendo.
Ji-ho suspiró, mirando al cielo.
Ravel cayó de rodillas, besando el suelo.
El polvo danzó alrededor de ellos como si la misma tierra quisiera felicitarlos.
Algunos lloraban.
Otros reían.
Otros simplemente observaban el cielo, sin creer lo que acababa de pasar.
Pero todos sabían la verdad, una que los atravesaba como un rayo: Esta era solo la primera ronda.
La gloria final estaba todavía muy lejos.
Lo peor… lo mejor… apenas comenzaba.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El Turf comienza a marcar destinos.
Con esta primera ronda, cada nación demuestra qué tan lejos está dispuesta a llegar por la gloria.
Bienvenidos a una nueva etapa de Drakoria.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com